22 de diciembre de 2015

Primeras vacaciones


Parte 2
Por Fabiola Martínez

Mi curso de regularización fue breve porque el profesor se tomó el tiempo para conversar conmigo y explicarme la importancia de aprobar su asignatura. Caminando al aire libre fue sencillo hablar del error al asignarme universidad y mi proceso de cambio de carrera, afortunadamente todo se resolvió con bien para mí.

Entre desayuno y comida hubo tiempo suficiente para compartir, sobre todo con Diana, Alina y Sayonara. Tengo presente la ocasión en que a todas se nos antojó comer galletas rellenas de crema y salimos a la tienda más cercana sin tener éxito, así que nos consolamos comprando caramelos.

Con frecuencia yo iba a la habitación de las cubanas y las veía bailar salsa, o casino, como se le dice en Cuba a ese ritmo. A todo ese grupo le encantaba la música de Oscar de León, pero antes de ponerla me explicaron que, de cierta manera, lo que estaban haciendo era incorrecto, pues en la Isla estaba prohibido escuchar a Oscar de León.

-Si está prohibido entonces, ¿cómo lo conocen?
-Porque él fue a Cuba y causó tremenda sensación, a todos los cubanos nos gustaba, pero luego se supo que fue contratado por Pinochet para tocar en su cumpleaños.
-¿Y eso qué?, sí, Pinochet es un dictador pero el hombre es un artista. No entiendo.
-Pues a Fidel no le gustó, salió a dar un discurso y lo criticó, prácticamente dijo que era un traidor y declaró que a partir de ese momento quedaba prohibido tocar su música en la radio.
-Pero en sus casas ustedes pueden…
-Eso se ve mal, sobre todo si eres miembro de la “Juventud” o del Partido Comunista.

A esa lista de prohibidos entraba Julio Iglesias, por la misma razón que Oscar de León; Celia Cruz también estaba prohibida. En tanto mis dos neuronas asimilaban la situación, las chicas aprovecharon para reiterarme que ninguno de ellos podía establecer relaciones cercanas o estrechas con personas de países capitalistas.
-Y entonces… ¿“X” tiene problemas por andar conmigo?
-Bueno chica, la situación con México es diferente, Fidel salió de tu país en el Granma para hacer que la Revolución triunfara… -Y así comencé a conocer la historia oficial de esa Revolución.

Una noche después de cenar, los cubanos de la sección varonil organizaron una “fiesta”, que en su entender consistía en tomar cerveza al tiempo, fumar, escuchar música y, eventualmente, bailar, al mismo tiempo que gritaban desenfrenadamente cada vez que colocaban una ficha de dominó sobre la mesa.

Ese ambiente no era de mi agrado, los gritos y “guaperías” que tanto caracterizaban a los cubanos me alteraba, también me alteraba fungir como “novia”. En mi interior me reprochaba por haber aceptado una relación sin estar convencida, más bien motivada por la indagación.

De repente me pregunté, -¿qué hago aquí pudiendo estar echada en la cama leyendo un libro o conversando con Sayo o haciendo cualquier otra cosa?-, así que decidí a dejar el lugar y me despedí.

Los cubanos mayores, que eran de otro instituto comenzaron a fastidiar a “X” con recursos lingüísticos que cuestionaban su hombría. Mientras más los escuchaba más se fortalecía mi decisión de abandonar la “fiesta”. A “X” sus compatriotas lo pusieron en jaque y se vio obligado a pedir que me quedara… Me negué, entonces insistió en acompañarme y yo me dije, -¿perdió la razón?, si sólo cruzaré el patio y aquí es un lugar muy seguro.

La suma de circunstancias me puso de mal humor y fui muy cortante con “X”, quien me siguió hasta la salida y me detuvo, estaba molesto, luego me preguntó,
-¿Por qué me haces quedar mal con esa gente?
-A mí ellos no me importan, no me gusta y me voy.

Ese fue el fin de nuestra corta historia de amor de tres o cuatro días. Tardé un poco en comprender que el machismo en Cuba era asumido y practicado de una manera diferente y más cruda que en México, pues pronto supe, por ejemplo, que la homofobia no sólo era bien vista sino fomentada por el mismísimo Comandante en Jefe.

En el albergue de invierno había un teatro, de hecho prácticamente en todas las escuelas había uno. Todos los años los profesores organizaban un festival cultural y trabajaban con los estudiantes porque todos debíamos presentar un número relacionado con la cultura de nuestro país.

