26 de julio de 2016

Kiev, la ciudad para vivir

Por Fabiola Martínez

Durante mi estancia en Ucrania escuché decir que "Leningrado era la ciudad museo, Moscú la capital y Kiev era el lugar para vivir". Dentro del taxi y al recorrer el trayecto de la estación a mi nuevo hogar, me percaté del hermoso lugar que había escogido para vivir. 

Nunca en mi vida había visto una ciudad tan verde, tan llena de parques arbolados, jardines, amplias aceras y avenidas. Mientras miraba por la ventana supe que en esa famosa frase había mucho de cierto. La forma en que estaba trazada la ciudad, la distribución de sus edificios y todo lo que veía en ella hizo que me sintiera arropada. 

Mi residencia se ubicaba en un sitio elevado, alejado de otras residencias estudiantiles y centros de estudios. El edificio parecía nuevo, tenía nueve pisos y dos plantas arquitectónicas en forma de H unidas por un largo pasillo. Todo lo que veía me parecía fabuloso. 

La logística para albergar a los estudiantes seguía sorprendiéndome. En la residencia ya me esperaba el encargado o admnistrador, quien ya tenía asignada mi habitación en el octavo piso. La residencia tenía elevador, en cada bloque había ocho habitaciones y al centro se encontraba la cocina con dos estufas eléctricas. En la parte central también había dos sanitarios, dos duchas y varios lavamanos para aseo personal y para lavar la ropa. 

Las buenas sorpresas continuaban, mi habitación. que estaba en una de las cuatro esquinas, era grande (comparada con la que tuve en Jarkov) y sólo debía compartirla con dos personas más. Pronto a mis compañeras de habitación; Belinda, del Perú y Natalia, de Ucrania; en poco tiempo ellas se convirtieron en las personas más entrañables de mi vida. 

Natasha era prácticamente una niña y había entrado a primer año de la carrera, eligió estudiar español y, por tal motivo solicitó compartir habitación con dos hispanas. De ella tengo muy presente su sonrisa franca y sus ojos vivos, felices y atentos a todo lo que ocurría a su alrededor. 

La primera vez que vi a Belinda me llamó la atención su rostro bello y sereno; una serenidad que a veces yo podía confundir con seriedad o con nostalgia. Beli se las arreglaba para verse siempre chic, tenía y sigue teniendo mucho estilo.  

Luego de presentarnos, cada una eligió el lugar para colocar su cama, los mejores lugares siempre fueron los que estaban junto a la ventana, pegados a la pared. Gracias a la condescendencia de Natasha, Belinda y yo tomamos esos sitios, mientras que Naty acomodó su cama usando el ropero común como pared. 

Como parte del tour por la residencia, atravesé el pasillo para ir al sótano a recoger mi juego de sábanas y colchoneta, cerca del lugar de la ropa de cama estaba la cámara de seguridad y las duchas comunes. 


En ese recorrido turístico me di cuenta de que en mi nuevo hogar había un grupo muy singular de estudiantes, conformado por las cubanas y cubanos que año con año llegaban a Kiev para cursar su ciclo de práctica de idioma ruso en el Instituto Pedagógico de Lenguas Extranjeras. En 1986, año de mi llegada a Kiev, también llegaron 72 cubanos, de ellos, creo que tres o cuatro eran varones y el resto mujeres. 

A pesar de todas las buenas nuevas que estaba viviendo, no me era posible superar el sentimiento de orfandad luego de separarme de los nicas, de Sayonara y del colombiano Steven. Un poco por lo anterior y otro poco por mi esencia fuertemente emotiva, al principio me sentí fuera de lugar entre mis nuevas compañeras de habitación. 

Nidia, la tica que conocí en la estación de trenes, pronto llegó a visitarme acompañada de un amigo y compañero de Marruecos. Adil era un estudiante de español que buscaba practicar el idioma y, de paso, hacer evidente su galantería invitándome a dar un paseo por el Hidropark (Гидроиарк), un lugar de esparcimiento veraniego de mi nueva ciudad. 

Si bien me había acostumbrado a los cortejos directos de los latinoamericanos, el comportamiento de Adil, además de ser directo era un invasivo, tanto que hizo que mis instintos se pusieran en alerta. Al principio pensé que estar exagerando, me decía que quizá la incomodidad se debía a la gran diferencia cultural entre un marroquí y una mexicana. Sin embargo, pronto comprobé que el instinto pocas veces se equivoca. 

