2 de junio de 2015

Marina, Verónica, Isabel y Diana al otro lado del mundo (parte 2)


A la memoria de Marina

La vida es un viaje, en el sentido más literal y coloquial que se imaginan. Me gusta pensar que la muerte es también un viaje, en el que no sé a través de qué medios, ni de qué conexiones emocionales, neuronales o celestiales, la gente que está muriendo o que recientemente falleció emprende una especial despedida. Esto que digo no lo sé de cierto pero lo supongo.

Cuando Facebook hizo posible encontrar a ex alumnos de la ex Unión Soviética, hubo dos personas con las que me empeñé en establecer contacto: Martha Méndez y Marina. Con Martha pronto supe que no había disposición, vueltas de la vida… pero persistí con Marina, saber de ella se había vuelto una necesidad injustificablemente imperiosa.

Tardé un par de meses en saber de ella y se debió a que nunca me aprendí sus apellidos, primero busqué a Verónica Villaseñor, una de sus mejores amigas, pero como no respondía a mis mensajes y preguntas sobre Marina decidí establecer comunicación con Luis Enrique Ramos. ¿Por qué no anoté sus datos de casa?, ¿por qué nunca recordé sus apellidos?, me preguntaba con reproche mientras que una urgencia inexplicable por saber de Marina crecía cada día.

El 2 de septiembre de 2011 Luis Enrique por fin me contestó vía Facebook, luego, por un correo electrónico me hizo saber que Marina había fallecido de cáncer el 25 de julio de 2011. La noticia me dejó helada… le llamé por teléfono y charlamos un buen rato sobre el tema, a pesar de ello yo no podía asimilar las circunstancias de su muerte y tampoco mi urgencia por saber de ella.

Me gusta pensar que al mismo tiempo que busqué saber de Marina, ella también buscaba una forma de despedirse de su gente querida, incluidas las personas como yo, que la llevábamos en nuestro corazón con inmensa gratitud por estar cerca y dispuesta siempre que la necesitamos, por regalarnos valiosos espacios de su tiempo ante nuestra ignorancia e impotencia de recién llegados a la URSS. Contadísimas personas estuvieron dispuestas a regalarnos ese tiempo, pero Marina siempre lo hizo.

Solidaridad y empatía son conceptos harto escuchados y poco vividos. Yo soy afortunada al haber vivido entre tantos gestos de empatía, cariño, compañerismo y solidaridad con la mayoría de los estudiantes que llegaron a vivir a la residencia de la calle Otakara Yarosha. Siendo tan jóvenes en un país lejano, la solidaridad y empatía podían hacer la diferencia entre vivir, sobrevivir o rendirse e incluso perecer.

Verónica Villaseñor, con su ejemplo, me enseñó mucho, la encontraba en la universidad camino a la biblioteca, corriendo en la calle o en la pista que estaba frente a mi residencia. Ella y Seguei lograron traspasar la barrera política de los soviéticos y se hicieron novios. Verónica me impulsó a buscar ejercitarme aunque no fuera con clases de ballet, gracias a ella aprendí a trotar en invierno, primavera, otoño o verano.

La relación con Diana era más bien como de hermana mayor, hablábamos de su novio, nos compartía las tristezas y alegrías de su amor. Con ella anduve el camino de lo cotidiano, podía confesarle todos mis miedos sin temor a ser juzgada. Desafortunadamente Diana tampoco vive para saber la huella que su presencia dejó en mi vida.

Los encuentros con Isabel fueron más fortuitos, pero siempre tuvo disposición de conversar conmigo, de aclarar dudas, de ayudarme a interpretar esa vida que yo había escogido lejos de casa.

Hermandad latinoamericana… ¿realidad o cliché?

El relativo abandono y oscuridad de mi residencia estudiantil se iluminaba con todos los colores de la alegría cuando estaba cerca de los estudiantes dominicanos. De todos los latinoamericanos que conocí, los dominicanos eran las personas más cálidas y con mayor capacidad de disfrutar de los pequeños lapsos de alegría que nos daba la vida en ese momento, al mismo tiempo que sentíamos la carga de no estar con los nuestros, entre lo que nos era familiar: casa, barrio, colonia, país.

