23 de agosto de 2016

Otoño en Kiev

Por Fabiola Martínez

En los primeros meses de mi curso inicial estudié, de manera intensa, el idioma ruso, fonética y una asignatura llamada algo así como ruso contemporáneo. Mis compañeros fueron Khema, de Campuchía; Propxan, de Tailandia, Mohamed, de Siria; Rashid y Djamal, de Palestina y una chica de Malí cuyo nombre no recuerdo ahora. 

La foto que ahora comparto nos la tomaron en el instituto para ponerla en un muro de noticias como reconocimiento por las calificaciones obtenidas en grupo por aquella temporada. 


El grupo con los profesores de fonética y ruso contemporáneo. aquí sólo faltó Mohamed. 

Desde el inicio de clases Djamal se mantuvo muy cercano a mí y a las latinoamericanas del nuestro grado. En principio su cercanía estuvo motivada por los estereotipos que escuchó sobre las latinas, sin embargo él se convirtió en uno de mis nuevos mejores amigos. 

Para no perder el hábito de trotar salía todas las tardes buscando los mejores sitios arbolados. Honestamente no tuve que buscar mucho, Kiev era una ciudad verde y por ello, muy cerca de mi residencia había un enorme parque que incluso, si la memoria no me traiciona, tenía un pequeño lago. 

A mí me gustaba recorrer los senderos internos e incluso meterme entre los árboles para disfrutar el efecto visual de los rayos del sol pasando entre las ramas. A finales de septiembre el cambio de tono de las hojas de los árboles nos avisaban que el otoño estaba por llegar, ¡qué maravilla!

A menudo sucede que, cuando olvidamos algo, lo evitamos o simplemente no nos percatamos de los alcances de ciertos sucesos, actuamos como si asuntos de verdadera relevancia no hubiesen ocurrido y así me pasó con el tema de la explosión nuclear de Chernobil. 

Gracias a Dios, antes de que las hojas comenzaran a caer, los maestros del Instituto iniciaron una campaña de prevención. Ellos sabían que a los extranjeros nos gustaba caminar en los parques y disfrutar de la sensación producida al pisar las hojas de los árboles. Este año no debíamos hacerlo. En primer término porque se decía que, ante la cantidad de radiación que llegó a Kiev, las hojas de los árboles podían ser las más contaminadas gracias al proceso de fotosíntesis (yo no sé si esto es realmente así pero esa fue la explicación que yo recuerdo, ya los chicos de ciencias compartirán su punto de vista)

Otro hábito de prevención que debíamos desarrollar consistía en llegar a la habitación y enjuagar las suelas de los zapatos. Yo lo hice todo tal como me lo indicaron pero, hasta cierto punto me negaba a aceptar el tema de las hojas de árbol, cuanta necedad e inconsciencia...

Continué trotando por los senderos del parque todas las tardes y, antes de desobedecer las indicaciones opté por observar lo que la gente hacía allí. En efecto, todos los niños y adultos evitaban el contacto con la tierra y las hojas que comenzaban a caer. 

De un día para otro llegué al parque y el suelo se veía tapizado de hojas en diversos tonos de amarillo y café... De la felicidad pasé al asombro, pues apenas avancé unos pasos vi a varios hombres vestidos, de pies a cabeza, con un traje gris y casco con careta. Ellos estaban recogiendo con un pincho todas y cada una de las hojas del parque, que luego metían a una especie de costales que echaban a un camión. 

Envuelta en mi muy mexicana cultura del sospechosismo dejé de trotar y seguí caminando para averiguar si esa labor se restringía a un área específica. No fue así, en todo el parque se realizaba la misma labor, que se extendió al menos una semana. 

Me he percatado que lo referente a desastres nucleares o ecológicos, las personas solemos olvidar pronto, también solemos distraernos de la magnitud de sus consecuencias una noticia de la vida personal de algún famoso o político sale a la luz. Como el plagio que hizo el ex presidente de Hungría en su tesis o el que hizo Peña Nieto en la suya. 

Creo que quienes dirigen el destino de nuestro planeta conocen esa tendencia nuestra de quitar los ojos de lo relevante y ponerlos en la vida de otros. Pocos se preocupan de la destrucción del Amazonas, de las consecuencias de la explosión nuclear en Japón, de la rapacidad que se hace contra los recursos naturales de África y de México.  

