15 de enero de 2019

Matrimonio y mortaja, del cielo bajan (parte 1)

Por Fabiola Martínez

Antes de escribir esta entrega intenté recordar, con honestidad, cómo y por qué organizamos una fiesta para celebrar la boda. Hasta el día de hoy, soy de las personas que no disfruta del proceso de organizar celebraciones y tengo poco talento para organizar una reunión de más de diez personas. Mi brindis de boda no fue la excepción. Yo quería algo sencillo e íntimo pero poco a poco a Valery se le metió la idea de hacer algo mayor y, como suele pasar, comenzaron algunos roces por el tema de los invitados de cada uno.

Como yo me hice a un lado de la organización por las razones antes mencionadas, Valery tomó las riendas del evento, pronto, la lista de invitados al restaurante estaba llena de cubanos del KIIGA con sus respectivas novias en turno.

-Oye, no dejaste lugares para que invite a mis amigos.
-Es que si llevas a tu gente no podré invitar a mis compañeros.
-La boda la estamos pagando los dos y por tanto tenemos los mismos derechos, además, recuerda que justo por esto yo no quería una fiesta.
-Bueno, ¿a quién vas a invitar? -Y ahí quedé ahorcada.

Siendo periodo vacacional, la mayoría de mis amigos cercanos estaban paseando o en su país o en Europa. Hubo amistades que pensé invitar antes de la navidad, pero todas salieron. Hasta hoy sigo sin saber por qué no invité, por ejemplo, a mis compañeros de grupo o a mis amigos nicas. Sé que no contemplé ni a Jamal ni a Rashid porque a Valery no le agradaban, bueno, de hecho prácticamente ninguna de mis amistades le parecía adecuada, ya fuera por capitalistas, ya fuera por críticos del sistema o por la causa más frecuente que consistía en tener recelo de todas las personas no cubanas, una forma de pensar muy de los sistemas dictatoriales.

En verdad me arrepiento enormemente de no haber invitado a los nicas, palestinos y a quien me viniera en gana. Me pesa haber cedido por no discutir, los invitados son un punto muy delicado en el que todas las futuras parejas debían estar de acuerdo o aprender a negociar, de lo contrario se convierte en un botín de guerra que comienza a inclinar la balanza a favor de un miembro de la pareja... Mal detalle. 

Creo que en este juego de poder yo también ejercí el poco poder que tuve, esto sucedió al empeñarme en que mi ramo fuera de rosas rojas, una flor muy difícil de conseguir en la segunda quincena de enero, me empeñé con necesad y fastidié mucho con ello, al final del día, tuve que conformarme con las flores que se encontraron. 

Poco antes del 23 de enero, día de la boda no sabía dónde podía arreglarme y con tantísimo frío no pensé en conseguir alguna estética, salón de belleza o algo parecido. Una amiga de Natasha que pasó las vacaciones en la residencia se ofreció a arreglar mi cabello, por cierto ella, una chica tan agradable y solidaria, no formó parte de los invitados, a pesar de haber salvado un proceso importante del evento. 

Natasha, otra amiga y la chica que me peinó me acompañaron y dieron ideas para arreglarme, esa tarde de invierno, a pesar del frío, salí de mi residencia con un vestido de tela delgada y con una gabardina sobrepuesta hacia el consulado cubano en Kiev, lugar donde se celebraría el enlace. Me trasladé en un automóvil rentado para tal ocasión, Natasha fue mi testigo de boda y Nelson la Serna, fue testigo de Valeri. 

Una vez que llegamos al lugar, el panorama emocional mejoró y comenzamos a pasarla bien. 

Cuando Valery y yo llegamos al consulado ya nos esperaba la mayoría de los invitados. Al final, la inmensa mayoría de invitados fueron cubanos del KIIGA y sus respectivas novias. En la oficina del cónsul también estaba todo preparado, los documentos para la ceremonia, una bebida parecida a la champaña pero no igual y todos los invitados nos llevaron flores, particularmente claveles, que son las flores más aguantadoras, por las dificultades climáticas los ramos no son grandes, casi siembre los букеты (bouquets) eran de una o tres flores, si eres muy desprendido puedes regalar de cinco flores, siempre en número nones, los números pares eran, si la memoria no me traiciona, para las personas muertas. 

