8 de enero de 2019

Cambia, todo cambia... (Julio Numhauser)

Por Fabiola Martínez

Algo que suele pesar es regresar a la rutina luego de unas vacaciones intensas. Eso sucedía en mi interior la noche que  tomamos el tren de regreso a Kiev. Sumado a lo anterior, en el disco duro de mi cabeza había un sinfin de imágenes para desmenuzar, entender, valorar, retomar, acariciar, recordar y compartir. Hechos que cambiaron la geopolítica europea y que me cambiaron a mí para siempre. 

Compartimos el camarote con una joven madre soviética y su pequeña hija Cristina. La niña era dulce y hasta pudiera decirse que arrobadora. Su madre, por el contrario, se mostraba hostil o quizás disgustada por viajar con extranjeros, así que no nos respondió ni ni el saludo. 

Valery y yo estábamos muy cansados y pronto nos quedamos dormidos, en esa época de mi juventud yo podía dormir en cualquier lugar y a cualquier hora, mi sueño era pesado. No obstante me despertó el llanto desconsolado de Cristina, cuando abrí los ojos Valery trataba de consolarla porque se había caído de la estrecha cama. 

Nunca vimos ni supimos a dónde se había ido la madre, pero tardó algunos minutos en regresar y la niña continuaba llorando a todo pulmón. Cuando la joven mujer llegó al camarote arrebató a Cristina de los brazos de Valery, quien sólo alcanzó a decirle que la niña se había caído. La señora no expresó palabra alguna. 

Tuvimos un típico trayecto invernal lleno de tonalidades grises, el cielo nublado, los oscuros techos de las casas de campo por donde pasaba el tren y el color del suelo,  una mezcla de fango y nieve. Le acompañaba el sonido rítmico, mezcla del movimiento del bagón y el rose de ruedas y rieles. 

Como siempre, cruzar la frontera para entrar a la Unión Soviética requirió el cambio ceremonioso cambio de ruedas de tren por unas más anchas, el paso del personal de migración y aduana, la revisión exhaustiva de todos los camarotes y el infernal cierre del baño. Una vez que el proceso terminaba, tenía la sensación de encontrarme en tierra segura, algo similar a mi hogar, sin importar el punto geográfico donde me encontrara, al estar en territorio soviético ya me sentía en casa. 

Las vacaciones de invierno se extendían prácticamente todo el mes de enero, ya que solían comenzar antes de finalizar el año. Así que a nuestro regreso nos dedicamos a pasear, a visitar a los amigos, a contar nuestras aventuras y a realizar los trámites para la boda. En este breve lapso continuó mi el malestar estomacal iniciado en Bratislava, que yo justificaba como el resultado de un EXCESO de comida.  


-Fabiola, ¡eso te pasa por comer en exceso!-Me reprochaba continuamente. 

Esos días de descanso los pasé conversando con Natahsa y dos de sus amigas de las cuales, para mi mala suerte, no recuerdo su nombre, lo que sí llevo presente es la mirada dulce de una de ellas. 

Mientras lo anterior sucedía, mi apetito no mejoraba, al contrario, seguía rechazando todo aquéllo que hasta hoy adoro: café, refresco de cola y chocolate. Valery me decía, a manera de juego o broma, que quizás estuviera embarazada y me hacía enfadar. Yo le contestaba que no tenía motivos para preocuparme, que todo marchaba en tiempo y forma. 

Esta respuesta duró pocos días ya que se me presentó un ligero retraso en mi periodo menstrual. Ese fue el pretexto con el que Valery me azuzó para hacerme revisar en el hospital donde atendían a los estudiantes. 

Me atendió una ginecóloga muy robusta y algo tosca (creo que no había ginecólgos varones, al menos en ese hospital nunca me atendió uno). Luego de ser tratada y estrujada como vaca, la doctora me pidió que me vistiera. 