Se organizó una buena variedad de números, sobre todo de África. Debido a que de América Latina sólo estábamos los cubanos de la Podfak, Sayonara y yo, los maestros decidieron juntarnos a todos para cantar como cubanos y ensayamos un arreglo bilingüe de la emblemática canción chilena “El pueblo unido jamás será vencido”.
En el teatro de la casa de descanso de Jarkov cantando "El pueblo unido".

Primero, la solución de los maestros me extrañó, la canción no necesariamente nos representaba, por lo menos a mí no, pero después me divertí con ello porque, al final, ¿qué significa ser latinoamericano?, ahí inicié una camino hacia el desentrañamiento de ello. A partir de entonces y para el resto de mi vida, esa vivencia inició el proceso de formación de mi verdadera identidad latinoamericana, de la cual me siento particularmente orgullosa.

Pd. A todos los que este 25 de diciembre de 2015 celebran Navidad, envío un abrazo lleno de esperanza. También les comparto mi gratitud por estar colmada de bendiciones y por reencontrarme con una persona especial con la que compartí andanzas en la ex URSS.


15 de diciembre de 2015

Primeras vacaciones

Parte 1

Una mañana de enero llegó un autobús a la residencia de la Podfak. Quienes escogimos la casa de descanso para pasar las vacaciones de invierno estábamos listos en la sala de espera. Abordamos el vehículo y llegamos a nuestro destino como en una hora y media, tal vez en menos tiempo.

El lugar me pareció genial, se dividía en la sección para mujeres y para hombres, que eran mayoría. Por cada grupo de habitaciones había una estancia con televisor; las duchas estaban en otra sección. Las partes que componían la casa de descanso tenían jardines, que en condiciones de invierno no estaban esplendorosos pero se veían cuidados.

Yo compartí habitación con Sayonara, de Ecuador, muy cerca estaba Alina y Diana, que iluminaba el pabellón con su luminosa y alegre sonrisa. En el centro de todo estaba el comedor general y el sitio estaba cercado por una barda y una gran puerta. También teníamos una sección amplia de bosque que finalizaba en un pequeño lago. El paisaje era prometedor.

Recuerdo esas vacaciones como algo maravilloso, aunque mis asuntos, como los de otros alumnos no eran perfectos. En ese lapso debí asistir a clases de matemáticas para poder aprobar física, y también tuve algunos asuntos que resolver con el ya famoso “X”, ¿lo recuerdan?

La primera maravilla fue llegar al comedor y encontrar un hermoso “samovar” listo para darnos la bienvenida con té negro calientito; había también unas mesas tipo bufet llenas de comida deliciosa. Todos llegamos a “atascarnos” de comida pues había “varenie” (варенье) para acompañar el chai, pan blanco de todo tipo y también pan negro, además de mantequilla, pelmenie, borsh, kolvasa, piroshki y tantas delicias más.

Con tanta comida pensé que era justo y necesario permitirme alimentarme de manera espléndida y eso hice. Claro que al segundo día tuve la impresión de que me estaban “cebando” para la navidad ortodoxa.

Todos felices saliendo del comedor, hace treinta años. 
La estancia tenía esquís y un amplio campo para ejercitarnos. Todos los latinos nos juntamos y corrimos al lugar indicado para tomar nuestros respectivos esquís. Fue la tarde más deliciosa en muchos, muchos meses. Creo que un cubano rompió enseguida un par de esos patines largos, otro latino más chocó con un árbol y desbarató su equipo.

Curiosamente a mí me fue sencillo adaptarme al ritmo que requería mi paseo con esquís, iba y venía a lo largo del camino con toda soltura, ¡rayos!, ¡cuánta alegría siento incluso al recordarlo!

Por primera vez los estudiantes de la podfak, sobre todo los latinos, estábamos integrados conviviendo. Una de las mejores partes de esas vacaciones fue conocer mejor a Alina y Diana, una tarde me acerqué a su habitación y las encontré leyendo libros de García Márquez que después me prestaron, tenían como música de fondo un clásico de Joan Manuel Serrat llamado “Poema de amor”, pudimos conversar sobre nuestro gusto por aquel catalán y cantar a todo pulmón ese disco tan clásico que también incluía “Balada de otoño”, una canción tan entrañable para mí por el recuerdo de mi hermano Adolfo.


Las charlas con las chicas, llenas de ganas de saber todo y comerme el mundo, me ayudaron a entender un sinfín de cosas sobre los cubanos que llegaron a la Podfak. 