Frank era el estudiante dominicano de cuarto o quinto curso que compartía su tiempo para guiar a sus compatriotas recién llegados. También fue espléndido conmigo al compartirme de su tiempo para darme otro punto de vista sobre la experiencia de vivir en Jarkov.

Ir a una fiesta de dominicanos en Jarkov equivalía a llenarse el corazón de genuino disfrute por la música y por el “merengue”, no había “poses” (como el caso de numerosos cubanos), bailar con ellos implicaba dejar a un lado cualquier tristeza y sentir la vida al mismo tiempo que movíamos las caderas.

¿Por qué doy tanto valor a quienes me convidaron de su alegría? Porque en ese entonces como hoy, he visto que los mexicanos e infinidad de latinoamericanos nos sumamos con más facilidad a todo lo negativo y somos más exitosos al generar la cultura de la pobreza humana: negatividad, queja, victimización.

En el contexto social y cultural que les he narrado desde el inicio de mi blog, quienes tuvieron la capacidad de trasladarme a ver y sentir otros ángulos de la misma escena, me salvaron de ser arrastrada por la inercia de la gente negativa, de la que todo el tiempo se quejó de todo pero permaneció años y años bajo el cobijo de ese país y de esa sociedad que nos acogió.

Para mí, la hermandad latinoamericana es una realidad tangible. Mejor aún, la hermandad mundial es posible, pues sin el apoyo mutuo de nicaragüenses, peruanos, ecuatorianos, chipriotas, camboyanos, ucranianos, rusos, chilenos, marroquíes, etc., mi estancia en la URSS habría sido imposible.

Vale reflexionar algo fundamental en la consideración que acabo de expresar, con excepción de los cubanos, checoslovacos, polacos y todos los estudiantes que pertenecían al llamado “bloque socialista”, así como algunos estudiantes que fueron enviados directamente por el partido comunista de su país, los jóvenes que llegamos a estudiar a la URSS hicimos grandes esfuerzos por ganarnos ese lugar, pagamos un boleto de avión y dejamos un poco sangradas las finanzas de nuestras familias para llevarnos algunos dólares, ropa y zapatos nuevos.

Creo que, prácticamente a cualquier edad, cuando lo que tenemos nos ha costado sangre, sudor y lágrimas, difícilmente nos alejamos de nuestro objetivo principal, por eso, a los estudiantes que vivíamos en la residencia de Otakara Yarosha y a quienes nos apoyaron durante nuestros primeros pasos, de forma casi natural nos asistía tener la disposición a ser solidarios, empáticos, respetuosos y dignos.

Haciendo un recuento de mi vida, soy una persona afortunada porque sigo encontrando gente solidaria y empática, gente dispuesta a destinarme valiosos minutos de su vida, esas personas siempre harán una diferencia, al menos en mí dejan huella. 



26 de mayo de 2015

Con la vara que mides, serás medido

Esta fotografía fue tomada la noche anterior a mi viaje, estoy con mi sobrina y mi hermana Paty, mi enorme sonrisa no puede ocultar la felicidad, y tampoco oculta mis brackets, que fueron una marca de mi persona en Jarkov.



Dos días antes de mi viaje fui con mi ortodoncista para pedirle que me quitara los brackets porque me iba muy lejos y no regresaría hasta después de seis años. Mi médico me sugirió que no los quitara porque sólo tenía un año con ellos y aún no se afianzaba bien el trabajo, así que sólo los ajustó bien, los revisó para que no se cayeran y me aconsejó contactar a un ortodoncista en cuanto me instalara, para que revisara y continuara el tratamiento.

—¡Al fin que no te vas al otro lado del mundo!, bueno, sí te vas pero es una potencia 
mundial —, me dijo amablemente y ambos sonreímos.

¿Por qué la inmensa mayoría de los mexicanos tendemos calificar de bueno o malo ideas, pensamientos o modas únicamente a partir de nuestras expectativas o creencias?, ¿por qué aceptamos o rechazamos como modelo nuestra vida y personalidad sin considerar la infinidad de variables que puede haber en cada persona del mundo?