-Usted está embarazada. 
-¡No puede ser! mi periodo sólo se ha retrasado una semana. 
-Está embarazada, si deciden interrupir el embarazo es importante que vengan conmigo en el plazo que les indico para realizar el procedimiento, en caso contrario también deben venir a la clínica para procurarte los cuidados que requieres. 

Yo no salía de la sorpresa, primero por la noticia que no esperaba y después por la manera tan natural en la que la doctora,  sin rodeos habló sobre mis opciones, lo cuál me pareció súper bien porque la decisión estaba en mis manos y fui adecuadamente informada de los derechos que podía ejercer.

Con toda honestidad yo me sentí enfadada porque no era el momento adecuado para iniciar mi maternidad, en mi mente tenía el deseo de probar una nueva vida en Cuba con mi pareja, era aún muy joven y el tema del cambio de instituto no estaba resuelto. 

-¿Qué piensas? -preguntó Valery.
-No me agrada la idea...
-Yo creo que sería mejor tenerlo, al final de cuentas la boda ya es un hecho. 
-No lo sé, habría querido... 

Ya no supe qué decir, preferí no dar lugar a tener sentimientos encontrados. Por más aderezos que pongamos no dejamos de ser animales y de actuar conforme a esos instintos, la naturaleza es sabia y mueve muy bien sus influencias, sobre todo en las mujeres. Las hormonas comenzaron a hacer su trabajo y en unas horas el chip de la maternidad me invadió para cambiar mi vida de manera radical y para siempre. 


18 de diciembre de 2018

Bratislava, ¡Acá sigo! parte 2

Por Fabiola Martínez

Los días transcurridos entre Navidad y año nuevo significaron, para Valery y para mí, aprendizajes sobre los procesos de "democratización" de los países del llamado "bloque socialista". 

Un sin fin de preguntas, respuestas y explicaciones transcurrieron entre Valery y su tío T., con su respectiva traducción, para que yo comprendiera todo.

La mañana del 31 de diciembre de 1989, Valery y yo observábamos la vista desde la ventana, desde donde se podía divisar la frontera con Austria.

-¿En verdad habrán quitado la frontera? -Mientras Valery me hacía esa pregunta el tío T. nos escuchó.
-Sé que están pasando libremente en la garita hacia Viena, yo ya pasé con la familia, pero no estoy seguro que hayan caído todas las alambradas. ¿Qué te parece si lo comprobamos?
-¿Cómo?
-Vamos caminando hacia allá, eso está no más de 15 minutos caminando. Pónganse sus zapatos.

Sin pensarlo dos veces nos calzamos y salimos con los dos primos pequeños de Valery. Según recuerdo, antes de la Revolución de Terciopelo, se había establecido un límite que no podía ser rebasado a pie por nadie cercano a la frontera.

Avanzábamos sin que nadie nos detuviera, y eso hizo crecer la confianza en el tío T., pronto vimos las cercas caídas. Yo jugaba dando un paso hacia un lado y hacia el otro de la cerca, imaginando algo así como: "ahora estoy en Eslovaquia... y ahora estoy en Austria".

Saqué mi cámara para tomar fotos y sólo alcanzamos a sacar la que comparto ahora...


En la imagen todos estamos sentados en una especie de enorme cruceta de madera que servía para sostener la alambrada. El punto señalado con una línea rosada muestra las torres desde donde los militares eslovacos cuidaban la frontera para evitar que la gente local cruzada hacia Austria.

Frente a nosotros, y a menor distancia, se encontraba una torre similar, desde donde venían a paso veloz dos militares con armas largas. No los vimos antes porque parecía que las torres de vigilancia estaban abandonadas.

Fue el tío quien se dió cuenta de lo que pasaba.

-¡Ey!, todos, sigan actuando igual. Valery, dile a Fabiola que por ningún motivo hable. Yo me haré cargo...
-Buenas tardes, ¿qué los trae por acá? -me quedé muda del miedo.
-Hola oficial, tomamos un paseo antes de la cena de fin de año.
-Llegaron muy lejos.
-Vivimos en el edificio de allá, como puede ver, estamos muy cerca. La verdad es que escuchamos que el gobierno quitaría la frontera y quisimos ver qué sucedía.
-Les sugerimos regresar a casa a festejar, -le dijo un militar al tío mientras le devolvía su documento de identificación-.
-Muchas gracias por la atención, de hecho ya íbamos a regresar. Feliz fin de año.

