20 de septiembre de 2016

La cabra siempre tira al monte

Por Fabiola Martínez

El primer año en Kiev conocí a Carlos, un mexicano que llegó a la facultad preparatoria de la universidad Taras Shevchenko, él eligió como carrera relaciones internacionales o derecho internacional, no recuerdo bien. Tampoco recuerdo el momento y lugar exacto de nuestro primer encuentro. Lo que sí tengo claro es que él fue mi único amigo mexicano, la última persona que vi antes de dejar para siempre la URSS.

Carlos prefería visitarme, aunque yo también lo veía en su residencia; su elección era comprensible pues mi hogar, repleto de bellas mujeres, era el paraíso para cualquier varón. Él y yo conversábamos por largas jornadas, incluso hubo ocasiones que pernoctó en el piso de mi habitación y, aún con la luz apagada, continuábamos hablando. Como cuando era niña y mi hermano Gabriel y yo nos reuníamos con mis primos Eduardo y Carlos Velázquez; sólo que en ese entonces los cuatro cantábamos a obscuras "los tres cochinitos", del gran Cri-Cri.

Djamal, de Palestina, fue mi más cercano amigo durante toda la carrera. Con él y con Rashid y Mohamed (de Palestina y Siria) compartimos siempre el gusto por el buen café. Por mucho tiempo, y especialmente en los inviernos, durante los recesos largos íbamos a una cafetería ubicada en la subida hacia las pistas de atletismo. Todos pedíamos турецкий кофе (café turco) con una rebanada de pastel de chocolate.

Los dos palestinos y el sirio paseábamos juntos y con frecuencia íbamos al comedor estudiantil. Conmigo compartieron experiencias y anécdotas sobre usos y costumbres de su país, intercambiaron sus puntos de vista con respecto a las mujeres musulmanas, a sus madres y hermanas. También charlamos sobre las bellezas naturales y culturales de nuestras respectivas patrias.

En una ocasión Mohamed describió con tanto detalle y pasión las zonas patrimoniales de Siria que resolví viajar a su país. Apenas pude expresarle mi gran idea, Mohamed me hizo desistir.

-Para viajar desde la URSS sin una agencia de turismo de por medio, requieres la invitación de un ciudadano sirio.
-¡Eso no es problema!, tú me invitas.
-No puedo, no me quiero arriesgar a que el gobierno comience a vigilarme por invitar a alguien de país capitalista.

Y así de fácil su expresión de alegría se volvió taciturna. Yo insistí, pues no comprendía los alcances de mi solicitud, Djamal me hizo un gesto para dejar el tema, y eso hice, pues los amigos ante todo, mostramos empatía en momentos difíciles.

Mi vida en la residencia se acomodaba cada día mejor, casi todos los días tomába con las chicas té con conservas de fruta, hablábamos de la vida, de nuestros países y, con frecuencia, cuando se reunían las amigas de Natasha abordábamos el muy novedoso y poco conocido tema de la Prestroika y la Glasnost; claro, además hacíamos toda clase de cosas "de chicas", incluso con ellas aprendí a fumar.

A pesar de lo grato que era compartir el mundo femenino, me era difícil dejar los hábitos de toda mi vida, creo que Carlos, Djamal, Rashid y Mohamed me dieron el equilibrio necesario para no extrañar tanto el compartir con varones. Me pasó lo que dicen en mi pueblo, "tiré p´al monte".

Desde que dejé a mis amigos y hasta hoy, no sé nada de ellos, nada. Aunque tuve dirección de Djamal, jamás tuve respuesta a las dos cartas que envié. A Carlos lo busqué por teléfono pero nunca logré contactarlo. Aunque mi relación con Rashid era menos cálida, lo recuerdo con cariño. Mohamed estuvo presente en mi recuerdo porque hasta hace pocos años conservé y usé un shemagh que él me regaló. Pienso en él cada vez que miro las noticias y me pregunto si estará vivo y bien.