A estas alturas de mi vida, tengo claro que el egocentrismo jugó un papel determinante en mis primeras y más fuertes vivencias a mi llegada a la URSS. Afortunadamente el egocentrismo fue superado por mi urgencia de conocer a mis compañeros, de escuchar sus historias, de ver otros mundos, sus mundos, a través de sus ojos, de conocer motivos que los impulsaron a llegar a la URSS, de lo que extrañaban de sus países y familia.

En mi primer día de clases, recibí parte del dinero de mi estipendio, sería unos treinta rublos. Sin preguntar el tipo de cambio y sin pedir consejo sobre cómo manejar el dinero, saliendo de clases Martha y yo nos fuimos al comedor estudiantil (столовая), para reunirnos con Verónica e Isabel.

Como parte del menú había unas piernitas de ave, —son pequeñas, pero finalmente comeré pollo—, pensé. Mi hambre era acumulada, así que puse en mi charola lo que me pareció más atractivo, al final del menú estaban unos vasos llenos de un líquido espeso y blanco. Las personas que estaban delante de nosotros solían tomar los vasos con ese gusto que da el comer algo que place... la escena me desagradó.

La cuenta de comida fue muy alta, no recuerdo la cantidad, pero sí tengo claro que estaba dispuesta a pagar el precio por esas prometedoras “piernitas”.

Cuando me disponía a dar la primera mordida a mi carne, Verónica e Isabel se sentaron a la mesa con nosotras, por el apremio del hambre las saludé sólo con un movimiento de cabeza. Para sorpresa mía, mis brackets, dientes y todo mi ser se enfrentaron a trozo de carne duro y frío.
—¿Qué clase de pollo es este?, ¿de dónde traen al pollo que además de malo es tan caro?—No es pollo, es pato y es un platillo caro —. Me respondieron nuestras acompañantes.
La consistencia de la carne era tal, que los dientes dolían mucho, me fue imposible comer ese platillo, con toda resignación me zampé lo demás. Pasado mi mal rato, pregunté a las chicas sobre la comida, especialmente sobre esos vasos.

—Se llama smetana y es riquísima, en poco tiempo también te gustará—. Primero muerta, pensé en silencio, pronto confesaría a las chicas que tenían toda la razón, me declaré fanática de la smetana.

Verónica e Isabel nos aconsejaron cómo ahorrar y explicaron un poco sobre el valor de los víveres. Sin duda, la opción más adecuada era cocinar nosotras, así que fuimos al supercito cercano a la residencia, el que estaba casi en la esquina de la Avenida Lenin.

En la tienda, con ayuda de señas y del ruso que ya sabía Martha, pedíamos a las tenderas lo que nos parecía viable cocinar, optamos por productos que no requirieran utensilios de cocina: leche, pan y mortadela, básicamente.

En un intento de ser amable con la tendera y contar con su paciencia, saqué a relucir mis mejores sonrisas, sin pensar que eran otros los aspectos de mí que a ella le llamaban la atención.—¿Qué es lo que tu amiga trae en la boca?, ¿es alguna indumentaria o moda en tu país? —-. Le preguntó la mujer a Martha al mismo tiempo que llamaba a su compañera para que vi-niera a ver la “artesanía” extravagante que la extrajera (yo), llevé a su país.

Martha y yo no paramos de reír, al tiempo que Martha intentaba explicar que el asunto con mis dientes era un tratamiento médico. No hubo manera de darnos a entender, entre tanto, la clientela llegaba y las mujeres, asombradas de lo que asumieron como “tradiciones mexicanas”, me pedían que les mostrara mis dientes a los demás. La sorpresa de la gente fue la misma que la de las tenderas y tenía sentido. Yo era la diferente, yo era la de indumentarias extrañas en su país, ¿en qué cabeza cabía pensar que todo el mundo era como México o Estados Unidos, nuestro principal referente de modernidad?, con la misma fascinación y asombro con la que miré a todos los africanos, moscovitas e indúes, así me estaba viendo una pequeña multitud. Los enfoques de la vida y las personas cambian cuando también cambia nuestra posición en el tablero de la vida.