Con la velocidad propia de un paseo dimos la media vuelta y tomamos el camino de regreso actuando como si todo lo que acabamos de vivir fuera algo cotidiano. En el fondo nos acojonamos, ya que, en otra época  nos habrían disparado desde lejos antes de llegar al punto donde tomamos la fotografía.

Después del susto, hablé de la increíble experiencia de estar en dos países casi al mismo tiempo. También expresé mi deseo de conocer Austria. Así que tío T. organizó una salida a Viena el 1 de enero de 1990.

Pasar la garita de migración fue otra gran experiencia, pues también íbamos a riesgo. Los documentos de identificación de Valery eran cubanos, no eslovacos, por tanto habría requerido un permiso especial que, por cierto, migración eslovaca no pidió. A mí se me pidieron pasaporte y visa.

Una vez pasada la garita eslovaca, los austriacos ni nos voltearon a ver, T. dijo que no lo hacían porque sabían que los eslovacos ya habían hecho el trabajo duro, y si nos dejaron pasar fue porque no encontraron nada sospechoso, ¿para qué se desgastarían ellos?

Ya en suelo austriaco el paisaje cambiaba mucho, las construcciones de las casas eran diferentes. Llegando a Viena corrimos a la iglesia del centro, creo que se llama Santa Sofía. Caminamos por el andador turístico y vimos a lo lejos un palacio hermoso con grandes jardines. El dinero que yo llevaba sólo me alcanzó para comprar un café, el más caro de mi vida, hasta hoy.

En una de las calles centrales de Viena.

Los intrépidos, en Viena, 1ro. de enero de 1990.
Y a propósito del tema, del fin de año, de la Navidad, adjunto un escrito que me regaló Belinda, mi entrañable amiga y compañera de habitación.



4 de diciembre de 2018

Bratislava, ¡aquí ando!

Por Fabiola Martínez

La víspera de navidad Valery y yo  cambiamos algunos de mis dólares en el todavía vigente mercado negro para usar coronas (moneda local) y comprar cositas para nuestro "nidito de amor". Creo que me alcanzó para un juego de cubiertos, uno de tazas para café exprés y un hermoso frutero de cristal de Bohemia, ¡una ganga!

La celebración navideña en ese país fue muy diferente a lo que esperaba. El día inicia con una visita a familiares cercanos, en este caso tocó visitar a la familia política del tío T. Se estila (si no mal recuerdo), que quienes van de visita llevan galletas, pastelillos o confites, y a quienes llegan se les comparte  todo tipo de bocadillos y té negro o café. Esa vuelta terminó con una reunión donde todos los tíos y tías de Valery.

El ambiente en la casa de la tía era una mezcla de alegría y euforia, básicamente por parte del marido de ella, todo un personaje. El hombre estaba feliz por lo que el pueblo checoslovaco logró mediante las jornadas de protestas durante la llamada revolución de terciopelo, de hecho, él prometió no cortarse la barba durante todo el proceso de liberación. Cuando le preguntaban, con cierta ironía, por qué aún no se cortaba la barba él contestaba que todavía tenía sus dudas sobre el futuro del país y por el destino que otros países del Europa del Este, en ese momento no comprendí su punto de vista.


Luego del preámbulo pasamos a los temas del día, a preguntas típicas sobre la organización de la ceremonia, sobre regalos pre boda que recibimos, sobre las costumbres del uso del apellido, en aquél entonces en Eslovaquia se estilaba que la mujer tomaba el apellido del esposo y dejaba de usar  sus apellidos originales, no sé si las cosas hayan cambiado en la actualidad. El caso es que pasamos un buen rato compartiendo conversación y bocadillos. ¡La mesa nunca se quedaba vacía!, mi panza no podía más.


