17 de abril de 2018

Cuando de nada nos sirve rezar. Caminante no hay camino. Se hace camino al andar (A. Machado)

Por Fabiola Martínez 


Yo tengo tanto hoy para hablar
que con palabras no sé decir
como es grande mi amor, por ti. 

Ciertamente tengo tanto que escribir y no sé cómo empezar, mis emociones me tienen vibrando. Quiero hablar del amor filial y del amor fraterno. Dos tipos de amor tan profundos e importantes en mi vida que me han marcado para siempre. 

Hace 10 díaz, como cada año desde el 2012, recordé a mi hermano Adolfo por su aniversario luctuoso, como muchos saben, su influencia fue determinante para tomar mi camino hacia la URSS. Mientras lo pensaba vino a mi mente la hermosa canción de Vinicio Moraes: 


[...] Quero voltar aquelaVida de alegriaQuero de novo cantar [...]

Con el paso de los días tomé esa letra de Vinicius como el ritmo que marcaría mi semana, cantando y bailando a ritmo de bossa. Estaba determinada a dar otros pasos para dejar ir mi pesar. Pero la vida, el destino, Dios o lo que sea y que es tan generoso conmigo, tenía algo reservado para mí.
El lunes 9 de abril del 2018, por la tarde o ya casi de noche, recibí una de las noticias más alegres de los últimos años, una solicitud de amistad de mi amiga Amal, de la que tanto he escrito con profunda desazón.

Cuando ví su solicitud en el bendito Facebook, guardé la calma y me dije: ¿quizá la he buscado tanto que quizá el perfil de alguna Amal Shahin se contactó conmigo. Oprimí el botón de "aceptar" y lo dejé para el siguiente día. Sin embargo, a las 5 de la mañana recibí un mensaje de mi querida amiga Isa Morais diciéndome que había encontrado a nuestra Amal. ¿Es un sueño?
Sé que me resistía a creer que tanta dicha me estuviera pasando porque, a pesar de la dicha del Facebook, ¿cuántas Amal hay en el mundo?, ¿en otro idioma y en otra cultura?

Pero el día martes fue EL GRAN DÍA. Amal inició una video llamada... Su voz, seguía siendo suave y llena de dulzura, sus ojos, toda ella era y es, mi Amal.

¡Dios!, qué dicha tan grande, hablamos un largo rato, aunque nunca lo suficiente. Sobre todo porque llevo muchos años sin hablar ruso. Pero la necesidad y el deseo impulsan, tanto, que logramos saber una de la otra... Cosas de mujeres, ¡y lo que nos falta!

Como suelo hacer cada vez que encuentro a alguien del Instituto de Lenguas Extranjeras, pregunté por Rashid y Jamal (al que yo he llamado Djamal). Así sin más me dijo que estaba en contacto con Rashid, pero que no sabía nada de Jamal. Rashid estaba bien y con una hermosa familia, como la de ella: "Búscalo habibi, está entre mis contactos, le dará mucho gusto saber de ti". Y luego me indicó la manera de localizarlo por su nombre y apellidos.

Mientras vivía el embelezo de volver a ver a mi amiga del alma, las noticias en el Face no dejaban de hablar de la comparecencia de Mark Zuckerberg ante el Congreso, al mismo tiempo que yo enviaba una solicitud de amistad para contactar a Rashid, mi amigo de Gaza. Para suerte mía él aceptó de inmediato, aunque por la diferencia de horario sólo pudimos escribirnos textos.


Isa, Fabiola y Jamal.
El miércoles por fin establecimos una video llamada. Creo que la suma de emociones ligada al hecho de hablar con un ser humano que habita en un campo de refugiados me dio un golpe de realidad que no puedo describir. No era cualquier persona de las noticias, era mi amigo, mi hermano, mi sangre, compañero y confidente de cuatro años. NO LO PODÍA CREER, esa magia de la comunicación no tiene parangón.