Es verdad que, desde mi llegada, mis sorpresas y choques culturales habían tenido como único referente mis parámetros de vida. Las charlas sobre las experiencias que habían tenido los latinos en el hotel de Moscú, reforzaban un ánimo de crítica ante una cultura totalmente opuesta a nuestras culturas. Por eso, allí en la tienda, siendo yo el centro de atención como “diferente”, entendí que había llegado el momento de asimilar la cultura que me acogía. Entendí también, que era imprescindible ampliar mis referentes de costumbres y vida cotidiana del país donde pensaba vivir los próximos seis años de vida.

Definitivamente esa primera compra en una tienda de víveres, fue otro de tantos parteaguas en mi vida. Allí tomó claro sentido uno de los muchos consejos que me dio mi tío Eduardo Zaldivar (español emigrado a México por motivos económicos), sabiamente mi tío me dijo: “Vas al otro lado del mundo, a otra cultura y otra vida, si quieres realmente aprender de esa experiencia y hacer que valga la pena, no te quedes dentro de la colonia (refiriéndose a los otros mexicanos radicados), convive con la gente del pueblo, habla con ellos, permite que te enseñen sus costumbres, respétalas y asimílalas, verás cómo ellos no sólo te abren las puertas de su casa, también las de su corazón, porque ellos sabrán que no desprecias lo que para ellos es valioso: su cotidianidad."

Los aprendizajes tan significativos como los que narré, posibilitaron mi comprensión de la identidad personal, nacional y latinoamericana que incansablemente trasmito en el contenido de mis libros de Formación Cívica. No me refiero a las “patrioterías” que suelen hacer los compatriotas que visitan otros países o que expresan ante la llegada de gente “diferente” a México. Me refiero a esa forma de construir las identidades que narra Octavio Paz en su extenso y bello poema Piedra del Sol:

[…] para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia, […]


Claro que, como ser humano, cometo errores y hago mi mejor trabajo para evitar caer nuevamente en ese egocentrismo que a todos nos limita el acceso a nuevas experiencias, entre otras cosas. 


19 de mayo de 2015

Marina, Verónica, Isabel y Diana al otro lado del mundo

A la memoria de Marina

(Parte 1)

Llegando a la residencia estudiantil ya nos esperaba Diana Danzós*, una de las cuatro compatriotas que nos visitarían ese día. Diana acababa de ingresar al primer curso de medicina y quizá, como tenía más presente la cascada de choques culturales que estábamos viviendo, su visita fue más de carácter práctico, o tal vez fue porque en verdad a Martha y mí se nos notaba la urgente necesidad de bañarnos y descansar.

Diana nos explicó cosas que consideraba indispensables para salir adelante, por ejemplo nos dijo que debíamos memorizar el nombre de nuestra habitación y la frase para pedir la llave a la “babushka” de la entrada. Nos ayudó a sacar nuestras maletas y explicó la dinámica de las famosas “duchas” y cuáles eran los horarios adecuados para bañarnos.

La cámara de seguridad y la ducha estaban en una especie de sótano, los consejos para bañarnos fueron colocar jabón, champú y zacate (o estropajo) en una bolsa de plástico, elegir alguna prenda para ponernos como bata de baño, usar por siempre unas chanclas de baño, llevar siempre una toalla y, sobre todo, procurar ducharnos por las tardes, cuando hay más gente.

Al abrir la puerta de la ducha se veía una especie de antesala, con dos largos bancos de madera, arriba de ellos había percheros; en la siguiente habitación estaban las regaderas, divididas por paredes. Debíamos desvestirnos, secarnos y vestirnos en la primera habitación y llevar nuestros objetos de aseo en la bolsa, que a su vez colgábamos en una de las llaves para abrir el agua.

Cuando cursé la preparatoria ya había tenido una experiencia de colectividad en las duchas, nunca fue de mi agrado compartir la intimidad de un buen baño pero al menos teníamos luz. Lo patético de estas duchas era que sus ventanas estaban pequeñas y gruesas, estaban a la altura del techo nuestro pero del piso de quienes pasaban por la calle.

