2 de diciembre de 2015

Víspera de vacaciones de invierno

Por Fabiola Martínez

La discreción es una cualidad que pocos aprendemos a ejercer. En lugares donde la única familia cercana que tienes son tus compañeros de clase, de habitación y de residencia, es fácil caer en la tentación de contar todos y cada uno de los pasos que daremos... En ese aspecto Martha era excepcional, fue sigilosa en la organización de su proyecto vacacional.

Antes de terminar los exámenes de fin de semestre, donde por cierto reprobé física y aprobé el resto de las asignaturas, Martha me comunicó que visitaría México durante las vacaciones de invierno. Ella, como yo y como la mayoría de estudiantes de la ex URSS, sucumbió a las enormes encantos que brindaba el mercado negro para cambiar dólares por rublos y comprar un pasaje de ida y vuelta a nuestro país.

-Quiero estar con mi familia, creo que algunos familiares no sobrevivieron al terremoto-, me dijo Martha.
-¡Qué envidia!, escribiré cartas y enviaré algunos obsequios para mi familia, ¿tendrás tiempo de dárselos?
-¡Claro que sí!, además me pondré de acuerdo con Víctor...
-¿Sobre qué?
-También tramitó su beca para este país y hará hasta lo imposible por reunirse conmigo.
-¡Felicidades!, tampoco lo sabía...
-Es que, no me gusta hablar de temas muy personales, pero ya es un hecho.
-Yo tomaré la opción que nos ofrece la Podfak y me iré a la casa de descanso, en verdad me hace falta dormir, olvidarme de las presiones de la escuela.

Con mucha alegría participé de los preparativos para el viaje de Martha, sentía que al ir ella se iba un pedazo de mí, alguien contaría a mi angustiada y triste madre que estaba bien. Su partida fue rápida. Yo me quedé sola en la habitación, Lila y Natasha se fueron a sus casas también, muchos estudiantes viajaron a Alemania, Italia y un sin fin de países de la Europa occidental. El "bendito" mercado negro brindaba a muchos la posibilidad de conocer Europa a bajo costo.

Yo no era osada, tenía pocos dólares y no me sentía con la confianza personal de emprender tales hazañas, sólo quería descansar, respirar y reflexionar sobre el nuevo rumbo de mi vida. Para todos los estudiantes de la Podfak, la universidad contaba con una casa de descanso que incluía comida y dormitorio, sin costo extra. Muchos de la Podfak iríamos, pero antes tuvimos días de descanso. En ese tiempo tuve mayor acercamiento con el grupo de cubanos y me dejé cortejar por uno de los chicos.

"X", era un muchacho agradable y me hacía sentir especial con su cortejo, comparado conmigo era muy alto y delgado, pero bueno, me dije yo, es sólo un novio, no será mi marido. En ese tiempo mis compañeros cubanos recibían la visita de un grupo de compatriotas de otro instituto que también irían a la casa de descanso.

Yo pensaba que, al ser latinoamericanos, cubanos y mexicanos tendríamos nociones similares del noviazgo escolar, pero me equivoqué. Al día siguiente de dar el "sí" a "X", llegó a visitarme a mi habitación y a preguntarme cuándo le escribiría a esa "gente".

-¿Esa gente?, ¿cuál gente?
-A mis padres y hermanos, ayer me llamaron por teléfono y les conté de mi novia mexicana. Quieren que les escribas y les mandemos fotos. Ya les dije que nos casaríamos y que viviríamos medio año en México y medio año en Cuba.
-Pero... ¡si apenas te conozco!, ¡y no me quiero casar con nadie!- Sobra decir que me indigné, no tenía forma de comprender que era un estilo diferente de relaciones personales.

La hormona es hormona y bueno, seguimos dándonos besitos y continuamos compartiendo algunos momentos con sus compañeros del otro instituto, que también venían a mi residencia en busca de "carne fresca", ¡juventud divino tesoro!