Ese miércoles tuve la suerte de saber que Rashid tenía entre sus contactos a Jamal. Tan pronto lo supe empecé a preguntar por él, y por Murad, Basem y Mohamed, nuestro siro. De todos supe algo, menos de Mohamed. Rashid me propuso contactarse con Jamal para avisarle de nuestro encuentro, entre la emoción y la cautela de no interferir con la vida personal de nadie, esperé impaciente a tener noticias.


Jamal, Fabiola, profesor y Rashid.
Para el jueves que volví a ver a Rashid, decidimos que yo contactaría a Jamal y eso hice. En muy poco tiempo tuvimos contacto y pudimos vernos a la cara después de casi treinta años de no saber el uno del otro. Ambos estábamos tan felices... Simplemente no lo podíamos concebir. Estábamos a miles de kilómetros de distancia y parecía que podía extender la mano y tocarlo. Me alegró mucho ver feliz a Jamal, lleno de vida y con una hermosa familia

Al terminar la video llamada me dije mirando al cielo: Mark (Zuckerberg), gracias, sé que tu negocio es vender mis datos, o los de éste y aquél (nada que no haya hecho antes mi propio gobierno), pero este renacer que me dio tu negocio, no tiene precio y no lo cambio. 

El golpe de realidad llegó el sábado. Tuve que parar de trabajar para darme la oportunidad de sentir... En resumen puedo decirles que, a lo largo de la semana pasada, renací en tres ocasiones. Y no es porque haya sido menos afortunado encontrar a mis otras amigas y amigos , al contrario, fue grandioso ver a Natasha, Riita, Belinda, Franki etcétera, etcétera. 


¿Saben cuál fue la enorme diferencia? Una parecida a la que existe entre la vida y la muerte. Así de rudo ha sido para mí. ¿Por qué razón? Simplemente porque sabía que el resto de mis amigos eran occidentales o del tercer mund menos golpeado: América Latina. No así mis amigos de Medio Oriente. En los casi 30 años de no vernos, pasaron muchas guerras, invasiones, bombardeos y todo aquello horroroso que ya conocemos. 

En ese espacio donde dejé fluir mis sentimientos, me percaté que no hay peor incertudimbre que no saber  de la vida de alguien amado. Por ejemplo, yo amo profundamente a mi hermano Adolfo y saber dónde está su tumba forma parte del proceso de aceptación. Ese "lugar" es el principal referente de una certeza: Nunca jamás lo volveré a ver.


Sin embargo, en muchas de mis entregas del blog, así como en la vida cotidiana, Amal, Rashid, Jamal y Mohamed han estado en mis pensamientos. En lo profundo de mi ser siempre guardé una esperanza, y fue ella la que me provocaba incertidumbre pero al mismo tiempo un anhelo. Gracias a la vida los encontré justo en la semana de tanto ajetreo por el infame bombardeo a Siria. Situación que contribuyó en mucho a replantearme la vida. 



Fabiola, Jamal y Mohamed. 
En este ir y venir de sentires y vivencias tomé consciencia de otro hecho, de aquella época en la que sólo sobrevivía sin saber cómo vivir. Sucedió cuando recién llegué a México y tuve que dejar a mi hijo en casa de mamá para buscar trabajo y sacar adelante la vida. Fue un tiempo donde surgieron otros rompimientos dolorosos pero necesarios. 

En aquel entonces, mi compañero de caminatas, de charlas de arte y estética, no sólo me ayudó a mirar en mí y en el sentido de mi belleza, esa persona me trajo a la vida sólo por el hecho de acompañarme a caminar, de respetar mis puntos de vista y de compartirme sus conocimientos. 


Perdí a ese gran amigo en mi terco afán de seguir invirtiendo tiempo y esfuerzo dando cariño y atención a alguien que no lo deseaba. Como lo hice cuando dejé Kiev sin despedirme de nadie para ir a dar a la boca del lobo: Cuba. Pero otra vez  Facebook me rescató y hace años mi amigo y yo pudimos encontramos y para trascender hasta compartir la vida.