Entre una actividad y otra, de manera casi velada o no muy directa, Diana hizo patente su devoción comunista, su sana distancia del resto de los estudiantes mexicanos, su profundo amor por su novio nicaragüense y por el movimiento sandinista. Amén de contarnos que su padre era un importante miembro de la izquierda mexicana, que había sido colocada en esa ciudad para estar cerca de sus hermanos y que no había llegado a ese país como Martha y como yo, sino como una deferencia del gobierno soviético hacia la labor de su padre. En ese momento su historia me pareció novelesca, con el tiempo me di cuenta que era más que realidad.

La forma en que adquirí mis conocimientos básicos de geografía no me permitían aplicarlos para resolver problemas de la vida cotidiana; por eso y por el trajín de viajar “al otro lado del mundo”, no advertí que el sol de verano se ponía ya muy entrada la noche. Sin embargo el día terminó más que bien, ya casi instaladas en nuestras respectivas camas, llegaron a visitarnos Marina, Verónica e Isabel.

Hablo de tres extraordinarias mujeres que me enseñaron mucho y me apoyaron aún más. Lo primero que hicieron fue saltarnos en la cama como tres gatitos juguetones para preguntar qué estaba pasando en México, qué novedades había, qué estaba de moda, qué canciones sonaban. En ese momento no entendía que, como en todo país, las noticias se centraban en lo relevante a nivel nacional e internacional y ellas querían escuchar los relatos de lo cotidiano del terruño, con esos gestos y actitudes me hicieron sentir humana, ninguna esperaba nada especial de mí como ser humano, todas se mostraban cómodas y adaptadas con su vida, pero naturalmente mexicanas y cercanas a mí, sin esperar ninguna declaración de carácter comunista o socialista.

Marina era algo así como una líder moral por naturaleza, era cariñosa, dulce y un tanto maternal. Percibió que habíamos tenido una jornada larga y que requeríamos saber lo básico para sobrevivir en esos primeros días. Las tres chicas se pusieron de acuerdo para guiarnos, así que quedamos de vernos en la universidad, en el área de la Podgotovitielnii Facultet (Preparatoria o Podfak).

A todo esto, olvidé mencionar que ya habíamos perdido unos cuatro días de clases, pues en aquel entonces el ciclo escolar de los países del bloque socialista de Europa, comenzaban el primero de septiembre. No había lugar para descanso, fuimos citadas en la recepción de la residencia estudiantil para llegar a clase a las ocho de la mañana, sería la primera y única vez que nos enseñarían el camino a la escuela, el resto del año, debíamos resolver por nuestra cuenta.

Ya publicada la entrega del blog, olvidé una reflexión personal muy importante. Conocer a Diana y compartir la trayectoria política y pública de su padre, me enseñó lo mucho que como "masa" desconocemos sobre los movimientos de izquierda del siglo XX, sobre las grandes aportaciones y retos que enfrentaron gente como Danzós Palomino o Carlota Botey, a quien tuve el privilegio de conocer someramente, pero que tengo estrecha relación con su sobrina. Gente cuyo legado, hoy, ha sido enlodado con la vida política de todos aquellos que se llaman gente de izquierda, todos los que hoy se dicen ser de izquierda, como Andrés Manuel López Obrador, bien pudo serlo desde su juventud, como la gente que señalé. Yo no soy ni de izquierda ni de derecha, el mundo es muy complejo para reducirlo a dos puntos, pero respeto y admiro a Carlota y Ramón por su legado, a Jesús Morales Bermúdez por distinguirme con el honor de su amistad y sus enseñanzas. 


*Si la memoria no me falla, Diana era la hija menor o la penúltima hija de Ramón Danzós Palomino, destacado líder de izquierda en México. 

12 de mayo de 2015

¡Qué manera de matarme la pasión!

