24 de noviembre de 2015

Primera navidad fuera de casa

Por Fabiola Martínez

Me enteré que en la URSS no se celebraba navidad una semana antes del 24 y 25 de diciembre de 1985. Todos los latinos estábamos algo desanimados pues, como quiera que sea, esas fechas suelen ser de alegría, festejos y comilonas. Me enteré, también, que la única fecha a celebrar era el fin de año, y que sólo se nos daba de descanso medio día del 31 de diciembre y el primero de enero.

Muchos latinos, sobre todo los dominicanos y colombianos, no se resignaron al hecho y organizaron su propia versión de celebración navideña. El 24 de diciembre cocinaron lo que pudieron, bebieron cerveza y bailaron hasta el agotamiento. Al día siguiente la mitad de ellos fue a clases y la otra mitad se quedó a dormir y a recuperarse de la "cruda" (resaca)

Yo elegí no celebrar nada, primero porque me daría más nostalgia pensar en la tremenda comilona que estarían organizando mis familiares, segundo porque me costaba mucho trabajo levantarme a mi hora y ya no quería ni debía faltar a clases porque estaban muy cercanos los exámenes de fin de semestre. Sin embargo debo admitir que, ya en mi camita y bien tapadita, mis pies no podían evitar moverse al ritmo de la música de mis vecinos y estuve a punto de vestirme para unirme a sus festejos.

Martha y yo ya éramos alumnas responsables y estudiábamos juntas para los exámenes y para resolver las clases, puse mucho empeño en ponerme al corriente con las clases que perdí. Entre eso, la nieve y el frío, no quedaban muchas ganas de salir. Con los amigos nicas nos empezábamos a organizar para reunirnos en año nuevo, pero sucedió algo que cambió todos los planes.

Días antes de la celebración de año nuevo, Iván no se había sentido bien y conforme pasaba el tiempo su malestar no mejoraba. Del consultorio de la universidad lo enviaron a una revisión más completa al hospital que nos correspondía.

Iván, Marha y yo éramos muy cercanos, por eso, cuando nos enteramos de que lo habían internado fuimos a verlo al hospital. Quienes estuvieron internados en algún hospital de la URSS seguro recuerdan que, cuando se iba de visita no se nos permitía el paso, más bien, si los pacientes estaban en condiciones, ellos se asomaban a la reja de un portón a platicar con nosotros, algo parecido a un convento de monjas.

A través de la reja platicamos con Iván y nos contó que ya se sentía mejor, que no sabía lo que tenía pero que no se enteraría pronto porque, como venía el fin de año, los médicos tomarían esos días y lo atenderían a partir del 2 de enero. Martha estaba indignada, ¿cómo se atrevían a dejar a nuestro amigo sin diagnóstico y sin medicamento?

Según nuestra amplia experiencia médica (léase con sarcarmo), preguntamos a Iván si tenía fiebre, vómito, diarrea, etcétera; ninguno de esos síntomas estaban en su cuerpo. Martha me miró como solía hacerlo cuando tenía una idea audaz. Ella le pidió a Iván esperarnos mientras dábamos una vuelta al edificio para saber si existía una forma de sacarlo. Él nos dijo que había una puerta de salida mal resguardada y nos indicó dónde hallarla.

La puerta no podía ser mejor, Iván podría salir y entrar sin problema. Le prometimos regresar por él la víspera de año nuevo y devolerlo al día siguiente, Iván nos pidió no contarle nada a sus compañeros nicas porque eso le podría costar una fuerte sanción y hasta la pérdida de la beca. Luego de eso acordamos la hora y el lugar donde sería sustraído para celebrar, como "Dios manda", el año nuevo.

Llegado el día Martha y yo nos aseguramos de tener suficiente dinero para ir y regresar en taxi del hospital, repasamos lo que diríamos en caso de ser sorprendidas, que diríamos a Guillermo y Graciela para no estar con ellos... En fin, según nosotras todo estaba listo.

Martha y yo salimos de la residencia cuando empezaba a oscurecer, como a eso de las cinco de la tarde. Tomamos el taxi, llegamos al hospital, llamamos a Iván y él se asomó a la puerta de escape. El pobre de Iván sólo llevaba puesta una bata blanca, de esas abiertas por atrás, un sarape del hospital y sus chanclas.

