3 de enero de 2017

En la Rus de Kiev

Por Fabiola Martínez

Las nuevas asignaturas del segundo semestre me dieron la oportunidad de convivir con nuevos compañeros de países como Malí, Marruecos, Jordania, Cabo Verde, Campuchía, Madagascar, Mauricio, Chipre, Tailandia... 

Cada día con ellos se convertía en un cúmulo de conocimientos con pase directo a mi bagaje cultural. Un viaje interminable hacia culturas que nunca pensé que existieran y, sobre todo, que fueran tan antiguas e importantes para el patrimonio de toda la humanidad. 

Comenzamos a zambullirnos en las entrañas de aquello que conformó los pilares de nuestro objeto de estudio: el idioma ruso y la literatura rusa del siglo XIX. Nos iniciamos en la Literatura rusa con un amplio estudio de la obra de Alexsander Pushkin; mi profesor era maravilloso, no sólo por la guapura que le otorgaban sus finos rasgos combinados con la tersura de su piel y la barba oscura, muy al estilo de Tolstoi o Dostoyevsi. Lo que más me maravillaba de él era la pasión con la que desmenuzaba todo el contexto histórico y cultural de la vida y obra Pushkin. La clase de literatura siempre tuvo la virtud de trasladar mi imaginación, lo mismo a San Petesburgo que a Ulianovsk o a Odessa.


Inicié varias asignaturas relacionadas con el idioma ruso o enfocadas a fortalecer su conocimiento, en una de ellas abordamos el enorme tema de la conformación del idioma ruso y, por supuesto, la relación de éste la Kievskaya Rus. 

Después de algunas lecciones sobre la historia de Kiev, me quedó más que claro el por qué allí me sentía como pez en el agua... ¡estaba viviendo en una ciudad que en 1982 se habían cumplido 1500 años de su fundación!, vivía en el origen de tres grandes pueblos: el ucraniano, el ruso y el bielorruso. 

Monumento a los fundadores de Kiev, colocado en 1982, por la conmemoración
del 1500 aniversario de la fundación de la ciudad.
En los dominios de la Rus de Kiev quedó la huella cultural de mongoles, tártaros, jazaros, bizantinos y cosacos. Cientos y cientos de años plasmados en costumbres, vestimenta, arte, danzas, comida, arquitectura. Recorrer el centro, caminar por la Catedral de Santa Sofía o por la Kievo-Pecherskaya lavra o por la ribera del Dniépr equivalía a pisar el sendero de una grande y orgullosa nación. 

A través de la grandeza y el orgullo del origen ucraniano y ruso comprendí por qué después de la Segunda Guerra Mundial, la población se volcó a reconstruir sus monumentos en lugar de tirarlos y construir sobre ellos edificios de concreto o imitaciones de las tendencias arquitectónicas de lo llamado contemporáneo. Pude comprender de dónde fluyó la creatividad para componer obras musicales hermosas, como las Danzas polovtsianas (de Alexsander Borodin) o para componer el Cantar de las huestes de Ígor

Las naciones que tienen la capacidad de reconocer su grandeza se conducen con sentido de arraigo y orgullo de sí. Al menos así lo vi mientras estuve en Ucrania, después de la caída de la URSS, no sé cuánto de esa grandeza interna quede, ruego que sea suficiente para anteponerse a las adversidades de los sucesos mundiales que están arrasando con nuestro herencia cultural.  

Un aprendizaje que sumaba el estremecimiento del sentido del tacto, de la audición, del gusto, de la vista y del oído sólo me trajo cosas buenas, una de las mejores radicó en fortalecer mi orgullo e identidad a partir de desarrollar una visión que contemplaba las diversas perspectivas de todo lo que mi nación significaba, nada que ver con ese orgullo chabacano de glorificación al sombrero y al mariachi sólo porque sí. 

He llegado a preguntarme qué tanto hemos perdido como nación al no reconocer constructivamente la relevancia mundial que tuvimos en épocas como el Virreinato, cuánto poder tuvo la Nueva España en su plata y oro (que por cierto hoy respaldan a la moneda de Gran Bretaña), ¿cuánto de nuestro ser y nuestra cultura compartimos con el mundo gracias a la cochinilla, el cacao o la vainilla?