2 de diciembre de 2015

Víspera de vacaciones de invierno

Por Fabiola Martínez

La discreción es una cualidad que pocos aprendemos a ejercer. En lugares donde la única familia cercana que tienes son tus compañeros de clase, de habitación y de residencia, es fácil caer en la tentación de contar todos y cada uno de los pasos que daremos... En ese aspecto Martha era excepcional, fue sigilosa en la organización de su proyecto vacacional.

Antes de terminar los exámenes de fin de semestre, donde por cierto reprobé física y aprobé el resto de las asignaturas, Martha me comunicó que visitaría México durante las vacaciones de invierno. Ella, como yo y como la mayoría de estudiantes de la ex URSS, sucumbió a las enormes encantos que brindaba el mercado negro para cambiar dólares por rublos y comprar un pasaje de ida y vuelta a nuestro país.

-Quiero estar con mi familia, creo que algunos familiares no sobrevivieron al terremoto-, me dijo Martha.
-¡Qué envidia!, escribiré cartas y enviaré algunos obsequios para mi familia, ¿tendrás tiempo de dárselos?
-¡Claro que sí!, además me pondré de acuerdo con Víctor...
-¿Sobre qué?
-También tramitó su beca para este país y hará hasta lo imposible por reunirse conmigo.
-¡Felicidades!, tampoco lo sabía...
-Es que, no me gusta hablar de temas muy personales, pero ya es un hecho.
-Yo tomaré la opción que nos ofrece la Podfak y me iré a la casa de descanso, en verdad me hace falta dormir, olvidarme de las presiones de la escuela.

Con mucha alegría participé de los preparativos para el viaje de Martha, sentía que al ir ella se iba un pedazo de mí, alguien contaría a mi angustiada y triste madre que estaba bien. Su partida fue rápida. Yo me quedé sola en la habitación, Lila y Natasha se fueron a sus casas también, muchos estudiantes viajaron a Alemania, Italia y un sin fin de países de la Europa occidental. El "bendito" mercado negro brindaba a muchos la posibilidad de conocer Europa a bajo costo.

Yo no era osada, tenía pocos dólares y no me sentía con la confianza personal de emprender tales hazañas, sólo quería descansar, respirar y reflexionar sobre el nuevo rumbo de mi vida. Para todos los estudiantes de la Podfak, la universidad contaba con una casa de descanso que incluía comida y dormitorio, sin costo extra. Muchos de la Podfak iríamos, pero antes tuvimos días de descanso. En ese tiempo tuve mayor acercamiento con el grupo de cubanos y me dejé cortejar por uno de los chicos.

"X", era un muchacho agradable y me hacía sentir especial con su cortejo, comparado conmigo era muy alto y delgado, pero bueno, me dije yo, es sólo un novio, no será mi marido. En ese tiempo mis compañeros cubanos recibían la visita de un grupo de compatriotas de otro instituto que también irían a la casa de descanso.

Yo pensaba que, al ser latinoamericanos, cubanos y mexicanos tendríamos nociones similares del noviazgo escolar, pero me equivoqué. Al día siguiente de dar el "sí" a "X", llegó a visitarme a mi habitación y a preguntarme cuándo le escribiría a esa "gente".

-¿Esa gente?, ¿cuál gente?
-A mis padres y hermanos, ayer me llamaron por teléfono y les conté de mi novia mexicana. Quieren que les escribas y les mandemos fotos. Ya les dije que nos casaríamos y que viviríamos medio año en México y medio año en Cuba.
-Pero... ¡si apenas te conozco!, ¡y no me quiero casar con nadie!- Sobra decir que me indigné, no tenía forma de comprender que era un estilo diferente de relaciones personales.

La hormona es hormona y bueno, seguimos dándonos besitos y continuamos compartiendo algunos momentos con sus compañeros del otro instituto, que también venían a mi residencia en busca de "carne fresca", ¡juventud divino tesoro!

Mi ánimo era bueno, me ejercitaba en compañía de una amiga querida ecuatoriana llamada Sayonara, salía a caminar y también usé el tiempo para organizar mi desorden de ropa, por primera vez gocé la habitación sólo para mí.

Aunque ya no comía pasteles de chocolate, no podía dejar de comer unos caramelos con chocolate, creo se llamaban o les decían "batonchick". Decidí arriesgarme a caminar hacia el interior de otras residencias y tomarme el tiempo para comprar en una tienda parecida a una cabaña que me gustaba mucho por su ambiente.