Por Fabiola Martínez  

El trayecto Moscú – Jarjov fue de unas doce horas, saber que estaba llegando a mi ciudad de destino hizo crecer en mí la esperanza de dormir lo suficientemente bien para recuperarme de una larguísimo viaje, bajar los niveles de adrenalina generada por la expectativa de mis sueños cumplidos y prepararme para el inicio de clases, ¡cuánta ingenuidad!, ahora creo que todo viaje que me conduzca a nuevos objetivos y sueños, jamás debería terminar

La cálida y alegre sonrisa de Saha*, el joven soviético que nos esperaba en la terminal me hizo sentir en confianza, y como él hablaba español perfectamente bien (además de tener un aspecto y aroma limpio), me sentí con el suficiente valor para “sacarme la espina” de mi fallida intento de conquista. Así que comencé a usar los recursos femeninos de la sonrisa y la ligera indefensión, incluso le pregunté si volvería a visitarnos, si nos daría su dirección, ya saben, todo lo que las personas medianamente normales hacemos para no perderle la pista a la posible presa… Pero Saha no soltaba prenda, sin embargo disfrutaba el saberse conquistable, pues guapo lo que se dice guapo, no era (poco después me enteraría por qué me Sasha me evitaba)

Google maps me permitió darles una ubicación de la que fue mi calle 
de 1985 a 1986
Otra vez nos treparon a un autobús con dirección a la calle Otakara Yarosha (Отакара Яроша), comparado con Moscú Jarkov parecía una ciudad muy pequeña, tranquila, sin tumultos ni tráfico, la gente se movía a otro ritmo. El autobús se detuvo frente a un edificio realmente viejo, de colores apagados, como si quisiera pasar desapercibido. Allí nos indicaron bajar con nuestras maletas y nos condujeron a una especie de recepción donde una mujer de unos cincuenta años, robusta y un poco mal encarada dio instrucciones para llevar nuestras maletas a la cámara de seguridad (камера хранения) y también nos entregó la llave de nuestra habitación.

El pasillo hacia la cámara de seguridad estaba muy oscuro, todo era viejo, su ambiente me trasladaba a aquellos programas sobre la Segunda Guerra Mundial que veía con mi madre. Sin recuperarme de ese golpe me enseñaron la que sería mi habitación por el resto del ciclo escolar, la número 74. La puerta se abrió y vi cuatro estrechas camas individuales, un refrigerador y un ropero.

Google también facilitó compartir una fotografía tomada en
2011, el estilo del edificio de la derecha es muy parecido 
al del edificio donde viví, frente a él está la entrada al 
estadio
¡Qué manera de matarle a uno la pasión! Ya no volví a pensar en cómo conquistar a ese agradable muchacho, tampoco había opciones porque ese camión que nos trajo nos esperaba para llevarnos al hospital, por más que Martha y yo suplicamos que antes nos dejaran bañarnos, la orden fue inflexible, sólo pudimos ir al sanitario.

En el hospital estábamos todos los que llegamos ese día en aquel emblemático tren (incluso mis apestosos libaneses), y muchos otros estudiantes más. Separaron a los hombres de las mujeres y, a su vez, las mujeres conformamos grupos pequeños de cinco o siete personas, ahora sí Martha y yo evitaríamos a toda costa que nos separaran. Estábamos organizándonos cuando una portuguesa de cabello corto, voz dulce y semblante amistoso llegó para acompañarnos.

¡Qué hermoso gesto de solidaridad! Ella sería nuestra traductora al mismo tiempo que nos iba explicando la importancia de establecer medidas de seguridad sanitaria y epidemiológica ante la llegada de personas de tan diversos países, condiciones culturales y estratos socioeconómicos. Aunque la experiencia fue extrema, desde mi llegada a la URSS y hasta el día de hoy, sigo asombrada del nivel de organización y cuidado de todos y cada uno de los que llegamos como invitados a estudiar en ese país.

Retomando el tema de la revisión médica, las mujeres que formamos esos pequeños grupos entramos a los diversos consultorios, incluido el de ginecobstetricia, donde nos atendió otra mujer robusta y algo tosca. En ruso y también ayudada por señas, separó a las mujeres vírgenes de las que no lo eran; todas seríamos revisadas ginecológicamente sin importar si éramos sexualmente activas o no, o si alguna estaba menstruando, el reconocimiento sería vía vaginal o vía rectal. Por más que suplicamos a la portuguesa que intercediera por nosotras, no la libramos. 