El primer foco rojo se encendió luego salir por segunda ocasión con Adil, cuando él me platicaba sus planes de llevarme a Estambul, como idea podía sonar bien, pero en algún momento sentí que él se estaba tomando atribuciones que no correspondían con las de un pretendiente. Los siguientes focos se encendieron cuando del cortejo pasó a un comportamiento casi acosador. Adil llegó incluso a dejar en mi habitación un par de cartas con reclamos por negarme a salir con él o por ir a pasear con otros muchachos. 

Celebro con gusto haberme alejado a tiempo de una posible relación tóxica ya fuera amistosa, de compañeros o novios; y lo hago porque porque nunca me enseñaron a decir de manera contundente no a algún pretendiente o amigo como Adil. Para colmo, en mi época no se reconocía abiertamente el acoso o la violencia psicológica en las relaciones amistosas o de noviazgo. 

Hasta hoy en México las personas tienden a no poner límites a una posible relación tóxica por miedo a quedar mal con los demás. Se puede decir que somos una sociedad de "queda bien", a la que le preocupa más no herir los sentimientos ajenos que establecer límites para la adecuada convivencia. 

Este asunto de falta de conciencia y educación en el hogar y en la sociedad ha favorecido el incremento alarmante de violencia de género, feminicidios y comercio sexual de mujeres y niños. 

Hoy ya se habla sobre la violencia en el noviazgo, del significado de la amistad y el compañerismo pero no es suficiente. Pienso que no basta con enseñar a nuestros hijos e hijas a evitar relaciones tóxicas de amistad o noviazgo, es fundamental dejar de mirar hacia otra parte cuando en nuestra familia y comunidad se identifican actos con los que se acosa a parejas o a menores de edad. También es necesario que aceptemos el hecho de que los abusos a menores ocurren, en la mayoría de casos, dentro de casa y son perpetrados por miembros cercanos a nuestra familia. 

A la distancia y con madurez a cuestas, creo que Adil no era una mala persona, más bien era un chico educado en una cultura ajena a la mía donde lo "normal", quizás, era desenvolverse con las mujeres como lo hizo conmigo. Ambos, sin saberlo o sin ser totalmente conscientes, nos estábamos poniendo en riesgo al no contemplar el hecho de provenir de contextos culturales diversos. 

En este punto me viene a la mente esa vertiginosa tendencia y riesgo en que las redes sociales pone a nuestros jóvenes, quienes se conocen y organizan planes de vida en pareja desde una realidad virtual. Ante este inevitable hecho resulta necesario proponer plantearnos el reto de aprender sobre diversidad cultural y el papel de los valores universales, además, claro, de educar en el cuidado personal y la dignidad humana. 

Fabiola y Adil de paseo por el Hidropark, verano de 1986. 

12 de julio de 2016

Dios aprieta pero no ahorca

Por Fabiola Martínez

Al aeropuerto de la Ciudad de México fueron a despedirme casi todos mis hermanos y hermanas, mi madre en primera fila. Martha y yo procuramos organizar las fechas para llegar a tiempo a Jarkov, para luego mudarnos a nuestro destino: Leningrado y Kiev, así tendríamos oportunidad de aclimatarnos, sin la locura vivida a nuestra llegada a Jarkov.

En esta ocasión mi despedida no fue lúgubre, más bien esperanzadora, ya en la familia habíamos aprendido a identificar los atajos sobre el camino.

Llegamos a Moscú por la tarde. También llegamos cargadas de productos de consumo personal y con mucho cansancio por el largo viaje y la diferencia de horario. Sólo pernoctamos un día en Moscú y salimos al día siguiente a Jarkov.

Luego de una noche en tren llegamos a Jarkov y nos dirigimos a la residencia de la calle Otakara Yarosha. Fue extraño llegar al sitio que fuera nuestro hogar, al lugar donde todo se acomodaba para dejarnos ir, por ello no teníamos destinado un dormitorio, podíamos permanecer en la que fue nuestra habitación si no estaba ocupada por los nuevos estudiantes y sólo por un día, máximo dos.