La ceremonia fue agradable, sin chabacanerías (bromas, palabras o conductas de mal gusto que suelen ser usadas por los isleños)  y mucho se debió al comportamiento y personalidad del cónsul, persona muy agradable. El único detalle desagradable surgió porque no dejaron que mi amiga Natasha firmara como mi testigo, por fuerza debía ser una persona cubana y pues, nos ayudó una chica del Pantano que andaba noviando con alguien del KIIGA. 

A pesar de lo anterior, el cónsul permitió que Natalia estuviera todo el tiempo a mi lado. Tuve la precaución de contar con dos rollos de película de 36 exposiciones y por eso pudimos hacer fotos durante la boda, después de ella e incluso dentro del restaurante que nos sirvió como salón de fiestas. 


Lectura de acta.

Brindis

Felicitaciones de una amiga, de perfil vestida de blanco, Natasha. 


Con los testigos, Natalia y Nelson.


Con el Cónsul. 

8 de enero de 2019

Cambia, todo cambia... (Julio Numhauser)

Por Fabiola Martínez

Algo que suele pesar es regresar a la rutina luego de unas vacaciones intensas. Eso sucedía en mi interior la noche que  tomamos el tren de regreso a Kiev. Sumado a lo anterior, en el disco duro de mi cabeza había un sinfin de imágenes para desmenuzar, entender, valorar, retomar, acariciar, recordar y compartir. Hechos que cambiaron la geopolítica europea y que me cambiaron a mí para siempre. 

Compartimos el camarote con una joven madre soviética y su pequeña hija Cristina. La niña era dulce y hasta pudiera decirse que arrobadora. Su madre, por el contrario, se mostraba hostil o quizás disgustada por viajar con extranjeros, así que no nos respondió ni ni el saludo. 

Valery y yo estábamos muy cansados y pronto nos quedamos dormidos, en esa época de mi juventud yo podía dormir en cualquier lugar y a cualquier hora, mi sueño era pesado. No obstante me despertó el llanto desconsolado de Cristina, cuando abrí los ojos Valery trataba de consolarla porque se había caído de la estrecha cama. 

Nunca vimos ni supimos a dónde se había ido la madre, pero tardó algunos minutos en regresar y la niña continuaba llorando a todo pulmón. Cuando la joven mujer llegó al camarote arrebató a Cristina de los brazos de Valery, quien sólo alcanzó a decirle que la niña se había caído. La señora no expresó palabra alguna. 

Tuvimos un típico trayecto invernal lleno de tonalidades grises, el cielo nublado, los oscuros techos de las casas de campo por donde pasaba el tren y el color del suelo,  una mezcla de fango y nieve. Le acompañaba el sonido rítmico, mezcla del movimiento del bagón y el rose de ruedas y rieles. 

Como siempre, cruzar la frontera para entrar a la Unión Soviética requirió el cambio ceremonioso cambio de ruedas de tren por unas más anchas, el paso del personal de migración y aduana, la revisión exhaustiva de todos los camarotes y el infernal cierre del baño. Una vez que el proceso terminaba, tenía la sensación de encontrarme en tierra segura, algo similar a mi hogar, sin importar el punto geográfico donde me encontrara, al estar en territorio soviético ya me sentía en casa. 

Las vacaciones de invierno se extendían prácticamente todo el mes de enero, ya que solían comenzar antes de finalizar el año. Así que a nuestro regreso nos dedicamos a pasear, a visitar a los amigos, a contar nuestras aventuras y a realizar los trámites para la boda. En este breve lapso continuó mi el malestar estomacal iniciado en Bratislava, que yo justificaba como el resultado de un EXCESO de comida.  


-Fabiola, ¡eso te pasa por comer en exceso!-Me reprochaba continuamente. 

Esos días de descanso los pasé conversando con Natahsa y dos de sus amigas de las cuales, para mi mala suerte, no recuerdo su nombre, lo que sí llevo presente es la mirada dulce de una de ellas. 

Mientras lo anterior sucedía, mi apetito no mejoraba, al contrario, seguía rechazando todo aquéllo que hasta hoy adoro: café, refresco de cola y chocolate. Valery me decía, a manera de juego o broma, que quizás estuviera embarazada y me hacía enfadar. Yo le contestaba que no tenía motivos para preocuparme, que todo marchaba en tiempo y forma. 

