27 de marzo de 2018

La vida es lo que pasa mientras haces otros planes (parte 2)

Por Fabiola Martínez Díaz

Tocó mi turno de obsesión. Considerando que al inicio del Otoño los jardines de Peterhof aún estaban abiertos, sugerí a mis amigos regresar, sobre todo, porque estaba decidida a no perderme las imágenes de tan maravillosos jardines y estatuas. Fue por eso que guardé como  tres cuartas partes de un rollo kodak a color de 36 exposiciones que llevé desde México.

Salimos de la residencia de Martha y Víctor hacia la terminal de trenes desde donde salía la electrichka hacia el Palacio de Verano. Ese día en particular, hacía mucho viento. Al llegar a los Peterhof, volví a sentirme maravillada. El pasto aún era verde y en los jardínes había tulipanes.

Recuerdo haberle pedido a Víctor que me tomara las fotos en los lugares que más me gustaron y en los que no había visto en postales. Empecé a posar con Valeri a diestra y siniestra. El tiempo voló y nuevamente ni el horario ni las fuerzas alcanzaron para caminar todos los lugares. Ese día reímos mucho, jugamos con el agua que baja de la fuente principal y desemboca en el Golfo de Finlandia.

Entre más nos alejábamos del resguarde de los árboles, mayor se sintió el viento frío... Y húmero. Para cuando llegamos al muelle a esperar la lancha (a la que llamaban cometa), la sonrisa se nos borró por ese frío que calaba hasta los huesos.

Brincamos para tomar calor y no funcionó, dimos vueltas como en clases de educación física y tampoco. A alguien se le ocurrió formar círculos, de espaldas y de frente y sólo así logramos recuperar algo de calor. La lancha tardó en llegar, no sé cuánto porque cuando la estoy pasando mal, el tiempo se me hace eterno. Empezó a llegar más gente al muelle y nos faltó poco para pedirles estar juntos para obtener calor.

Finalmente la lancha llegó y fuimos los primeros en subir y, a pesar de estar dentro con más gente, simplemente no podíamos calentarnos. Nunca había sentido un viento así, tan penetrante y húmedo que calaba hasta los huesos. En el trayecto de regreso nadie habló, creo que ninguno quería gastar sus calorías. Sin embargo, yo pasé del éxtasis al asombro y pesar. Mi mente, mi mejor máquina de sabotaje, comenzó a preguntarse cómo serían las condiciones de vida de quienes construyeron la ciudad, todos los lugares que amaba de Leningrado.

Recordé aquella cabaña donde vivió Pedro el Grande, y todo tuvo sentido. Si Pedro vivía así era por practicidad y porque no había mucho para donde hacerse. Era un lugar pantanoso, sobrevivir allí debió ser difícil. En ese momento no quise indagar, lo hice años después, y supe que para construir la ciudad hubo miles y miles de muertos.

Finalmente llegamos a nuestro destino y bajamos frente al Hermitage, pero no reparamos mucho en él porque todos queríamos tomar un té caliente o cocoa (era una especie de chocolate caliente sin leche). Luego de recuperar fuerzas y calor caminamos hacia la catedral de San Isaac, pues Valeri quería ver el péndulo de foucault.

Como ya no había horario de visita a museos o iglesias, caminamos por la zona, que en sí misma es un museo de anchas aceras donde se aprecia, ya sea la estatua a Pedro el Grande, o la de Pushkin, en la galería de arte y otras más.

El último lugar que visitamos fue la fortaleza de Pedro y Pablo, que además funcionó como prisión. Nuevamente pensé que los pobres presos debíeron haber muerto de frío, neumonía, tosferina o enfermedades similares; pues allí, en ese clima de Otoño, se respiraba humedad y las paredes se sentían húmedas. ¿Cuánto dolor cuesta hacerse de un imperio? Esa era mi pregunta constante.

Ahora que escribo esta entrega también pienso que lo mismo debió sucederle a quienes construyeron Versalles, o esos lugares de Europa tan concurridos y apreciados. No sé cuántas personas se hagan las mismas preguntas que yo. Pero quizás valga la pena hacerlo porque incluso ahora, las potencias luchan por hacer imperios que cuestan miles de vidas. Vidas que ponemos los más débiles en la cadena.