Creo que muchos de  los que vivimos en la antigua URSS habrán vivido situaciones similares a las que les platico hoy, como también estoy segura que extrañan y piensa a aquellos amigos y compañeros que caminaron junto a ustedes.

Con la madurez y la edad creo que todos hemos aceptado el hecho de que el tiempo no regresa y, si somos afortunados, buscamos la oportunidad de compartir nuestro cariño con las amistades que convertimos en familia. Porque como dice Antonio Machado: 


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

PD. Quizás algunos se dieron cuenta de la banda sonora de esta entrega, por si acaso, les dejo los enlaces de las canciones que rondan en mi mente al mismo tiempo que escribo estas líneas. 









27 de marzo de 2018

La vida es lo que pasa mientras haces otros planes (parte 2)

Por Fabiola Martínez Díaz

Tocó mi turno de obsesión. Considerando que al inicio del Otoño los jardines de Peterhof aún estaban abiertos, sugerí a mis amigos regresar, sobre todo, porque estaba decidida a no perderme las imágenes de tan maravillosos jardines y estatuas. Fue por eso que guardé como  tres cuartas partes de un rollo kodak a color de 36 exposiciones que llevé desde México.

Salimos de la residencia de Martha y Víctor hacia la terminal de trenes desde donde salía la electrichka hacia el Palacio de Verano. Ese día en particular, hacía mucho viento. Al llegar a los Peterhof, volví a sentirme maravillada. El pasto aún era verde y en los jardínes había tulipanes.

Recuerdo haberle pedido a Víctor que me tomara las fotos en los lugares que más me gustaron y en los que no había visto en postales. Empecé a posar con Valeri a diestra y siniestra. El tiempo voló y nuevamente ni el horario ni las fuerzas alcanzaron para caminar todos los lugares. Ese día reímos mucho, jugamos con el agua que baja de la fuente principal y desemboca en el Golfo de Finlandia.

Entre más nos alejábamos del resguarde de los árboles, mayor se sintió el viento frío... Y húmero. Para cuando llegamos al muelle a esperar la lancha (a la que llamaban cometa), la sonrisa se nos borró por ese frío que calaba hasta los huesos.

Brincamos para tomar calor y no funcionó, dimos vueltas como en clases de educación física y tampoco. A alguien se le ocurrió formar círculos, de espaldas y de frente y sólo así logramos recuperar algo de calor. La lancha tardó en llegar, no sé cuánto porque cuando la estoy pasando mal, el tiempo se me hace eterno. Empezó a llegar más gente al muelle y nos faltó poco para pedirles estar juntos para obtener calor.

Finalmente la lancha llegó y fuimos los primeros en subir y, a pesar de estar dentro con más gente, simplemente no podíamos calentarnos. Nunca había sentido un viento así, tan penetrante y húmedo que calaba hasta los huesos. En el trayecto de regreso nadie habló, creo que ninguno quería gastar sus calorías. Sin embargo, yo pasé del éxtasis al asombro y pesar. Mi mente, mi mejor máquina de sabotaje, comenzó a preguntarse cómo serían las condiciones de vida de quienes construyeron la ciudad, todos los lugares que amaba de Leningrado.

Recordé aquella cabaña donde vivió Pedro el Grande, y todo tuvo sentido. Si Pedro vivía así era por practicidad y porque no había mucho para donde hacerse. Era un lugar pantanoso, sobrevivir allí debió ser difícil. En ese momento no quise indagar, lo hice años después, y supe que para construir la ciudad hubo miles y miles de muertos.

Finalmente llegamos a nuestro destino y bajamos frente al Hermitage, pero no reparamos mucho en él porque todos queríamos tomar un té caliente o cocoa (era una especie de chocolate caliente sin leche). Luego de recuperar fuerzas y calor caminamos hacia la catedral de San Isaac, pues Valeri quería ver el péndulo de foucault.