El infortunado hombre no sabía si caminar hacia el taxi cerrando su bata, cuidar que sus chanclas no se llenaran de nieve y dejar enfriar más sus descalzos pies o si debía detener con más fuerza su sarape. Martha y yo pensamos en todo, menos en que nuestros querido compañero no tenía ropa para escapar. Ya en el taxi le dimos nuestra gorra, bufanda y guantes.

El ánimo de la residencia era de fiesta y hasta la Babushka andaba distraída, tanto que no se fijó en el loco con bata que metimos. Natasha y Lila estaban de descanso en su casa, así que escondimos a Iván en nuestro cuarto. Tuvimos que pedir la complicidad de Guillermo para sacarle ropa al hombre.

No tuvimos cena, ni baile, ni adornos de festejo, Martha, Guillermo, Iván y yo pasamos nuestro primer fin de año fuera de casa y de nuestro país, conversando, compartiendo sobre los usos y costumbres de nuestros países durante la navidad y el año nuevo. A Iván no le importó pasar un rato de frío con tal de no estar solo en ese hospital. Fue una celebración especial en mi vida, los buenos amigos sustituían a la añorada familia, pues para entonces yo no lograba ver que aquellas celebraciones que recordaba como únicas, eran el resultado de las expresiones patriarcas de mi abuela materna. No lograba distinguir que las nueras de mi abuela iban más por obligación que por gana.

Hoy por hoy he aprendido que en una pareja con familias extensas dominantes, quien gana el festejo de navidad, tiene ganada la partida. Yo, por mi parte, comencé a ganar la autonomía y la conciencia de tal hecho y la consigna de no repetirlo.

17 de noviembre de 2015

"Al final, las obras quedan la gente se va" *

Por Fabiola Martínez Díaz

A lo largo del recorrido de mi vida, he encontrado personas llenas de cariño y buenos consejos, mi pensamiento se ha nutrido de expresiones dichas por personas que incluso, sin quererme y sin que mi existencia les representara un asunto de interés, han dejado frases muy acordes con lo que pienso de nuestra existencia: "La vida es una actitud", dice una de ellas", "somos lo que elegimos en cada circunstancia", dice otra.

Los que emigramos temporal o definitivamente asumimos una actitud ante las consecuencias de una decisión tan trascendente para nuestra vida. Elegí quedarme en la URSS y concluir mis estudios y por esta razón asumí una actitud más pro activa ante los retos cotidianos, con ello, también formé una especie de refugio afectivo que en mucho sustituyó el cariño y apoyo familiar con el que afortunadamente conté. Además de Martha, Graciela, Iván, Guillermo y mis compañeros de Camboya fueron parte de ese inolvidable grupo.

A finales de noviembre o principios de diciembre, Martha  cumplían años y ya no teníamos suficiente dinero del estipendio para festejar. Entre los nicas y nosotras juntamos botellas de leche, (sobre todo de la famosa "malochnaya smesh" que tanto me gustaba), y las vendimos. El dinero obtenido fue bueno y estábamos contentos, así que esa tarde de viento regresamos de vender botellas jugando y riendo, quitándonos y poniéndonos guantes, gorro y bufanda. Entre juego y juego, Guillermo sacó los guantes de las bolsas de su abrigo y empezaron a volar varios rublos.

Todos nos miramos como tontos antes de reaccionar y correr tras los billetes que no pudimos alcanzarnos. Ninguno de nosotros lamentó la pérdida, la asimilamos como algo que no teníamos y que no valía la pena lamentar y nos reímos de nosotros mismos por actuar de manera boba.

La celebración se realizó sí o sí, no sé cómo le hicimos, quizá nosotras vendimos algo de las pertenencias que se cotizaban entre las soviéticas, quizás cambiamos dólares a rublos en el mercado negro, la cuestión es que resolvimos celebrar la vida y compartir.

El día del festejo Martha tuvo una tarde de nostalgia y no quería celebrar, la llevamos con engaños al cuarto de los camboyanos y entre todos la animamos y nos animamos. Los nicas y los camboyanos prepararon una comida que, a fuerza de alimentarme en los comedores estudiantiles, me pareció no sólo deliciosa, sino llena del calor de hogar.