Luego de sacar del equipaje sólo lo necesario y guardarlo en la cámara de seguridad, buscamos a nuestro grupo de amigos nicas. Fue maravilloso encontrarlos, conversar y compartir... Todo sucedió como si nunca nos hubiéramos separado. Otra vez percibí esa sensación de oscilar entre dos dimensiones opuestas.

El Instituto de Cultura Física, donde estudiarían los nicas su licenciatura también estaba en Kiev, así que me puse de acuerdo con varios de ellos para viajar a nuestra nueva ciudad. La elección fue la más acertada porque ese viaje equivalía a una mudanza y era conveniente tener amigos cerca para cuidar las cosas de todos.

Además de compartir camarote o vagón, el trayecto fue cálido, ameno. Creo que llegamos a Kiev como a las ocho de la mañana, el día era hermoso, soleado, muy típico de aquellos veranos en esa latitud.

Tengo muy presente que el trayecto del andén a la salida de la estación, donde podíamos tomar taxi, se me hizo eterno, no por largo, sino porque mis maletas pesaban horrores y no podía ni debía descuidar una sola de ellas. Mis compañeros de viaje estaban en las mismas condiciones que yo.

Cuando llegué con todo mi equipaje al punto fijado, tenía fuertes dolores de espalda y hombros, sólo entonces me di cuenta que por segunda ocasión me había mudado de ciudad, esta vez para quedarme por más tiempo en ella para iniciar mis estudios profesionales.

Al momento de que cada uno empezó a comprar sus boletos de taxi, me percaté de que casi todos se iban a la residencia del Instituto de Cultura Física y yo, por primera vez, me quedaba sola. Me dirigiría a un sitio desconocido, sin Martha, sin los nicas. Me sentí triste, a la deriva... Nuevamente debía separarme de mi familia, la que formé, con la que compartí alegrías, tristezas, sinsabores, todo un cambio de vida y de cultura.

Desde Jarkov ya llevaba instrucciones precisas de la residencia a la que debía dirigirme y, como no quería sentir más grande ese hueco en el estómago, preferí tomar mi taxi antes de quedarme completamente sola en la estación.

Dicen que Dios aprieta pero no ahorca y es verdad. En ese lapso de asimilación, llegaron a la terminal Nidia y Norma; dos costarricenses que estudiaban en el que sería mi Instituto, ellas iban al encuentro de uno o varios compatriotas, pero esa esencia latina hizo que nos identificáramos y reconociéramos a distancia.

¿Habrá sido obra del destino o inercia de la vida? Insisto, no hay coincidencias, son los ángeles que Dios ha puesto en mi vida. Nidia me habló del lugar donde viviría, de nuestro Instituto, ella me dio una visita al centro de la ciudad y me enseñó a llegar a la nueva residencia de los nicas; a quienes visité casi todos los días de primera semana en Kiev.

Una nueva etapa de mi vida comenzaba en una hermosa e histórica ciudad, en un nuevo ambiente. El reto era grande: ese nuevo mundo y yo.


Mi primer paseo en Kiev, con Nidia y Adil. 

5 de julio de 2016

México 86 (parte 2)

Por Fabiola Martínez

A unos tres meses de comenzar mis entregas en este blog recibí dos comentarios de gente muy querida y cercana a mi vida. El primero me dijo: ¿cómo, siendo tú y yo tan unidas no me había enterado de tantas cosas que platicas en tus entregas? El segundo cometó: Yo empecé a conocer a la verdadera Fabiola hasta que leí tu blog. 

Había mucho de cierto en ambos comentarios porque, al estar fuera de mi país ocho años viviendo y aprendiendo de alegrías, errores, sinsabores y todo lo que conlleva como estudiante extranjera,  me configuró una personalidad muy distinta a la que hubiese forjado si no hubiera salido de México. 

 En esas vacaciones del 86 comencé a comprenderlo, y no sólo porque la vida seguía sin mí, también porque nunca más volví a encajar como mi sociedad espera. En las charlas del reencuentro me era difícil describir cada una de las emociones de mi día a día en Jarkov, mis amigos pronto perdían interés en los detalles o sólo se limitaban a preguntarme cómo había logrado sobrevivir sin tortillas, salsas y todo tipo de chile que incluye la comida mexicana; también les interesaba saber si era verdad lo que se publicó en el libro "Parque Gorki", un best seller que yo desconocía. 