Mi ánimo era bueno, me ejercitaba en compañía de una amiga querida ecuatoriana llamada Sayonara, salía a caminar y también usé el tiempo para organizar mi desorden de ropa, por primera vez gocé la habitación sólo para mí.

Aunque ya no comía pasteles de chocolate, no podía dejar de comer unos caramelos con chocolate, creo se llamaban o les decían "batonchick". Decidí arriesgarme a caminar hacia el interior de otras residencias y tomarme el tiempo para comprar en una tienda parecida a una cabaña que me gustaba mucho por su ambiente.

¿Por qué digo riesgo?, porque el día anterior la temperatura había subido a un grado e hizo que la nieve se convirtiera en hielo, el día que hoy rememoro, amaneció con mucho frío y un fuerte viento. Con determinación me puse mi pesado abrigo y caminé hacia la tienda. El viento soplaba muy fuerte, tanto, que una cuadra antes de llegar a ella, el viento me empujó tan fuerte, que no podía detenerme, pues el piso era una pista de hielo y mis zapatos no lograban sostenerme, gracias a Dios el abrigo me sostenía en la tierra.

Justo ahora que describo este episodio, aún sonrío, casi media cuadra fui... ¿como decirlo?, fui arrastrada sobre la banqueta hasta que encontré un poste al cual sostenerme, un poste que para mi fortuna estaba cerca de la entrada que buscaba.

Me detuve para observar lo que sucedía, me percaté que el viento fuerte no era constante, sino que tenía rachas, tracé un plan de regreso, que consistía en dirigirme hacia lugares donde, a pesar del hielo y del viento, podría ser empujada a un sitio para sostenerme y esperar a ser nuevamente empujada, hasta llegar a mi residencia.

Llegando a mi habitación me esperaba "X", me preguntó santo y seña de dónde estaba y le contesté molesta que no le debía explicaciones, él me comentó que en su país, los noviazgos eran así. Ya fuera verdad o mentira, mi dosis de besitos se acercaba a su final, simplemente porque no comprendía el entendimiento que "X" tenía del noviazgo y porque, viniendo yo de un país autodenominado machista, ninguno de mis galanes me había tratado así. Me di cuenta que en asuntos de machismo, México no es el que más tiene, ni el peor, lo que sí tenemos es que somos los que más nos creemos las etiquetas que nos cuelgan y nos colgamos. Así de baja está la autoestima de nuestro entendimiento de lo que implica ser mexicano.

Me despido el día de hoy ofreciendo disculpas por no publicar el día de ayer, como habitualmente lo hago. Algunos asuntos personales requirieron de mi tiempo y dedicación, aquí adjunto una liga o link, me gustaría compartirles una situación que estoy viviendo, un atropello a mis derechos constitucionales y, sobre todo a mi trabajo. ¡Bonito día!
http://contralinea.com.mx/archivo-revista/index.php/2015/12/02/fernandez-editores-con-mas-de-30-conflictos-por-fraude/

24 de noviembre de 2015

Primera navidad fuera de casa

Por Fabiola Martínez

Me enteré que en la URSS no se celebraba navidad una semana antes del 24 y 25 de diciembre de 1985. Todos los latinos estábamos algo desanimados pues, como quiera que sea, esas fechas suelen ser de alegría, festejos y comilonas. Me enteré, también, que la única fecha a celebrar era el fin de año, y que sólo se nos daba de descanso medio día del 31 de diciembre y el primero de enero.

Muchos latinos, sobre todo los dominicanos y colombianos, no se resignaron al hecho y organizaron su propia versión de celebración navideña. El 24 de diciembre cocinaron lo que pudieron, bebieron cerveza y bailaron hasta el agotamiento. Al día siguiente la mitad de ellos fue a clases y la otra mitad se quedó a dormir y a recuperarse de la "cruda" (resaca)

Yo elegí no celebrar nada, primero porque me daría más nostalgia pensar en la tremenda comilona que estarían organizando mis familiares, segundo porque me costaba mucho trabajo levantarme a mi hora y ya no quería ni debía faltar a clases porque estaban muy cercanos los exámenes de fin de semestre. Sin embargo debo admitir que, ya en mi camita y bien tapadita, mis pies no podían evitar moverse al ritmo de la música de mis vecinos y estuve a punto de vestirme para unirme a sus festejos.