¿No lo creen?, les propongo algo, yo no tengo elementos para saber si el presidente de México o Hungría cometieron plagio, no dudo que quien los acuse sepa de cierto lo que dice, lo relevante son los hechos. Sé de alguien que puede proporcionar hechos que demuestran que cierto ex político y ex empresario no hizo su tesis de licenciatura ni posgrado, seguramente otras personas tendrán pruebas fehacientes de hechos similares, pues en México es costumbre que políticos y gente con dinero cometan esos mismos deslices. 

¿Se comprometerían de principio a fin a promover conmigo la anulación de su cédula profesional con todo lo que implica en términos de proceso y sus consecuencias?, ¿se comprometen a evidenciar a las personas que han cometido fraude en sus procesos universitarios y de titulación?  

Propongo que nos ocupemos de ellos, sí, pero que no perdamos de vista lo relevante, lo vital, lo que verdaderamente nos mata. Estamos perdiendo a nuestro planeta y estamos permitiendo que nos ahoguen en pequeñeces, al final de cuentas, el burro e ignorante así es y así morirá porque puede engañar a todos, pero en no se puede ocultar de su propia verdad.

16 de agosto de 2016

Romper estereotipos


Por Fabiola Martínez

Mi llegada a la residencia número tres significó vivir el rompimiento de importantes paradigmas, aceptar las consecuencias de tales rompimientos no fue sencillo, más bien fueron golpes fuertes al sistema de creencias que había aprendido desde México (y que todavía sigue vigente para la auto nombrada izquierda mexicana)

En 1986, a la residencia tres del Instituto Pedagógico de Lenguas Extranjeras llegó un grupo de 72 cubanos porque, año con año, los alumnos y alumnas del ISPLE de La Habana cursaba un año de práctica del idioma ruso en mi instituto. Por las características de la mayoría de las escuelas pedagógicas, la mayoría de los estudiantes llegadas del ISPLE  eran mujeres, situación que daba un toque singular a mi residencia, pues cual si fuera la peregrinación anual a Santiago de Compostela llegaban de cacería los cubanos radicados en el Instituto de Aviación Civil KIIGA y los de la escuela militarizada que todos conocíamos como Училищэ (Uchilishe)

El grupo llegado en 1986 despertó a mi sociólogo interno y me dispuse a conocer de cerca a muchas de aquellas hermosas y cadenciosas mujeres: sus sueños, sus proyectos, su vida, su país... Mis vecinas de bloque N y G fueron excepcionalmente amigables y cariñosas conmigo, su vecina de habitación, la rubia M fue gentil pero ambigua. 

En las interminables charlas con N, G y M me enteré que año con año llegaban al puerto de Odesa al menos dos barcos repletos de estudiantes cubanos, unas quinientas almas por barco. Era un viaje de dos semanas, y quienes viajaban en el Fiodor Shaliapin lo sabían. Mis amigas estaban maravilladas por la aventura de vivir en alta mar... comida y fiesta las 24 horas del día, claro, con la consigna de que todo lo sucedido en el barco, se quedaba en el barco. 


Derechos de autor: andersonrise,
tomado de http://es.123rf.com/photo_17635310_stock-photo.html
Ahora bien, los estudiantes cubanos no llegaban a la URSS sólo en barco, a finales de cada verano Aeroflot y Cubana de Aviación transportaban grandes cantidades de estudiantes en sus vuelos regulares y en los vuelos charter. Prácticamente en todas las ciudades y en todas las escuelas de la URSS había cubanos estudiando. Ese año, en Kiev, había unos quinientos cubanos en el KIIGA, 72 en mi instituto y sabe Dios cuántos en la Universidad y el Politécnico, yo calculo que, en promedio, año con año mi ciudad contaban con unos setecientos estudiantes cubanos. 

Además de la URSS, el resto de los países del bloque socialista solía impartir educación superior a los isleños, con certeza sé de Hungría, Checoslovaquia y Bulgaria. 