Luego de preguntarme sobre la comida y el frío, los amigos, por cierto muy adultos ya, solían compartir sus anécdotas de cuánto sufrían por la comida cuando iban de visita a los Estados Unidos, de cómo en vacaciones de quince días su mayor deleite era tomar tequila y escuchar música mexicana con mariachi a todo volumen, sin importar que llegara la policía a callarlos. En ese contexto, ¿cómo podía hablarles de la sensación que me provocó el caviar negro, el borsh, la smetana, el pato frío y duro, los atracones de pastel de chocolate o los deliciosos pelmeni?.  

Mi madre y hermanos sólo me abrazaban y mimaban como si mi visita fuera obra de un milagro, que en parte sí lo era porque todos nos habíamos programado para no vernos durante seis años, todos desconocíamos las bondades del mercado negro en una sociedad totalitaria como las del llamado bloque socialista. 

La actitud que no comprendí, hasta pasados muchos años, fue la de los hermanos de mi madre y mis primos hermanos, hijos de éstos, exceptuando a mi primo Isaías, mi tío Eduardo, esposa e hijos. Me extrañaba que tíos y primos evitaran preguntarme cualquier cosa sobre mi viaje, como si negando la charla desapareciera el privilegio de mi beca en el extranjero. En reiteradas ocasiones algunas tías y tíos que me dijeron algo así como: "¿Ah, sí?, que te dieron una beca... ¡oye, pero qué gorda te pusiste!, ¡mira eso, pensamos que no ibas a aguantar! o... pero ¿ya te quedas o vas a regresar? Cuando yo intentaba hablar sobre sus afirmaciones, observaciones o preguntas, ellos perdieran interés en el tema y comenzaban a hablar de los partidos del mundial. 

Me fue claro que con esos comentarios o con esa indiferencia querían lastimarme y sí lo lograron un tiempo, hasta que la experiencia que brinda la edad y la vida me enseñaron que sólo se trataba de pequeñeces: pequeñas personas aludiendo a pequeñas cosas, pues las grandes y maravillosas cosas de ese año eran sólo mías y de Jarkov. 

Enfoqué mis energías en hablar con mis padres para que me financiaran las compras de lo mínimo necesario para sobrevivir al menos dos años: champú, jabón, toallas sanitaria, ropa realmente abrigable, gorros, guantes, tenis, zapatos para otoño, calcetas, etcétera. Lo que invirtieron mis padres fue asombroso, pues además compraron dólares para llevar de regreso a la URSS. 

¿Podía haber felicidad mayor? Sí, la hubo. Mi hermano Adolfo, que estaba de regreso en el hogar familiar luego de terminar sus estudios de Biología, halló un empleo temporal mientras se ubicaba 
en un trabajo acorde con su perfil de egresado; un día Adolfo me dijo: 

-Carnala, ¿qué vas a hacer mañana?
-No sé, no tengo planes, ¿por?
-Te quiero llevar a México [en provincia, así aludimos a la Ciudad de México, capital del país], allí te compraré un regalo-. 
-¡Sí, claro que vamos! -Mis ojos se iluminaron ante la iniciativa de mi héroe de infancia a pasar una mañana juntos. 
-Mañana nos vamos muy temprano, te llamaré sólo una vez-. Me advirtió con el típico tono de superioridad que sólo ejerce el hermano mayor que sabe que está  ante su fiel admiradora.
-Sí. -respondí impresionada. 

El camino hacia Distrito Federal fue ameno, con Adolfo al fin pude tener una conversación sobre mis impresiones fuera de casa, sobre lo que había aprendido, pero por encima de todo, sólo a él y a mi tío Eduardo les importaba lo que yo tenía por compartir, eso es invaluable. 

Llegando a la central camionera TAPO, Adolfo me aleccionó: "Carnala, vamos a la fayuca* de Tepito, allí venden buenos tenis, es mi regalo. Caminarás tan rápido como yo lo haga, no hablarás con nadie, no te apartarás de mí. Tan pronto como hayamos comprado saldremos del lugar rápido y con cuidado. ¿Entendiste?, sólo pude mover la cabeza en señal de afirmación. 

