19 de junio de 2019

Atención, con ustedes... ¡Paaaalooooo de Mayo!

Por Fabiola Martínez
Dedicado a Tatiana e Iván

Sábado por la tarde, después de clases, la comunidad latina de Kiev y las soviéticas estudiantes de español, principalmente, regresamos a nuestra residencia a ponernos muy guapas para ir a la celebración anual más importante: El Festival Latinamericano. 

A pesar del letargo provocado por esa maraña de tristeza y soledad que me cargaba, Natasha y sus compañeras me animaron a asistir al Festival Latinoamericano de Kiev, que este año, por primera vez (y quizás por última, no lo sé), se celebraría en el Teatro de la Ópera Nacional de Ucrania, en el Centro Histórico de esa ancestral ciudad. 

Teatro de la Ópera de Ucrania. Fuente: Wikipedia.
En https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Kiev_Opera.jpg

Mientras me arreglaba para tan importante evento, me dí cuenta que por primera vez, la invitación no había venido de un latino, situación que me hizo ver lo mucho que me había alejado de mis amigos y compañeros, que en los tiempos más difíciles, los de adaptación, estuvieron allí para darme una palabra de aliento, acompañarme o simplemente para invitarme a bailar merengue. 

Ese día no supe por qué razón no me puse de acuerdo con las chicas para ir juntas al teatro; hoy entiendo que todo se debió a mi necedad de hacerme la valiente o simplemente para no darle gusto a las personas que siempre pensaron que Valery y yo éramos como el agua y el aceite. 

Interior del Teatro. Fuente: Wikipedia, autor, Tatyana Klimenko.
En el trayecto que recorrí hacia la avenida principal de la ciudad, la calle Kreshatik, me encontré con varios latinoamericanos planchados y perfumados, supuse que era para ir al festival. 

En el trayecto que recorrí caminando de la avenida hacia el teatro las sospechas se confirmaron. Por todos lados caminaba se sumaban estudiantes latinoamericanos cantando, bailando, jugueteando. Felices, por el buen clima, por el evento o por que cuando somos jóvenes es más sencillo encontrar motivos para alegrarse. 

Con paso más firme y veloz pasó junto a mí, Sayonara, mi amiga gimnasta ecuatoriana que estudiaba con los nicas en el Instituto de Cultura Física, cerca de mi Instituto. Hasta ahora no olvido que se veía hermosa, fresca. Me llamó la atención verla con el cabello largo y un aspecto esbelto. Sayo, como le llamamos de cariño, se movía con el dominio que nos daba la madurez de varios años vividos como estudiantes de la URSS, estaba rodeada de amigos y con una sonrisa tocaba su cabeza para no perder un bonito sombrero de fieltro.

La mente es la máquina más increíble y perfecta que puede haber, pues me viene a la mente que mientras la miraba pasar, veía todo aquéllo que yo habría querido vivir y expresar a esas alturas de mi vida, sin embargo, la diferencia entre ella y yo no era grande, sólo nos separaban dos o quizás tres decisiones de vida. Así de sencillo. 

Al llegar al teatro me esperaban Natasha y las chicas, quienes me ayudaron a conseguir un buen lugar en el centro, junto a ellas, con una buena vista, cosa que mi barriga agradeció porque el camino cuesta arriba me había pesado un poco. El interior del teatro era hermoso. Recuerdo haberme preguntado: ¿Cómo rayos le hicieron para conseguir este lugar?

De repente una voz con acento hispano comenzó a hablar para dar la bienvenida en ruso e iniciar con el programa. Como siempre, las asociaciones de cada país hicieron su mejor esfuerzo para ofrecer un espectáculo cultural de buen nivel. 

Destacaron los enormes agrupaciones musicales de Bolivia y Perú, con sus kenas, zampoñas, charangos, guitarras y bombo. Conforme los representantes de cada país pasaban, la euforia creció, los adultos soviéticos que estaban en el centro del teatro miraban con susto las expresiones tradicionales latinoamericanas. 