Djamal y yo nos tomamos esta fotografía una día que nuestra cafetería no tuvo pasteles y salimos corriendo
a otro sitio a buscar una torta de chocolate. En el centro de Kiev trabajaba un señor sacando fotos que luego enviaba por correo. Djamal tuvo la idea de fotografiarnos, "será un recuerdo especial para cuando ya no nos veamos", y así es hasta el día de hoy. 
La dedicatoria que puso es hermosa, recuerdo que Djamal solía llamarme
"мармолеточка", creo que es una forma cariñosa de llamar a alguien querido. 



13 de septiembre de 2016

El hombre muere de lo que huye

Por Fabiola Martínez

A pesar de todas las emociones y novedades de mi cambio de vida, seguía experimentando vacíos. Algunos los llenaba hablando por teléfono con Martha, otros, visitando asiduamente la residencia del Instituto de Cultura Física, que quedaba muy cerca de mi hogar. Me era grato pasar todo el día conversando con mis amigos nicas, con el adorable y amistoso colombiano Steven y con siempre sonriente Sayonara. 

Sayo no dejaba de sorprenderme por su enorme capacidad de adaptación y sociabilidad, ella ya se movía como pez en el agua, mientras yo, con mi eterna nostalgia, seguía sin encontrar plenamente mi lugar... Cuando regresaba a mi residencia no podía evitar experimentar cierto pesar. 

Uno de esos sábados de visita a la residencia del Instituto de Cultura Física, regresé a mi casa pero antes pensé en  buscar a M. para conversar de cualquier bobada que me devolviera la sonrisa. M. era una de esas clásicas chicas populares de todo el grupo de cubanas, se disputaba el liderazgo con dos o tres chicas nada más, una de ellas, la que más desagradaba a M., competía por las atenciones de Silvio Rodríguez, ambas, con fotos en mano y un par de cartas y postales desmenuzaban a detalle las veladas que pasaron con ese popular cantautor, por lo menos 20 años mayor que ellas.

Y ya que recordé ese duelo de egos por Silvio, me viene a la mente el desagrado que me causaba esta competencia, y no por las chicas, sino por el hombre en disputa, pues yo lo tenía idealizado como un hombre estandarte de nuestros principios y en mi candor creí que las personas con convicciones debían ser coherentes con lo que pregonaban, en lugar de andar de rabo verdes con unas niñas. En fin, tarde aprendí que la vida es como es y no como yo la deseaba. 

En la habitación de M. estaba de visita uno de sus compatriotas, ambos compartían el mismo origen de ser "palavinos" (половина). En ciertos sectores de la población cubana se usaba este adjetivo para referirse a los hijos de cubano con alguna mujer proveniente de los países del bloque socialista. Curiosamente el amigo de M. tenía el sobrenombre de Valeri, porque en su fisonomía prevalecían los rasgos eslavos. 

Valeri empezó a conversar y coquetear conmigo. Me platicó que él era un asiduo visitante de mi residencia, a la que llamaban "el pantano". Valeri me explicó que bautizaron mi hogar con ese nombre porque el varón que entraban en ella ya no salía soltero (para mí sigue siendo graciosa esa comparación)  

Después de una conversación corta todos nos despedimos y fui a mi habitación sin haberme quitado de encima esa nostalgia por mis amigos de Jarkov. Pronto M. llegó como emisaria para decirme que le gusté a Valeri, que volvería a visitarme, y lo hizo. Valeri también me invitó a pasear y a conocer la ciudad, a propósito olvidaba cosas con el fin de tener el pretexto de tocar a mi puerta. 

En poco tiempo me pidió ser su novia y acepté, fue mi única relación de pareja allende los mares. En esos inicios del noviazgo no sopesé que al establecer una relación con visitante frecuente del pantano y de la gozadera de los viajes en barco Cuba-Odesa, me metí en camisa de once varas

Desconozco qué sucede hoy en la educación familiar de mi país en hombres y mujeres, pero en mi experiencia, la educación de mis padres y la de los padres de infinidad de amigas y conocidas estuvo carente de consejas sobre cortejo y sobre la importancia de relacionarse con personas afines en gustos, pasiones y mentalidad; con personas capaces de abrirse al cambio proactivo. 