Lo peor aguardaba en el siguiente y último consultorio donde todas las mujeres hicimos una fila con el torso desnudo, más que un hospital eso parecía un documental sobre las etnias del Amazonas o de alguna tribu africana. 

Debo decir que en todos los consultorios nos atendieron con una disciplina y actitud médica impecable, pero no en ese último consultorio. Al menos a mí no, lejos de haber pasado por un reconocimiento de glándulas mamarias, me pareció que estaba siendo delicadamente tocada por el médico como muñeca de un aparador. Enmudecí, me asusté… me congelé. Por fortuna las mujeres que estábamos formadas como ganado, hicieron caminar la fila.

Lo que escribo en este último párrafo es grotescamente revelador, ¿cuántos niños, niñas, hombres y mujeres son abusados sexualmente en sus revisiones médicas?, ¿cuántas familias omiten hablar y denunciar los abusos sexuales que se cometen en la "intimidad" de la convivencia familiar? Y lo peor, ¿por qué las víctimas enmudecen?, ¿por qué las familias, las personas y las sociedades enteras "empujan a los de la fila de adelante fingiendo que no ven lo que a todas luces sucede una y otra y otra y otra vez?, ¿por qué todavía hay miles y miles de personas que no han aprendido a identificar un abuso sexual? 



*Sasha, diminutivo de Alexander. 

5 de mayo de 2015

Cuidado con lo que pides, que se te puede conceder


Por Fabiola Martínez
Pocas horas después de llegar de la Plaza Roja y enfrentarme al irremediable aroma del metro soviético, llegamos al hotel Universidad. Antes o después de la comida, recibí la indicación de esperar en el lobby del hotel porque ya había indicaciones sobre mi destino.

No recuerdo quién, ni cuando, pero me informaron que la ciudad asignada para cursar la “preparatoria” (Подготовительный факультет) estaba en la República Ucraniana y se llamaba Jarkov (Харьков), ¿qué me espera?, ¿de qué se trata este año preparatorio?

En poco tiempo me solté del grupo de mexicanos y comencé a socializar con otros latinoamericanos, algunos que recién llegaban y otros que ya se iban. Entre una y otra conversación me encontré con un par de mexicanas y quizá de colombianas que llegaron a estudiar ballet por sólo por un año. ¿Cómo le hicieron? Fue un cuestionamiento que no dejaba de hacerme; y no era para menos, mi primera opción al buscar una beca a la URSS fue estudiar danza clásica, mi primer gran amor, la gran pasión que enterré con mucho dolor de un golpe y para siempre…

Como tramité mi beca gracias al intercambio cultural de México y la URSS a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores, debía escoger entre las opciones académicas que allí ofertaban. Lo más cercano a mi corazón era la conservación de monumentos patrimoniales y la restauración pero, para cursarla, debía estudiar arquitectura, así que eso escogí.

Me quedaba una sola noche en ese hotel y ante tantas novedades, decidí refugiarme y encontrarme en la música, como lo hago hasta hoy. Con mucho cuidado desempaqué mi walkman y los casetes de Barry Manilow y John Denver, que Gerardo, el novio de mi hermano en ese tiempo, me había regalado.

Cualesquiera que fueran mis pensamientos relacionados con mi inminente partida a Ucrania, todos ellos me llevaban a cuestionarme a cerca de cuántas posibilidades había perdido por desconocer otras opciones de becas, en cuánta desventaja me sentía con respecto a los estudiantes de la Ciudad de México, lugar donde todo se concentraba; también eché de menos la carencia de orientación vocacional, por momentos sentí indignación por tantas clases perdidas en interminables paros estudiantiles para apoyar las exigencias de los obreros de Volks Wagen, ¿en qué me beneficiaron?