El público empezó a reclamar la muy gustada intervención de la pareja nicaragüense conformada por Ivan y Tatiana, cuya interpretación dejó huella en todos los latinos de mi tiempo: El Palo de Mayo, una danza típica de la región africana de nicaragua asociada a los ritos previos a la siembra (si no mal recuerdo y, si me equivoco algún nica me hará el favor de corregir).

Finalmente escuchamos las palabras mágicas:
"Bнимание, теперь с вами Пало де Майоooooooo" 
(Atención, ahora, con ustedes, Paloooo de Mayoooooo)

Hecho el anuncio, las palmas y gritos hicieron retumbar el edificio, literalmente. Los soviéticos estaban asustados e indignados, lo cual era comprensible porque todo estaba sucediendo en un recinto para ópera, cuya concepción está asignada a la "alta cultura" y lo que vivíamos era la expresión de la cultura viva de varios pueblos. Ese festival no pudo haber un cierre mejor ni del festival ni de mi historia en la URSS con los festivales latinos. 

"La Tatiana", como suelen hablar en Nicaragua, terminó sus estudios universitarios pero su vida sigue siendo el baile y el canto. Supe que tiene una carrera exitosa en Alemania y se conserva tan bella y alegre como en aquéllos tiempos. Mi querido hermano Iván regresó con su esposa e hija a Nicaragua, es un excepcional profesionista, esposo y padre de familia. 

Por cierto, si alguien sabe de Tatiana o tiene una foto de ella y de Iván, ojalá pueda compartirla para enriquecer este recuerdo. 

4 de junio de 2019

¿Y si la vida concede lo que pedimos?

Por Fabiola Martínez

Hoy, antes de salir a caminar, me detuve a ponerme alguna fragancia y sólo tenía a la mano mi favorita, la que suelo usar en lo que para mí son, "ocasiones especiales": Sur le  nil. Me pregunté, ¿vale la pena gastarla?... De repente llegó a mi mente una frase que pocas veces pongo en práctica: 'vive este día como si fuera el último'. Así que coloqué ese exquisito aroma sobre mi cuello.

En mi trayecto, la reflexión de lo que hice me llevó a analizar diversas situaciones en las que reservé lo mejor esperando 'la ocasión especial', por ejemplo, en lo mucho que pienso en el ayer o en el mañana disfrutando menos el aquí y ahora; en las tantas veces que me quejé por compartir mi primera habitación con otras tres chicas en la Facultad Preparatoria de Jarkov, en el enorme deseo de tener mi propia habitación para estar sola...

Mientras pensaba, me di cuenta de varias ocasiones en las que, las ocasiones especiales estaban frente a mi nariz y no me di cuenta de ello. Por ejemplo, estaba sola y embarazada, pero gozaba de salud y podía recuperar el tiempo perdido con esos amigos que aparté de mí. En vez de eso, me enfoqué en no abandonar la opción de vivir sola en una habitación a pesar de estar llena de cucarachas y de hacerme sentir sola y mal en general. 

Ya con mi vientre crecido, el bloque donde vivía se quedó sin ascensor alrededor de dos semanas, así que tuve que subir y bajar ocho pisos, al menos, dos veces al día. Situación por la que me restringí visitas a mis amigas, que vivían en el bloque opuesto. Con quien sí me veía seguido era con Inna, la esposa de un cubano del grupo de Valeri, ella vivía un piso abajo del mío, así que era fácil tomar té juntas o acompañarnos a la ducha. A pesar de esa linda compañía, empecé a sentirme triste y sola.

La situación con el ascensor me llevó a planear mis días de forma tal, que pudiera pasear, o visitar a mis amigas antes de tener que subir ocho pisos caminando. Hice largas caminatas para vivir la ciudad y, de paso, comprar fruta en un mercadito, pan y mantequilla de la tienda, o para tomar sol. De regreso visitaba a Riita y Natasha y luego iba a mi cuarto.