Martha y yo ya éramos alumnas responsables y estudiábamos juntas para los exámenes y para resolver las clases, puse mucho empeño en ponerme al corriente con las clases que perdí. Entre eso, la nieve y el frío, no quedaban muchas ganas de salir. Con los amigos nicas nos empezábamos a organizar para reunirnos en año nuevo, pero sucedió algo que cambió todos los planes.

Días antes de la celebración de año nuevo, Iván no se había sentido bien y conforme pasaba el tiempo su malestar no mejoraba. Del consultorio de la universidad lo enviaron a una revisión más completa al hospital que nos correspondía.

Iván, Marha y yo éramos muy cercanos, por eso, cuando nos enteramos de que lo habían internado fuimos a verlo al hospital. Quienes estuvieron internados en algún hospital de la URSS seguro recuerdan que, cuando se iba de visita no se nos permitía el paso, más bien, si los pacientes estaban en condiciones, ellos se asomaban a la reja de un portón a platicar con nosotros, algo parecido a un convento de monjas.

A través de la reja platicamos con Iván y nos contó que ya se sentía mejor, que no sabía lo que tenía pero que no se enteraría pronto porque, como venía el fin de año, los médicos tomarían esos días y lo atenderían a partir del 2 de enero. Martha estaba indignada, ¿cómo se atrevían a dejar a nuestro amigo sin diagnóstico y sin medicamento?

Según nuestra amplia experiencia médica (léase con sarcarmo), preguntamos a Iván si tenía fiebre, vómito, diarrea, etcétera; ninguno de esos síntomas estaban en su cuerpo. Martha me miró como solía hacerlo cuando tenía una idea audaz. Ella le pidió a Iván esperarnos mientras dábamos una vuelta al edificio para saber si existía una forma de sacarlo. Él nos dijo que había una puerta de salida mal resguardada y nos indicó dónde hallarla.

La puerta no podía ser mejor, Iván podría salir y entrar sin problema. Le prometimos regresar por él la víspera de año nuevo y devolerlo al día siguiente, Iván nos pidió no contarle nada a sus compañeros nicas porque eso le podría costar una fuerte sanción y hasta la pérdida de la beca. Luego de eso acordamos la hora y el lugar donde sería sustraído para celebrar, como "Dios manda", el año nuevo.

Llegado el día Martha y yo nos aseguramos de tener suficiente dinero para ir y regresar en taxi del hospital, repasamos lo que diríamos en caso de ser sorprendidas, que diríamos a Guillermo y Graciela para no estar con ellos... En fin, según nosotras todo estaba listo.

Martha y yo salimos de la residencia cuando empezaba a oscurecer, como a eso de las cinco de la tarde. Tomamos el taxi, llegamos al hospital, llamamos a Iván y él se asomó a la puerta de escape. El pobre de Iván sólo llevaba puesta una bata blanca, de esas abiertas por atrás, un sarape del hospital y sus chanclas.

El infortunado hombre no sabía si caminar hacia el taxi cerrando su bata, cuidar que sus chanclas no se llenaran de nieve y dejar enfriar más sus descalzos pies o si debía detener con más fuerza su sarape. Martha y yo pensamos en todo, menos en que nuestros querido compañero no tenía ropa para escapar. Ya en el taxi le dimos nuestra gorra, bufanda y guantes.

El ánimo de la residencia era de fiesta y hasta la Babushka andaba distraída, tanto que no se fijó en el loco con bata que metimos. Natasha y Lila estaban de descanso en su casa, así que escondimos a Iván en nuestro cuarto. Tuvimos que pedir la complicidad de Guillermo para sacarle ropa al hombre.