¿Por qué digo riesgo?, porque el día anterior la temperatura había subido a un grado e hizo que la nieve se convirtiera en hielo, el día que hoy rememoro, amaneció con mucho frío y un fuerte viento. Con determinación me puse mi pesado abrigo y caminé hacia la tienda. El viento soplaba muy fuerte, tanto, que una cuadra antes de llegar a ella, el viento me empujó tan fuerte, que no podía detenerme, pues el piso era una pista de hielo y mis zapatos no lograban sostenerme, gracias a Dios el abrigo me sostenía en la tierra.

Justo ahora que describo este episodio, aún sonrío, casi media cuadra fui... ¿como decirlo?, fui arrastrada sobre la banqueta hasta que encontré un poste al cual sostenerme, un poste que para mi fortuna estaba cerca de la entrada que buscaba.

Me detuve para observar lo que sucedía, me percaté que el viento fuerte no era constante, sino que tenía rachas, tracé un plan de regreso, que consistía en dirigirme hacia lugares donde, a pesar del hielo y del viento, podría ser empujada a un sitio para sostenerme y esperar a ser nuevamente empujada, hasta llegar a mi residencia.

Llegando a mi habitación me esperaba "X", me preguntó santo y seña de dónde estaba y le contesté molesta que no le debía explicaciones, él me comentó que en su país, los noviazgos eran así. Ya fuera verdad o mentira, mi dosis de besitos se acercaba a su final, simplemente porque no comprendía el entendimiento que "X" tenía del noviazgo y porque, viniendo yo de un país autodenominado machista, ninguno de mis galanes me había tratado así. Me di cuenta que en asuntos de machismo, México no es el que más tiene, ni el peor, lo que sí tenemos es que somos los que más nos creemos las etiquetas que nos cuelgan y nos colgamos. Así de baja está la autoestima de nuestro entendimiento de lo que implica ser mexicano.

Me despido el día de hoy ofreciendo disculpas por no publicar el día de ayer, como habitualmente lo hago. Algunos asuntos personales requirieron de mi tiempo y dedicación, aquí adjunto una liga o link, me gustaría compartirles una situación que estoy viviendo, un atropello a mis derechos constitucionales y, sobre todo a mi trabajo. ¡Bonito día!
http://contralinea.com.mx/archivo-revista/index.php/2015/12/02/fernandez-editores-con-mas-de-30-conflictos-por-fraude/

24 de noviembre de 2015

Primera navidad fuera de casa

Por Fabiola Martínez

Me enteré que en la URSS no se celebraba navidad una semana antes del 24 y 25 de diciembre de 1985. Todos los latinos estábamos algo desanimados pues, como quiera que sea, esas fechas suelen ser de alegría, festejos y comilonas. Me enteré, también, que la única fecha a celebrar era el fin de año, y que sólo se nos daba de descanso medio día del 31 de diciembre y el primero de enero.

Muchos latinos, sobre todo los dominicanos y colombianos, no se resignaron al hecho y organizaron su propia versión de celebración navideña. El 24 de diciembre cocinaron lo que pudieron, bebieron cerveza y bailaron hasta el agotamiento. Al día siguiente la mitad de ellos fue a clases y la otra mitad se quedó a dormir y a recuperarse de la "cruda" (resaca)

Yo elegí no celebrar nada, primero porque me daría más nostalgia pensar en la tremenda comilona que estarían organizando mis familiares, segundo porque me costaba mucho trabajo levantarme a mi hora y ya no quería ni debía faltar a clases porque estaban muy cercanos los exámenes de fin de semestre. Sin embargo debo admitir que, ya en mi camita y bien tapadita, mis pies no podían evitar moverse al ritmo de la música de mis vecinos y estuve a punto de vestirme para unirme a sus festejos.

Martha y yo ya éramos alumnas responsables y estudiábamos juntas para los exámenes y para resolver las clases, puse mucho empeño en ponerme al corriente con las clases que perdí. Entre eso, la nieve y el frío, no quedaban muchas ganas de salir. Con los amigos nicas nos empezábamos a organizar para reunirnos en año nuevo, pero sucedió algo que cambió todos los planes.

Días antes de la celebración de año nuevo, Iván no se había sentido bien y conforme pasaba el tiempo su malestar no mejoraba. Del consultorio de la universidad lo enviaron a una revisión más completa al hospital que nos correspondía.