Al cerrar la puerta, inevitablemente me enfrentaba a mi realidad: un espacio para mí sola y un no saber cómo disfrutar de mi propia compañía. Podía pasar de la alegría y la esperanza a la nostalgia, desazón y otras emociones parecidas. 

Para colmo, el segundo temblor que sentí en Kiev tuvo lugar una de esas noches difíciles. Recuerdo haber salido del cuarto en un segundo' y llegar al de Inna, quien ya estaba de pie para ir a verme. 

Ahora que narro se momento, pienso que me habría gustado decirle: ¿Puedo dormir aquí? Pero no me atreví, temí verme mal o ser rechazada... La vida habría sido menos difícil si hubiera aprendido expresar lo que sentía y a actuar en consecuencia, obviamente con educación y amabilidad. 

Los fines de semana Carlos, mi amigo mexicano de la universidad, iba por mí a la residencia para llevarme a la casita que tenía alquilada con su novia Paty. A pesar de que los tres nos divertíamos mucho conversando, esos remilgos con los que los mexicanos somos educados, ese qué dirán, y ese sentirme poco merecedora de tales atenciones, me llevaron a sentirme limitada, fuera de lugar y a seguir experimentando sentimientos encontrados.

Tenía todo lo que le había pedido a la vida pero, ¿lo que pedí era lo que requería?, ¿estaba preparada para recibirlo?, ¿solicité correctamente lo que deseaba? Todo apunta a un rotundo: ¡No! Pero, ¿por qué razón?

No tengo la respuesta precisa, en mi experiencia, las competencias socioemocionales que no poseía jugaron un papel casi determinante. Sumado a la inconsciencia de tener un embarazo sin evaluar y estar preparada para los cambios hormonales y emocionales también jugaron en contra mía. Es posible que las mujeres que me leen y han estado embarazadas a temprana edad puedan sentirse identificadas con ese desconcierto que provocan el choque de emociones y sentires. 

De mi reflexión juvenil se desprende una idea: Toda decisión que implique la propia vida y la de un nuevo ser, en mi opinión, debiera ser tomada a partir de pilares educativos que hasta el año 2017 se consideran en la educación básica mexicana y que años antes ya fueron difundidos por la Unesco:
  1. Aprender a conocer
  2. Aprender a hacer
  3. Aprender a vivir
  4. Aprender a ser
  5. Aprender a trascender
Tal vez con esas habilidades podríamos enfrentar con más acierto la dureza de la vida, o simplemente podríamos levantarnos con más facilidad de tantas caídas...

Como saben, todas las carencias que experimenté en mi estancia en la URSS, incentivaron mi interés y pasión por abordar temas sobre desarrollo humano para los adolescentes. Es por ello que no puedo evitar pensar y lamentar el tardío avance de la educación mexicana en la adquisición de tales competencias: 2017

Ese conato de avance se detuvo desde los primero días de diciembre de 2018 por razones políticas y por el nuevo reparto poder. Mientras todavía se discute cómo será repartido el pastel, miles de jóvenes, a diario, toman decisiones de vida sin las habilidades adecuadas. No es de extrañar que mi país ocupe uno de los primeros lugares del mundo en el tema del embarazo adolescente.

A pesar de todo, sé que requiero intentar vivir, todos los días, como si fuera el último. Espero tener la suficiente consciencia para rebobinar y replantear mis actos, como lo hice hoy. Espero también, seguir aprendiendo a reiniciar la vida siempre que sea necesario, a pesar del miedo. 

22 de mayo de 2019

Confesiones

Por Fabiola Martínez

A pesar de que cada segundo de cada día representa oportunidades para aprender a vivir con plenitud y a partir de la conciencia de pertenecer al género humano, la educación del hogar y de la sociedad presta poca o nula atención para que las personas desarrollemos habilidades para lograr ese cometido.Muestra de lo anterior es lo que a continuación contaré.