Como ya no había horario de visita a museos o iglesias, caminamos por la zona, que en sí misma es un museo de anchas aceras donde se aprecia, ya sea la estatua a Pedro el Grande, o la de Pushkin, en la galería de arte y otras más.

El último lugar que visitamos fue la fortaleza de Pedro y Pablo, que además funcionó como prisión. Nuevamente pensé que los pobres presos debíeron haber muerto de frío, neumonía, tosferina o enfermedades similares; pues allí, en ese clima de Otoño, se respiraba humedad y las paredes se sentían húmedas. ¿Cuánto dolor cuesta hacerse de un imperio? Esa era mi pregunta constante.

Ahora que escribo esta entrega también pienso que lo mismo debió sucederle a quienes construyeron Versalles, o esos lugares de Europa tan concurridos y apreciados. No sé cuántas personas se hagan las mismas preguntas que yo. Pero quizás valga la pena hacerlo porque incluso ahora, las potencias luchan por hacer imperios que cuestan miles de vidas. Vidas que ponemos los más débiles en la cadena.

Valeri y yo regresamos a Kiev contentos con la visita. En la primera oportunidad que mi amiga Riita visitó Finlandia, le pedí revelar el rollo. Honestamente estaba ansiosa de verme allí, junto a esas majestuosidades. Para mi desgracia, todas las fotos de Peterhof se velaron, ¡por segunda vez! y las demás sí salieron.

Hasta hace poco pensaba que yo era la que tenía mala suerte con el lugar, hoy pienso que tal vez habilitaron la zona para que se velaran las fotos. Sigue siendo una duda, pues tampoco esa opción hace sentido porque el resto de las tomas sí salieron, menos las de Peterhof. Anhelo volver allá, espero que la vida me de la oportunidad de hacerlo. No se cuándo ni cómo, pero quizás lo logre.

Peterhof, con la flecha señalo la ubicación del muelle. Imagen cortesía de Wiki Commons.

Otra vista, al fondo el palacio. Imagen cortesía de Wiki Commons.
Algún día tendré mis propias fotografías. 

Catedral de San Isaac, Leningrado, hoy San Petesburgo.
Imagen cortesía de Wiki Commons.

21 de marzo de 2018

La vida es lo que pasa mientras haces otros planes

Por Fabiola Martínez

Cuando vislumbré el principio del fin de mi época en la URSS, lo que me vino a la mente, primero fue regresar a Leningrado; y aprovechando que Valeri no lo conocía, le pedí ayuda a Martha para conseguir nuestras visas de traslado y garantizar acceso a la residencia sin huir de las bábushkas.
No recuerdo qué transporte usamos para llegar, lo que tengo presente es que me la quería pasar lo mejor posible.

Hicimos la visita aprovechando un fin de semana largo en octubre y quizás hasta pedimos un día de permiso extra. Martha y Víctor, excelentes anfitriones, ya tenían propuestas para visitar. Fuimos a un parque o jardín donde se exhibe la cabaña desde donde Pedro el Grande dirigió la construcción de la ciudad. La visita al sitio era atractiva porque los museógrafos, de alguna manera, se las arreglaron para hacernos vivir las condiciones pantanosas de la época al mismo tiempo que provocaban empatía y admiración por aquel  hombre de dos metros que vivió en la austeridad para alcanzar su objetivo.

A Valeri le entró el entusiasmo por visitar el histórico crucero Aurora, desde donde se dio la señal para iniciar la Revolución de Octubre, que cambió el rostro del siglo XX. Ese paseo no era mi hit, porque en Leningrado hay edificaciones y museos que, para mi gusto, valían más la pena. Pero también admito que la visita al Aurora era algo casi obligado por la relevancia histórica.