Tomé mis decisiones y pagué con creces cada céntimo de su factura. Me metí por voluntad propia (y con muy poca conciencia) en una vida y en una sociedad sumergida en un realismo mágico del que aprendí lo inimaginable. Como consecuencia, morí de lo que huí, sí; por suerte, en ese tramo de vida realicé una de mis mejores y más valiosas creaciones. 

Cerré el capítulo por voluntad propia y renací para nunca dejar en manos de nadie mi esencia. La tarea nunca termina, por eso todos los días abono algunos ladrillos para continuar edificando la fortaleza de mi autenticidad. 

30 de agosto de 2016

Mujeres de mi vida... en Kiev

Por Fabiola Martínez

Antes de mi nacimiento mi padre esperaba un varón, pues ya había nacido la niña... la niña de sus ojos. Tres años y medio después nació mi hermano. Como sucede con todos los niños, percibí la inclinación de mi padre por su hijo varón y por su primogénita en su segundo matrimonio, eso sucede con frecuencia entre los padres por razones de sexo, empatía o porque sí.

Creo que desde niña me cuesta trabajo aceptar un no por respuesta, sobre todo en temas que involucran asuntos de justicia, por ello pronto me di cuenta de cómo llamar la atención de mi padre. Fue sencillo, sólo era cuestión de convertirme en la compañera de juego de mi hermano. Honestamente la tarea que me puse a temprana edad resultó fascinante, el mundo de los niños me resultó más sencillo y divertido que el de las niñas, pues además, requería de mí más osadía, mi mero mole, como decimos en México.

Mi hermano, mis dos primos y tres vecinos fueron mis mejores compañeros de juegos de toda mi infancia. Hubo ocasiones en que jugué con mis vecinitas al té y a las muñecas, pero me aburría, así que las cortaba pronto y retomaba mis actividades con los chicos: saltar bardas, explorar el río, mecernos en un árbol, jugar fútbol, béisbol, burro castigado y aprender a montar bicicleta. 

Hace poco tiempo Murad me dijo: "lo que resistes, persiste". Hoy confirmo que tiene razón. Desde finales del verano de 1986 y durante cuatro años estuve metida de pies a cabeza en un instituto predominantemente femenino. Específicamente en mi gran hogar, en mi residencia, tuve la oportunidad de percatarme de cuán fascinante es la convivencia con maravillosas mujeres, allí hice grandes y entrañables amistades y hermandades, ¡y cómo no, si estuve rodeada de mujeres inteligentes, bellas, determinadas y sensibles!

Natasha fue mi amiga, compañera, confidente y testigo de boda en Kiev. De ella tengo presente su enorme disposición a aprender de lo diverso, convivir con los latinoamericanos y a aceptarnos con todo lo que implica pertenecer a otra cultura. Naty, siempre sonriente, feliz y paciente, me ayudó a enfrentar mi dificultad para diferencias la щ, la ш y la ж con una frase que juntas repetíamos frente al espejo. 

Mi relación con Beli avanzó de forma más lenta, pero firme. De ella admiré y admiro su inteligencia, determinación y belleza. También admiraba la destreza con la que, en un pestañeo, maquillaba sus ojos usando sólo sus dedos, también admiraba su capacidad para adecuar su guardarropa para lucir siempre chic, y hasta hoy lo sigue siendo. Como mi madre y abuela decían, genio y figura, hasta la sepultura. Belinda fue mi mejor amiga latina durante su estancia el Kiev, pues con su perseverancia luchó por un gran cambio de vida en una universidad de Lomonosov de Moscú. 

Otra gran mujer con la que compartí de principio a fin de mi estancia es Riita. De ella admiré la sencillez y disposición con la que siempre se condujo, su gusto por lo latinoamericano y trato cariñoso. Gracias a las interminables charlas de fin de semana aprendí mucho sobre la vida cotidiana de un país lejano y poco mencionado como Finlandia. 