Ya en Tepito, Adolfo me llevó hacia los locales de tenis y Adolfo me dijo: 
-Escoge el par que más te guste.
-¿En serio?
-Sí, el que tú quieras.

Mi corazón quería salirse de mi pecho, era la primera vez en mi vida que tenía la oportunidad de comprar lo que me gustara sin considerar el precio. Las emociones de ese día eran muchas. Escogí unos tenis Nike color mostaza con el logotipo color naranja, el corte del calzado era muy estético y adecuado para caminar y trotar, según me comentó Adolfo, que era amante y practicante de atletismo. 

Recuerdo que calcé los tenis para salir del enorme mercado y regresar a casa. La comodidad del calzado no tenía comparación, mientras caminaba pensaba... ¿esto es lo que calza el primer mundo?, ¡qué suerte la suya!

De ese regalo lo que quedó tatuado en mi corazón fue la actitud desprendida de mi hermano. Sin alardear, sin molestarme por mi logro o por mi sobrepeso o porque sí, me dio la primera mejor experiencia de mi vida en lo que a compras se refiere. 

Mis padres y hermanos también fueron generosos, entre todos me dieron los productos, ropa y calzado para para regresar pertrechada a mi nueva aventura en Kiev. 

Mis tíos Zaldivar organizaron otra comida para iniciar la despedida, esta vez, por fortuna, sólo estuvieron sus amigos de toda la vida, los Zenteno, los Romero y los Espejel. La reunión fue agradable porque, sobre todo Jorge y Gustavo, generaron una conversación amena, reconocieron y felicitaron mis logros, me alentaron a continuar y me compartieron algunos sabios consejos. 

El azuzar de mis parientes palideció ante las genuinas muestras de cariño. No hacía falta más, estaba lista para regresar a la URSS, ávida de lo que me deparaba mi nuevo destino. 

28 de junio de 2016

México 86 (parte 1)

Por Fabiola Martínez

Hay etapas de la vida cuando los "antes" y "después" son particularmente visibles. A casi un año de haber partido de mi casa materna, los cambios más visibles fueron los físicos; como se aprecia en la fotografía que Martha y yo nos tomamos en la Plaza Roja el feliz día que regresamos a México para el verano. 

Así regresé a México el verano de 1986
Gracias al carácter desprendido de Martha, tuve ropa de verano para sobrellevar mi sobrepeso; en esta imagen, por ejemplo, la falda y los zapatos son de ella. 

Para mí, los grandes cambios de mi esencia se reflejaban en mi desenvoltura y seguridad. Recuerdo que llegamos al aeropuerto Sheremitevo como a las diez de la noche, solas y en taxi. Nos registramos y cruzamos aduana de manera autónoma y eficaz, ¡cuántos logros!

En ese tiempo Aeroflot no asignaba asientos, así que  para evitar las incomodidades de la estrechez de los espacios del Tupolev o Antonov,  hicimos una larga y fructífera fila a la entrada del túnel que nos conduciría al avión. Fue buena la jugada porque obtuvimos los primeros asientos de la clase turista. 

En cuanto se pudo, las azafatas sirvieron la cena, ¡y qué cena! Para empezar nos dieron caviar negro sobre pan con mantequilla o galletas; mi limitado paladar no había probado nunca tal cosa, me vino a la mente un anuncio de servilletas Liz que dos años antes estuvo sonando en la televisión mexicana. En él se asociaba glamour, buen gusto y caviar. 

¿Será verdad?... La idea de probar algo de aquello inalcanzable me hizo dar el paso y probar el bocadillo. Me lo comí poco a poco y pronto superé su fuerte sabor para comenzar a degustarlo. Me agradó. Luego nos entregaron un juego de cubiertos de metal,  nada parecido a lo que viví en mi primer vuelo, además nos sirvieron una pieza de pechuga de pollo de excelente tamaño; té negro, jugos y agua. La cena me pareció deliciosa. 
Así dejé México en agosto de 1985.

Llegando a México nos esperaba la familia de Martha, mi madre, mi hermana Paty y un par de amigos y familiares más. La felicidad de mamá era indescriptible, mis familiares ya se habían mentalizado para verme con sobrepeso, pero por la expresión de su cara imagino que no pensaban verme tan cambiada en mi aspecto.