Esta respuesta duró pocos días ya que se me presentó un ligero retraso en mi periodo menstrual. Ese fue el pretexto con el que Valery me azuzó para hacerme revisar en el hospital donde atendían a los estudiantes. 

Me atendió una ginecóloga muy robusta y algo tosca (creo que no había ginecólgos varones, al menos en ese hospital nunca me atendió uno). Luego de ser tratada y estrujada como vaca, la doctora me pidió que me vistiera. 

-Usted está embarazada. 
-¡No puede ser! mi periodo sólo se ha retrasado una semana. 
-Está embarazada, si deciden interrupir el embarazo es importante que vengan conmigo en el plazo que les indico para realizar el procedimiento, en caso contrario también deben venir a la clínica para procurarte los cuidados que requieres. 

Yo no salía de la sorpresa, primero por la noticia que no esperaba y después por la manera tan natural en la que la doctora,  sin rodeos habló sobre mis opciones, lo cuál me pareció súper bien porque la decisión estaba en mis manos y fui adecuadamente informada de los derechos que podía ejercer.

Con toda honestidad yo me sentí enfadada porque no era el momento adecuado para iniciar mi maternidad, en mi mente tenía el deseo de probar una nueva vida en Cuba con mi pareja, era aún muy joven y el tema del cambio de instituto no estaba resuelto. 

-¿Qué piensas? -preguntó Valery.
-No me agrada la idea...
-Yo creo que sería mejor tenerlo, al final de cuentas la boda ya es un hecho. 
-No lo sé, habría querido... 

Ya no supe qué decir, preferí no dar lugar a tener sentimientos encontrados. Por más aderezos que pongamos no dejamos de ser animales y de actuar conforme a esos instintos, la naturaleza es sabia y mueve muy bien sus influencias, sobre todo en las mujeres. Las hormonas comenzaron a hacer su trabajo y en unas horas el chip de la maternidad me invadió para cambiar mi vida de manera radical y para siempre. 


18 de diciembre de 2018

Bratislava, ¡Acá sigo! parte 2

Por Fabiola Martínez

Los días transcurridos entre Navidad y año nuevo significaron, para Valery y para mí, aprendizajes sobre los procesos de "democratización" de los países del llamado "bloque socialista". 

Un sin fin de preguntas, respuestas y explicaciones transcurrieron entre Valery y su tío T., con su respectiva traducción, para que yo comprendiera todo.

La mañana del 31 de diciembre de 1989, Valery y yo observábamos la vista desde la ventana, desde donde se podía divisar la frontera con Austria.

-¿En verdad habrán quitado la frontera? -Mientras Valery me hacía esa pregunta el tío T. nos escuchó.
-Sé que están pasando libremente en la garita hacia Viena, yo ya pasé con la familia, pero no estoy seguro que hayan caído todas las alambradas. ¿Qué te parece si lo comprobamos?
-¿Cómo?
-Vamos caminando hacia allá, eso está no más de 15 minutos caminando. Pónganse sus zapatos.

Sin pensarlo dos veces nos calzamos y salimos con los dos primos pequeños de Valery. Según recuerdo, antes de la Revolución de Terciopelo, se había establecido un límite que no podía ser rebasado a pie por nadie cercano a la frontera.

Avanzábamos sin que nadie nos detuviera, y eso hizo crecer la confianza en el tío T., pronto vimos las cercas caídas. Yo jugaba dando un paso hacia un lado y hacia el otro de la cerca, imaginando algo así como: "ahora estoy en Eslovaquia... y ahora estoy en Austria".

Saqué mi cámara para tomar fotos y sólo alcanzamos a sacar la que comparto ahora...


En la imagen todos estamos sentados en una especie de enorme cruceta de madera que servía para sostener la alambrada. El punto señalado con una línea rosada muestra las torres desde donde los militares eslovacos cuidaban la frontera para evitar que la gente local cruzada hacia Austria.

Frente a nosotros, y a menor distancia, se encontraba una torre similar, desde donde venían a paso veloz dos militares con armas largas. No los vimos antes porque parecía que las torres de vigilancia estaban abandonadas.

Fue el tío quien se dió cuenta de lo que pasaba.