Valeri y yo regresamos a Kiev contentos con la visita. En la primera oportunidad que mi amiga Riita visitó Finlandia, le pedí revelar el rollo. Honestamente estaba ansiosa de verme allí, junto a esas majestuosidades. Para mi desgracia, todas las fotos de Peterhof se velaron, ¡por segunda vez! y las demás sí salieron.

Hasta hace poco pensaba que yo era la que tenía mala suerte con el lugar, hoy pienso que tal vez habilitaron la zona para que se velaran las fotos. Sigue siendo una duda, pues tampoco esa opción hace sentido porque el resto de las tomas sí salieron, menos las de Peterhof. Anhelo volver allá, espero que la vida me de la oportunidad de hacerlo. No se cuándo ni cómo, pero quizás lo logre.

Peterhof, con la flecha señalo la ubicación del muelle. Imagen cortesía de Wiki Commons.

Otra vista, al fondo el palacio. Imagen cortesía de Wiki Commons.
Algún día tendré mis propias fotografías. 

Catedral de San Isaac, Leningrado, hoy San Petesburgo.
Imagen cortesía de Wiki Commons.

21 de marzo de 2018

La vida es lo que pasa mientras haces otros planes

Por Fabiola Martínez

Cuando vislumbré el principio del fin de mi época en la URSS, lo que me vino a la mente, primero fue regresar a Leningrado; y aprovechando que Valeri no lo conocía, le pedí ayuda a Martha para conseguir nuestras visas de traslado y garantizar acceso a la residencia sin huir de las bábushkas.
No recuerdo qué transporte usamos para llegar, lo que tengo presente es que me la quería pasar lo mejor posible.

Hicimos la visita aprovechando un fin de semana largo en octubre y quizás hasta pedimos un día de permiso extra. Martha y Víctor, excelentes anfitriones, ya tenían propuestas para visitar. Fuimos a un parque o jardín donde se exhibe la cabaña desde donde Pedro el Grande dirigió la construcción de la ciudad. La visita al sitio era atractiva porque los museógrafos, de alguna manera, se las arreglaron para hacernos vivir las condiciones pantanosas de la época al mismo tiempo que provocaban empatía y admiración por aquel  hombre de dos metros que vivió en la austeridad para alcanzar su objetivo.

A Valeri le entró el entusiasmo por visitar el histórico crucero Aurora, desde donde se dio la señal para iniciar la Revolución de Octubre, que cambió el rostro del siglo XX. Ese paseo no era mi hit, porque en Leningrado hay edificaciones y museos que, para mi gusto, valían más la pena. Pero también admito que la visita al Aurora era algo casi obligado por la relevancia histórica.

Durante ese paseo mis amigos nos dieron la sorpresa de haber comprado cuatro boletos para ver a Julio Iglesias. Yo me emocioné mucho porque, en sus buenos tiempos, él me gustaba, y en México ir a sus conciertos era pagar un dineral que no tenía ni quería darlo, mientras que en Leningrado la entrada costaba cuatro rublos.

Comentando sobre la visita del cantante, nos preguntábamos por qué un cantante conocido sólo en el habla hispana, querría arriesgarse a ir a un país donde lo que gustaba, como consecuencia de la Perestroika, era el Rock. Concluimos, acertadamente, que ese concierto estaría más lleno de latinos que de soviéticos. Dicho y hecho.

Regresamos a la residencia de mis amigos para comer algo y prepararnos para el concierto. Mientras Víctor preparaba su cámara, elaboraba el plan de ataque...

-Se van a acercar a Julio Iglesias y le pedirán autógrafo, o un saludo.
-Preparemos papel y pluma, por si acaso.
-Noooooo, bueno sí, para disimular, pero mi idea es que le roben un beso y yo les tomo la foto.
-¿En serio Víctor?
-Sí, ¿se imaginan la envidia que les tendrán en México con una foto así?
-No lo había pensado, le contesté.

El plan de Víctor sonaba bien para nuestras costumbres mexicanas, aunque en el plan le faltó el desmayo, los gritos y la histeria (creo que en ese tiempo las chicas todavía no aventaban ropa interior a sus ídolos musicales.