Martha y Graciela.
Con frecuencia las imágenes describen mejor las situaciones que las palabras, si observan con atención la primera fotografía, no es difícil deducir que todos intentaban animar a Martha con unos panes con kolvasa. 


Los camboyanos hicieron lo suyo captando los momentos de la convivencia. Junto a Martha está Graciela, casi todos teníamos sobrepeso y una melena descuidada por el uso constante del gorro, por los meses transcurridos sin visitar a nuestro estilista y por los efectos de tomar la ducha por las tardes.

En la segunda fotografía está Iván, el único que en lugar de engordar adelgazó, haciendo ejercicio de su touch latino para alagar a Martha. Junto a Iván está uno de los camboyanos, nuestros anfitriones, gracias a ellos conservo capturados hermosos momentos. La tercera imagen capta a más personas, incluida yo. No sé por qué pero todos solíamos tener más hambre de la habitual, comíamos muy bien y aún así podíamos seguir comiendo más de lo mismo.
Martha e Iván.


Yo, comiendo sopa.
Aunque yo estaba consciente de las consecuencias que debí asumir por mi decisión de continuar con mi proyecto de vida, la nostalgia y la añoranza me rondaban constantemente y las aliviaba un poco pensando que mi estadía en ese país sería temporal, que seguía contando con un lugar en mi familia y en mi país. Era una promesa. No sucede lo mismo con quienes se ven ante la necesidad de migrar por motivos de inseguridad, genocidio, persecución y guerra, con ellos suelen viajar otros sentimientos, quizá de indefensión, de impotencia, de horror...

Cada cabeza es un mundo y cada corazón resuelve su sentir de forma distinta, sí. Ante esto me parece relevante enfatizar que, al recordar mis vivencias y narrarlas de la manera más honesta que puedo, con toda la sinceridad que me permite la evocación, continúo rescatando mi esencia; algo desgastada y desteñida con los devenires de la vida pero firme y bien arraigada, en plena recuperación de su dignidad.

Es importante no olvidar de qué madera estamos hechos, de dónde somos y hacia dónde nos dirigimos. Si lo que buscamos es trascender, vale la pena dejar obras significativas, pequeñas o grandes, con las que podamos ser recordados por sumar en pro de una vida digna. La lista de quienes han dejado huella en mí es larga y mi gratitud es aún más. Agradezco a la vida la posibilidad de continuar acrecentándola con la obra de la gente que continúa llegando a mí vida.


Martha, Graciela y Guillermo. 
*Frase de la letra "La vida sigue igual", de Manolo Galván, una canción que los latinos conocemos en voz de Julio Iglesias y que escuchamos largo tiempo por haber estado en los primeros lugares de popularidad. 

10 de noviembre de 2015

El día que conocí a Lenin

Por Fabiola Martínez

Tener un lugar a dónde llegar en Moscú es un tesoro invaluable, contar con el cariño y el hogar de la familia de Tania me daba seguridad, cobijo y también me evitaba conseguir la ayuda de compañeros que gestionaran permisos de pernocta en su residencia.

Martha y yo comenzamos a viajar a Moscú pretextando mil asuntos por resolver, lo más curioso del caso es que conseguíamos visa de viaje con cierta facilidad. En cada viaje nos procuramos tiempo suficiente para continuar descubriendo los tesoros cercanos a la Plaza Roja y los que resguardaba en interior del Kremlin donde, por cierto, se resguarda un complejo de iglesias-museo de belleza indescriptible.

Caminar por la Plaza Roja era agotador, sobre todo si lo hacíamos a finales de Otoño y principios de Invierno. Martha y yo procurábamos usar nuestras chamarras y no el abrigo que pesaba toneladas. Claro que usar chamarras implicaba otro “sacrificio”, que consistía en estar forradas por un montón de suéteres y camisetas, además de la bufanda, el gorro y los guantes. Al final del día siempre dolía el cuello y los hombros, pues tanta ropa limitaba los movimientos básicos como girar la cabeza para cruzar las calles, en vez de eso debíamos virar el torso completo.