Nony y Yoyi son cubanas a las que traté sólo por un ciclo escolar, al igual que a Franki. Después que ellas se fueron nada fue igual, en lo que respecta a las chicas cubanas que llegaban a cursar su año de práctica del ruso. 

Yoyi y Noni tenían un excelente sentido de humor, sus ocurrencias me hacían reír hasta las lágrimas. Particularmente Noni me inició en el arte de bailar salsa, aunque debo admitir que tuve pocos avances ese año, pues no lograba descifrar el tumbao de esa mulatica. Digamos que Yoyi trataba de traducir las lecciones de baile pero, como toda buena mulata, no podía evitar ponerle ¡azúcar! a sus movimientos. 

Aunque mi trato con Franki fue cálido y cordial, no fue tan directo como el que tuve con otras personas. Eso no evitó que la observara con atención a la distancia. A Franki le gustaba cantar y fue de las pocas, quizá la única cubana, que tuvo la integridad para abordar los temas de su país con honestidad y profundo amor; situación que le pudo representar graves problemas. Todavía hoy recuerdo el timbre de su voz.  

Hubo otras grandiosas mujeres de las que mucho aprendí, eran amigas de Natasha, de ellas sólo recuerdo el nombre, Tamara y Ana, pero hubo dos chicas más, cuya foto comparto en esta entrega. La boda de Naty fue la última ocasión en que todas las grandes amigas estuvimos reunidas y cada vez que veía las fotos del recuerdo pensaba que jamás las volvería a ver, pero la vida es lo que ocurre mientras se planea. 

Hoy tengo contacto que la mayoría de ellas, espero pronto tener la oportunidad de reunirme nuevamente en algún lugar de nuestra casa común, el planeta Tierra. Cada día que transcurre es una oportunidad de hacer realidad ese sueño porque sé que "si lo crees lo creas". 

La chica de suéter rojo era muy dulce y noble... Lástima que no recuerdo su nombre. 

23 de agosto de 2016

Otoño en Kiev

Por Fabiola Martínez

En los primeros meses de mi curso inicial estudié, de manera intensa, el idioma ruso, fonética y una asignatura llamada algo así como ruso contemporáneo. Mis compañeros fueron Khema, de Campuchía; Propxan, de Tailandia, Mohamed, de Siria; Rashid y Djamal, de Palestina y una chica de Malí cuyo nombre no recuerdo ahora. 

La foto que ahora comparto nos la tomaron en el instituto para ponerla en un muro de noticias como reconocimiento por las calificaciones obtenidas en grupo por aquella temporada. 


El grupo con los profesores de fonética y ruso contemporáneo. aquí sólo faltó Mohamed. 

Desde el inicio de clases Djamal se mantuvo muy cercano a mí y a las latinoamericanas del nuestro grado. En principio su cercanía estuvo motivada por los estereotipos que escuchó sobre las latinas, sin embargo él se convirtió en uno de mis nuevos mejores amigos. 

Para no perder el hábito de trotar salía todas las tardes buscando los mejores sitios arbolados. Honestamente no tuve que buscar mucho, Kiev era una ciudad verde y por ello, muy cerca de mi residencia había un enorme parque que incluso, si la memoria no me traiciona, tenía un pequeño lago. 

A mí me gustaba recorrer los senderos internos e incluso meterme entre los árboles para disfrutar el efecto visual de los rayos del sol pasando entre las ramas. A finales de septiembre el cambio de tono de las hojas de los árboles nos avisaban que el otoño estaba por llegar, ¡qué maravilla!

A menudo sucede que, cuando olvidamos algo, lo evitamos o simplemente no nos percatamos de los alcances de ciertos sucesos, actuamos como si asuntos de verdadera relevancia no hubiesen ocurrido y así me pasó con el tema de la explosión nuclear de Chernobil. 