Recuerdo que yo traía de México la moda de poner gel en un costado del cabello dejando el resto suelto al natural. Valeri me lo criticaba, pero yo, como de costumbre, no le prestaba atención a esos comportamientos. Mientras me colocaba mi "plasta" de gel en el cabello, Valeri quiso exponerme frente a mis amigos.

-Martha, ¿tú qué opinas de que Fabiola se ponga eso en la cabeza?
-No le hagas caso Martha, lo que pasa es que le desagrada mi peinado.
-Bueno, contestó Martha a ambos, si a Valeri le disgusta que te pongas gel sólo en un pedacito de tu cabeza, úntate el frasco en toda la cabeza y santo remedio.

No pude evitar soltar la carcajada, fue una respuesta audaz y juguetona. Llegando al teatro, lindo y grande, luego de acomodarnos en nuestros asientos, Víctor repasó el plan, en tanto Valeri saludaba a sus compatriotas, pues el sitio estaba lleno de cubanos, entr otros latinos. Muchos de ellos iban en pareja.

Con gran solemnidad comenzó el show, lo que para los soviéticos era una especie de concierto. Honestamente quedé impactada, no sólo por la exquisita ropa y luces, sino por la colección de despampanantes coristas: rubia, morena, pelirroja y afrodescendiente. ¡Qué mujeres!

Mientras los soviéticos disfrutaban del concierto sin interrumpir (como marcan los buenos modales), los latinos aplaudíamos, cantábamos y gritábamos mientras los soviéticos nos veían con indignación. Los cubanos se veían contentos pero moderados, pues en el fondo estaban cometiendo un acto de deslealtad a la Revolución, ya que Julio Iglesias estaba prohibido en la Isla (este dato es real).

Mis amigos y yo pudimos ver a un Iglesias algo descompuesto por la falta de respuesta del público al que planeó conquistar, lo que al santo cantante no le advirtieron fue sobre los modales practicados por los soviéticos a la hora de ver una presentación. Sin olvidar que Julio Iglesias era poco cercano a lo que gustaba de aquello que provenía de "occidente".

Pero ya entrados en gastos, los latinos empezamos a pedir beso y autógrafo, cuando empezaron a formarse las chicas, Víctor nos mandó (a Martha y a mí) a realizar el plan. Hicimos todo lo planeado pero Iglesias sólo saludaba a los tres o cuatro soviéticos que se le acercaron. A los latinos sólo nos saludó y ya.

Regresamos a nuestros asientos derrotadas, pero en esos momento Valeri ya había armado mancuerna con unas parejas cubanas.
-¿Verdad que en Cuba, una mujer decente no hace lo que ella hizo? -mientras hablaba Valeri me señalaba.
-No chico, en Cuba habemos mujeres decentes. No le hacemos eso a nuestros hombres.

Con la mirada,  maté y reviví a la mujer para volver a matarla. ¿Qué clase de retrasada mental era?, ¿Acaso nunca ha visto un concierto aunque sea en la tele? Yo no estaba enojada, estaba encabronadísima. Desde ese momento Valeri me aplicó la ley del hielo, que duró pocas horas porque  era tal mi encabronamiento que al otro día decidió cambiar su táctica.

En mi país hay un dicho que reza, "las mujeres se unen a los hombres bajo la premisa: Yo lo voy a cambiar". "Y los hombres bajo el supuesto: "Ella no va a cambiar". Creo que el dicho aplica para los latinos y cubanos (léase con sarcasmo), porque si había una certeza en el mundo era que yo seguiría cambiando, porque maduraría, porque es parte de mi escencia: siempre con proyectos nuevos, con inquietud de vivir, de saber más, de conocer.

En el contexto de ese percance con Julio Iglesias, algo en mi interior me decía (y creo que también a él), que algo saldría mal, ¿qué?, sólo el tiempo nos lo diría.

En un lugar cercano a la cabaña de Pedro el Grande. 

Antes de subir al crucero Aurora.
Dentro del Aurora, en el segundo piso. Al fondo, el río Neva. 