Cuando todos nos despedimos, al darse el abrazo, unos a otros se recordaron encender una vela blanca para mostrar solidaridad por Rumania, país del bloque socialista donde las manifestaciones estaban siendo reprimidas con violencia. A partir de ese  comentario entendí a que se refería el tío eufórico con esperar a quitarse la barba. Rumanía era algo así como el hermano en desgracia, el compañero de batalla que aún no lograba levantarse.

En navidad, cada familia nuclear se reúne en su casa y cenan después de adornar el árbol de navidad. Por esas épocas se acostumbraba colocar caramelos con chocolate e incluso se podían poner luces de vengala como adorno del árbol, mismas que se encendían luego de intercambiar regalos. Mientras eso sucedía, T. colocó la vela blanca en una de las ventanas del apartamento. Cuando me asomé a ver el exterior, prácticamente todas las ventanas del complejo habitacional tenía una vela. Comencé a interesarme en la seriedad del asunto.


No sé si fue el mismo 24 de diciembre o al día siguiente u horas después, pero de repente a todos les despertó el interés por las noticias y nos sentamos a ver televisión, que en esa casa, como en otras de la ciudad, captaba señales de canales en alemán (supongo que de Austria) y la nota del día giraba alrededor de la captura de Nicolae Ceaușesc y esposa,  también sobre un juicio sumario y la ejecución casi inmediata de la pareja...


Aunque no podía entender nada de alemán, las imágenes fueron impactantes, como lo fue ver a la gente 
entrar a una casa llena de lujos excesivos. Lo que más me impactó fue la rapidez del juicio, la sentencia y ejecución de la pareja, ya que duró menos que el capítulo de una telenovela turca (que en México son de los más largos). Si bien en esa casa había felicidad por el fin de una era, también percibí la inquietud que generó el proceso y la ejecución. 

En el fondo, creo que a todos nos pareció una sentencia medieval que, al ser mostrada en público, generaba una mezcla de morbo e insatisfacción inexplicable. Al igual que yo, la gente que me hospedaba se preguntaba, ¿qué cambios reales se lograron al actuar de la misma forma que durante años lo hizo Ceaușesc?


Pronto llegó el bombardeo de noticias sobre las "fosas clandestinas" encontradas, supuestamente "desaparecidos" por el régimen de la pareja presidencial. El aluvión de noticias, a mi parecer, trataba de justificar el asesinato de un presidente, ¿o es que en una democracia o en una sociedad que busca la democracia y la justicia la turba puede matar sin ningún apego a los derechos humanos? 


En poco tiempo, los medios de comunicación de Francia descubrieron que, en lo referente al tema de las fosas clandestinas, se trató de un montaje para agilizar o dar más argumentos al juicio sumario, esa noticia me dio pesar y me hizo cuestionarme 

¿por qué?
¿para qué?
¿quién ganó qué? 
Aún hoy me hago las mismas preguntas. Sobre todo cuando veo que Rumania no ha podido despuntar como sí lo hicieron Eslovaquia, Polonia y hasta los países de la antigua Yogoslavia a pesar de haber vivido una guerra tan cruel. 

Cuando conocí algo de la vida y obra de Ganghi, entendí que mi malestar, en el caso de Rumania, radica en que "los medios impuros desembocan en fines impuros". 


Ahora que mi país vive el anhelo de cambio, veo con tristeza que, nuevamente, a pesar de que el nuevo gobierno en el poder pueda tener los más sublimes fines, su escencia se mancha con los medios empleados por todos aquéllos que se sienten con el derecho a todo: sólo porque sí, 
sólo porque... ¿Por qué no? 
sólo porque ¿los demás, los que estuvieron antes también lo hicieron, por qué nosotros no?

Como toda narración, la mía se acerca a un desenlace. Mientras eso sucede, personas muy queridas y significativas de mi vida, me están haciendo regalitos para compartir con ustedes,
espero les agraden.



20 de noviembre de 2018

Bratislava... ¡ya llegué!