Quien estaba allí, enfrentándose a lo desconocido sin las mínimas herramientas cognitivas, didácticas y pedagógicas era yo, no los obreros a los que la Universidad Autónoma de Puebla apoyaba incondicionalmente con interminables marchas y huelgas. Recuerdo haber asistido a una marcha para saber de qué se trataba, entonces como ahora la función de estudiantes comunes como yo, era hacer bola, bulto y desmadre, algo que siempre consideré una pérdida de tiempo y, en ese momento de reflexión confirmaba mi creencia. También me di cuenta que me pesaba dejar Moscú porque pensaba que estando fuera de la gran capital, las condiciones para resolver lo cotidiano serían más difíciles… poco tiempo pasó para saber que estaba en lo cierto.

¿Qué tanto habré estado caminando por los pasillos absorta en mis pensamientos, que la poca gente que después reencontré me identificaba como la mexicana del walkman? Algo que me hizo sentir aliviada ante tan extraña noche fue saber que Martha también iría a Jarkov, sentí que ella facilitaría lo que debía enfrentar, realmente no sabía si sería capaz de aprender ruso, sabiendo, por mi realidad, que las lecciones de inglés de mis escuelas públicas poco valían; preguntar al Brother John* si estaba durmiendo, no resolvería mis problemas de comunicación.

Llegada la hora convenida, estuve lista con mis maletas en el lobby, además de otros africanos y latinos vi a tres guapos y varoniles jóvenes libaneses de piel tostada, barba cerrada, ojos misteriosos. Verlos se tradujo en el instante en que la hormona se colocó por encima de la neurona. No les quité la vista de encima, en mi mente recreaba los escenarios para acercarme a ellos, tal cual lo relata el comediante Polo Polo en sus chistes. Hombres y mujeres, juventud, testosterona, estrógenos, feromonas, libertad, anonimato… ¿Por qué me había privado de ver la maravilla humana llamada varón?

Bajé del autobús y por primera vez vi una terminal de trenes enorme, bella, ordenada, limpia, llena de gente que viene y va, maletas, bultos, lágrimas de tristeza o de alegría. Sentí mucha pena por la terminal de trenes que había en mi pueblo, pues aunque su edificio era hermoso, estaba descuidada, pasaba inadvertida, un poco menospreciada porque la dinámica de vida llevaba a mirar hacia el automóvil como signo de estatus.

Cual niños de preescolar, quienes nos trasladaron a la terminal tenían control hasta del camarote que íbamos a ocupar, viajaríamos en primera clase y los camarotes eran para cuatro personas, me habría gustado viajar con Martha pero mi lugar estaba en otra parte, nada más y nada menos que con las tres guapuras libanesas de las que ya hablé.

“Cuidado con lo que pides que se te puede conceder”, dice un refrán. Pues ahí estaba yo con ganas de desmayarme, y no fue por la posibilidad de estar con esas hermosuras, sino porque los tres galanes en cuestión tenían un tufo a sudor que no soportaba. El camarote olía pésimo, pero todo empeoró cuando se quitaron los zapatos, ¡cuánto peste!

Viendo desde otra perspectiva este panorama, la situación no era mejor para ellos, pues debían pasar una noche completa con una mujer totalmente ajena a su cultura. Casi estoy segura que eran musulmanes y las circunstancias de esa noche tampoco las olvidarían. Creo que de tanta extrañeza ninguno de nosotros aceptó el té negro con pan negro y mantequilla que nos ofrecieron las camareras. A señas, todos elegimos un sitio para dormir y nos desconectamos, al menos yo sí.

Una mañana de verano, llena de sol y clima templado, llegué a mi entrañable Jarkov, exactamente frente a mi vagón nos esperaba un joven ruso o ucraniano (a Martha y a mí) que hablaba español a la perfección. Con él había otros jóvenes que hablaban inglés y francés. Nos repartieron en diferentes camiones, unos iríamos a la residencia de la universidad Estatal de Jarkov Vasily Karazin y otros irían a la facultad preparatoria del Instituto Politécnico, entre ellos mis hermosos pero mal olientes libaneses.


*Me refiero a las estrofas que memoricé en los tres años de inglés que cursé en la secundaria: Are you sleeping, are you sleeping?/ Brother John, Brother John?/Morning bells are ringing, morning bells are ringing/Ding ding dong, ding ding dong. Al menos hubo avances en la secundaria porque en de la preparatoria, ni hablar.