-¡Ey!, todos, sigan actuando igual. Valery, dile a Fabiola que por ningún motivo hable. Yo me haré cargo...
-Buenas tardes, ¿qué los trae por acá? -me quedé muda del miedo.
-Hola oficial, tomamos un paseo antes de la cena de fin de año.
-Llegaron muy lejos.
-Vivimos en el edificio de allá, como puede ver, estamos muy cerca. La verdad es que escuchamos que el gobierno quitaría la frontera y quisimos ver qué sucedía.
-Les sugerimos regresar a casa a festejar, -le dijo un militar al tío mientras le devolvía su documento de identificación-.
-Muchas gracias por la atención, de hecho ya íbamos a regresar. Feliz fin de año.

Con la velocidad propia de un paseo dimos la media vuelta y tomamos el camino de regreso actuando como si todo lo que acabamos de vivir fuera algo cotidiano. En el fondo nos acojonamos, ya que, en otra época  nos habrían disparado desde lejos antes de llegar al punto donde tomamos la fotografía.

Después del susto, hablé de la increíble experiencia de estar en dos países casi al mismo tiempo. También expresé mi deseo de conocer Austria. Así que tío T. organizó una salida a Viena el 1 de enero de 1990.

Pasar la garita de migración fue otra gran experiencia, pues también íbamos a riesgo. Los documentos de identificación de Valery eran cubanos, no eslovacos, por tanto habría requerido un permiso especial que, por cierto, migración eslovaca no pidió. A mí se me pidieron pasaporte y visa.

Una vez pasada la garita eslovaca, los austriacos ni nos voltearon a ver, T. dijo que no lo hacían porque sabían que los eslovacos ya habían hecho el trabajo duro, y si nos dejaron pasar fue porque no encontraron nada sospechoso, ¿para qué se desgastarían ellos?

Ya en suelo austriaco el paisaje cambiaba mucho, las construcciones de las casas eran diferentes. Llegando a Viena corrimos a la iglesia del centro, creo que se llama Santa Sofía. Caminamos por el andador turístico y vimos a lo lejos un palacio hermoso con grandes jardines. El dinero que yo llevaba sólo me alcanzó para comprar un café, el más caro de mi vida, hasta hoy.

En una de las calles centrales de Viena.

Los intrépidos, en Viena, 1ro. de enero de 1990.
Y a propósito del tema, del fin de año, de la Navidad, adjunto un escrito que me regaló Belinda, mi entrañable amiga y compañera de habitación.



4 de diciembre de 2018

Bratislava, ¡aquí ando!

Por Fabiola Martínez

La víspera de navidad Valery y yo  cambiamos algunos de mis dólares en el todavía vigente mercado negro para usar coronas (moneda local) y comprar cositas para nuestro "nidito de amor". Creo que me alcanzó para un juego de cubiertos, uno de tazas para café exprés y un hermoso frutero de cristal de Bohemia, ¡una ganga!

La celebración navideña en ese país fue muy diferente a lo que esperaba. El día inicia con una visita a familiares cercanos, en este caso tocó visitar a la familia política del tío T. Se estila (si no mal recuerdo), que quienes van de visita llevan galletas, pastelillos o confites, y a quienes llegan se les comparte  todo tipo de bocadillos y té negro o café. Esa vuelta terminó con una reunión donde todos los tíos y tías de Valery.

El ambiente en la casa de la tía era una mezcla de alegría y euforia, básicamente por parte del marido de ella, todo un personaje. El hombre estaba feliz por lo que el pueblo checoslovaco logró mediante las jornadas de protestas durante la llamada revolución de terciopelo, de hecho, él prometió no cortarse la barba durante todo el proceso de liberación. Cuando le preguntaban, con cierta ironía, por qué aún no se cortaba la barba él contestaba que todavía tenía sus dudas sobre el futuro del país y por el destino que otros países del Europa del Este, en ese momento no comprendí su punto de vista.


Luego del preámbulo pasamos a los temas del día, a preguntas típicas sobre la organización de la ceremonia, sobre regalos pre boda que recibimos, sobre las costumbres del uso del apellido, en aquél entonces en Eslovaquia se estilaba que la mujer tomaba el apellido del esposo y dejaba de usar  sus apellidos originales, no sé si las cosas hayan cambiado en la actualidad. El caso es que pasamos un buen rato compartiendo conversación y bocadillos. ¡La mesa nunca se quedaba vacía!, mi panza no podía más.