No tuvimos cena, ni baile, ni adornos de festejo, Martha, Guillermo, Iván y yo pasamos nuestro primer fin de año fuera de casa y de nuestro país, conversando, compartiendo sobre los usos y costumbres de nuestros países durante la navidad y el año nuevo. A Iván no le importó pasar un rato de frío con tal de no estar solo en ese hospital. Fue una celebración especial en mi vida, los buenos amigos sustituían a la añorada familia, pues para entonces yo no lograba ver que aquellas celebraciones que recordaba como únicas, eran el resultado de las expresiones patriarcas de mi abuela materna. No lograba distinguir que las nueras de mi abuela iban más por obligación que por gana.

Hoy por hoy he aprendido que en una pareja con familias extensas dominantes, quien gana el festejo de navidad, tiene ganada la partida. Yo, por mi parte, comencé a ganar la autonomía y la conciencia de tal hecho y la consigna de no repetirlo.

17 de noviembre de 2015

"Al final, las obras quedan la gente se va" *

Por Fabiola Martínez Díaz

A lo largo del recorrido de mi vida, he encontrado personas llenas de cariño y buenos consejos, mi pensamiento se ha nutrido de expresiones dichas por personas que incluso, sin quererme y sin que mi existencia les representara un asunto de interés, han dejado frases muy acordes con lo que pienso de nuestra existencia: "La vida es una actitud", dice una de ellas", "somos lo que elegimos en cada circunstancia", dice otra.

Los que emigramos temporal o definitivamente asumimos una actitud ante las consecuencias de una decisión tan trascendente para nuestra vida. Elegí quedarme en la URSS y concluir mis estudios y por esta razón asumí una actitud más pro activa ante los retos cotidianos, con ello, también formé una especie de refugio afectivo que en mucho sustituyó el cariño y apoyo familiar con el que afortunadamente conté. Además de Martha, Graciela, Iván, Guillermo y mis compañeros de Camboya fueron parte de ese inolvidable grupo.

A finales de noviembre o principios de diciembre, Martha  cumplían años y ya no teníamos suficiente dinero del estipendio para festejar. Entre los nicas y nosotras juntamos botellas de leche, (sobre todo de la famosa "malochnaya smesh" que tanto me gustaba), y las vendimos. El dinero obtenido fue bueno y estábamos contentos, así que esa tarde de viento regresamos de vender botellas jugando y riendo, quitándonos y poniéndonos guantes, gorro y bufanda. Entre juego y juego, Guillermo sacó los guantes de las bolsas de su abrigo y empezaron a volar varios rublos.

Todos nos miramos como tontos antes de reaccionar y correr tras los billetes que no pudimos alcanzarnos. Ninguno de nosotros lamentó la pérdida, la asimilamos como algo que no teníamos y que no valía la pena lamentar y nos reímos de nosotros mismos por actuar de manera boba.

La celebración se realizó sí o sí, no sé cómo le hicimos, quizá nosotras vendimos algo de las pertenencias que se cotizaban entre las soviéticas, quizás cambiamos dólares a rublos en el mercado negro, la cuestión es que resolvimos celebrar la vida y compartir.

El día del festejo Martha tuvo una tarde de nostalgia y no quería celebrar, la llevamos con engaños al cuarto de los camboyanos y entre todos la animamos y nos animamos. Los nicas y los camboyanos prepararon una comida que, a fuerza de alimentarme en los comedores estudiantiles, me pareció no sólo deliciosa, sino llena del calor de hogar.

Martha y Graciela.
Con frecuencia las imágenes describen mejor las situaciones que las palabras, si observan con atención la primera fotografía, no es difícil deducir que todos intentaban animar a Martha con unos panes con kolvasa. 


Los camboyanos hicieron lo suyo captando los momentos de la convivencia. Junto a Martha está Graciela, casi todos teníamos sobrepeso y una melena descuidada por el uso constante del gorro, por los meses transcurridos sin visitar a nuestro estilista y por los efectos de tomar la ducha por las tardes.