Yo estaba feliz y al mismo tiempo me sentía confundida, ajena, un poco fuera de lugar. Como si me hubiera transportado de una dimensión a otra por obra y gracia de algo equivalente al túnel del tiempo. 

El sol, los tumultos, el bullicio, la alegría de la gente por los partidos del Mundial de fútbol, el tan peculiar aroma a cebolla y cilantro de la estación metro Merced. La vida en ese lado del planeta continuó su curso sin mí; mi hermana Tere tuvo a un hermoso bebé, mi sobrino José de Jesús, mi adorada Carla había aprendido más. Mi amado Adolfo había regresado a vivir a casa después de terminar sus estudios de Biología. En esas vacaciones comencé a vivenciar la diferencia entre el ser y el estar. 

Lo mejor de esas vacaciones fue sentir a mamá, sus abrazos, besos y caricias, lo extraño fue escuchar su cambiada voz. Supe que mamá había enfermado de la garganta por todo lo que implicó emocionalmente mi partida de casa, ella perdió la voz un tiempo y la fue recuperando con dificultad. Siempre pensé que perdió la voz por no gritarme que me quedara, por no suplicar que desistiera, ese fue uno de los precios que pagó para no cortar mis alas. 

En este análisis retrospectivo confirmo que fui (y soy) una persona valiente y decidida, pero en ese entonces fue más valiente mi madre. Una vez más corroboro que la escuela es el lugar donde recibimos una instrucción académica y una educación curricular, sí, pero la principal labor es de los padres, de su presencia o ausencia, de sus valores, congruencia y entereza depende mucho del rumbo que tome la vida de sus hijos. 

Termino esta entrega con unas lúcidas palabras que alguna vez me compartió mi amiga Belinda Sánchez: 

Nosotras, que somos de diferentes países, estamos unidas por una experiencia común que fue estudiar en la URSS. Creo que pertenecemos a una especie diferente, que formó parte de una gran  aventura, que emprendimos muchos años atrás, como otros estudiantes. ¡Qué experiencia! y qué valientes fuimos nosotras y nuestros padres que nos enviaron a un país completamente desconocido y tan diferente. En donde, según me decían antes de mi viaje, era un país donde nunca salía el sol y un país del eterno invierno. ¡¡¡Qué calor pasé mi primer verano en Minsk!!! Yo había llevado sólo ropa de invierno influenciada por esas afirmaciones.

¡¡¡Qué jovencitas éramos!!!   

La sensación es, como si hubiéramos sido animalitos acabados de nacer y lanzados al mar, sólo con el instinto de supervivencia como acompañante en el inmenso océano que era la URSS. En ese proceso, aprendimos y desaprendimos experiencias únicas e irrepetibles. Tenemos una caja llena de vivencias que recordar y para contar...

14 de junio de 2016

Inicia el verano

Por Fabiola Martínez

Las vacaciones de verano en México incluyeron, al menos, dos días de estancia en Moscú. Nuestro plan fue comprar los souvenirs en los grandes almacenes Gum o Tsum, pues Jarkov, a pesar de ser la segunda ciudad más importante de Ucrania, tenía poco o casi nada que ofrecer.

Luego de guardar todo nuestro equipaje en la cámara de seguridad y de desocupar la habitación 74 de la residencia, Martha y yo viajamos en tren a Moscú. Como ya era costumbre, pernoctaríamos en la casa de los Pilshikov.

Llegamos a la gran capital muy temprano en la mañana, así que debíamos esperar al atardecer para llegar a la casa que nos esperaba. No recuerdo dónde guardamos nuestro equipaje, que era poco, lo que sé es que lo resolvimos bien, pues el tiempo nos alcanzó para recorrer cada espacio de esos enormes y bellos almacenes.

El dinero que yo tenía para regalos era poco, pero me alcanzó para llevar, por lo menos, un detalle típico a cada hermano, a mis padres y a los tíos y primas de la familia Zaldivar Díaz. Gran faena para una estudiante becada.

Entre los mexicanos había una leyenda urbana sobre las enormes posibilidades que daba la URSS para  comprar piezas de joyería de oro y brillantes. Así que cuando finalizamos nuestros pendientes recorrimos tiendas para anotar los precios de dichos artículos en las joyerías que encontramos en el camino. Lo que se veía en los aparadores era simplemente bello.