Gracias a Dios, antes de que las hojas comenzaran a caer, los maestros del Instituto iniciaron una campaña de prevención. Ellos sabían que a los extranjeros nos gustaba caminar en los parques y disfrutar de la sensación producida al pisar las hojas de los árboles. Este año no debíamos hacerlo. En primer término porque se decía que, ante la cantidad de radiación que llegó a Kiev, las hojas de los árboles podían ser las más contaminadas gracias al proceso de fotosíntesis (yo no sé si esto es realmente así pero esa fue la explicación que yo recuerdo, ya los chicos de ciencias compartirán su punto de vista)

Otro hábito de prevención que debíamos desarrollar consistía en llegar a la habitación y enjuagar las suelas de los zapatos. Yo lo hice todo tal como me lo indicaron pero, hasta cierto punto me negaba a aceptar el tema de las hojas de árbol, cuanta necedad e inconsciencia...

Continué trotando por los senderos del parque todas las tardes y, antes de desobedecer las indicaciones opté por observar lo que la gente hacía allí. En efecto, todos los niños y adultos evitaban el contacto con la tierra y las hojas que comenzaban a caer. 

De un día para otro llegué al parque y el suelo se veía tapizado de hojas en diversos tonos de amarillo y café... De la felicidad pasé al asombro, pues apenas avancé unos pasos vi a varios hombres vestidos, de pies a cabeza, con un traje gris y casco con careta. Ellos estaban recogiendo con un pincho todas y cada una de las hojas del parque, que luego metían a una especie de costales que echaban a un camión. 

Envuelta en mi muy mexicana cultura del sospechosismo dejé de trotar y seguí caminando para averiguar si esa labor se restringía a un área específica. No fue así, en todo el parque se realizaba la misma labor, que se extendió al menos una semana. 

Me he percatado que lo referente a desastres nucleares o ecológicos, las personas solemos olvidar pronto, también solemos distraernos de la magnitud de sus consecuencias una noticia de la vida personal de algún famoso o político sale a la luz. Como el plagio que hizo el ex presidente de Hungría en su tesis o el que hizo Peña Nieto en la suya. 

Creo que quienes dirigen el destino de nuestro planeta conocen esa tendencia nuestra de quitar los ojos de lo relevante y ponerlos en la vida de otros. Pocos se preocupan de la destrucción del Amazonas, de las consecuencias de la explosión nuclear en Japón, de la rapacidad que se hace contra los recursos naturales de África y de México.  

¿No lo creen?, les propongo algo, yo no tengo elementos para saber si el presidente de México o Hungría cometieron plagio, no dudo que quien los acuse sepa de cierto lo que dice, lo relevante son los hechos. Sé de alguien que puede proporcionar hechos que demuestran que cierto ex político y ex empresario no hizo su tesis de licenciatura ni posgrado, seguramente otras personas tendrán pruebas fehacientes de hechos similares, pues en México es costumbre que políticos y gente con dinero cometan esos mismos deslices. 

¿Se comprometerían de principio a fin a promover conmigo la anulación de su cédula profesional con todo lo que implica en términos de proceso y sus consecuencias?, ¿se comprometen a evidenciar a las personas que han cometido fraude en sus procesos universitarios y de titulación?  

Propongo que nos ocupemos de ellos, sí, pero que no perdamos de vista lo relevante, lo vital, lo que verdaderamente nos mata. Estamos perdiendo a nuestro planeta y estamos permitiendo que nos ahoguen en pequeñeces, al final de cuentas, el burro e ignorante así es y así morirá porque puede engañar a todos, pero en no se puede ocultar de su propia verdad.