Además de los múltiples museos y lugares de interés, el corazón de Moscú nos ofrecía mayores oportunidades de comer helado cubierto por una capa de chocolate, toda una delicia. Esos helados eran nuestra perdición. Si bien logramos dejar de atascarnos de pasteles, nunca dejamos de comer helado, lo cual era un gran avance, pues su venta en Jarkov era poco frecuente y muy pocas veces lográbamos comprar aquellos cubiertos de chocolate. Pero en el centro de Moscú descubrimos que, si de pronto se formaba una fila de gente, teníamos el 95 por ciento de probabilidad de comprar helados.

Un día nevado de invierno, Martha y yo recorríamos el Jardín de Alejandro y la tumba del “Soldado Desconocido” cuando nos percatamos de la formación súbita de una fila que no paraba de crecer. En una operación bien organizada yo me formé en la fila, avisando a los demás que venía con otra persona —de lo contrario me habría buscado una gran bronca, pues estar en las filas era todo un arte donde se buscaba el predominio del respeto—. Mientras, Martha fue de prisa a corroborar si el origen de la fila eran los magníficos helados.

Cuando Martha regresó conmigo traía cara de asombro y algo de confusión.
—Ya verifiqué para qué es la fila y, ¿a que no te imaginas de qué se trata?
—¿No son helados?
—No, es la fila para entrar al Mausoleo de Lenin. ¿Recuerdas que en clase de ruso nos explicaron que el cuerpo embalsamado de Lenin estaba resguardado en el Mausoleo?
—Sí, pero no lo creí, a mí lo que me gusta del Mausoleo es el cambio de guardia, no pensaba que fuera cierta esa historia.
—La fila es muy larga, tardaremos poco más de una hora en llegar ¿Nos quedamos?
—Sí. Aunque sigo sin creer.

Estar en la fila para el Mausoleo fue una experiencia singular. Desde allí podíamos ver con calma el movimiento de la gente, la arquitectura de los edificios y, un poco más avanzados, podíamos admirar la famosa estrella del Kremlin, que se decía estaba hecha de rubíes. Luego de estar en espera de entrar al Mausoleo, dejé de poner en duda la verdad de esa estrella y me dediqué a contemplarla.

Los cuidados para quienes ingresábamos al Mausoleo eran muchos, en cierto punto la fila fue custodiada por vallas y militares, quienes nos iban instruyendo en lo que se podía y debía hacer dentro y fuera del lugar. La gente que viajaba por Intourist tenía preferencia y pasaba sin fila. Así que la espera se prolongaba.

Llegados al punto de no retorno, todos dejamos las mochilas, bolsas o lo que tuviéramos cargando, a todos se nos registró para asegurar que no llevábamos armas y objetos que pusieran en riesgo el lugar. Debo admitir que, a partir de ese momento me sentí muy nerviosa, no podía creer que, pasado tanto tiempo, tuvieran a un hombre embalsamado, nada más y nada menos que al “padre” de la Revolución Bolchevique, tampoco podía creer que tendría el privilegio de mirarlo, ¿será real?, me preguntaba una y otra vez, pues ya no tenía permitido hablar con nadie que estuviera a mi lado.

Entré en un lugar que más bien parecía una cámara oscura. Lo único iluminado era el cuerpo de Lenin. La fila no podía detenerse más de cinco segundos, nadie debía tener las manos en los bolsillos, no se debía hablar.

Poco a poco me tocó estar en el punto más cercano. Sentí una especie de dolor en el estómago, eso fue de nervios, a simple vista Lenin parecía pequeño, delgado, ciertamente su palidez era como la de un muñeco de cera.

De repente escuché una orden con voz severa y me moví del lugar, me tocaba salir. La luz del día molestaba mis ojos, lo más rápido que pude me recuperé y recogí mi mochila, salí de la zona y Martha me alcanzó. Para ambas fue una experiencia única, impactadas y con hambre buscamos algo para comer e intercambiamos experiencias.


Luego del golpe de estado de 1991, todos los monumentos y símbolos de la época soviética fueron cuestionados y muchos de ellos atacados. Lo más paradójico del caso fue escuchar las opciones que tenían para deshacerse tanto del mausoleo como del “cuerpo” de Lenin. ¡Qué cosas tiene la vida!, el valor de los símbolos, hitos y mitos puede respaldar el sentimiento de arraigo, orgullo y pertenencia de una nación y, en un parpadeo puede formar parte del montón de desechos generados por la humanidad. 