El último día de estancia lo dedicamos a recorrer los innumerables museos y hermosas calles moscovitas, en ese andar encontramos una de las afamadas "veryoshkas", las tiendas especiales para turistas del mundo occidental. En el centro de Moscú había varias pero, la más grande y surtida, para mi gusto, era una que estaba a un costado de San Basilio ¿o del Kremlin?

La oferta de las veryoshkas era basta e incluía piezas de joyería, los precios dentro de la tienda se establecían no recuerdo si en dólar americano o en rublo, lo que sí sé con certeza es que el tipo de cambio ofrecido era el oficial, que tomaba el dólar unos diez centavos por debajo del rublo. Fue en esa comparación de precios y de tipos de cambio que tomó sentido eso a lo que llamé "leyenda urbana".

Mientras sucumbía a la fascinación de apreciar las pieles y las joyas, mi atención se dirigió a la puerta, donde estaba entrando un grupo de mexicanos a los que distinguí por sus sombreros de charro. En el primer segundo sentí alegría, pero en el segundo me avergoncé; digamos que el espectáculo de andar con sombrero de charro por las calles de Moscú era comprensible pero, vestir shorts con calcetines y zapatos me sacó de balance.

Aunque mi primer impulso fue hacerme la loca, mi muy mexicano fenotipo me delató; los paisanos me abordaron...
- ¿Eres mexicana?
-Sí.
-¿De dónde?
-De Puebla.
-¡Ah!, eres "pipope"*
-Sí- contesté secamente porque me percaté del tono irónico.

A Martha también le hicieron las mismas preguntas, luego ellos nos contaron que venían en un tour por los varios países del antiguo "bloque socialista", y acto seguido comenzaron a echar pestes sobre Moscú y, en general, sobre la Unión Soviética, su mayor pesar era la comida y la ausencia de chile y tortillas, entendía el choque cultural pero también me molestaba que se refirieran de ese modo al país que yo ya quería como mi segunda patria.

Después de vomitarnos sus desventuras, nos preguntaron si también estábamos de turismo. Les comentamos que éramos estudiantes, pero en instantes me arrepentí. Inició un interrogatorio muy desagradable para mí: que cómo le hacíamos para aguantar la comida, que si los soviéticos eran mal encarados, que si el idioma, que si el olor... Tantos y tantos aspectos negativos.

Esa charla me hizo sentir incómoda y molesta. En mi interior me preguntaba, ¿y con esa ridícula ropa se atreven a criticar? Pronto supe que mi reacción no había sido adecuada, en un inicio me justifiqué diciéndome que ellos me habían predispuesto aludiéndome con un mote ofensivo, que sí lo era y lo sigue siendo y tiene su origen en disputas que hay entre las personas poblanas, las jalisciences, las norteñas... Pero por supuesto no me justificaba.

Pasadas unas horas me pregunté, ¿por qué mostrar un falso orgullo nacional portando un sombrero que simboliza el traje oficial cuando entre los nativos de las diferentes entidades de la república mexicana hay una tendencia generalizada a la descalificación?, también me pregunté... ¿cómo nos percibirá la gente de este país o la de otros países?

A partir del incidente en la veryushka comencé a observar los comportamientos de los turistas, me percaté que lo vivido con mis paisanos era y es una actitud frecuente entre los ciudadanos de otros países, claro que expresado en sus propias maneras.

Considero que el comportamiento que acabo de narrar tiene mucha relación con la poca disposición social a aceptar lo "diferente", aún me sigo preguntando por qué ésta dificultad sigue siendo muy grande y pesada en México y en un sin fin de países del mundo. Actualmente hay países que aparentan ser más civilizados por actuar dentro de lo llamado "políticamente correcto" pero, ¿es genuina tal aceptación o es el fruto de la aplicación de leyes más rigurosas de comportamiento?

La respuesta sigue en el aire.


* Pipope: acrónimo de pinche poblano pendejo, insulto usado para referirse a todos los nacidos en el estado de Puebla, aunque en su origen este se usó para referirse a los pobladores de la ciudad de Puebla, capital de la entidad del mismo nombre.