Poco después de la boda de Natalia, comencé a notar que, por las noches, del refrigerador de mi cocina comenzaban a salir cucarachas. Conseguí un insecticida y, sin importar mi proceso de gestación, arremetí contra tan desagradables insectos. Al poco tiempo los bichos regresaron con más fuerza.

Moví muebles e hice limpieza para combatir toda fuente cucarachil, pero mis esfuerzos fueron vanos. Enojada, presté una atención obsesiva a las actividades cercanas a mi habitación. Pronto me percaté de que la habitación de las vietnamitas era el origen de la plaga, lo cual me llevó a observar su forma de vida: acumulación de pilas y pilas de objetos y hacinamiento de, al menos, ocho personas.

Mi descubrimiento, a su vez, se convirtió en la fuente de antipatía hacia los vietnamitas en general, no hacia mis vecinas, sino a todo un pueblo. Confieso aquí que, independientemente del grado académico que yo había adquirido y de vivir en carne propia los estragos del racismo, en un parpadeo me convertí en ese tipo de personas.

Cada vez que comentaba con mis amistades la 'desgracia' que vivía, recuerdo haber justificado mi proceder e insultos resaltando los defectos que, desde mi perspectiva, tenían ellas y su pueblo. Para mi desgracia, la plaga se extendió tanto, que por las noches los bichos caminaban por mi cara, obligándome a dormir todos los días con la luz encendida y a dejar mi habitación periódicamente para llenarla de insecticida.

Quiero enfatizar que dije, 'para mi desgracia', porque me dejé llevar por esa situación y fui desarrollando un sentimiento de rechazo que alcanzó niveles vergonzosos que no necesariamente expresé, pero que sí sentí. ¡Es tan sutil la línea que nos hace pasar hacia al racismo o la enajenación!

A 30 años de lo sucedido, veo que la conducta humana no se modifica, lo que quizás sí hay es una disposición para que las personas, al menos, intentemos ser políticamente correctas, albergo la esperanza de que logremos avanzar y nos vayamos comportando motivados por el espíritu de  los derechos humanos y por tomar conciencia del 'otro', ese ser distinto y al mismo tiempo semejante.

Para fortuna mía, pude tomar la oportunidad que me dio la vida para reconsiderar, con honestidad, mi relación con el pueblo de Vietnam. No sin esfuerzo, actitud de apertura y la conciencia de que se trata de una labor cotidiana y perfectible.

¿Hay más confesiones por hacer?... Lamentablemente sí. Confieso que últimamente he experimentado desesperanza ante la ola de descalificaciones y polarización que vive mi país, que es promovida ni más ni menos que por el jefe del Poder Ejecutivo.

Lucho para comprender y respetar la cerrazón mental de quienes dejaron a un lado el pensamiento crítico y el análisis para respaldar, a ojos cerrados, lo que el presidente dice, confieso también sentirme desencantada de mucha gente a la que consideré modelos de ciudadanos y representantes del gremio educativo y cultural.

¿Les falta inteligencia? No lo creo, considero que en este punto, quizás, la motivación que guía los actos de esas personas es cargar la etiqueta de liderazgo moral, que a más de uno nos ha limitado la capacidad de reconocer los errores cometidos, ya que nos comemos el cuento de ser 'adultos instruidos y llenos de razón y sabiduría', es así como se deja de "revisar al poder para aplaudirlo".



7 de mayo de 2019

Natalia (parte 2)

Por Fabiola Martínez 

Después de la sesión fotográfica fuimos al lugar donde sería la recepción. Cuando el auto se detuvo frente a un hotel famoso (creo había unos dos o tres hoteles y ese era el más popular) muy cerca de la Kreshatik, avenida principal de la ciudad, mi cabecita no lograba conectar para comprender  cómo podía celebrarse una boda en un restaurante concurrido por turistas y estudiantes...