16 de agosto de 2016

Romper estereotipos


Por Fabiola Martínez

Mi llegada a la residencia número tres significó vivir el rompimiento de importantes paradigmas, aceptar las consecuencias de tales rompimientos no fue sencillo, más bien fueron golpes fuertes al sistema de creencias que había aprendido desde México (y que todavía sigue vigente para la auto nombrada izquierda mexicana)

En 1986, a la residencia tres del Instituto Pedagógico de Lenguas Extranjeras llegó un grupo de 72 cubanos porque, año con año, los alumnos y alumnas del ISPLE de La Habana cursaba un año de práctica del idioma ruso en mi instituto. Por las características de la mayoría de las escuelas pedagógicas, la mayoría de los estudiantes llegadas del ISPLE  eran mujeres, situación que daba un toque singular a mi residencia, pues cual si fuera la peregrinación anual a Santiago de Compostela llegaban de cacería los cubanos radicados en el Instituto de Aviación Civil KIIGA y los de la escuela militarizada que todos conocíamos como Училищэ (Uchilishe)

El grupo llegado en 1986 despertó a mi sociólogo interno y me dispuse a conocer de cerca a muchas de aquellas hermosas y cadenciosas mujeres: sus sueños, sus proyectos, su vida, su país... Mis vecinas de bloque N y G fueron excepcionalmente amigables y cariñosas conmigo, su vecina de habitación, la rubia M fue gentil pero ambigua. 

En las interminables charlas con N, G y M me enteré que año con año llegaban al puerto de Odesa al menos dos barcos repletos de estudiantes cubanos, unas quinientas almas por barco. Era un viaje de dos semanas, y quienes viajaban en el Fiodor Shaliapin lo sabían. Mis amigas estaban maravilladas por la aventura de vivir en alta mar... comida y fiesta las 24 horas del día, claro, con la consigna de que todo lo sucedido en el barco, se quedaba en el barco. 


Derechos de autor: andersonrise,
tomado de http://es.123rf.com/photo_17635310_stock-photo.html
Ahora bien, los estudiantes cubanos no llegaban a la URSS sólo en barco, a finales de cada verano Aeroflot y Cubana de Aviación transportaban grandes cantidades de estudiantes en sus vuelos regulares y en los vuelos charter. Prácticamente en todas las ciudades y en todas las escuelas de la URSS había cubanos estudiando. Ese año, en Kiev, había unos quinientos cubanos en el KIIGA, 72 en mi instituto y sabe Dios cuántos en la Universidad y el Politécnico, yo calculo que, en promedio, año con año mi ciudad contaban con unos setecientos estudiantes cubanos. 

Además de la URSS, el resto de los países del bloque socialista solía impartir educación superior a los isleños, con certeza sé de Hungría, Checoslovaquia y Bulgaria. 

Por educación, dogma, imposición, creencia real o todo junto (y salvo contadas excepciones), los cubanos y cubanas que se reunían en mi instituto alardeaban de las maravillas de su país denostando de aquél que a todos nos estaba dando casa, vestido, sustento y educación superior. Tendían a compararse con el resto de los latinoamericanos enfatizando, sobre todo, nuestra histórica pobreza y hambre. Todas estas circunstancias, en conjunto, llevaron a los cubanos a olvidarse de mi presencia y dejarme ver la manera con la que tendían a vernos por encima del hombro. 

Claro que, en cuanto se percataban de sus dichos, buscaban la manera de hacerme ver que en ese saco no entraba México, porque mi país había dado asilo a su Comandante en Jefe y gracias a ello el Granma pudo llegar a consumar su famosa Revolución, ¡puro cuento y falsedad, ¡neta creyeron que yo me tragué esa historia!, aún cuando mi ingenuidad e ignorancia al respecto era mucha, con un poco de sentido común, comencé a detectar enormes incongruencias en su historia oficial. 

Uno de los cubanos del KIIGA que conocí me habló orgulloso de sus padres, ella una joven de origen eslavo conoció a su futuro marido cuando éste llegó a estudiar a Checoslovaquia allá por 1964, no recuerdo bien. 

Empecé a hacer cuentas someras y me pregunté, ¿en verdad creen que voy a comprarles la idea de que su país, por la magia de su Revolución, tuvo la capacidad de formar a sus cuadros profesionales, políticos y militares? 