Por educación, dogma, imposición, creencia real o todo junto (y salvo contadas excepciones), los cubanos y cubanas que se reunían en mi instituto alardeaban de las maravillas de su país denostando de aquél que a todos nos estaba dando casa, vestido, sustento y educación superior. Tendían a compararse con el resto de los latinoamericanos enfatizando, sobre todo, nuestra histórica pobreza y hambre. Todas estas circunstancias, en conjunto, llevaron a los cubanos a olvidarse de mi presencia y dejarme ver la manera con la que tendían a vernos por encima del hombro. 

Claro que, en cuanto se percataban de sus dichos, buscaban la manera de hacerme ver que en ese saco no entraba México, porque mi país había dado asilo a su Comandante en Jefe y gracias a ello el Granma pudo llegar a consumar su famosa Revolución, ¡puro cuento y falsedad, ¡neta creyeron que yo me tragué esa historia!, aún cuando mi ingenuidad e ignorancia al respecto era mucha, con un poco de sentido común, comencé a detectar enormes incongruencias en su historia oficial. 

Uno de los cubanos del KIIGA que conocí me habló orgulloso de sus padres, ella una joven de origen eslavo conoció a su futuro marido cuando éste llegó a estudiar a Checoslovaquia allá por 1964, no recuerdo bien. 

Empecé a hacer cuentas someras y me pregunté, ¿en verdad creen que voy a comprarles la idea de que su país, por la magia de su Revolución, tuvo la capacidad de formar a sus cuadros profesionales, políticos y militares? 

En México hay un dicho que reza, ¿quién te hace rico?, el que te mantiene el pico, me di cuenta de la primera "gran mentira revolucionaria":  ni al pueblo de Cuba ni a su gobierno les había costado nada invertir en educación superior para generaciones enteras desde 1963. Lo más irónico de esta historia es que Cuba y los cubanos aprendieron a venderse tan bien que desde el sexenio del ex presidente Felipe Calderón, en los informes de gobierno se hace alarde de importantes inversiones en educación para traer especialistas y pedagogos de la "escuela cubana". ¡y el pueblo mexicano, tan acomodado en su zona de comfort, les compra la idea! 

Con respecto a otro paradigma roto, quiero comentar que en mi corta vida de entonces, en México y en mi familia se hablaba de la doble moral en el tema de las relaciones de pareja, la fidelidad y la monogamia, en ese tema, había sectores de la población que ya señalaban esos hechos como indeseables, es más, yo pensaba que México era uno de los países más machistas del continente. ¡Cuán equivocada estaba!

De las mujeres cubanas que llegaron en 1986, un número significativo de ellas presumía un anillo de compromiso de cinco piedras (algo parecido a una churumbela), según la tradición, los novios solían regalarlo a las novias cuando la relación pretendía convertirse en matrimonio. Al relatar la historia de la entrega del anillo de compromiso, las chicas solían enfatizar que no todas lo recibían, aquellas cuya reputación era de "descarada", no era bien vista por su futura familia política y por tanto tenía poco futuro matrimonial. 

Otras chicas contaban que recibieron el anillo antes de subir al barco para ir a la URSS, entre charla y charla los cubanos del KIIGA y del Uchilishe (principalmente), llegaban a mi residencia a saludar a sus novias, para mi sorpresa muchas de esas novias eran las mismas que minutos antes me habían hablado de su romántico compromiso. 

En cierto momento pensé que ese asunto era privativo de las mujeres, pero casi me voy de espaldas cuando tengo la oportunidad de conversar con los cubanos visitantes, quienes orgullosos decían que en Cuba habían dejado a su novia de la secundaria o del pre universitario, que ellas llevaban años esperándolos, que ellos también habían entregado anillos de compromiso; incluso algunos se jactaban de recibir cartas de sus familiares donde se les mantenía informados del comportamiento decente y pulcro de sus novias...

En mis adentros solía decirme: si van a vivir la vida plena de un joven sano, ¿para qué se comprometen?, esto rebasa por mucho mi idea de doble moral, he vivido equivocada, en el tema de las relaciones de pareja, los cubanos tienen institucionalizada una doble moral muy "a modo". 

Desde que inició mi adolescencia he tenido la firme convicción de que la juventud es tan indómita, invaluable, arrebatada y única que debe vivirse a plenitud porque nunca jamás volveremos a sentir ese ímpetu de vida. Cuando relato lo sucedido con los cubanos, no pretendo juzgar ni reprimir el desarrollo de su sexualidad, simplemente reflexiono sobre asuntos que como personas y sociedad no conviene permitir ni fomentar: la doble moral institucionalizada y asistida por familias enteras. 