Durante ese paseo mis amigos nos dieron la sorpresa de haber comprado cuatro boletos para ver a Julio Iglesias. Yo me emocioné mucho porque, en sus buenos tiempos, él me gustaba, y en México ir a sus conciertos era pagar un dineral que no tenía ni quería darlo, mientras que en Leningrado la entrada costaba cuatro rublos.

Comentando sobre la visita del cantante, nos preguntábamos por qué un cantante conocido sólo en el habla hispana, querría arriesgarse a ir a un país donde lo que gustaba, como consecuencia de la Perestroika, era el Rock. Concluimos, acertadamente, que ese concierto estaría más lleno de latinos que de soviéticos. Dicho y hecho.

Regresamos a la residencia de mis amigos para comer algo y prepararnos para el concierto. Mientras Víctor preparaba su cámara, elaboraba el plan de ataque...

-Se van a acercar a Julio Iglesias y le pedirán autógrafo, o un saludo.
-Preparemos papel y pluma, por si acaso.
-Noooooo, bueno sí, para disimular, pero mi idea es que le roben un beso y yo les tomo la foto.
-¿En serio Víctor?
-Sí, ¿se imaginan la envidia que les tendrán en México con una foto así?
-No lo había pensado, le contesté.

El plan de Víctor sonaba bien para nuestras costumbres mexicanas, aunque en el plan le faltó el desmayo, los gritos y la histeria (creo que en ese tiempo las chicas todavía no aventaban ropa interior a sus ídolos musicales.

Recuerdo que yo traía de México la moda de poner gel en un costado del cabello dejando el resto suelto al natural. Valeri me lo criticaba, pero yo, como de costumbre, no le prestaba atención a esos comportamientos. Mientras me colocaba mi "plasta" de gel en el cabello, Valeri quiso exponerme frente a mis amigos.

-Martha, ¿tú qué opinas de que Fabiola se ponga eso en la cabeza?
-No le hagas caso Martha, lo que pasa es que le desagrada mi peinado.
-Bueno, contestó Martha a ambos, si a Valeri le disgusta que te pongas gel sólo en un pedacito de tu cabeza, úntate el frasco en toda la cabeza y santo remedio.

No pude evitar soltar la carcajada, fue una respuesta audaz y juguetona. Llegando al teatro, lindo y grande, luego de acomodarnos en nuestros asientos, Víctor repasó el plan, en tanto Valeri saludaba a sus compatriotas, pues el sitio estaba lleno de cubanos, entr otros latinos. Muchos de ellos iban en pareja.

Con gran solemnidad comenzó el show, lo que para los soviéticos era una especie de concierto. Honestamente quedé impactada, no sólo por la exquisita ropa y luces, sino por la colección de despampanantes coristas: rubia, morena, pelirroja y afrodescendiente. ¡Qué mujeres!

Mientras los soviéticos disfrutaban del concierto sin interrumpir (como marcan los buenos modales), los latinos aplaudíamos, cantábamos y gritábamos mientras los soviéticos nos veían con indignación. Los cubanos se veían contentos pero moderados, pues en el fondo estaban cometiendo un acto de deslealtad a la Revolución, ya que Julio Iglesias estaba prohibido en la Isla (este dato es real).

Mis amigos y yo pudimos ver a un Iglesias algo descompuesto por la falta de respuesta del público al que planeó conquistar, lo que al santo cantante no le advirtieron fue sobre los modales practicados por los soviéticos a la hora de ver una presentación. Sin olvidar que Julio Iglesias era poco cercano a lo que gustaba de aquello que provenía de "occidente".

Pero ya entrados en gastos, los latinos empezamos a pedir beso y autógrafo, cuando empezaron a formarse las chicas, Víctor nos mandó (a Martha y a mí) a realizar el plan. Hicimos todo lo planeado pero Iglesias sólo saludaba a los tres o cuatro soviéticos que se le acercaron. A los latinos sólo nos saludó y ya.