¿Y qué decir de las grandes obras arquitectónicas que agustinos, dominicos y franciscanos erigieron en el centro y sur de México en los primeros dos siglos de la colonia?, como mexicana me resulta triste ver cómo domina en el mexicano el odio hacia nuestro origen porque la mayoría decidió estancarse o no aventurarse a profundizar en el conocimiento, quedándose sólo con la verdad institucional.

Yo soy ferviente admiradora de la grandeza de todas las culturas precolombinas, todas ellas son la base de la fusión de culturas pero, aunque en mi fenotipo predomine la huella indígena, mi ser es mestizo, mi ser se estremece ante la majestuosidad de edificaciones como la del templo y convento de San Nicolás Tolentino, ante la ingeniería de la presa construida en Yuriria Guanajuato, ante ciudades como Guanajuato, Zacatecas, Puebla. Mi ser reconoce la labor del Padre Kino, de Fray Bartolomé de las Casas y la osadía de un Vasco de Quiroga que se atrevió a plasmar en tierras michoacanas la utopía de Tomás Moro. 

Ojalá tengamos la capacidad de cambiar el canal y aprendamos a educar a niños y jóvenes sin odio, con una visión panorámica y multifactorial de nuestra esencia como mexicanos. 

Paseo en la Kievo-Pecherskaya lavra, que se conoce en español como 
iglesia de la Trinidad. Su construcción inició en el siglo XI.

Yo en Santa Sofía (fundada en 1037)
Pedí a un local que me tomara la foto,
pero no obtuve la toma completa, así
que yo tomé la parte faltante,
esperando algún día unirlas...

13 de diciembre de 2016

Vientos de cambio

Por Fabiola Martínez

Enero de 1987 inició con cambios notorios, que entonces no se vislumbraron en su dimensión exacta. Los estudiantes de mi generación comenzamos a cursar nuevas asignaturas, dos de ellas se quedaron fijas, como Historia, Metodología y Pedagogía, además de disfrutar de nuevas modalidades de clase a través de seminarios y talleres.

Antes de la primera quincena de enero, un nutrido grupo conformado principalmente por jóvenes, salió a las calles a celebrar la Navidad con una especie de peregrinación, con cantos y huevos de pascua... ¿Navidad en esas fechas?

Mis amigas soviéticas me explicaron que, a partir de la confianza que estaba generando la Perestroika, la gente comenzó a retomar algunas tradiciones, una de las más queridas era la Navidad.

-Pero si la Navidad fue en diciembre.
-La iglesia ortodoxa rusa todavía se rige por el calendario juliano, así que la Navidad es hoy.
-Entonces, a su pueblo no se le prohibió practicar la religión.
-Sí se prohibió, pero la gente nunca dejó de creer del todo. Mi abuela, por ejemplo, siempre oró en Navidad y escupía hacia el piso cada vez que se pronunciaba el nombre de Stalin. Pero sólo lo hacía ella, los demás obedecíamos y callábamos.
-¿Por qué llevan huevos pintados como en las celebraciones gringas?
-No lo sé, no conozco nada de religión.

Otro cambio notable para mí fue conocer que en Kiev se aplicaba con más rigor la ley seca. Honestamente no recuerdo todos las medidas tomadas para luchar contra el alcoholismo, lo  que recuerdo bien es que los fines de semana la Milicia podía revisar de principio a fin cualquier residencia estudiantil y arrestar a quienes estuvieran tuvieran en su poder más botellas de vodka del permitido.

Recuerdo que a la residencia de Valeri la Milicia solían llegar con más frecuencia a revisar, para eso evitarse problemas los chicos diseñaron una estrategia casi perfecta para esconder su arsenal de alcohol.

Otro cambio relevante consistió en ver al gobierno soviético abordar el tema del sida con mayor fuerza y en diversos medios. A  pesar de que el gran año de la novedosa infección de transmisión sexual (its) fue 1985, es posible que sólo hasta 1987 el gobierno soviético aceptó la inevitable realidad e implementó medidas más cautelosas para controlar lo que a su parecer era la llegada del sida a su país.

Respecto al sida, recuerdo que los comentarios populares señalaban que, al tratarse de un asunto clínico propio de homosexuales y personas provenientes de países africanos (teoría difundida, creo, que por el gobierno de los Estados Unidos), habría que tomar medidas con los extranjeros y las personas de preferencias sexuales distintas a las socialmente aprobadas, principalmente.