En la segunda fotografía está Iván, el único que en lugar de engordar adelgazó, haciendo ejercicio de su touch latino para alagar a Martha. Junto a Iván está uno de los camboyanos, nuestros anfitriones, gracias a ellos conservo capturados hermosos momentos. La tercera imagen capta a más personas, incluida yo. No sé por qué pero todos solíamos tener más hambre de la habitual, comíamos muy bien y aún así podíamos seguir comiendo más de lo mismo.
Martha e Iván.


Yo, comiendo sopa.
Aunque yo estaba consciente de las consecuencias que debí asumir por mi decisión de continuar con mi proyecto de vida, la nostalgia y la añoranza me rondaban constantemente y las aliviaba un poco pensando que mi estadía en ese país sería temporal, que seguía contando con un lugar en mi familia y en mi país. Era una promesa. No sucede lo mismo con quienes se ven ante la necesidad de migrar por motivos de inseguridad, genocidio, persecución y guerra, con ellos suelen viajar otros sentimientos, quizá de indefensión, de impotencia, de horror...

Cada cabeza es un mundo y cada corazón resuelve su sentir de forma distinta, sí. Ante esto me parece relevante enfatizar que, al recordar mis vivencias y narrarlas de la manera más honesta que puedo, con toda la sinceridad que me permite la evocación, continúo rescatando mi esencia; algo desgastada y desteñida con los devenires de la vida pero firme y bien arraigada, en plena recuperación de su dignidad.

Es importante no olvidar de qué madera estamos hechos, de dónde somos y hacia dónde nos dirigimos. Si lo que buscamos es trascender, vale la pena dejar obras significativas, pequeñas o grandes, con las que podamos ser recordados por sumar en pro de una vida digna. La lista de quienes han dejado huella en mí es larga y mi gratitud es aún más. Agradezco a la vida la posibilidad de continuar acrecentándola con la obra de la gente que continúa llegando a mí vida.


Martha, Graciela y Guillermo. 
*Frase de la letra "La vida sigue igual", de Manolo Galván, una canción que los latinos conocemos en voz de Julio Iglesias y que escuchamos largo tiempo por haber estado en los primeros lugares de popularidad. 

10 de noviembre de 2015

El día que conocí a Lenin

Por Fabiola Martínez

Tener un lugar a dónde llegar en Moscú es un tesoro invaluable, contar con el cariño y el hogar de la familia de Tania me daba seguridad, cobijo y también me evitaba conseguir la ayuda de compañeros que gestionaran permisos de pernocta en su residencia.

Martha y yo comenzamos a viajar a Moscú pretextando mil asuntos por resolver, lo más curioso del caso es que conseguíamos visa de viaje con cierta facilidad. En cada viaje nos procuramos tiempo suficiente para continuar descubriendo los tesoros cercanos a la Plaza Roja y los que resguardaba en interior del Kremlin donde, por cierto, se resguarda un complejo de iglesias-museo de belleza indescriptible.

Caminar por la Plaza Roja era agotador, sobre todo si lo hacíamos a finales de Otoño y principios de Invierno. Martha y yo procurábamos usar nuestras chamarras y no el abrigo que pesaba toneladas. Claro que usar chamarras implicaba otro “sacrificio”, que consistía en estar forradas por un montón de suéteres y camisetas, además de la bufanda, el gorro y los guantes. Al final del día siempre dolía el cuello y los hombros, pues tanta ropa limitaba los movimientos básicos como girar la cabeza para cruzar las calles, en vez de eso debíamos virar el torso completo.