Pero la existencia de otras culturas y otras circunstancias de vida hacían que sucediera. Sí, era posible, normal y viable que una pareja de novios reservara varias mesas del restaurante para celebrar su enlace, al final ¿por qué empeñarme en medir todo con la misma vara?, es decir, a partir de mi sólo de lo que ocurría en mi país. 

La fiesta consistió en conversar, comer compartiendo la alegría de un proyecto de vida que iniciaba, pero bailar era algo complicado en mi limitada cosmovisión juvenil, pues no llevaba pareja y no veía que alguien más lo hiciera. Todos estaban muy cómodos en sus lugares.

Yo busqué un lugar donde pudiera dominar la vista de todo y conversar un poco con alguien cercano a mí, ya que había también varios invitados del novio. Así que me senté junto a Riita y familia. Luego de cenar pedí a mis amigos y conocidos posar para mis fotos de recuerdo, y eso hicieron. Gracias a los momentos captados por mi cámara hoy cuento con recuerdos que casi son tangibles; puedo mirar al pasado y recordar la mirada y las sonrisas de personas con las que compartí la vida en la residencia número 3 y en el Instututo Estatal de Lenguas Extranjeras, de población predominantemente femenina

Sobre la fiesta no recuerdo detalles sobresalientes o extraordinarios, sólo vienen a mí las sensaciones de plenitud, de deseos de conquistar al mundo... En resumen, viene a mí la certeza de haber sido feliz.

Cuando pensé cómo comenzar esta entrega, lo primero que vino a mi mente fue una la felicidad materializada. Después pasó por mi cabeza una conversación que tuve hace algunos meses con mi pareja, quien afirmó que la felicidad no existe o que se trata sólo de alegría momentánea, o el mensaje que respondió mi hijo cuando le pregunté si creía en la felicidad.

Sin restar relevancia a los debates filosóficos o morales acerca de la felicidad, el conocimiento que me obsequia la madurez permite determinar, por contraste, que sí existe la felicidad, como también existe la tristeza o el dolor. Es ese contraste que me permite decir ahora que la boda de Natalia fue quizás, el último climax de felicidad que experimenté en la URSS.

Desde que hago este ejercicio de escribir, compartir y contar mi experiencia a lo largo de cinco años de estancia en la URSS, los sueños de regresar a estudiar persisten.

Sueño que regreso a mi residencia, que camino en la Kreshatik, que estoy a punto de abordar el avión, que me falta dinero para viajar y otros detalles relacionados con mi vida al otro lado del mundo.

Sin importar la situación de mi regreso a Kiev, lo sobresaliente había sido la nostalgia de tiempos felices... La catarsis de contar mi historia ha rendido frutos. Hoy mis sueños siguen alimentados por la nostalgia de ese lapso tan intenso de mi vida, pero, gracias a Dios, en la actualidad incluyen la dicha de estar en mi país, de recorrer el camino que elegí y disfrutar de lo que encuentre a mi paso. Al final, la vida es una. En caso de que la saudade pegue, puedo recurrir al Facebook y las videollmadas, sólo es cuestión de empatar los horarios en otros puntos del planeta.

De derecha a izquierda, Anya, Natalia, el padrino del novio, Belinda, yo y el novio de Beli. 

Belinda y yo con cuatro meses de embarazo.

Junto a mí, el novio de Belinda, Riita, Tamara...

Natalia y Darek. A un lado de mí las amigas de Naty, cuyo nombre no recuerdo,
pero tengo presente que las dos me peinaron el día de mi boda. 

16 de abril de 2019

Natalia (parte 1)

Por Fabiola Martínez


Recuerdo la tarde cuando, después de llegar del instituto, me acosté para descansar. Mientras intentaba relajarme sentí un movimiento brusco en mi vientre... ¿Es posible que ya sea la creatura? En efecto, ese día fue el primero de todos y cada uno los días en los que Gabriel estremecería mi mundo. A partir de entonces también empecé a experimentar cambios en mi apariencia física, situación que anhelaba con gran impaciencia.