En cuanto al tema de la educación superior mexicana y de la concepción, implementación y desarrollo de nuestro mapa curricular en educación básica, mi relato pretende ser un modesto llamado para no dejarnos deslumbrar por "cristales baratos", porque los valiosos están en Estados Unidos, Europa y Canadá. En México tenemos una firme y centenaria tradición de destacados educadores, contamos con reconocidas instituciones y académicos que pueden hacer valiosas aportaciones a nuestro sistema educativo hoy en franca reestructura. Sólo hace falta creer en nosotros mismos y valorarnos como país. 

 ...¡Ah, si yo fuera joven como tú! ¡Qué placer lanzarse de cabeza a lo que viniere! ¡Al trabajo, al vino, al amor, sin temer a Dios ni al diablo! ¡Eso es juventud!...
                                  En Alexis el griego, de Nikos Kazantzakis

2 de agosto de 2016

¡Hecha en México!

Por Fabiola Martínez

No recuerdo cómo fue mi primer contacto con los estudiantes mexicanos de la Universidad Taras Shevchenko. Quizá fue a través de un compañero llamado Antonio, chaparrito, con bigote, referencia que de poco sirve porque son rasgos comunes a muchos mexicanos... En fin, la única persona mexicana que me contactó me dijo que en Kiev había alrededor de treinta mexicanos y que yo era la primera mujer mexicana que llegaba a la ciudad, después de muchos años. Tal vez en este punto mis amigos del grupo Kiev puedan ayudar. 

Lo que sí puedo asegurar es que fui la primera mexicana en estudiar en el Instituto Pedagógico de Lenguas Extranjeras de Kiev. La certeza viene de mi charla con el Decano y el Vice Rector del Instituto, quienes me lo comentaron cuando conversaron conmigo el primer día que acudí a la escuela. ¡Qué honor y responsabilidad!


Mi instituto era un edificio pequeño (pero no mucho), comparado con el corpus de la Universidad de Jarkov, su planta arquitectónica constaba de tres partes, en la central ubico la rectoría y algunos salones de clases de cursos superiores, en la parte derecha mi Facultad y en la izquierda la de los soviéticos. Creo que gran parte del edificio estaba alfombrado. 


Gracias a las herramientas de la tecnología satelital pude ubicar el plantel, pero no tengo la certeza de que el nombre de las calles sea el mismo. Sé que sigue siendo un centro de estudios de lenguas extranjeras y que se localiza sobre la calle Ivan Feodorov, casi esquina con Velikaya Vasylkivskaya, a dos calles del Instituto de Cultura Física y del antiguo estadio del Dínamo de Kiev. Esa referencia me hizo muy feliz porque me hacía sentir cerca de mis amigos de la podfak. 




En esa visita me enteré que, por las características de la carrera que elegí, no estudiaría las asignaturas generales con los soviéticos, como solía suceder en la universidad o el politécnico. Todos los grupos eran reducidos, no excedían los diez integrantes. Además debía escoger otro idioma como segunda lengua. 

En un afán de querer ser realista y práctica elegí inglés, de hecho era la opción que más se solicitó, por ello se formaron dos grupos. También se impartía alemán y francés. La ubicación de mi centro de estudios no podía ser mejor, a pocas paradas de autobús se llegaba al hermoso centro de la ciudad y a otros muchos lugares históricos y turísticos. 


La mente es compleja y la memoria un enigma, al menos para mí. En mi nueva residencia inicié otra etapa importante de mi vida y no puedo recordar el nombre de las calles donde se ubicaba. Lo mismo sucede con mi instituto. Lo que sí tengo muy presentes son las sensaciones que cada lugar me provocaba, también son muy claras las imágenes de cada lugar, cada persona, cada hecho. 


Antes de iniciar los relatos de mi blog, me percaté que en mis sueños era recurrente mi necesidad de regresar a Kiev. Sueño que debo iniciar la maestría y que escojo nuevamente al Instituto de Lenguas Extranjeras. Supuse que al realizar este ejercicio de memoria histórica personal esos sueños cesarían pero no es así, quizá sólo ha disminuido su frecuencia. 