Creo que desde enero de ese año, todos los estudiantes extranjeros radicados en Kiev (tal vez también los de toda la URSS), fuimos obligados a realizarnos exámenes Elisa cada seis meses. Recuerdo que desde el primer examen hasta el último que nos practicaron masivamente, observé una evidente tendencia a practicar un doble examen a los alumnos de origen africano. En caso de resultar positiva la prueba de alguien, lo único que sucedía era que te mandaban de regreso a tu país, lo mismo que hacían si detectaban sífilis.

Como resultado de someternos a esta fuerte presión y de conocer una versión del sida tal alejada de la realidad, entre los estudiantes extranjeros se desató una broma llena de un negro sentido de humor que iba más o menos así.

-¿Sabes que el sida es la enfermedad del siglo XX?
-Sí, eso he escuchado.
-¿Y sabes por qué esa enfermedad no puede llegar ni a Japón ni a la URSS?
-Mmm, no sé, ¿porque ambas son potencias mundiales?,
-No, no llegará aquí ni a Japón porque es la enfermedad del siglo XX y acá vivimos en el siglo XIX y en Japón ya están en el XXI.

En su momento el chiste me pareció muy ingenioso y me reí mucho, sin considerar toda la carga política y social que conllevaba, finalmente, esa es una de las funciones del humor negro, lo que en silencio pensaba era: "me jodí, vengo de un país del siglo XX".

En mi entrega pasada resalté las interminables charlas intelectuales con mis amigas, pues bien, no era una exaltación de mi memoria, ni el reciente reencuentro con mi amiga Franki, ¡no!, el camino abierto por la Perestroika hizo que muchos soviéticos tuvieran confianza de compartir las vivencias más íntimas de sus padres y abuelos, sus verdaderos puntos de vista sobre el sistema, sus anhelos y sus miedos. Estar allí, con mis amigas, en esos momentos profundos de reflexión y conciencia me convirtieron en una de las personas más afortunadas del último gran suceso del siglo XX.

6 de diciembre de 2016

Rutina

Por Fabiola Martínez

A mi regreso de Leningrado el único tema relevante fue Valeri, quien estuvo muy pendiente de contarme que, en mi ausencia, asistió a un par de fiestas en mi residencia y que se pasó de tragos, que me lo contaba porque quizá alguien me llegaría con el chisme. En su momento tanta información me pareció innecesaria, pero a los pocos años de conocerlo supe que quedar bien (a toda costa) y culpar a los demás de cualquier error era el sello de patente del sujeto en cuestión.

El tiempo siguió su curso sin novedades: paseos y romance con el novio, interminables charlas entre chicas, frío, nieve, ganas de quedarse en cama todo el día, prepararse para concluir el semestre, más charla con las chicas, tomar vodka, fumar, tomar té con varenye...

Llegó otra navidad sin posibilidad alguna de celebrarla, con varios зачёть (una especie de pre exámenes). La única fecha de celebración concedida fue el Año Nuevo, que pasé con el novio y sus compañeros de habitación. Bajo los efectos del "amor", vi la celebración como una experiencia exótica, pero con el paso del tiempo se convirtió en algo muy ajeno a mí.

El centro de la celebración no era Año Nuevo, sino el "triunfo" de la Revolución Cubana, prácticamente era un pecado no mencionar el suceso. Además del congrí y el cerdo con salsa de tomate, todos jugaban dominó vociferando y azotando las fichas sobre la mesa de juego...

Honestamente, desde que vi por primera vez ese griterío y manotazo de mesa todo me pareció vulgar, y en ese día de festejo las escenas nada tenían que ver con un asunto de festividad y comida rica, como en las navidades de toda mi vida en México: bacalao a la vizcaína, pierna o pavo al horno, pasta, ponche, chiles rellenos de queso, ensalada de manzana y otras cositas más.

Pero el amor es ciego, mejor dicho, el enamoramiento nubla la razón y la conciencia, dicho en una palabra, el amor apendeja, y mucho. Si en ese tiempo Dios me hubiera puesto la película de lo que sería mi vida como casada, le habría asegurado que estaba equivocado, que yo cambiaría las cosas. ¡Cuánta necedad!

Pasado el festejo regresamos a la rutina, con más té y charla de chicas donde aprendimos mucho de los países de origen de cada una, particularmente de un grupo que formamos compañeras y amigas de Ucrania, Finlandia, Perú, Cuba y México. Nuestras charlas eran interminables y deliciosamente intelectuales. Pasados los años ha sido un placer reencontrarme con todas ellas por el ciber espacio y percatarme que todas trazamos distintas rutas de vida, pero permanecieron intactos los principios y valores que nos hicieron afines.