6 de marzo de 2018

¡El horno ya no está pa` bollos!

Por Fabiola Martínez

La temporada de cambios continuaba. Cambios en la URSS (con más y más revelaciones), en el incremento de desabasto, en el malestar generalizado de la población y cambios en mis planes de vida.
Mientras la URSS giraba hacia rumbos insospechados, yo lo hacía para coincidir con el administrador de la residencia, pues debía asignarme mi habitación para pareja. Pero el hombre estaba haciendo su "agosto" con los libaneses, marroquíes y la nueva gente que se mudaba a mi residencia. Mis compañeros sabían cómo negociar las mejores habitaciones y yo seguía de terca en no aprender ese camino.
El día que logré forzar un encuentro con el administrador, éste subía el elevador rodeado de árabes y africanos. Me miro y dijo:
-аи аи аи Фабиола ты покрасотельос (algo así como, te pusiste linda, estás hermosa)
-Gracias, -le contesté con amabilidad-, ¿cuándo me entregan mi habitación?
-Ven con nosotros, ahora mismo te la entrego.

Y fuimos todos al noveno piso, allí mis vecinas serían, a mi izquierda Khema (Campuchía) y nuestra compañera de Taiwan, que ahora no recuerdo su nombre. Justo frente a mi cuarto, cruzando los lavabos, estaba la habitación de Murad y Mohamed, dos amigos de Marruecos; precisamente Murad, era mi compañero de grado.

Todo parecía ir bien ese día, y quizás el siguiente, pero pronto nos llegó una sorpresa desde la hermana República Socialista de Vietnam. Se trataba de un nutrido grupo de mujeres que, al igual que las cubanas, llegó a mi instituto a cursar su año de práctica del idioma ruso. Calculo que llegaron unas 50 vietnamitas y, entre ellas, unos 10 varones. Así que en las habitaciones amplias, destinadas a ocuparse por tres personas, el administrador colocó a cuatro. Sólo en mi bloque había 16 hermosas mujeres de tan afamado y aclamado país.

Desde el primer día que llegaron en ese bloque se vivió un caos. Lo primero que las vietnamitas hicieron fue comprar enormes peroles para cocinar, ¿qué preparaban?, hasta hoy lo ignoro pero la cocina olía horrible. Además de que las chicas dejaron todos los peroles encimados y sucios y durante varias semanas nunca apagaron la estufa (que era eléctrica)

Yo me comporté como toda mujer que juzga a otras mujeres por dejar un desastre de tal calibre (es decir,  me porté como una auténtica  bitch), ¡y sepan que entre mi familia son ampliamente conocida por no dominar las "labores propias de mi sexo", pero lo que veía me encrispó. Creo que comencé a vociferar  y estaba a  punto de ir a tocar la puerta de mis nuevas vecinas, pero salieron Murad (de marruecos) y Valeri. Según ellos, me calmaron y hablarían con las chicas para poner orden.

Cuando recreo en mi mente esa escena no paro de reír. Murad y Valeri tocaron con amabilidad a nuestras vecinas y les enseñaron cómo usar la estufa eléctrica; les explicaron también que la cocina debía permanecer limpia y que sus peroles y comida no debía quedar tirado. Que, por  turnos, todos debíamos tirar la basura de la cocina en el dispensador o tubo que juntaba la basura de todos los pisos.

Por cada tema que los chicos explicaban a las chicas, ellos preguntaban: ¿entendieron?...
Enseguida ellas asentían con la cabeza y sonreían. Ambos varones, con la mirada altiva y en una actitud de sumo control me miraron y exclamaron: ¡Asunto resuelto!

Nunca supe por qué razón pero las personas de limpieza tardaron en iniciar sus labores en mi sector. La basura del baño comenzó a acumularse pero esa no la tocábamos ninguno de los inquilinos, siempre esperamos al personal de limpieza.

La noche de esa difícil tarde todos comenzamos a percibir un olor a quemado. Luego escuchamos a Murad bociferar en árabe un montón de palabrotas. Asustados, Valeri y yo salimos a ver qué sucedía, ¿acaso se provocó un indendio?