Por Fabiola Martínez

Envuelta en conversaciones interesantes, casi ni me percaté de los sucesos relevantes del viaje, como el cambio de ruedas del tren, el pase de migración y aduana o el paisaje. Llegamos a Bratislava entre las ocho y las nueve de la mañana y ahí nos esperaba sonriente el tío de Valery, T., quien nos instaló en su apartamento y nos preparó un delicioso desayuno. Por la fecha que puse al reverso de mis fotografías, parece ser que llegamos a Bratislava  el 21 o 22 de diciembre de 1989. 

Para esa visita mis expectativas consitían en repetir la visita a lugares que había disfrutado en mi primera visita en verano, como café y pastel en espacios abiertos, o una actividad citadina activa. Por eso quise visitar el centro de la ciudad, la parte histórica. Como no calculé los efectos del invierno, al llegar al centro me topé con calles prácticamente vacías. 

En ese año parece que en lugar de nevadas sólo hubo agua nieve y temperaturas entre 1 y 0 grados celsius. Teníamos pocas opciones, así que decidimos entrar a una tienda donde vendían de todo, comida, ropa, muebles... El lugar era muy bueno, mucho mejor que los de Kiev, donde, como ya lo mencioné, comenzábamos a padecer la falta de productos básicos. 

En esta ocasión fui mejor preparada con cámara y rollos de película a color, por lo que pude tomerme fotografías en la ciudad en diversos momentos del paseo. Valery calculó la hora de llegada de su tía S., y programamos hacer la siguiente parada en de departamento, muy cercano a la residencia donde vivió su padre cuando llegó a Checoslovaquia a estudiar la carrera. 

El recibimiento fue amable y lleno de comida caliente y rica, allí nos dio el encuentro el tío T., quien llegó con sus hijos. En la sala todos comenzaron a contarle a Valery el reciente gran suceso, las protestas que marcaron el principio del fin de la era socialista, proceso conocido mundialmente como la revolución de terciopelo. 

Al momento de la conversación los adultos de esa familia todavía expresaban la intensidad de sus emociones, también se podían apreciar los sentimientos encontrados de S. y T., una con mucha precaución que rayaba en el temor y el otro con grandes esperanzas de un verdadero cambio permanente. 

Tal vez para desviar la consersación o como consecuencia de una reacción muy femenina, S., planteó la gran pregunta: Cómo organizarían nuestras pernoctas. Mi interacción con las personas de esa familia no fue tan complicada como pensé, pues el ruso y el eslovaco son idiomas parecidos y, al menos, podía seguir la idea general de las conversaciones. Esa tarde quedó decidido que estaríamos en el departamento del T.

De camino a su casa Valery preguntaba a su tío más detalles de las protestas y, sobre todo, de las razones por las cuales la población no tuvo miedo de ser violentada. Entendí que, para la población, estaba claro el mensaje que Gorvachov enviaba al resto de los países del bloque socialista para que ellos llevaran a cabo su propia Perestroika. En este contexto, parece ser que hubo manifestaciones reprimidas en las capitales de ambas repúblicas, pero la población civil respondió con manifestaciones que se organizaron para manifestarse después de las jornadas laborales. 

Según recuerdo, para resguardar la integridada de los manifestantes, en Bratislava se movilizó una organización llamada Verejnosť proti násiliu, cuyo nombre se tradujo al español como Ciudadanos contra la violencia. Al llegar a casa de T., la conversación prosiguió y sus hijos y esposa (de entonces), se involucraron para contarnos su experiencia en las marchas. Los chicos sacaron broches con el nombre de la asociación y me regalaron uno, que desde entonces y hasta el último día de mi estancia llevé en mi chaqueta. 