Mi felicidad se exponenciaba ante la inminente celabración de la boda de Natalia. Ella, Riita y yo seguimos unidas a causa de los preparativos para su boda. A estas alturas de mi vida la memoria ya me traiciona, pero hubo una celebración o evento solemne previo a la ceremonia oficial, tal vez se trató de la tradición de pedir la mano... El caso fue que Darek, Natasha (y quizás) Belinda fueron a festejar con los padres de la novia al pueblo natal de Naty.

Recuerdo que Natalia y buscó el momento adecuado para explicarme las razones por las que no podía invitarme, cosa que no hacía falta, pero que le agradecí mucho. En aquél entonces confirmé lo que ya había aprendido, que sólo los soviéticos que fueron nuestros compañeros y amigos intentaron entender o ser empáticos ante el crisol de culturas, usos y costumbres que se veía en nuestros centros de estudio. Para el resto de las personas, sobre todo de mayor edad que nosotros, convivir con extranjeros no era un tema sencillo, más bien un espacto que vulneraba su privacidad.

El día de la boda civil, y el anterior, fueron muy placenteros y emotivos para mí. Anya, una de las amigas más cercanas de Naty llegó desde España para participar en la celebración. También llegó de Moscú Belinda, con quien compartimos habitación en el primer curso. Ella fue la madrina de la novia. Todas nos reunimos para conversar de todo un poco, incluso de la hora para salir el día después.

Hasta hoy me emociona vivir el proceso de preparación de las mujeres para la ceremonia de boda, ese día no fue la excepción. Recuerdo haberme apresurado para llegar al cuarto de Natasha y verla ponerse el vestido de novia. Allí también estaba Belinda y su novio.

El vestido era sencillo pero hermoso, ella misma lo confeccionó, quizás tomó inspiración de una revista de novias que le llevé de México y que a mí me gustaba mucho: Bride.  Resalté este hecho porque en la URSS, así como en otros países del bloque, la costumbre era rentar vestidos de novia y todos los accesorios, era cosa de ir a la tienda para tal fin y elegir un vestido que te quedara y luego lo devolvías para que otras mujeres lo puedieran tener a su alcance. A mí me pareció un reto lo que Natalia hizo y lo que logró.

La novia y la madrina estaban listas y bajamos a la recepción. Al mismo tiempo que terminamos de bajar, un auto de modelo antiguo llegó por la novia. Los taxis reservados para quienes asistimos a la boda de la residencia también llegaron.

En el Palacio donde se realizaban las bodas nos reunimos todos; la madre y la tía de Darek, llegados de Polonia, su mejor amigo y su esposa. Estábamos también todos los que fuimos mejores amigos. Para mí, la parte más emotiva de la boda fue cuando nos organizamos para la foto oficial, el en sillón clásico donde todos posaban. Esta sería la última vez que conviviríamos todas juntas, todas las chicas con quienes compartimos la vida y fuimos grandes amigas y camaradas.

Si no mal recuerdo, del palacio de casamientos  fuimos a dejar el ramo de la novia a un hermoso templo ortodoxo ruso muy bonito y famoso (creo que se llama San Andrés). A partir de allí hicimos un recorrido en los sitios emblemáticos de la ciudad para que la pareja  se tomara más fotografías. Yo, aproveché la invitación para recorrer festivamente la ciudad y para atesorar recuerdos de mis amigos en la ciudad donde fui muy feliz.

Tomando un té y acompañando a la novia mientras se arreglaba. 

Esta fue la última ocasión en que todas estuvimos juntas como en el primer curso.
En el sillón los novios y los padrinos. De derecha a izquierda, la madre de Darek, Anya
de blanco, junto a Anya, Tamara, Fausto con Janny Ernesto en brazos, junto a él Riita
sigo yo, la más pequeña de estatura, el novio de Belinda y amigos y familiares del novio. 

Hace 29 años, en el mes de abril, saliendo del edificio donde se realizaban las bodas civiles en Kiev

En las escaleras del museo iglesia de San Andrés (s. XVIII)