Ya en la zona de lavamanos y baño, nos dimos cuenta que, para abreviar trabajos o quizás porque pensaron que les tocaba sacar la basura del baño, las vietnamitas decidieron prender candela a la basura del baño, sin percatarse que los cestos eran de plástico y que también se quemaría.

Nunca supimos por qué pero las llaves de los lavamanos estaban abiertas, todas, el agua escurría por todas partes formando una mezcla de fango y mierda quemada. Murad perdió todo su glamur y fue a tocar a las vecinas y les explicó todo lo que habían hecho mal. En el fondo, yo miraba la escena complacida, sonriendo entre el nervio y la locura. Pues mientras Murad se autoproclamaba starosta (jefe de bloque) y volvía a explicar las reglas de convivencia. Yo me di cuenta que ellas no entendían nada de lo que les decíamos, su ruso era menos que elemental.

Pero Murad seguía enloquecido (y no era para menos), organizó la limpieza del bloque y nosotros también colaboramos, aunque honestamente ellas se tuvieron que encargar del agua del baño y lo que quedó del bote de basura de los sanitarios.

A partir de esa noche, Valeri, Mohamed, Murad y yo nos hicimos excelentes amigos, no había de otra, era urgente organizarnos y tomar medidas. Pero lo que acabo de contarles  fue apenas el principio de un año de locura en el bloque 1 del piso 9.



14 de febrero de 2018

La mentira dura hasta que la verdad florece

Por Fabiola Martínez Díaz


Y por fin llegué a México. Como siempre, mi madre me esperaba llena de amor y cariño acumulado, también me esperaba un hermoso ramo de rosas rojas que mis tíos Eduardo y Lourdes hacían llegar. Abrazos y besos de todos. Me sentí culposa. 

Por aquí y por allá se escuchaban noticias y se veían encabezados de los avances de la Perestroika y la Glasnost; se detallaban novedades sobre el papel del gobierno cubano en el narcotráfico. Pero yo elegí no escuchar, ni ver. 

En pocos días le hablé sobre mi plan de casarme y probar fortuna en el país de Valeri. La lastimé mucho. Pero el egoísmo juvenil es "cabrón" y no comprendía los alcances de mi noticia. Pues justo el año pasado mi hermana Paty se casó llevándose con ella a Carlita, su hija, una niña que todos mis hermanos y hasta mis primos amamos de una manera especial. Podríamos decir que mi madre estaba en duelo, pues esa hermosa niña fue cuidada, educada y criada por ella. El amor entre ambas era de los más profundos. 

Por otro lado, el mismo año, mi amado Adolfo (que en paz descansa), se casó y se fue con mi cuñada a probar suerte a los Estados Unidos en busca del sueño americano, que logró de principio a fin. Mi pequeño hermano, por circunstancias relacionadas con su rebelde juventud, también se fue. Recuerdo haberlo acompañado al autobús en mis vacaciones pasadas, nunca pensé que pasarían tantos años para volver  a abrazarlo. 

Mi padre, libre al fin de responsabilidades, se fue a hacer su vida y yo llegué para decir adiós también. Mamá prácticamente dejó de hablarme, yo pensaba que no me entendía, pero quien no entendía era yo. Mami callaba otra vez para no oponerse a mi plan de vida, y también callaba por la tristeza de perderme. 

Pero yo seguí en lo mío. Busqué la revista de novia que le prometí a Natasha, mi amiga ucraniana que también se había comprometido con Darek. Busqué una ropa linda para usar en mi boda y me llevé un vestido corto que usó mi hermana Paty. Me dí prisa en preparar todo lo necesario y me di tiempo para ver a mis amistades. Un ex novio me buscó para pedirme establecer una relación formal, otro sólo me invitó a comer y sólo me miraba con nostalgia, creo yo. 

Tenía planeado convertir mis vacaciones en una larga despedida de soltera y eso hice. No quise percatarme de nada más. 

Llegada la fecha volé a Moscú, estuve paseando por la ciudad un día o dos y me perfilé a Kiev. Llegando a la residencia gestioné lo necesario para contar con una habitación de dos personas y pedir permiso de que Valeri viviera en mi residencia. Le entregué la revista a Natasha y juntas vimos cada vestido de novia que ella podría coser para sí. 