Creo que actué como todos los jóvenes, pensé que el tiempo no correría, pensé que la juventud es eterna, supuse que siempre habrá tiempo para 
realizar lo que postergué. En este sentido, la mente y la memoria se convirtieron en la mejor herramienta para mantener un estado mental de juventud, para orientar mis vivencias hacia mejores derroteros, donde es evidente, tangible y palpable los aspectos positivos de mi vida.

Han sido y serán también, herramienta para salir airosa de los embates de la vida y para ser congruente con mi esencia. En esta ocasión deseo incluir un saludo y agradecimiento a todos los comentarios derivados de mi entrega anterior, a quienes me actualizaron del destino de personas con las que compartí mi vida en Kiev y con quienes compartí el destino de una nación hoy inexistente. 


... ¡Y las demás! En tantos climas, 
en tantas tierras siempre son, 
si no pretextos de mis rimas 
fantasmas de mi corazón...

Gracias a Tony Lilón por compartir en el grupo estas fotografías de mi Instituto.
Escalera principal que llevaba a la rectoría. 

Vista interior de la entrada principal, Al fondo se observa la puerta del comedor.
Vista exterior de la entrada principal. Nuevamente gracias Tony. 

26 de julio de 2016

Kiev, la ciudad para vivir

Por Fabiola Martínez

Durante mi estancia en Ucrania escuché decir que "Leningrado era la ciudad museo, Moscú la capital y Kiev era el lugar para vivir". Dentro del taxi y al recorrer el trayecto de la estación a mi nuevo hogar, me percaté del hermoso lugar que había escogido para vivir. 

Nunca en mi vida había visto una ciudad tan verde, tan llena de parques arbolados, jardines, amplias aceras y avenidas. Mientras miraba por la ventana supe que en esa famosa frase había mucho de cierto. La forma en que estaba trazada la ciudad, la distribución de sus edificios y todo lo que veía en ella hizo que me sintiera arropada. 

Mi residencia se ubicaba en un sitio elevado, alejado de otras residencias estudiantiles y centros de estudios. El edificio parecía nuevo, tenía nueve pisos y dos plantas arquitectónicas en forma de H unidas por un largo pasillo. Todo lo que veía me parecía fabuloso. 

La logística para albergar a los estudiantes seguía sorprendiéndome. En la residencia ya me esperaba el encargado o admnistrador, quien ya tenía asignada mi habitación en el octavo piso. La residencia tenía elevador, en cada bloque había ocho habitaciones y al centro se encontraba la cocina con dos estufas eléctricas. En la parte central también había dos sanitarios, dos duchas y varios lavamanos para aseo personal y para lavar la ropa. 

Las buenas sorpresas continuaban, mi habitación. que estaba en una de las cuatro esquinas, era grande (comparada con la que tuve en Jarkov) y sólo debía compartirla con dos personas más. Pronto a mis compañeras de habitación; Belinda, del Perú y Natalia, de Ucrania; en poco tiempo ellas se convirtieron en las personas más entrañables de mi vida. 

Natasha era prácticamente una niña y había entrado a primer año de la carrera, eligió estudiar español y, por tal motivo solicitó compartir habitación con dos hispanas. De ella tengo muy presente su sonrisa franca y sus ojos vivos, felices y atentos a todo lo que ocurría a su alrededor. 

La primera vez que vi a Belinda me llamó la atención su rostro bello y sereno; una serenidad que a veces yo podía confundir con seriedad o con nostalgia. Beli se las arreglaba para verse siempre chic, tenía y sigue teniendo mucho estilo.  

Luego de presentarnos, cada una eligió el lugar para colocar su cama, los mejores lugares siempre fueron los que estaban junto a la ventana, pegados a la pared. Gracias a la condescendencia de Natasha, Belinda y yo tomamos esos sitios, mientras que Naty acomodó su cama usando el ropero común como pared. 

Como parte del tour por la residencia, atravesé el pasillo para ir al sótano a recoger mi juego de sábanas y colchoneta, cerca del lugar de la ropa de cama estaba la cámara de seguridad y las duchas comunes. 