Además de los múltiples museos y lugares de interés, el corazón de Moscú nos ofrecía mayores oportunidades de comer helado cubierto por una capa de chocolate, toda una delicia. Esos helados eran nuestra perdición. Si bien logramos dejar de atascarnos de pasteles, nunca dejamos de comer helado, lo cual era un gran avance, pues su venta en Jarkov era poco frecuente y muy pocas veces lográbamos comprar aquellos cubiertos de chocolate. Pero en el centro de Moscú descubrimos que, si de pronto se formaba una fila de gente, teníamos el 95 por ciento de probabilidad de comprar helados.

Un día nevado de invierno, Martha y yo recorríamos el Jardín de Alejandro y la tumba del “Soldado Desconocido” cuando nos percatamos de la formación súbita de una fila que no paraba de crecer. En una operación bien organizada yo me formé en la fila, avisando a los demás que venía con otra persona —de lo contrario me habría buscado una gran bronca, pues estar en las filas era todo un arte donde se buscaba el predominio del respeto—. Mientras, Martha fue de prisa a corroborar si el origen de la fila eran los magníficos helados.

Cuando Martha regresó conmigo traía cara de asombro y algo de confusión.
—Ya verifiqué para qué es la fila y, ¿a que no te imaginas de qué se trata?
—¿No son helados?
—No, es la fila para entrar al Mausoleo de Lenin. ¿Recuerdas que en clase de ruso nos explicaron que el cuerpo embalsamado de Lenin estaba resguardado en el Mausoleo?
—Sí, pero no lo creí, a mí lo que me gusta del Mausoleo es el cambio de guardia, no pensaba que fuera cierta esa historia.
—La fila es muy larga, tardaremos poco más de una hora en llegar ¿Nos quedamos?
—Sí. Aunque sigo sin creer.

Estar en la fila para el Mausoleo fue una experiencia singular. Desde allí podíamos ver con calma el movimiento de la gente, la arquitectura de los edificios y, un poco más avanzados, podíamos admirar la famosa estrella del Kremlin, que se decía estaba hecha de rubíes. Luego de estar en espera de entrar al Mausoleo, dejé de poner en duda la verdad de esa estrella y me dediqué a contemplarla.

Los cuidados para quienes ingresábamos al Mausoleo eran muchos, en cierto punto la fila fue custodiada por vallas y militares, quienes nos iban instruyendo en lo que se podía y debía hacer dentro y fuera del lugar. La gente que viajaba por Intourist tenía preferencia y pasaba sin fila. Así que la espera se prolongaba.

Llegados al punto de no retorno, todos dejamos las mochilas, bolsas o lo que tuviéramos cargando, a todos se nos registró para asegurar que no llevábamos armas y objetos que pusieran en riesgo el lugar. Debo admitir que, a partir de ese momento me sentí muy nerviosa, no podía creer que, pasado tanto tiempo, tuvieran a un hombre embalsamado, nada más y nada menos que al “padre” de la Revolución Bolchevique, tampoco podía creer que tendría el privilegio de mirarlo, ¿será real?, me preguntaba una y otra vez, pues ya no tenía permitido hablar con nadie que estuviera a mi lado.

Entré en un lugar que más bien parecía una cámara oscura. Lo único iluminado era el cuerpo de Lenin. La fila no podía detenerse más de cinco segundos, nadie debía tener las manos en los bolsillos, no se debía hablar.

Poco a poco me tocó estar en el punto más cercano. Sentí una especie de dolor en el estómago, eso fue de nervios, a simple vista Lenin parecía pequeño, delgado, ciertamente su palidez era como la de un muñeco de cera.

De repente escuché una orden con voz severa y me moví del lugar, me tocaba salir. La luz del día molestaba mis ojos, lo más rápido que pude me recuperé y recogí mi mochila, salí de la zona y Martha me alcanzó. Para ambas fue una experiencia única, impactadas y con hambre buscamos algo para comer e intercambiamos experiencias.