Como aún no comenzaban las clases Valeri y yo paseamos mucho por la ciudad buscando enseres que podían hacernos falta. Pero durante mi ausencia el desabasto de duplicó, las tiendas de todo tipo estaban vacías. La gente estaba molesta, además del enorme desabasto, los archivos que día a día se liberaban, les hacía más profunda la herida y la pérdida de una nación que marcó su vida para siempre. 

El malestar estaba fundamentado, los horrores cometidos para mantener un sistema de control tan eficaz dejaban mucho que desear. Además, ahora, a los soviéticos se les permitía expresarse y eso hicieron. Expresaban su hartazgo, su desesperación, el vacío de una patria tambaleante, etc. etc. 

Un día Valeri y yo caminábamos por la calle y un hombre maduro me enfrentó cuestionándome  por qué andaba con uno de los suyos. Otros ucranianos ex compañeros de bloque de vivienda exclamaban vituperios cada vez que me veían. ¿Se les podía culpar?

La verdad no, en todos los entidos ese pueblo la estaba pasando muy mal y creo al preguntarse la causa, pensaron que éramos los extranjeros que estudiábamos en su ciudad y en su país. Su lógica tenía mucho sentido, pues durante las décadas que la URSS dio educación superior a extranjeros, ya  fuera por intercambio cultural o por medio de los partidos comunistas, la justificación populista que se le dio al pueblo soviético era que la URSS estaba ayudando a todos los que "moríamos de hambre" en nuestra propia patria. 

A fuerza de repitir una mentira, ésta terminó convirtiéndose en "la gran verdad". Desde 1988  las agresiones verbales o conductuales hacia los estudiantes extranjeros se incrementaron. Para desgracia nuestra (de los estudiantes extranjeros), en ese año escolar llegaron unos más estudiantes extranjeros. El panorama no mejoraría...

30 de enero de 2018

Porque el mío es más grande (parte 2)

Por Fabiola Martínez

El sol de un atardecer de este frío invierno trajo a mi mente un recuerdo revelador de mi niñez, el feliz día en el que me percaté de que existían otros lugares además de mi pueblo, la ciudad de México y de mi país. Es indescriptible la maravilla de la niñez, cuando todo es nuevo y revelador. Es un recuerdo muy presente a lo largo de mi vida, tal vez pudo ser el germen que me llevó a desear fervientemente conocer otros lugares del planeta y logré apenas dar unos pasos...

El verano de 1989 preparé mi viaje a México motivada por mi inminente boda. Empezaba la cuenta regresiva de mis últimos días con Susi y Nacima. Susana, aunque tenía a cuestas todo el peso de una educación rigurosa del Bajío mexicano, tenía un enorme ímpetu por conocer el mundo, por eso me propuso ir con ella a Grecia, viajaría mochila al hombro pernoctando el aquellos famosos lugares que cobraban unos cinco dólares por dejarte dormir en tu propio sleeping bag y un par de dólares más por un locker para guardar las mochilas. 

Los ojos de Susi no cabían de la emoción y yo la decepcioné porque nunca fui completamente una amiga para ella y lo necesitaba. Creo que organicé mi viaje a México con Martha. Nos costó mucho trabajo conseguir boletos de avión, simplemente íbamos a Intourist y quedamos en lista de espera proque los vuelos a México estaban agotados hasta por meses. ¿Qué rayos pasó? Ni idea, pero nos empeñamos en conseguir boleto y logramos entrar en la lista de un vuelo charter. ¡Menos mal! 

Los vuelos a México siempre despegaban alrededor de las 12 de la noche, nosotras llegamos unas tres horas antes por aquello de la seguridad del transporte, quisimos documentar enseguida y esperar dentro, pero esa noche todo estaba de cabeza. La sala estaba atascada de gente llena de enormes maletas, todos parecían soviéticos pero hablaban un idioma desconocido para nosotras. 