Regresamos a nuestros asientos derrotadas, pero en esos momento Valeri ya había armado mancuerna con unas parejas cubanas.
-¿Verdad que en Cuba, una mujer decente no hace lo que ella hizo? -mientras hablaba Valeri me señalaba.
-No chico, en Cuba habemos mujeres decentes. No le hacemos eso a nuestros hombres.

Con la mirada,  maté y reviví a la mujer para volver a matarla. ¿Qué clase de retrasada mental era?, ¿Acaso nunca ha visto un concierto aunque sea en la tele? Yo no estaba enojada, estaba encabronadísima. Desde ese momento Valeri me aplicó la ley del hielo, que duró pocas horas porque  era tal mi encabronamiento que al otro día decidió cambiar su táctica.

En mi país hay un dicho que reza, "las mujeres se unen a los hombres bajo la premisa: Yo lo voy a cambiar". "Y los hombres bajo el supuesto: "Ella no va a cambiar". Creo que el dicho aplica para los latinos y cubanos (léase con sarcasmo), porque si había una certeza en el mundo era que yo seguiría cambiando, porque maduraría, porque es parte de mi escencia: siempre con proyectos nuevos, con inquietud de vivir, de saber más, de conocer.

En el contexto de ese percance con Julio Iglesias, algo en mi interior me decía (y creo que también a él), que algo saldría mal, ¿qué?, sólo el tiempo nos lo diría.

En un lugar cercano a la cabaña de Pedro el Grande. 

Antes de subir al crucero Aurora.
Dentro del Aurora, en el segundo piso. Al fondo, el río Neva. 




6 de marzo de 2018

¡El horno ya no está pa` bollos!

Por Fabiola Martínez

La temporada de cambios continuaba. Cambios en la URSS (con más y más revelaciones), en el incremento de desabasto, en el malestar generalizado de la población y cambios en mis planes de vida.
Mientras la URSS giraba hacia rumbos insospechados, yo lo hacía para coincidir con el administrador de la residencia, pues debía asignarme mi habitación para pareja. Pero el hombre estaba haciendo su "agosto" con los libaneses, marroquíes y la nueva gente que se mudaba a mi residencia. Mis compañeros sabían cómo negociar las mejores habitaciones y yo seguía de terca en no aprender ese camino.
El día que logré forzar un encuentro con el administrador, éste subía el elevador rodeado de árabes y africanos. Me miro y dijo:
-аи аи аи Фабиола ты покрасотельос (algo así como, te pusiste linda, estás hermosa)
-Gracias, -le contesté con amabilidad-, ¿cuándo me entregan mi habitación?
-Ven con nosotros, ahora mismo te la entrego.

Y fuimos todos al noveno piso, allí mis vecinas serían, a mi izquierda Khema (Campuchía) y nuestra compañera de Taiwan, que ahora no recuerdo su nombre. Justo frente a mi cuarto, cruzando los lavabos, estaba la habitación de Murad y Mohamed, dos amigos de Marruecos; precisamente Murad, era mi compañero de grado.

Todo parecía ir bien ese día, y quizás el siguiente, pero pronto nos llegó una sorpresa desde la hermana República Socialista de Vietnam. Se trataba de un nutrido grupo de mujeres que, al igual que las cubanas, llegó a mi instituto a cursar su año de práctica del idioma ruso. Calculo que llegaron unas 50 vietnamitas y, entre ellas, unos 10 varones. Así que en las habitaciones amplias, destinadas a ocuparse por tres personas, el administrador colocó a cuatro. Sólo en mi bloque había 16 hermosas mujeres de tan afamado y aclamado país.