Cuando todos nos despedimos, al darse el abrazo, unos a otros se recordaron encender una vela blanca para mostrar solidaridad por Rumania, país del bloque socialista donde las manifestaciones estaban siendo reprimidas con violencia. A partir de ese  comentario entendí a que se refería el tío eufórico con esperar a quitarse la barba. Rumanía era algo así como el hermano en desgracia, el compañero de batalla que aún no lograba levantarse.

En navidad, cada familia nuclear se reúne en su casa y cenan después de adornar el árbol de navidad. Por esas épocas se acostumbraba colocar caramelos con chocolate e incluso se podían poner luces de vengala como adorno del árbol, mismas que se encendían luego de intercambiar regalos. Mientras eso sucedía, T. colocó la vela blanca en una de las ventanas del apartamento. Cuando me asomé a ver el exterior, prácticamente todas las ventanas del complejo habitacional tenía una vela. Comencé a interesarme en la seriedad del asunto.


No sé si fue el mismo 24 de diciembre o al día siguiente u horas después, pero de repente a todos les despertó el interés por las noticias y nos sentamos a ver televisión, que en esa casa, como en otras de la ciudad, captaba señales de canales en alemán (supongo que de Austria) y la nota del día giraba alrededor de la captura de Nicolae Ceaușesc y esposa,  también sobre un juicio sumario y la ejecución casi inmediata de la pareja...


Aunque no podía entender nada de alemán, las imágenes fueron impactantes, como lo fue ver a la gente 
entrar a una casa llena de lujos excesivos. Lo que más me impactó fue la rapidez del juicio, la sentencia y ejecución de la pareja, ya que duró menos que el capítulo de una telenovela turca (que en México son de los más largos). Si bien en esa casa había felicidad por el fin de una era, también percibí la inquietud que generó el proceso y la ejecución. 

En el fondo, creo que a todos nos pareció una sentencia medieval que, al ser mostrada en público, generaba una mezcla de morbo e insatisfacción inexplicable. Al igual que yo, la gente que me hospedaba se preguntaba, ¿qué cambios reales se lograron al actuar de la misma forma que durante años lo hizo Ceaușesc?


Pronto llegó el bombardeo de noticias sobre las "fosas clandestinas" encontradas, supuestamente "desaparecidos" por el régimen de la pareja presidencial. El aluvión de noticias, a mi parecer, trataba de justificar el asesinato de un presidente, ¿o es que en una democracia o en una sociedad que busca la democracia y la justicia la turba puede matar sin ningún apego a los derechos humanos? 


En poco tiempo, los medios de comunicación de Francia descubrieron que, en lo referente al tema de las fosas clandestinas, se trató de un montaje para agilizar o dar más argumentos al juicio sumario, esa noticia me dio pesar y me hizo cuestionarme 

¿por qué?
¿para qué?
¿quién ganó qué? 
Aún hoy me hago las mismas preguntas. Sobre todo cuando veo que Rumania no ha podido despuntar como sí lo hicieron Eslovaquia, Polonia y hasta los países de la antigua Yogoslavia a pesar de haber vivido una guerra tan cruel. 

Cuando conocí algo de la vida y obra de Ganghi, entendí que mi malestar, en el caso de Rumania, radica en que "los medios impuros desembocan en fines impuros". 


Ahora que mi país vive el anhelo de cambio, veo con tristeza que, nuevamente, a pesar de que el nuevo gobierno en el poder pueda tener los más sublimes fines, su escencia se mancha con los medios empleados por todos aquéllos que se sienten con el derecho a todo: sólo porque sí, 
sólo porque... ¿Por qué no? 
sólo porque ¿los demás, los que estuvieron antes también lo hicieron, por qué nosotros no?

Como toda narración, la mía se acerca a un desenlace. Mientras eso sucede, personas muy queridas y significativas de mi vida, me están haciendo regalitos para compartir con ustedes,
espero les agraden.



20 de noviembre de 2018

Bratislava... ¡ya llegué!

Por Fabiola Martínez

Envuelta en conversaciones interesantes, casi ni me percaté de los sucesos relevantes del viaje, como el cambio de ruedas del tren, el pase de migración y aduana o el paisaje. Llegamos a Bratislava entre las ocho y las nueve de la mañana y ahí nos esperaba sonriente el tío de Valery, T., quien nos instaló en su apartamento y nos preparó un delicioso desayuno. Por la fecha que puse al reverso de mis fotografías, parece ser que llegamos a Bratislava  el 21 o 22 de diciembre de 1989. 