3 de noviembre de 2015

Ni de la CIA ni de la KGB

Por Fabiola Martínez

Una vez dispuesta a estar en el camino que me llevaría a buenos términos en mi proyecto de vida en la URSS, organicé mis siestas vespertinas para tener tiempo de estudiar y hacer las tareas completas. Para mejorar mi estado de ánimo, dejé de estudiar en la habitación y acudí a la читальный зал sala de lectura, había una sala por cada piso y cada una tenía piano.

Todas las africanas estaban allí, también había una soviética tocando el piano. Allí conocí a una chica de Irán, era reservada pero logramos entablar una conversación. Noté que una conducta muy mía es estar absorta en lo que me acontece y por ello me perdía del mundo y de la riqueza de compartir con la gente, pero finalmente ya estaba en la actitud correcta.  

Llegando a la habitación Lila y Natasha tenían de visita a un compañero suyo que asistía a conversar con frecuencia. Cuando el chico se fue, ellas nos contaron a Martha y a mí, que el principal motivo de las visitas de su amigo era vernos, estar cerca de nosotros porque alguna le gustábamos.

—¿Y por qué no propicia conocernos, conversar o salir con nosotros?
—Lo tiene prohibido. Todos los varones tienen restricciones severas para hablar con extranjeras de países capitalistas. Sobre todo aquellos jóvenes que pronto harán el servicio militar.
—¿Él hará el servicio?, ¿acaso no hay excepción porque estudia?
—Irá a servir en Afganistán y tiene miedo. ¿Han escuchado sobre la guerra que hay allá?
—Sí, pero no me imaginaba que a él le tocara. —Contesté con asombro, pues existe la creencia que, mientras está lejos, el destino no te alcanza, pero lo hace no siempre por el camino más convencional.
—Los muchachos de nuestra facultad que hicieron el servicio en Afganistán ya regresaron, ¿qué no lo saben?, uno de ellos, el más sombrío, comparte habitación con uno de sus amigos nicas.
—Pero… nosotras no somos malas personas, ¿por qué no puede tener trato con nosotras?
—Porque se considera que ustedes pueden ser mala influencia y, que pueden ser usadas por la CIA para sacar información a nuestros muchachos.
—Pero ¿cómo?, yo no soy de la CIA, nadie me ha reclutado, nadie me ha propuesto nada…

Por puro morbo comencé a preguntar a los nicas por ese personaje recién llegado de Afganistán, y sí, se le percibía serio, callado, huraño y con una expresión de permanente enojo. Debía conocerlo, me dije, así que con ayuda de Joel conseguí pretextos para estar cerca de su habitación.

La personalidad de ese estudiante era tal como la describieron y más, parecía ser mucho mayor de edad, como si su servicio militar lo hubiera envejecido. La vida en la URSS me pondría en la oportunidad de compartir habitación con una afgana, conversando con ella me quedaron claros muchos asuntos.

El asunto de la paranoia soviética no me cayó tan de extraño, pues recuerdo que, cuando algunos compañeros y conocidos de la familia supieron que me iba a la URSS, me alertaron de las atrocidades cometidas por la KGB, en ese tiempo se hablaba mucho y muy mal de ese sistema, también se había publicado el libro Parque Gorki y era común que se pensara que la URSS era el rostro del mal. Esos conocidos daban por hecho que sería enrolada por esa organización. Ahora sé que ese terror permanente emanaba de la política internacional y nacional del inteligentísimo ex presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan.

Yo personalmente, nunca supe ni vi algo parecido a algún enrolamiento en el servicio secreto, aunque sí creo que nadie hace nada de manera gratuita, me sigo preguntando qué ganó la URSS con la inversión que hizo en mi educación. Tal vez algún día me entere…

Yo no fui la única latinoamericana en ser cuestionada por sus conocidos por ver una oportunidad de vida al irme a un país del bloque socialista. En la habitación 75 vivía una peruana con la que solía conversar. Ella no la pasaba nada bien, como todos y quizá en mayor medida, tenía miedo, vivenciaba el choque cultural de una forma más intensa. En ese proceso de asimilar el frío, las nevadas y los anocheceres tempraneros, se perdió un poco.