Luego del golpe de estado de 1991, todos los monumentos y símbolos de la época soviética fueron cuestionados y muchos de ellos atacados. Lo más paradójico del caso fue escuchar las opciones que tenían para deshacerse tanto del mausoleo como del “cuerpo” de Lenin. ¡Qué cosas tiene la vida!, el valor de los símbolos, hitos y mitos puede respaldar el sentimiento de arraigo, orgullo y pertenencia de una nación y, en un parpadeo puede formar parte del montón de desechos generados por la humanidad. 

3 de noviembre de 2015

Ni de la CIA ni de la KGB

Por Fabiola Martínez

Una vez dispuesta a estar en el camino que me llevaría a buenos términos en mi proyecto de vida en la URSS, organicé mis siestas vespertinas para tener tiempo de estudiar y hacer las tareas completas. Para mejorar mi estado de ánimo, dejé de estudiar en la habitación y acudí a la читальный зал sala de lectura, había una sala por cada piso y cada una tenía piano.

Todas las africanas estaban allí, también había una soviética tocando el piano. Allí conocí a una chica de Irán, era reservada pero logramos entablar una conversación. Noté que una conducta muy mía es estar absorta en lo que me acontece y por ello me perdía del mundo y de la riqueza de compartir con la gente, pero finalmente ya estaba en la actitud correcta.  

Llegando a la habitación Lila y Natasha tenían de visita a un compañero suyo que asistía a conversar con frecuencia. Cuando el chico se fue, ellas nos contaron a Martha y a mí, que el principal motivo de las visitas de su amigo era vernos, estar cerca de nosotros porque alguna le gustábamos.

—¿Y por qué no propicia conocernos, conversar o salir con nosotros?
—Lo tiene prohibido. Todos los varones tienen restricciones severas para hablar con extranjeras de países capitalistas. Sobre todo aquellos jóvenes que pronto harán el servicio militar.
—¿Él hará el servicio?, ¿acaso no hay excepción porque estudia?
—Irá a servir en Afganistán y tiene miedo. ¿Han escuchado sobre la guerra que hay allá?
—Sí, pero no me imaginaba que a él le tocara. —Contesté con asombro, pues existe la creencia que, mientras está lejos, el destino no te alcanza, pero lo hace no siempre por el camino más convencional.
—Los muchachos de nuestra facultad que hicieron el servicio en Afganistán ya regresaron, ¿qué no lo saben?, uno de ellos, el más sombrío, comparte habitación con uno de sus amigos nicas.
—Pero… nosotras no somos malas personas, ¿por qué no puede tener trato con nosotras?
—Porque se considera que ustedes pueden ser mala influencia y, que pueden ser usadas por la CIA para sacar información a nuestros muchachos.
—Pero ¿cómo?, yo no soy de la CIA, nadie me ha reclutado, nadie me ha propuesto nada…

Por puro morbo comencé a preguntar a los nicas por ese personaje recién llegado de Afganistán, y sí, se le percibía serio, callado, huraño y con una expresión de permanente enojo. Debía conocerlo, me dije, así que con ayuda de Joel conseguí pretextos para estar cerca de su habitación.

La personalidad de ese estudiante era tal como la describieron y más, parecía ser mucho mayor de edad, como si su servicio militar lo hubiera envejecido. La vida en la URSS me pondría en la oportunidad de compartir habitación con una afgana, conversando con ella me quedaron claros muchos asuntos.

El asunto de la paranoia soviética no me cayó tan de extraño, pues recuerdo que, cuando algunos compañeros y conocidos de la familia supieron que me iba a la URSS, me alertaron de las atrocidades cometidas por la KGB, en ese tiempo se hablaba mucho y muy mal de ese sistema, también se había publicado el libro Parque Gorki y era común que se pensara que la URSS era el rostro del mal. Esos conocidos daban por hecho que sería enrolada por esa organización. Ahora sé que ese terror permanente emanaba de la política internacional y nacional del inteligentísimo ex presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan.