Para esa visita mis expectativas consitían en repetir la visita a lugares que había disfrutado en mi primera visita en verano, como café y pastel en espacios abiertos, o una actividad citadina activa. Por eso quise visitar el centro de la ciudad, la parte histórica. Como no calculé los efectos del invierno, al llegar al centro me topé con calles prácticamente vacías. 

En ese año parece que en lugar de nevadas sólo hubo agua nieve y temperaturas entre 1 y 0 grados celsius. Teníamos pocas opciones, así que decidimos entrar a una tienda donde vendían de todo, comida, ropa, muebles... El lugar era muy bueno, mucho mejor que los de Kiev, donde, como ya lo mencioné, comenzábamos a padecer la falta de productos básicos. 

En esta ocasión fui mejor preparada con cámara y rollos de película a color, por lo que pude tomerme fotografías en la ciudad en diversos momentos del paseo. Valery calculó la hora de llegada de su tía S., y programamos hacer la siguiente parada en de departamento, muy cercano a la residencia donde vivió su padre cuando llegó a Checoslovaquia a estudiar la carrera. 

El recibimiento fue amable y lleno de comida caliente y rica, allí nos dio el encuentro el tío T., quien llegó con sus hijos. En la sala todos comenzaron a contarle a Valery el reciente gran suceso, las protestas que marcaron el principio del fin de la era socialista, proceso conocido mundialmente como la revolución de terciopelo. 

Al momento de la conversación los adultos de esa familia todavía expresaban la intensidad de sus emociones, también se podían apreciar los sentimientos encontrados de S. y T., una con mucha precaución que rayaba en el temor y el otro con grandes esperanzas de un verdadero cambio permanente. 

Tal vez para desviar la consersación o como consecuencia de una reacción muy femenina, S., planteó la gran pregunta: Cómo organizarían nuestras pernoctas. Mi interacción con las personas de esa familia no fue tan complicada como pensé, pues el ruso y el eslovaco son idiomas parecidos y, al menos, podía seguir la idea general de las conversaciones. Esa tarde quedó decidido que estaríamos en el departamento del T.

De camino a su casa Valery preguntaba a su tío más detalles de las protestas y, sobre todo, de las razones por las cuales la población no tuvo miedo de ser violentada. Entendí que, para la población, estaba claro el mensaje que Gorvachov enviaba al resto de los países del bloque socialista para que ellos llevaran a cabo su propia Perestroika. En este contexto, parece ser que hubo manifestaciones reprimidas en las capitales de ambas repúblicas, pero la población civil respondió con manifestaciones que se organizaron para manifestarse después de las jornadas laborales. 

Según recuerdo, para resguardar la integridada de los manifestantes, en Bratislava se movilizó una organización llamada Verejnosť proti násiliu, cuyo nombre se tradujo al español como Ciudadanos contra la violencia. Al llegar a casa de T., la conversación prosiguió y sus hijos y esposa (de entonces), se involucraron para contarnos su experiencia en las marchas. Los chicos sacaron broches con el nombre de la asociación y me regalaron uno, que desde entonces y hasta el último día de mi estancia llevé en mi chaqueta. 

Envueltos en la dinámica de nuestra vida estudiantil en Kiev, nos resultaba complicado comprender y aceptar que un cambio político tan grande hubiera surgido después de más de dos semanas de protestas pacíficas. Creo que esto se debió, de mi parte, a la costumbre de ver los asaltos sin sentido que cometían los estudiantes de la Universidad Autónoma de Puebla (hoy BUAP), mi experiencia consistía en verlos protestar de manera beligerante por temas que no concernían a la universidad, más bien al sindicato de Volks Wagen. Eso sí, asaltando camiones de refrescos, papas fritas y quemando camiones de transporte local. 

Por su parte Valery vivía en un régimen política e ideológicamente represivo, tanto que entre los mismos estudiantes se fomentaba la denuncia incluso, por expresiones críticas contra Fidel Castro y el gobierno de su isla. Creo que, en el fondo, Valery y yo permanecimos incrédulos de los logros que los eslovacos creyeron alcanzar...