El más grande regalo que este año me dio fue volver a ver y abrazar a mi amiga cubana después de 30 años. El 21 de noviembre del 2016, Franki Hernández manejó más de cuatro horas de Sacramento a Los Ángeles sólo para verme, tal gesto sólo lo hace una verdadera amiga.

Reencontrarme fue conmovedor, parecía que apenas ayer nos dejamos de ver. Esa noche del lunes cerramos el día con una charla concienzuda sobre nuestros países. Intensa e inteligente como en esos tiempos de juventud, pero con la m
adurez de una mujer que se lanzó al mundo, Franki habló de sus amores y de sus dolores, uno de ellos su amada Cuba... Sí, hubo mucha tela para cortar.

¡Qué grato es charlar con personas coherentes con sus principios!, creo que todos la pasamos bien, aunque nos faltó tiempo y energía.

Gracias a nuestro reencuentro tuve la oportunidad de reconciliarme con la comida cubana y cambiar mi opinión, el martes la ciudad de Los Ángeles nos dio la oportunidad de hacer una visita turística por la gastronomía isleña de los tiempos anteriores a esta última dictadura. ¡Qué delicia!, cuántos maravillosos platillos que ni remotamente imaginé.

La vida no deja de asombrarme, justo ahora que narro mis andanzas del primer año de carrera se me presenta la oportunidad de ver a una entrañable persona de ese tiempo, de esos días de rutina que hoy desmenuzamos gustosas preguntándonos sobre el destino de otras brillantes personas con las que compartimos el día a día de entonces.

Día lunes, visita al museo de ciencias. 


Franki y yo antes del desayuno.

Tarde medieval, novedoso.

15 de noviembre de 2016

¡Gitana!

Por Fabiola Martínez Díaz

Leningrado era una ciudad impactante y hermosa, su belleza sobresalía a pesar de todo el hielo, la nieve y el intenso frío. El día de mi regreso a Kiev ocupé la mayor parte del tiempo en conocer algo de lo mucho que ofrecía la ciudad. No sin antes resolver la compra de mi boleto de tren, esta vez regresaría en primera clase y debía asegurar un lugar.

Recuerdo haber ensayado con las soviéticas, amigas de Martha, la entonación y pronunciación de las frases obligadas que usaría para mi compra. Usé el transporte público para ir a la estación; pero antes, con el pretexto de tener qué comer para guardar calor, pasé a comprar unas golosinas a un магазин (tienda) cercano; me sorprendió mucho ver la cantidad y calidad de opciones para comer y beber.

Mi sociólogo interior me detuvo a observar con más detalle lo que sucedía en ese магазин, pero francamente no podía explicarme la causa de tanto contraste... Creo que por eso quise pensar que una mejora tan radical tenía que ver con la cercanía de Leningrado a Finlandia.

Con gran seguridad en la apariencia, pero con mucho miedo en mi interior llegué a la ventanilla de la estación del tren y realicé mi compra con éxito; pero el miedo y el nerviosismo me llevaron a cometer el error de alejarme rápido de la ventanilla. Había caminado unos veinte pasos cuando una señora de limpieza me hizo señas para volteara. Desde la ventanilla la vendedora me llamaba con visible enfado.

-¡Цыганка иди сюда! (¡Gitana, ven acá!) 

Con paso firme pero con la sensación de tener las piernas temblorosas regresé, honestamente no recuerdo cuál fue la causa por la que me la mujer me hizo regresar, lo que tengo gravado es el rostro de molestia contenida, ¿o quizás era odio?...

Como en ese momento no conocía el significado de la palabra Цыганка (tsiganka), no hice caso a la relevancia de todo el contexto. Simplemente me apuré a regresar a territorio conocido.

Ya conversando con Martha y sus compañeras de habitación el rostro de las chicas oscilaba entre la sorpresa y asombro. Resulta que la vendedora de boletos pensó que yo era una gitana y por eso no pudo evitar tratarme mal, pero no de manera tan abierta.

Yo estaba sorprendida porque las únicas gitanas que conocía eran las mujeres de la caravana que llegaba a mi pueblo cuando era niña. Mujeres con faldas largas y coloridas que se ganaban la vida leyendo el destino en la palma de las manos. Según yo, mi aspecto no tenía nada que ver con el de ellas, sobre todo por la forma de mis ojos.