Envueltos en la dinámica de nuestra vida estudiantil en Kiev, nos resultaba complicado comprender y aceptar que un cambio político tan grande hubiera surgido después de más de dos semanas de protestas pacíficas. Creo que esto se debió, de mi parte, a la costumbre de ver los asaltos sin sentido que cometían los estudiantes de la Universidad Autónoma de Puebla (hoy BUAP), mi experiencia consistía en verlos protestar de manera beligerante por temas que no concernían a la universidad, más bien al sindicato de Volks Wagen. Eso sí, asaltando camiones de refrescos, papas fritas y quemando camiones de transporte local. 

Por su parte Valery vivía en un régimen política e ideológicamente represivo, tanto que entre los mismos estudiantes se fomentaba la denuncia incluso, por expresiones críticas contra Fidel Castro y el gobierno de su isla. Creo que, en el fondo, Valery y yo permanecimos incrédulos de los logros que los eslovacos creyeron alcanzar...











13 de noviembre de 2018

Martes de blog, martes recargado...

Por Fabiola Martínez

Agosto es el mes de mi última publicación, ya entrando a la recta final de los relatos de este blog, las disyuntivas de mi vida me obligaron a postergar este adorable ejercicio de memorias. En estos meses, como hace treinta años, aposté por un proyecto lleno de incertidumbre que forma parte de mi pasión: hacer contenidos de libros de texto para educación secundaria. Sólo que ahora, las consecuencias de tales apuestas cobran una factura muy cara, es el precio de perseguir sueños... Pero ya estoy de regreso para contar cómo fue mi vida en diciembre de 1989. 

Valery y yo organizamos una visita a Bratislava para pasar las fiestas de fin de año con la familia materna de él. Antes de viajar yo debía concluir el semestre y adelantar mis exámenes, además, ya teníamos fecha para la boda y comenzamos a preparar los trámites necesarios. Así que no tuve ni tiempo ni cabeza para enterarme sobre las últimas noticias relacionadas con las consecuencias de la caída del muro de Berlín. Sin embargo, la Europa Oriental continuaba agitada. 

La noche del 21 de diciembre de 1989, Valery y yo viajamos a la estación de trenes de Kiev y pasamos allí la noche, de esta forma nos aseguramos de estar puntuales en el tren que nos llevaría a Bratislava. Aunque contaba con la seguridad de un boleto, una visa y un hogar en mi residencia, todas las terminales del mundo son inseguras y pasar la noche en vela o alternando roles para cuidarnos daba miedo.  

Una vez que las personas contamos con el calor de un lugar seguro, el panorama nos cambia. Así que no tuvimos reparo en echarnos a dormir con rapidez ya estando en el camarote del tren. Al levantarnos, nuestros compañeros nos dieron la bienvenida y nos convidaron té negro con pan, una delicia. Era una pareja de adultos robustos, veteranos de guerra, que estaba haciendo un recorrido en diversos países de Europa del Este para encontrarse con sus compañeros de trinchera. 

Ellos comenzaron a preguntarnos nuestra opinión sobre lo sucedido con la caída del Muro de Berlín y la posibilidad de la unión de las dos Alemanias. Como muchos pensábamos en ese tiempo, les comentanos que la unificación nos parecía un asunto difícil de resolver dadas las condiciones de vida impuestas por el antagonismo generado por el capitalismo vs. socialismo o viceversa. Para sorpresa nuestra, la pareja nos reveló que, en efecto, eran veteranos de guerra pero habían formado parte de la resistencia alemana contra el fascismo. 

Valery y yo nos miramos con asombro...