Desde el primer día que llegaron en ese bloque se vivió un caos. Lo primero que las vietnamitas hicieron fue comprar enormes peroles para cocinar, ¿qué preparaban?, hasta hoy lo ignoro pero la cocina olía horrible. Además de que las chicas dejaron todos los peroles encimados y sucios y durante varias semanas nunca apagaron la estufa (que era eléctrica)

Yo me comporté como toda mujer que juzga a otras mujeres por dejar un desastre de tal calibre (es decir,  me porté como una auténtica  bitch), ¡y sepan que entre mi familia son ampliamente conocida por no dominar las "labores propias de mi sexo", pero lo que veía me encrispó. Creo que comencé a vociferar  y estaba a  punto de ir a tocar la puerta de mis nuevas vecinas, pero salieron Murad (de marruecos) y Valeri. Según ellos, me calmaron y hablarían con las chicas para poner orden.

Cuando recreo en mi mente esa escena no paro de reír. Murad y Valeri tocaron con amabilidad a nuestras vecinas y les enseñaron cómo usar la estufa eléctrica; les explicaron también que la cocina debía permanecer limpia y que sus peroles y comida no debía quedar tirado. Que, por  turnos, todos debíamos tirar la basura de la cocina en el dispensador o tubo que juntaba la basura de todos los pisos.

Por cada tema que los chicos explicaban a las chicas, ellos preguntaban: ¿entendieron?...
Enseguida ellas asentían con la cabeza y sonreían. Ambos varones, con la mirada altiva y en una actitud de sumo control me miraron y exclamaron: ¡Asunto resuelto!

Nunca supe por qué razón pero las personas de limpieza tardaron en iniciar sus labores en mi sector. La basura del baño comenzó a acumularse pero esa no la tocábamos ninguno de los inquilinos, siempre esperamos al personal de limpieza.

La noche de esa difícil tarde todos comenzamos a percibir un olor a quemado. Luego escuchamos a Murad bociferar en árabe un montón de palabrotas. Asustados, Valeri y yo salimos a ver qué sucedía, ¿acaso se provocó un indendio?

Ya en la zona de lavamanos y baño, nos dimos cuenta que, para abreviar trabajos o quizás porque pensaron que les tocaba sacar la basura del baño, las vietnamitas decidieron prender candela a la basura del baño, sin percatarse que los cestos eran de plástico y que también se quemaría.

Nunca supimos por qué pero las llaves de los lavamanos estaban abiertas, todas, el agua escurría por todas partes formando una mezcla de fango y mierda quemada. Murad perdió todo su glamur y fue a tocar a las vecinas y les explicó todo lo que habían hecho mal. En el fondo, yo miraba la escena complacida, sonriendo entre el nervio y la locura. Pues mientras Murad se autoproclamaba starosta (jefe de bloque) y volvía a explicar las reglas de convivencia. Yo me di cuenta que ellas no entendían nada de lo que les decíamos, su ruso era menos que elemental.

Pero Murad seguía enloquecido (y no era para menos), organizó la limpieza del bloque y nosotros también colaboramos, aunque honestamente ellas se tuvieron que encargar del agua del baño y lo que quedó del bote de basura de los sanitarios.

A partir de esa noche, Valeri, Mohamed, Murad y yo nos hicimos excelentes amigos, no había de otra, era urgente organizarnos y tomar medidas. Pero lo que acabo de contarles  fue apenas el principio de un año de locura en el bloque 1 del piso 9.



14 de febrero de 2018

La mentira dura hasta que la verdad florece

Por Fabiola Martínez Díaz


Y por fin llegué a México. Como siempre, mi madre me esperaba llena de amor y cariño acumulado, también me esperaba un hermoso ramo de rosas rojas que mis tíos Eduardo y Lourdes hacían llegar. Abrazos y besos de todos. Me sentí culposa. 

Por aquí y por allá se escuchaban noticias y se veían encabezados de los avances de la Perestroika y la Glasnost; se detallaban novedades sobre el papel del gobierno cubano en el narcotráfico. Pero yo elegí no escuchar, ni ver. 