Iván, Marha y yo éramos muy cercanos, por eso, cuando nos enteramos de que lo habían internado fuimos a verlo al hospital. Quienes estuvieron internados en algún hospital de la URSS seguro recuerdan que, cuando se iba de visita no se nos permitía el paso, más bien, si los pacientes estaban en condiciones, ellos se asomaban a la reja de un portón a platicar con nosotros, algo parecido a un convento de monjas.

A través de la reja platicamos con Iván y nos contó que ya se sentía mejor, que no sabía lo que tenía pero que no se enteraría pronto porque, como venía el fin de año, los médicos tomarían esos días y lo atenderían a partir del 2 de enero. Martha estaba indignada, ¿cómo se atrevían a dejar a nuestro amigo sin diagnóstico y sin medicamento?

Según nuestra amplia experiencia médica (léase con sarcarmo), preguntamos a Iván si tenía fiebre, vómito, diarrea, etcétera; ninguno de esos síntomas estaban en su cuerpo. Martha me miró como solía hacerlo cuando tenía una idea audaz. Ella le pidió a Iván esperarnos mientras dábamos una vuelta al edificio para saber si existía una forma de sacarlo. Él nos dijo que había una puerta de salida mal resguardada y nos indicó dónde hallarla.

La puerta no podía ser mejor, Iván podría salir y entrar sin problema. Le prometimos regresar por él la víspera de año nuevo y devolerlo al día siguiente, Iván nos pidió no contarle nada a sus compañeros nicas porque eso le podría costar una fuerte sanción y hasta la pérdida de la beca. Luego de eso acordamos la hora y el lugar donde sería sustraído para celebrar, como "Dios manda", el año nuevo.

Llegado el día Martha y yo nos aseguramos de tener suficiente dinero para ir y regresar en taxi del hospital, repasamos lo que diríamos en caso de ser sorprendidas, que diríamos a Guillermo y Graciela para no estar con ellos... En fin, según nosotras todo estaba listo.

Martha y yo salimos de la residencia cuando empezaba a oscurecer, como a eso de las cinco de la tarde. Tomamos el taxi, llegamos al hospital, llamamos a Iván y él se asomó a la puerta de escape. El pobre de Iván sólo llevaba puesta una bata blanca, de esas abiertas por atrás, un sarape del hospital y sus chanclas.

El infortunado hombre no sabía si caminar hacia el taxi cerrando su bata, cuidar que sus chanclas no se llenaran de nieve y dejar enfriar más sus descalzos pies o si debía detener con más fuerza su sarape. Martha y yo pensamos en todo, menos en que nuestros querido compañero no tenía ropa para escapar. Ya en el taxi le dimos nuestra gorra, bufanda y guantes.

El ánimo de la residencia era de fiesta y hasta la Babushka andaba distraída, tanto que no se fijó en el loco con bata que metimos. Natasha y Lila estaban de descanso en su casa, así que escondimos a Iván en nuestro cuarto. Tuvimos que pedir la complicidad de Guillermo para sacarle ropa al hombre.

No tuvimos cena, ni baile, ni adornos de festejo, Martha, Guillermo, Iván y yo pasamos nuestro primer fin de año fuera de casa y de nuestro país, conversando, compartiendo sobre los usos y costumbres de nuestros países durante la navidad y el año nuevo. A Iván no le importó pasar un rato de frío con tal de no estar solo en ese hospital. Fue una celebración especial en mi vida, los buenos amigos sustituían a la añorada familia, pues para entonces yo no lograba ver que aquellas celebraciones que recordaba como únicas, eran el resultado de las expresiones patriarcas de mi abuela materna. No lograba distinguir que las nueras de mi abuela iban más por obligación que por gana.

Hoy por hoy he aprendido que en una pareja con familias extensas dominantes, quien gana el festejo de navidad, tiene ganada la partida. Yo, por mi parte, comencé a ganar la autonomía y la conciencia de tal hecho y la consigna de no repetirlo.

17 de noviembre de 2015

"Al final, las obras quedan la gente se va" *

Por Fabiola Martínez Díaz

A lo largo del recorrido de mi vida, he encontrado personas llenas de cariño y buenos consejos, mi pensamiento se ha nutrido de expresiones dichas por personas que incluso, sin quererme y sin que mi existencia les representara un asunto de interés, han dejado frases muy acordes con lo que pienso de nuestra existencia: "La vida es una actitud", dice una de ellas", "somos lo que elegimos en cada circunstancia", dice otra.