Una noche tocó en mi habitación, yo no escuché, pero las soviéticas sí. Le abrieron la puerta y, cuando desperté, la peruana estaba sentada en mi cama con mucha angustia, decía que en su habitación había micrófonos de la KGB. Como pude traté de calmarla, le dije que eso no podía ser cierto, que nadie le haría daño, la llevé a su habitación y regresé a dormir.

A los pocos días me enteré que la peruana estaba de regreso en su país, porque luego de esa noche tuvo una crisis y se la llevaron al hospital 15. Todos sabíamos que ese número indicaba un asunto psiquiátrico; sentí pena por ella y por los humanos, pues ante adversidades podemos ser tan frágiles, tan manipulables y, al final, a pocas personas les importamos, sólo somos un número o una cifra para los gobiernos poderosos.

Puse mayor atención a mi alrededor, conversé más con mis compañeros etíopes, su país estaba en las noticias por la inhumana hambruna, pero los noticieros poco hablaban de la guerra que vivían. Resultaba que, la buena voluntad de los estadounidenses y soviéticos apoyaban a diversos bandos, unos para instaurar la “libertad” y “democracia”, otros con la bandera de hacer un país del “proletariado”. Los etíopes tenían claro que a ambas partes, lo único que les interesaba eran los yacimientos de diamantes.  

Gracias a las charlas con el grupo de cubanos, supe de un asunto que motivaba su orgullo nacional, el “internacionalismo proletario” para liberar a Angola de la opresión Yanki.
—¿Cómo?, ¿qué tiene que ver Cuba con Angola?
—Les ayudamos a liberarse, el ejército cubano está allá, y también nuestros jóvenes, si les toca el sorteo, hacen el servicio militar en Angola.
—¡Eso es una intervención militar!, ¡como la que hacen los gringos! —Repliqué insultada.
—Tú no entiendes chica, lo que nosotros hacemos se llama internacionalismo.

Me rendí, no había manera, estaban convencidos de que su gobierno era diferente al estadounidense. Y hoy los entiendo en su intolerancia cada vez que leo a un revolucionario del Facebook defender con violencia a todo aquel que piense diferente al “Peje” o a Aristegui. Seguimos sin tener ganas de desarrollar un sentido crítico, seguimos fomentando ser un país de formas y no de fondo, un país de mucho por decir y poco por hacer. Nuestro país y el mundo merecen pensar más allá de una postura de derecha o izquierda, nuestra complejidad así lo requiere.

Con esas charlas claro que, le llamaran como le llamaran, los países más pobres, débiles y con cuantiosos recursos naturales serían reiteradamente invadidos o intervenidos bajo cualquier consigna, no importaba cual, lo relevante era mantener el caos, mover a sus gobiernos según las necesidades de cada intervencionista. No había a quién ir, soviéticos, cubanos, estadounidenses o quien fuera, aprovechaban la coyunturas para sacar raja política y económica de todo.


Las paradojas no terminaron con la conclusión de mis estudios. Tengo muy presente que, al buscar empleo luego de repatriarme en mi país, no faltaron los reclutadores que suponían, y hasta creían saber, que yo había tenido tratos con la KGB. ¡No se rían!, ¡es en serio! Resultó que incluso en mi nación fue difícil encajar; entendía que los soviéticos fueran paranoicos con lo de la CIA, pero que mis paisanos pensaran que tenía algo que ver con la KGB fue el colmo. 

27 de octubre de 2015

No hay mal que dure cien años

Parte 2
Por Fabiola Martínez 


Supe que estaba en una encrucijada de vida cuando el Decano de la Podfak me mandó llamar. Además de preguntarme cómo estaba, me hizo saber que, independientemente de mi cambio de carrera debía aprobar los cursos de Ruso, Biología, Química y Física. El Decano hizo énfasis en mi deber de asistir a todas las clases, pues en el último mes me estaba quedando dormida y no llegaba a Física.