Las soviéticas me explicaron, a grandes rasgos, que los gitanos no eran personas bien recibidas por el resto de la población, en general se trataba de gente que disgustaba a la mayoría. Fue entonces cuando el episodio que viví en la estación de tren tomó sentido. La forma en que la mujer de la limpieza me vio y dio por hecho que yo era aquella gitana a la que llamaban; el malestar y rechazo que percibí por la vendedora... Justo allí empecé a conocer la situación social y cultural que vivían los gitanos de Europa del Este. Discriminación, desigualdad en el acceso a las mismas oportunidades, marginación.

Desde entonces y hasta el final de mi estancia la URSS, conocí diversas versiones históricas con las que se justificaba el rechazo e intolerancia hacia los gitanos. Nunca tuve ni busqué la oportunidad para saber si los argumentos estaban justificados. Lo único que sé es que traté de disfrazar mi origen mexicano y latinoamericano, pero ello no me salvó de ser discriminada, otra vez.

¡Qué curiosa es la vida!, después de la charla mis temores disminuyeron al pensar que haría el viaje tranquila porque no me identificarían como estudiante extranjera que salió a otra ciudad sin visa; pasaría por gitana, aparentemente con los mismos derechos que el resto de los soviéticos.

Ya a salvo, las muchas horas de camino me ayudaron a reflexionar cada momento de mi reveladora vivencia. Analicé todas y cada una de mis experiencias desde que viajé por primera vez a la URSS en 1985, fue así como me percaté del organigrama del racismo.

Europeos occidentales, canadienses y estadounidenses mirando de soslayo a los habitantes de Europa del Este, que si bien eran blancos, la estatura del adulto mayor promedio de entonces, los pómulos salientes y el ligero toque rasgado de sus ojos no formaba parte del fenotipo ideal de la "supremacía blanca". Finalmente blanco es blanco, así que ya todos aprendieron a tolerarse como una familia disfuncional con un par de parientes incómodos.

El resto de la gente del mundo entrábamos en diferentes niveles de inferioridad, de todos nosotros, de la inmensa mayoría del mundo, creo que los africanos han sido y siguen siendo los más discriminados. En América Latina cada país se cuenta la historia con la que pretende justificar el por qué es mejor que los demás y, por si esto fuera poco, todavía lidiamos con la discriminación racial presente en gran número de las escuelas y familias mexicanas.

Como autora de libros de la asignatura llamada Formación Cívica y Ética, donde los temas de reconocimiento y respeto a la diversidad son fundamentales, ha llamado mi atención los resultados de la elección del presidente número 45 de los Estados Unidos. Desde mi perspectiva, la sorpresa no radica en que perdiera la señora Hillary Clinton, o que ganara el señor Donald Trump, la sorpresa radica en haber corroborado que, tratándose de temas como racismo, tolerancia y respeto a la diversidad sexual y religiosa, el avance de la humanidad ha estado motivado no por convicción, sino la por coerción impuesta por las leyes o por lo "políticamente correcto".

En otras palabras, Donald Trump, en su campaña, ganó al lograr despertar y sacar del clóset al pequeño Trump que millones y millones de personas llevan dentro.

1 de noviembre de 2016

Los necios admiran, los sensatos aprueban (Alexander Pope)

Por Fabiola Martínez Díaz

El malestar provocado por la aparición de mi muela sanó muy rápido. Me recuperé del todo. La temperatura ambiente permaneció estable en unos veinte grados bajo cero. En esos días llamé a mi amiga Martha para saludar y cobijarme a distancia por mi reciente malestar. Su voz se escuchaba diferente y los papeles se invirtieron; me ocupé de lo que le aquejaba emocionalmente... es más, para animarla le prometí ir a Leningrado lo más pronto posible.

En la visita que Valeri solía hacerme los miércoles le comuniqué mi decisión, tenía mi maletita lista y me vestí evitando usar ropa que denotara cualquier relación con el capitalismo. Mi plan fue comprar mis boletos de tren como una soviética más; apostando todo en la ayuda de mis ojos rasgados y pómulos prominentes para pasar por alguien de Tashkent, Mongolia... No lo sé, la cuestión es que me vendieron los boletos, que por supuesto pedí en segunda clase.