Yo personalmente, nunca supe ni vi algo parecido a algún enrolamiento en el servicio secreto, aunque sí creo que nadie hace nada de manera gratuita, me sigo preguntando qué ganó la URSS con la inversión que hizo en mi educación. Tal vez algún día me entere…

Yo no fui la única latinoamericana en ser cuestionada por sus conocidos por ver una oportunidad de vida al irme a un país del bloque socialista. En la habitación 75 vivía una peruana con la que solía conversar. Ella no la pasaba nada bien, como todos y quizá en mayor medida, tenía miedo, vivenciaba el choque cultural de una forma más intensa. En ese proceso de asimilar el frío, las nevadas y los anocheceres tempraneros, se perdió un poco.

Una noche tocó en mi habitación, yo no escuché, pero las soviéticas sí. Le abrieron la puerta y, cuando desperté, la peruana estaba sentada en mi cama con mucha angustia, decía que en su habitación había micrófonos de la KGB. Como pude traté de calmarla, le dije que eso no podía ser cierto, que nadie le haría daño, la llevé a su habitación y regresé a dormir.

A los pocos días me enteré que la peruana estaba de regreso en su país, porque luego de esa noche tuvo una crisis y se la llevaron al hospital 15. Todos sabíamos que ese número indicaba un asunto psiquiátrico; sentí pena por ella y por los humanos, pues ante adversidades podemos ser tan frágiles, tan manipulables y, al final, a pocas personas les importamos, sólo somos un número o una cifra para los gobiernos poderosos.

Puse mayor atención a mi alrededor, conversé más con mis compañeros etíopes, su país estaba en las noticias por la inhumana hambruna, pero los noticieros poco hablaban de la guerra que vivían. Resultaba que, la buena voluntad de los estadounidenses y soviéticos apoyaban a diversos bandos, unos para instaurar la “libertad” y “democracia”, otros con la bandera de hacer un país del “proletariado”. Los etíopes tenían claro que a ambas partes, lo único que les interesaba eran los yacimientos de diamantes.  

Gracias a las charlas con el grupo de cubanos, supe de un asunto que motivaba su orgullo nacional, el “internacionalismo proletario” para liberar a Angola de la opresión Yanki.
—¿Cómo?, ¿qué tiene que ver Cuba con Angola?
—Les ayudamos a liberarse, el ejército cubano está allá, y también nuestros jóvenes, si les toca el sorteo, hacen el servicio militar en Angola.
—¡Eso es una intervención militar!, ¡como la que hacen los gringos! —Repliqué insultada.
—Tú no entiendes chica, lo que nosotros hacemos se llama internacionalismo.

Me rendí, no había manera, estaban convencidos de que su gobierno era diferente al estadounidense. Y hoy los entiendo en su intolerancia cada vez que leo a un revolucionario del Facebook defender con violencia a todo aquel que piense diferente al “Peje” o a Aristegui. Seguimos sin tener ganas de desarrollar un sentido crítico, seguimos fomentando ser un país de formas y no de fondo, un país de mucho por decir y poco por hacer. Nuestro país y el mundo merecen pensar más allá de una postura de derecha o izquierda, nuestra complejidad así lo requiere.

Con esas charlas claro que, le llamaran como le llamaran, los países más pobres, débiles y con cuantiosos recursos naturales serían reiteradamente invadidos o intervenidos bajo cualquier consigna, no importaba cual, lo relevante era mantener el caos, mover a sus gobiernos según las necesidades de cada intervencionista. No había a quién ir, soviéticos, cubanos, estadounidenses o quien fuera, aprovechaban la coyunturas para sacar raja política y económica de todo.


Las paradojas no terminaron con la conclusión de mis estudios. Tengo muy presente que, al buscar empleo luego de repatriarme en mi país, no faltaron los reclutadores que suponían, y hasta creían saber, que yo había tenido tratos con la KGB. ¡No se rían!, ¡es en serio! Resultó que incluso en mi nación fue difícil encajar; entendía que los soviéticos fueran paranoicos con lo de la CIA, pero que mis paisanos pensaran que tenía algo que ver con la KGB fue el colmo.