En ese recorrido turístico me di cuenta de que en mi nuevo hogar había un grupo muy singular de estudiantes, conformado por las cubanas y cubanos que año con año llegaban a Kiev para cursar su ciclo de práctica de idioma ruso en el Instituto Pedagógico de Lenguas Extranjeras. En 1986, año de mi llegada a Kiev, también llegaron 72 cubanos, de ellos, creo que tres o cuatro eran varones y el resto mujeres. 

A pesar de todas las buenas nuevas que estaba viviendo, no me era posible superar el sentimiento de orfandad luego de separarme de los nicas, de Sayonara y del colombiano Steven. Un poco por lo anterior y otro poco por mi esencia fuertemente emotiva, al principio me sentí fuera de lugar entre mis nuevas compañeras de habitación. 

Nidia, la tica que conocí en la estación de trenes, pronto llegó a visitarme acompañada de un amigo y compañero de Marruecos. Adil era un estudiante de español que buscaba practicar el idioma y, de paso, hacer evidente su galantería invitándome a dar un paseo por el Hidropark (Гидроиарк), un lugar de esparcimiento veraniego de mi nueva ciudad. 

Si bien me había acostumbrado a los cortejos directos de los latinoamericanos, el comportamiento de Adil, además de ser directo era un invasivo, tanto que hizo que mis instintos se pusieran en alerta. Al principio pensé que estar exagerando, me decía que quizá la incomodidad se debía a la gran diferencia cultural entre un marroquí y una mexicana. Sin embargo, pronto comprobé que el instinto pocas veces se equivoca. 

El primer foco rojo se encendió luego salir por segunda ocasión con Adil, cuando él me platicaba sus planes de llevarme a Estambul, como idea podía sonar bien, pero en algún momento sentí que él se estaba tomando atribuciones que no correspondían con las de un pretendiente. Los siguientes focos se encendieron cuando del cortejo pasó a un comportamiento casi acosador. Adil llegó incluso a dejar en mi habitación un par de cartas con reclamos por negarme a salir con él o por ir a pasear con otros muchachos. 

Celebro con gusto haberme alejado a tiempo de una posible relación tóxica ya fuera amistosa, de compañeros o novios; y lo hago porque porque nunca me enseñaron a decir de manera contundente no a algún pretendiente o amigo como Adil. Para colmo, en mi época no se reconocía abiertamente el acoso o la violencia psicológica en las relaciones amistosas o de noviazgo. 

Hasta hoy en México las personas tienden a no poner límites a una posible relación tóxica por miedo a quedar mal con los demás. Se puede decir que somos una sociedad de "queda bien", a la que le preocupa más no herir los sentimientos ajenos que establecer límites para la adecuada convivencia. 

Este asunto de falta de conciencia y educación en el hogar y en la sociedad ha favorecido el incremento alarmante de violencia de género, feminicidios y comercio sexual de mujeres y niños. 

Hoy ya se habla sobre la violencia en el noviazgo, del significado de la amistad y el compañerismo pero no es suficiente. Pienso que no basta con enseñar a nuestros hijos e hijas a evitar relaciones tóxicas de amistad o noviazgo, es fundamental dejar de mirar hacia otra parte cuando en nuestra familia y comunidad se identifican actos con los que se acosa a parejas o a menores de edad. También es necesario que aceptemos el hecho de que los abusos a menores ocurren, en la mayoría de casos, dentro de casa y son perpetrados por miembros cercanos a nuestra familia. 

A la distancia y con madurez a cuestas, creo que Adil no era una mala persona, más bien era un chico educado en una cultura ajena a la mía donde lo "normal", quizás, era desenvolverse con las mujeres como lo hizo conmigo. Ambos, sin saberlo o sin ser totalmente conscientes, nos estábamos poniendo en riesgo al no contemplar el hecho de provenir de contextos culturales diversos. 

En este punto me viene a la mente esa vertiginosa tendencia y riesgo en que las redes sociales pone a nuestros jóvenes, quienes se conocen y organizan planes de vida en pareja desde una realidad virtual. Ante este inevitable hecho resulta necesario proponer plantearnos el reto de aprender sobre diversidad cultural y el papel de los valores universales, además, claro, de educar en el cuidado personal y la dignidad humana. 

Fabiola y Adil de paseo por el Hidropark, verano de 1986. 