La fila para documentar avanzaba con mucha lentitud, primero porque las maletas eran enormes y numerosas, la gente pagaba el sobrepeso pero aún así enfrentaban dificultades y tenían de elegir las cosas para dejar. De entre la multitud sobresalían las mujeres robustas, algunas de ellas llevaban pañoletas en la cabeza, ellas eran las que más peleaban el asunto del equipaje y también peleaban porque los aduaneros les revisaba exhaustivamente todo: TODO. 

-¿Sabes qué está pasando? -preguntó Martha a una soviética que andaba por ahí. 
-¡Ah, sí!, ten calma, se tardarán, están saliendo del país los armenios. 
-¿Y por qué los revisan tanto?
-Porque tienen salida definitiva y lo que quieren saber es si llevan más oro del que están declarando y está permitido. 
-¿Qué tanto oro pueden tener?, además ya no venden oro en las tiendas, desapareció 
-Los armenios siempre tienen oro, compran oro y por eso son ricos. Ha pasado con todos los vuelos a México.
-¿México?, ¿quiere decir que migraran a mi país?
-No, ellos viajan a México porque ya no encontraron vuelos directos a los Estados Unidos y México es lo más viable. 

En el altavoz se anunció el retraso de nuestro vuelo y dejamos de conversar con la soviética. Centramos la atención en observar lo que sucedía y de paso enterarnos si alguien era sorprendido con más oro, pero no vimos nada. Teníamos sueño, estábamos cansadas y hambrientas. Enfadadas con el personal de aduana, Martha y yo dijimos refunfuñando: "A no ser que quieran quitarles el oro de los dientes no creo que les encuentren más oro del reglamentario". 

Me acosté en el piso y usé mi maleta como almohada, Martha era más pulcra que yo y sólo se sentó junto a mí. Conversando con mi amiga, recordamos lo poco que sabíamos de Armenia: era una de las 15 repúblicas de la URSS y que se encontraba en aquellos lugares donde ningún latino quería ir, pues no era parte de Europa (pensábamos con un aire de desprecio). Por más que elucubrábamos las causas de ese éxodo armenio, nunca supimos la causa. 

Hasta hace menos de un año, por el interés de escribir este blog, comencé a investigar sobre las causas del éxodo armenio y supe que fue ocasionado por un fuerte sismo en el año de 1988. En esa búsqueda he hallado hermosos documentales sobre ese país, y sólo ahora, con plena conciencia de los hechos, siento pesar por mí. Estando tan cerca de una de las culturas más maravillosas en la historia del mundo, nunca moví un dedo por conocerla, es más, ni sabía de todas las maravillas de ese país, tampoco sabía nada de Georgia. 

En esas tierras se elaboran exquisitos vinos, en sus tierras se han encontrado los restos de vid más antiguos del mundo. La cultura armenia inició tres mil años antes de nuestra era, el territorio y quizás su gente fue parte de la historia persa, griega, romana y otomana; se autodenominan la tierra de Noé porque dicen que en el Monte Ararat (que les fue arrebatado por los turcos), encalló el Arca de Noé y fue en sus tierras donde éste personaje inició el cultivo de la vid. Fue el primer país del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial, por eso su iglesia es una de las que tiene el privilegio de celebrar el Fuego Nuevo en el Santo Sepulcro de Jerusalem. 

Sobre Armenia y Georgia hay mucho por conocer... ¡Y sí!, esta reflexión trae al presente, otra vez, mi malestar por estar a merced de una educación reduccionista, la que recibimos los países dominados por el eurocentrismo, ¡qué calamidad la nuestra! 

En mi ceguera cultural, perdí la oportunidad de visitar un lugar fundamental en la historia de la humanidad: el Cáucaso. Creo que me habría asombrado tanto o más que la primera vez en mi infancia al ver esos monasterior de Nagorno Karavaj,  los antiguos libros de la biblioteca de Yerevan o maravillarme con la magia de la zona arqueológica Zorats Karer. 

Hoy por hoy, miro los documentales y lamento tanto mis elecciones, me digo : "¡Qué bruta eres, al menos hubieras ido a Grecia con Susana!  Dice una frase del filósofo nacional Juan Gabriel "Dios perdona a todos pero el tiempo a ninguno", así que seguiré buscando documentales para, al menos, nutrir mi espíriu.