Valeri no podía creer que lo hubiera logrado y no era para menos, logré ese movimiento a pesar de mi fenotipo y de no tener permiso de viaje.

La diferencia entre primera y segunda clase era tremenda, las literas de mi vagón estaban acomodadas como barracas militares, cero privacidad, mucho frío, gente subiendo y bajando del tren en cada parada.

Durante las treinta horas de viaje tuve miedo de ser descubierta y del ir y venir de la gente. En el último tramo estuve prácticamente sola en todo el vagón, creo que la encargada debió ver mi rostro temeroso porque me compartió palabras de ánimo.

La estación de tren a la que llegué estaba cerca de la residencia de Martha y decidí tomar taxi. La calle estaba desierta, oscura y el frío era de unos treinta grados bajo cero. Rápido encontré el edificio, nadie me detuvo en la entrada, era un lugar viejo, muy viejo, quizá porque estaba en las cercanías de la fortaleza de Pedro y Pablo pertenecía a la zona antigua o primigenia de la ciudad... Al fin llegué u pude abrazar a Martha.

La calefacción de la residencia no funcionaba, así que nos conformamos con el calor del reencuentro y de las bonitas amistades que Martha ya tenía. Hablamos, hablamos y hablamos. Por la mañana fuimos caminando a la facultad de Biología, su escuela, ubicada muy cerca de la residencia y del afamado Museo Hermitage.

Después de dejar tareas, reportes, y hacer lo pertinente para ese día regresamos a la residencia. A mí se me derritió la vista por el edificio del Hermitage y me ilusionó poder visitarlo pero, antes de proponer siquiera pasar enfrente, Martha me pidió cruzar la calle para admirar el congelado río Nevá. Pronto Martha observó que sobre el río había un camino y que una o dos personas lo estaban cruzando a pie.

-¡Vamos a cruzar!
-¿Estás loca?, es un río enorme... ¿Y si se rompe el hielo?
-No seas miedosa, mira, hace ya más de una semana que la temperatura ha estado permanentemente a menos cuarenta grados.
-¡No, me aterra!
-¡Anda!, así tendrás que algo para contar a tus nietos. ¿Ves cómo varios soviéticos lo están cruzando?, si no se pudiera ya habrían cerrado la bajada del muelle.

Accedí por compromiso, pero dentro de mí iba encendida el foco rojo que decía ¡alerta, peligro! La otra orilla me parecía inalcanzable, justo cuando ya habíamos recorrido la mitad del río congelado tuve la sensación de sentir pasar la corriente del río, incluso de escucharla.

Miré a mi alrededor y en unos segundos me percaté de que estaba cruzando un río navegable, de que si la corriente llegaba a ser tan fuerte como la sentía justo bajo mis pies, en caso de romperse el hielo nadie me encontraría.

¡Dios!, la mente humana trabaja de manera prodigiosa y más ante situaciones que amenazan la vida. En esas fracciones de segundo supe que regresar era una opción igual de peligrosa a la de continuar. Honestamente no sabía nada sobre hielos congelados, pero me dije que como la distancia era la misma, intentaría terminar la tremenda estupidez que había iniciado.

Al llegar a salvo al muelle me prometí nunca decir nada a mi familia, y mucho menos a mis hijos y nietos. Sentí vergüenza por defraudar a mi madre poniendo en riesgo mi vida, sólo porque sí. Aunque ella nunca se enterara yo era consciente de  mi falta y eso bastaba. Hasta hoy mi hijo no sabe de esta experiencia mía, quizá se entere si llega a leer mi blog. No me siento orgullosa de lo que hice, pero forma parte de mi vida y sería deshonesto matizar lo relevante.

¿Lo volvería a hacer? NO, rotundamente NO. El Nevá es uno de los ríos más caudalosos de Europa, en su parte más estrecha mide de ancho entre 400 y 500 metros, además de ser muy profundo.

Yo lo crucé sólo por no saber decir no, por no anteponer la cordura. La juventud, además de plenitud, belleza y brío tiene altas dosis de impertinencia, torpeza y temeridad. Ojalá lo que hoy narro sea mi contribución a no perder de vista estas condiciones, pues todos los adultos tenemos cerca a jóvenes que toman de nosotros orientación tácita o explícita.

Río Nevá en verano. Tomade de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Saint_Petersburg_Hermitage_Museum_IMG_5863_1280.jpg