Para mi sorpresa, a las clases de Biología sí asistía, a las de Química lo hacía de forma un tanto irregular pero, donde sí no tuve medida fue en Física, creo que sólo me presenté a las dos primeras clases y cuando retomé el curso, llegué tarde, obvio porque no me podía levantar y era a la primera hora. Mi reintegración a esa materia fue singular, a eso de las ocho quince am, abrí la puerta de mi grupo y un profesor de barba -muy al estilo de la moda del siglo XIX-, se distrajo y preguntó si estaba perdida.
-No, este es mi grupo, vengo a clase.
-¡Pues mucho gusto en conocerla!, ¡por poco y llega usted sólo al final del curso!
Lo que dijo y cómo lo dijo hizo que todos riéramos, pero yo además me sentí apenada y con cargo de conciencia por faltar tanto a clases.

Ese día quise morir, era impresionante todo lo que los compañeros estaban mirando, todos, incluida Martha, tenían un nivel muy bueno de matemáticas. Todos sabían multiplicar y dividir enormes sumas haciendo uso de estrategias universales, yo no encuentro otra razón, chicos de diversos países hablaban un lenguaje común mientras yo me decía: ¡Eso sí lo vi en la prepa!, lo sabría resolver si me dejaran usar la calculadora.

¡He allí el enorme problema!, nunca aprendí el origen del lenguaje matemático porque en mi preparatoria todo se resolvía apretando botones. Yo pensaba que Martha me llevaba ventaja por haber cursado la educación básica en una escuela privada de buen nivel pero, ¿y los demás?, en esos momentos eché chispas contra mis maestros por hacernos creer que sabíamos algo al obtener una nota aprobatoria, pero creo que ceder el lugar a la calculadora fue clave, aunque quizá el problema tenía asuntos de más fondo.

Cualquiera de ustedes puede llamarlo un mal de viejos, pero en mi país está sucediendo algo peor con el uso casi "santificado" de las famosas Tecnologías de la Información y la Comunicación, creo que darle tanto poder a esas "herramientas" le hará tanto daño a los alumnos como el que me hicieron mis maestros de matemáticas en su tiempo. Ahora los padres de familia y maestros piensan que con una tableta, los chicos se convierten en seres extraordinarios por las habilidades desarrolladas desde temprana edad. El tiempo tendrá la última palabra.

Mi caída libre también se reflejaba en mi vida fuera de la universidad. Martha y yo comenzamos a ser cómplices en compartir atracones de pasteles, helados y toda clase de golosinas. Ambas nos quejábamos del sobre peso pero no resistíamos la ocasión de comer como desesperadas.

El punto de quiebre tuvo lugar una tarde que regresamos de la escuela y compramos un pastel de chocolate completo. Como dos alcohólicos en rehabilitación, la ansiedad se apoderaba de nosotras en la medida que nos acercábamos a la residencia. Ya en la habitación, sentadas a la mesa, cortábamos una rebanada tras otra mirándonos con honestidad y comentando las preguntas vitales que nos atormentaban: ¿continuamos con este reto o nos regresamos a México?, ¿vale la pena echarlo todo por la ventana por estar de nuevo cerca de nuestros seres amados?, ¿estamos dispuestas a soportar y vivir nuestra derrota por estar nuevamente en la zona de confort?

Entre una pregunta y otra, entre una razón y otra, entre una justificación y otra, habíamos devorado más de la mitad de la torta de chocolate. Martha y yo nos miramos con determinación y aseveramos, ¡esto no puede continuar así!, ¡debemos elegir!

Ambas decidimos salir de la residencia y buscar la forma de canalizar todo ese peso que llevábamos a cuestas. Recuerdo claramente que esa tarde nevaba suavemente, los días previos también había nevado y todo el piso era un colchón de nieve... Me sentí segura y, luego de cruzar la calle, comencé a correr y a gritar con toda mi fuerza.

Al mismo tiempo que corría y gritaba con mis sentimientos hechos nudo, iba tomando conciencia del alcance de mis actos. Mi mente también se aclaraba. Fueron momentos vitales y decisivos, pues supe con certeza que me quedaría, supe también que estaba dispuesta a pagar el precio, supe que el autor de la destrucción de lo que me había construido con tanto esfuerzo, no iba a ser yo.

Esa salida fue una especie de exorcismo, una vez que crucé la puerta para regresar a la residencia, no daría marcha atrás. Quitar de mí los pésimos hábitos no fue sencillo, requerí poner más empeño, sin embargo tenía la certeza que lo lograría.