En México hay un dicho que reza, ¿quién te hace rico?, el que te mantiene el pico, me di cuenta de la primera "gran mentira revolucionaria":  ni al pueblo de Cuba ni a su gobierno les había costado nada invertir en educación superior para generaciones enteras desde 1963. Lo más irónico de esta historia es que Cuba y los cubanos aprendieron a venderse tan bien que desde el sexenio del ex presidente Felipe Calderón, en los informes de gobierno se hace alarde de importantes inversiones en educación para traer especialistas y pedagogos de la "escuela cubana". ¡y el pueblo mexicano, tan acomodado en su zona de comfort, les compra la idea! 

Con respecto a otro paradigma roto, quiero comentar que en mi corta vida de entonces, en México y en mi familia se hablaba de la doble moral en el tema de las relaciones de pareja, la fidelidad y la monogamia, en ese tema, había sectores de la población que ya señalaban esos hechos como indeseables, es más, yo pensaba que México era uno de los países más machistas del continente. ¡Cuán equivocada estaba!

De las mujeres cubanas que llegaron en 1986, un número significativo de ellas presumía un anillo de compromiso de cinco piedras (algo parecido a una churumbela), según la tradición, los novios solían regalarlo a las novias cuando la relación pretendía convertirse en matrimonio. Al relatar la historia de la entrega del anillo de compromiso, las chicas solían enfatizar que no todas lo recibían, aquellas cuya reputación era de "descarada", no era bien vista por su futura familia política y por tanto tenía poco futuro matrimonial. 

Otras chicas contaban que recibieron el anillo antes de subir al barco para ir a la URSS, entre charla y charla los cubanos del KIIGA y del Uchilishe (principalmente), llegaban a mi residencia a saludar a sus novias, para mi sorpresa muchas de esas novias eran las mismas que minutos antes me habían hablado de su romántico compromiso. 

En cierto momento pensé que ese asunto era privativo de las mujeres, pero casi me voy de espaldas cuando tengo la oportunidad de conversar con los cubanos visitantes, quienes orgullosos decían que en Cuba habían dejado a su novia de la secundaria o del pre universitario, que ellas llevaban años esperándolos, que ellos también habían entregado anillos de compromiso; incluso algunos se jactaban de recibir cartas de sus familiares donde se les mantenía informados del comportamiento decente y pulcro de sus novias...

En mis adentros solía decirme: si van a vivir la vida plena de un joven sano, ¿para qué se comprometen?, esto rebasa por mucho mi idea de doble moral, he vivido equivocada, en el tema de las relaciones de pareja, los cubanos tienen institucionalizada una doble moral muy "a modo". 

Desde que inició mi adolescencia he tenido la firme convicción de que la juventud es tan indómita, invaluable, arrebatada y única que debe vivirse a plenitud porque nunca jamás volveremos a sentir ese ímpetu de vida. Cuando relato lo sucedido con los cubanos, no pretendo juzgar ni reprimir el desarrollo de su sexualidad, simplemente reflexiono sobre asuntos que como personas y sociedad no conviene permitir ni fomentar: la doble moral institucionalizada y asistida por familias enteras. 

En cuanto al tema de la educación superior mexicana y de la concepción, implementación y desarrollo de nuestro mapa curricular en educación básica, mi relato pretende ser un modesto llamado para no dejarnos deslumbrar por "cristales baratos", porque los valiosos están en Estados Unidos, Europa y Canadá. En México tenemos una firme y centenaria tradición de destacados educadores, contamos con reconocidas instituciones y académicos que pueden hacer valiosas aportaciones a nuestro sistema educativo hoy en franca reestructura. Sólo hace falta creer en nosotros mismos y valorarnos como país. 

 ...¡Ah, si yo fuera joven como tú! ¡Qué placer lanzarse de cabeza a lo que viniere! ¡Al trabajo, al vino, al amor, sin temer a Dios ni al diablo! ¡Eso es juventud!...
                                  En Alexis el griego, de Nikos Kazantzakis