Los que emigramos temporal o definitivamente asumimos una actitud ante las consecuencias de una decisión tan trascendente para nuestra vida. Elegí quedarme en la URSS y concluir mis estudios y por esta razón asumí una actitud más pro activa ante los retos cotidianos, con ello, también formé una especie de refugio afectivo que en mucho sustituyó el cariño y apoyo familiar con el que afortunadamente conté. Además de Martha, Graciela, Iván, Guillermo y mis compañeros de Camboya fueron parte de ese inolvidable grupo.

A finales de noviembre o principios de diciembre, Martha  cumplían años y ya no teníamos suficiente dinero del estipendio para festejar. Entre los nicas y nosotras juntamos botellas de leche, (sobre todo de la famosa "malochnaya smesh" que tanto me gustaba), y las vendimos. El dinero obtenido fue bueno y estábamos contentos, así que esa tarde de viento regresamos de vender botellas jugando y riendo, quitándonos y poniéndonos guantes, gorro y bufanda. Entre juego y juego, Guillermo sacó los guantes de las bolsas de su abrigo y empezaron a volar varios rublos.

Todos nos miramos como tontos antes de reaccionar y correr tras los billetes que no pudimos alcanzarnos. Ninguno de nosotros lamentó la pérdida, la asimilamos como algo que no teníamos y que no valía la pena lamentar y nos reímos de nosotros mismos por actuar de manera boba.

La celebración se realizó sí o sí, no sé cómo le hicimos, quizá nosotras vendimos algo de las pertenencias que se cotizaban entre las soviéticas, quizás cambiamos dólares a rublos en el mercado negro, la cuestión es que resolvimos celebrar la vida y compartir.

El día del festejo Martha tuvo una tarde de nostalgia y no quería celebrar, la llevamos con engaños al cuarto de los camboyanos y entre todos la animamos y nos animamos. Los nicas y los camboyanos prepararon una comida que, a fuerza de alimentarme en los comedores estudiantiles, me pareció no sólo deliciosa, sino llena del calor de hogar.

Martha y Graciela.
Con frecuencia las imágenes describen mejor las situaciones que las palabras, si observan con atención la primera fotografía, no es difícil deducir que todos intentaban animar a Martha con unos panes con kolvasa. 


Los camboyanos hicieron lo suyo captando los momentos de la convivencia. Junto a Martha está Graciela, casi todos teníamos sobrepeso y una melena descuidada por el uso constante del gorro, por los meses transcurridos sin visitar a nuestro estilista y por los efectos de tomar la ducha por las tardes.

En la segunda fotografía está Iván, el único que en lugar de engordar adelgazó, haciendo ejercicio de su touch latino para alagar a Martha. Junto a Iván está uno de los camboyanos, nuestros anfitriones, gracias a ellos conservo capturados hermosos momentos. La tercera imagen capta a más personas, incluida yo. No sé por qué pero todos solíamos tener más hambre de la habitual, comíamos muy bien y aún así podíamos seguir comiendo más de lo mismo.
Martha e Iván.


Yo, comiendo sopa.
Aunque yo estaba consciente de las consecuencias que debí asumir por mi decisión de continuar con mi proyecto de vida, la nostalgia y la añoranza me rondaban constantemente y las aliviaba un poco pensando que mi estadía en ese país sería temporal, que seguía contando con un lugar en mi familia y en mi país. Era una promesa. No sucede lo mismo con quienes se ven ante la necesidad de migrar por motivos de inseguridad, genocidio, persecución y guerra, con ellos suelen viajar otros sentimientos, quizá de indefensión, de impotencia, de horror...

Cada cabeza es un mundo y cada corazón resuelve su sentir de forma distinta, sí. Ante esto me parece relevante enfatizar que, al recordar mis vivencias y narrarlas de la manera más honesta que puedo, con toda la sinceridad que me permite la evocación, continúo rescatando mi esencia; algo desgastada y desteñida con los devenires de la vida pero firme y bien arraigada, en plena recuperación de su dignidad.

Es importante no olvidar de qué madera estamos hechos, de dónde somos y hacia dónde nos dirigimos. Si lo que buscamos es trascender, vale la pena dejar obras significativas, pequeñas o grandes, con las que podamos ser recordados por sumar en pro de una vida digna. La lista de quienes han dejado huella en mí es larga y mi gratitud es aún más. Agradezco a la vida la posibilidad de continuar acrecentándola con la obra de la gente que continúa llegando a mí vida.


Martha, Graciela y Guillermo. 
*Frase de la letra "La vida sigue igual", de Manolo Galván, una canción que los latinos conocemos en voz de Julio Iglesias y que escuchamos largo tiempo por haber estado en los primeros lugares de popularidad.