En pocos días le hablé sobre mi plan de casarme y probar fortuna en el país de Valeri. La lastimé mucho. Pero el egoísmo juvenil es "cabrón" y no comprendía los alcances de mi noticia. Pues justo el año pasado mi hermana Paty se casó llevándose con ella a Carlita, su hija, una niña que todos mis hermanos y hasta mis primos amamos de una manera especial. Podríamos decir que mi madre estaba en duelo, pues esa hermosa niña fue cuidada, educada y criada por ella. El amor entre ambas era de los más profundos. 

Por otro lado, el mismo año, mi amado Adolfo (que en paz descansa), se casó y se fue con mi cuñada a probar suerte a los Estados Unidos en busca del sueño americano, que logró de principio a fin. Mi pequeño hermano, por circunstancias relacionadas con su rebelde juventud, también se fue. Recuerdo haberlo acompañado al autobús en mis vacaciones pasadas, nunca pensé que pasarían tantos años para volver  a abrazarlo. 

Mi padre, libre al fin de responsabilidades, se fue a hacer su vida y yo llegué para decir adiós también. Mamá prácticamente dejó de hablarme, yo pensaba que no me entendía, pero quien no entendía era yo. Mami callaba otra vez para no oponerse a mi plan de vida, y también callaba por la tristeza de perderme. 

Pero yo seguí en lo mío. Busqué la revista de novia que le prometí a Natasha, mi amiga ucraniana que también se había comprometido con Darek. Busqué una ropa linda para usar en mi boda y me llevé un vestido corto que usó mi hermana Paty. Me dí prisa en preparar todo lo necesario y me di tiempo para ver a mis amistades. Un ex novio me buscó para pedirme establecer una relación formal, otro sólo me invitó a comer y sólo me miraba con nostalgia, creo yo. 

Tenía planeado convertir mis vacaciones en una larga despedida de soltera y eso hice. No quise percatarme de nada más. 

Llegada la fecha volé a Moscú, estuve paseando por la ciudad un día o dos y me perfilé a Kiev. Llegando a la residencia gestioné lo necesario para contar con una habitación de dos personas y pedir permiso de que Valeri viviera en mi residencia. Le entregué la revista a Natasha y juntas vimos cada vestido de novia que ella podría coser para sí. 

Como aún no comenzaban las clases Valeri y yo paseamos mucho por la ciudad buscando enseres que podían hacernos falta. Pero durante mi ausencia el desabasto de duplicó, las tiendas de todo tipo estaban vacías. La gente estaba molesta, además del enorme desabasto, los archivos que día a día se liberaban, les hacía más profunda la herida y la pérdida de una nación que marcó su vida para siempre. 

El malestar estaba fundamentado, los horrores cometidos para mantener un sistema de control tan eficaz dejaban mucho que desear. Además, ahora, a los soviéticos se les permitía expresarse y eso hicieron. Expresaban su hartazgo, su desesperación, el vacío de una patria tambaleante, etc. etc. 

Un día Valeri y yo caminábamos por la calle y un hombre maduro me enfrentó cuestionándome  por qué andaba con uno de los suyos. Otros ucranianos ex compañeros de bloque de vivienda exclamaban vituperios cada vez que me veían. ¿Se les podía culpar?

La verdad no, en todos los entidos ese pueblo la estaba pasando muy mal y creo al preguntarse la causa, pensaron que éramos los extranjeros que estudiábamos en su ciudad y en su país. Su lógica tenía mucho sentido, pues durante las décadas que la URSS dio educación superior a extranjeros, ya  fuera por intercambio cultural o por medio de los partidos comunistas, la justificación populista que se le dio al pueblo soviético era que la URSS estaba ayudando a todos los que "moríamos de hambre" en nuestra propia patria. 

A fuerza de repitir una mentira, ésta terminó convirtiéndose en "la gran verdad". Desde 1988  las agresiones verbales o conductuales hacia los estudiantes extranjeros se incrementaron. Para desgracia nuestra (de los estudiantes extranjeros), en ese año escolar llegaron unos más estudiantes extranjeros. El panorama no mejoraría...