12 de julio de 2016

Dios aprieta pero no ahorca

Por Fabiola Martínez

Al aeropuerto de la Ciudad de México fueron a despedirme casi todos mis hermanos y hermanas, mi madre en primera fila. Martha y yo procuramos organizar las fechas para llegar a tiempo a Jarkov, para luego mudarnos a nuestro destino: Leningrado y Kiev, así tendríamos oportunidad de aclimatarnos, sin la locura vivida a nuestra llegada a Jarkov.

En esta ocasión mi despedida no fue lúgubre, más bien esperanzadora, ya en la familia habíamos aprendido a identificar los atajos sobre el camino.

Llegamos a Moscú por la tarde. También llegamos cargadas de productos de consumo personal y con mucho cansancio por el largo viaje y la diferencia de horario. Sólo pernoctamos un día en Moscú y salimos al día siguiente a Jarkov.

Luego de una noche en tren llegamos a Jarkov y nos dirigimos a la residencia de la calle Otakara Yarosha. Fue extraño llegar al sitio que fuera nuestro hogar, al lugar donde todo se acomodaba para dejarnos ir, por ello no teníamos destinado un dormitorio, podíamos permanecer en la que fue nuestra habitación si no estaba ocupada por los nuevos estudiantes y sólo por un día, máximo dos.

Luego de sacar del equipaje sólo lo necesario y guardarlo en la cámara de seguridad, buscamos a nuestro grupo de amigos nicas. Fue maravilloso encontrarlos, conversar y compartir... Todo sucedió como si nunca nos hubiéramos separado. Otra vez percibí esa sensación de oscilar entre dos dimensiones opuestas.

El Instituto de Cultura Física, donde estudiarían los nicas su licenciatura también estaba en Kiev, así que me puse de acuerdo con varios de ellos para viajar a nuestra nueva ciudad. La elección fue la más acertada porque ese viaje equivalía a una mudanza y era conveniente tener amigos cerca para cuidar las cosas de todos.

Además de compartir camarote o vagón, el trayecto fue cálido, ameno. Creo que llegamos a Kiev como a las ocho de la mañana, el día era hermoso, soleado, muy típico de aquellos veranos en esa latitud.

Tengo muy presente que el trayecto del andén a la salida de la estación, donde podíamos tomar taxi, se me hizo eterno, no por largo, sino porque mis maletas pesaban horrores y no podía ni debía descuidar una sola de ellas. Mis compañeros de viaje estaban en las mismas condiciones que yo.

Cuando llegué con todo mi equipaje al punto fijado, tenía fuertes dolores de espalda y hombros, sólo entonces me di cuenta que por segunda ocasión me había mudado de ciudad, esta vez para quedarme por más tiempo en ella para iniciar mis estudios profesionales.

Al momento de que cada uno empezó a comprar sus boletos de taxi, me percaté de que casi todos se iban a la residencia del Instituto de Cultura Física y yo, por primera vez, me quedaba sola. Me dirigiría a un sitio desconocido, sin Martha, sin los nicas. Me sentí triste, a la deriva... Nuevamente debía separarme de mi familia, la que formé, con la que compartí alegrías, tristezas, sinsabores, todo un cambio de vida y de cultura.

Desde Jarkov ya llevaba instrucciones precisas de la residencia a la que debía dirigirme y, como no quería sentir más grande ese hueco en el estómago, preferí tomar mi taxi antes de quedarme completamente sola en la estación.

Dicen que Dios aprieta pero no ahorca y es verdad. En ese lapso de asimilación, llegaron a la terminal Nidia y Norma; dos costarricenses que estudiaban en el que sería mi Instituto, ellas iban al encuentro de uno o varios compatriotas, pero esa esencia latina hizo que nos identificáramos y reconociéramos a distancia.

¿Habrá sido obra del destino o inercia de la vida? Insisto, no hay coincidencias, son los ángeles que Dios ha puesto en mi vida. Nidia me habló del lugar donde viviría, de nuestro Instituto, ella me dio una visita al centro de la ciudad y me enseñó a llegar a la nueva residencia de los nicas; a quienes visité casi todos los días de primera semana en Kiev.

Una nueva etapa de mi vida comenzaba en una hermosa e histórica ciudad, en un nuevo ambiente. El reto era grande: ese nuevo mundo y yo.


Mi primer paseo en Kiev, con Nidia y Adil.