- ¿En verdad son alemanes?
- Sí, ¿por qué la sorpresa?
- Porque hasta donde sabemos la URSS derrotó a Alemania y se nos hace raro saber que existen alemanes amigos de los soviéticos. 
- No sólo somos amigos de ellos, estamos viajando para  encontraremos con nuestros camaradas eslovacos, junto a ellos formamos parte de la resistencia, éramos casi unos niños, pero todos nos involucramos. La Segunda Guerra Mundial fue algo terrible para todos. 
- Bueno, ¿y ustedes qué piensan de la situación de su país?
- Nosotros tenemos miedo, no sabemos qué va a pasar, la mayor parte de nuestra vida ha sido en un país socialista sin relaciones con la otra Alemania. No nos imaginamos cómo puede ser la vida. 
- Lo poco que sé -dije yo-, es que los jóvenes de las dos Alemanias están contentos, pero que existen jóvenes en la parte Occidental que forman parte de grupos con tendencia fascista. 
- Es verdad, y ese es uno de los temas que nos angustia. Hoy, en ambos lados del muro te puedes encontrar jóvenes que admiran a Hitler y nos horroriza su falta de conciencia, ¿por qué no entienden que lo que hizo ese monstruo fue horrible?
- Seguro es rebeldía. 
- No importa el motivo, lo relevante es lo que sucederá si nos unimos, nuestra parte, el Este, tiene muchas desventajas con respecto a Alemania occidental. Tenemos mucho atraso industrial, en el tema de la vivienda y el nivel de vida es muy distinto...
- No tenemos idea de cómo es la vida en ninguna de las Alemanias, -les dijimos. 
- Tenemos miedo de que nos sometan con el argumento del atraso, nos da miedo que nos traten como alemanes de segunda...

Valery y yo no sabíamos qué contestar, tal vez la pareja se daba cuenta que con su charla nosotros nos estábamos enterando de la incertidumbre que vivía gran parte de la población alemana. Nunca antes me había planteado lo que un adulto maduro sí. Decidimos preguntarles sobre su forma de vida, lo que hacen y sienten, dejarlos hablar sobre sus dudas y miedos fue la mejor manera de aprender y de comprender el peso real de un suceso que, hasta ese momento, lo habíamos visto de reojo, como si no nos afectara. 

Las 30 horas de viaje en tren fueron maravillosas para mí, sólo hasta ese momento comenzaba a tomar conciencia de la dimensión histórica que me había tocado vivir. Tal vez desde entonces me quedó claro que en algún momento de mi vida, compartiría mis vivencias. La Europa que yo conocí en ese tiempo, tenía una idea más clara del significado de una guerra, del horror de perderlo todo, de huir y esconderte para ganar un día de vida, quizás. 

Los horrores de la guerra continúan en otros puntos del planeta, Siria, Somalia... Quienes alguna vez fueron víctimas, hoy son victimarios, ejemplo de ello son las acciones de Israel contra Gaza. América Latina vive nuevas formas de guerra, México a través del crimen y a las enormes cantidades de armamento que entra a mi país desde la casa de mis vecinos del Norte. Centroamérica con la violencia o pobreza extremas en puntos muy ácidos.

El 4 de noviembre fui testigo de un suceso que jamás imaginé. Mi hijo y yo salíamos de mi pueblo para tomar la autopista hacia Ciudad de México y justo en el entronque vimos a una multitud de hondureños pidiendo "aventón" o ride a los autos que nos dirigíamos para la capital. Se trataba de integrantes de la conocida caravana de migrantes que han caminado parte de nuestro continente para tener otra vida, quizás. 

Leer noticias sobre la "caravana" es una cosa, ver los rostros de esa gente me cambió  la perspectiva de la vida, lo que ví no eran personas, sino fantasmas. ¿Hasta dónde son capaces de llevarnos los dueños del mundo?, ¿qué le espera a mi país tan lleno de incertidumbre e ignorancia? 

Estoy conciente de que las teorías de conspiración de quienes movieron a la caravana tienen sus fundamentos, no obstante, como ser humano y como la persona errante que he sido, sé que no es fácil ser migrante, mujer y latinoamericana, como no es fácil caminar por el mundo sin la certidumbre de llegar a un techo que te resguarde, a beber algo caliente y gozar de la charla y camaradería de la gente que lleva el mismo camino que yo. Las personas de "a pie" somos presa fácil de la demagogia local o global. 

Mis dos deseos antes de concluir esta entrega son: que mis hermanos centroamericanos no mueran en el camino y que su elección de dejarlo todo no sea peor, aunque, ¿qué se hace cuando ya se ha perdido todo? En mi humilde opinión, lo peor que puedes hacer es quedarte inmovilizado.