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19 de mayo de 2015

Marina, Verónica, Isabel y Diana al otro lado del mundo

A la memoria de Marina

(Parte 1)

Llegando a la residencia estudiantil ya nos esperaba Diana Danzós*, una de las cuatro compatriotas que nos visitarían ese día. Diana acababa de ingresar al primer curso de medicina y quizá, como tenía más presente la cascada de choques culturales que estábamos viviendo, su visita fue más de carácter práctico, o tal vez fue porque en verdad a Martha y mí se nos notaba la urgente necesidad de bañarnos y descansar.

Diana nos explicó cosas que consideraba indispensables para salir adelante, por ejemplo nos dijo que debíamos memorizar el nombre de nuestra habitación y la frase para pedir la llave a la “babushka” de la entrada. Nos ayudó a sacar nuestras maletas y explicó la dinámica de las famosas “duchas” y cuáles eran los horarios adecuados para bañarnos.

La cámara de seguridad y la ducha estaban en una especie de sótano, los consejos para bañarnos fueron colocar jabón, champú y zacate (o estropajo) en una bolsa de plástico, elegir alguna prenda para ponernos como bata de baño, usar por siempre unas chanclas de baño, llevar siempre una toalla y, sobre todo, procurar ducharnos por las tardes, cuando hay más gente.

Al abrir la puerta de la ducha se veía una especie de antesala, con dos largos bancos de madera, arriba de ellos había percheros; en la siguiente habitación estaban las regaderas, divididas por paredes. Debíamos desvestirnos, secarnos y vestirnos en la primera habitación y llevar nuestros objetos de aseo en la bolsa, que a su vez colgábamos en una de las llaves para abrir el agua.

Cuando cursé la preparatoria ya había tenido una experiencia de colectividad en las duchas, nunca fue de mi agrado compartir la intimidad de un buen baño pero al menos teníamos luz. Lo patético de estas duchas era que sus ventanas estaban pequeñas y gruesas, estaban a la altura del techo nuestro pero del piso de quienes pasaban por la calle.

Entre una actividad y otra, de manera casi velada o no muy directa, Diana hizo patente su devoción comunista, su sana distancia del resto de los estudiantes mexicanos, su profundo amor por su novio nicaragüense y por el movimiento sandinista. Amén de contarnos que su padre era un importante miembro de la izquierda mexicana, que había sido colocada en esa ciudad para estar cerca de sus hermanos y que no había llegado a ese país como Martha y como yo, sino como una deferencia del gobierno soviético hacia la labor de su padre. En ese momento su historia me pareció novelesca, con el tiempo me di cuenta que era más que realidad.

La forma en que adquirí mis conocimientos básicos de geografía no me permitían aplicarlos para resolver problemas de la vida cotidiana; por eso y por el trajín de viajar “al otro lado del mundo”, no advertí que el sol de verano se ponía ya muy entrada la noche. Sin embargo el día terminó más que bien, ya casi instaladas en nuestras respectivas camas, llegaron a visitarnos Marina, Verónica e Isabel.

Hablo de tres extraordinarias mujeres que me enseñaron mucho y me apoyaron aún más. Lo primero que hicieron fue saltarnos en la cama como tres gatitos juguetones para preguntar qué estaba pasando en México, qué novedades había, qué estaba de moda, qué canciones sonaban. En ese momento no entendía que, como en todo país, las noticias se centraban en lo relevante a nivel nacional e internacional y ellas querían escuchar los relatos de lo cotidiano del terruño, con esos gestos y actitudes me hicieron sentir humana, ninguna esperaba nada especial de mí como ser humano, todas se mostraban cómodas y adaptadas con su vida, pero naturalmente mexicanas y cercanas a mí, sin esperar ninguna declaración de carácter comunista o socialista.

Marina era algo así como una líder moral por naturaleza, era cariñosa, dulce y un tanto maternal. Percibió que habíamos tenido una jornada larga y que requeríamos saber lo básico para sobrevivir en esos primeros días. Las tres chicas se pusieron de acuerdo para guiarnos, así que quedamos de vernos en la universidad, en el área de la Podgotovitielnii Facultet (Preparatoria o Podfak).

A todo esto, olvidé mencionar que ya habíamos perdido unos cuatro días de clases, pues en aquel entonces el ciclo escolar de los países del bloque socialista de Europa, comenzaban el primero de septiembre. No había lugar para descanso, fuimos citadas en la recepción de la residencia estudiantil para llegar a clase a las ocho de la mañana, sería la primera y única vez que nos enseñarían el camino a la escuela, el resto del año, debíamos resolver por nuestra cuenta.

Ya publicada la entrega del blog, olvidé una reflexión personal muy importante. Conocer a Diana y compartir la trayectoria política y pública de su padre, me enseñó lo mucho que como "masa" desconocemos sobre los movimientos de izquierda del siglo XX, sobre las grandes aportaciones y retos que enfrentaron gente como Danzós Palomino o Carlota Botey, a quien tuve el privilegio de conocer someramente, pero que tengo estrecha relación con su sobrina. Gente cuyo legado, hoy, ha sido enlodado con la vida política de todos aquellos que se llaman gente de izquierda, todos los que hoy se dicen ser de izquierda, como Andrés Manuel López Obrador, bien pudo serlo desde su juventud, como la gente que señalé. Yo no soy ni de izquierda ni de derecha, el mundo es muy complejo para reducirlo a dos puntos, pero respeto y admiro a Carlota y Ramón por su legado, a Jesús Morales Bermúdez por distinguirme con el honor de su amistad y sus enseñanzas. 


*Si la memoria no me falla, Diana era la hija menor o la penúltima hija de Ramón Danzós Palomino, destacado líder de izquierda en México. 

12 de mayo de 2015

¡Qué manera de matarme la pasión!

Por Fabiola Martínez  

El trayecto Moscú – Jarjov fue de unas doce horas, saber que estaba llegando a mi ciudad de destino hizo crecer en mí la esperanza de dormir lo suficientemente bien para recuperarme de una larguísimo viaje, bajar los niveles de adrenalina generada por la expectativa de mis sueños cumplidos y prepararme para el inicio de clases, ¡cuánta ingenuidad!, ahora creo que todo viaje que me conduzca a nuevos objetivos y sueños, jamás debería terminar

La cálida y alegre sonrisa de Saha*, el joven soviético que nos esperaba en la terminal me hizo sentir en confianza, y como él hablaba español perfectamente bien (además de tener un aspecto y aroma limpio), me sentí con el suficiente valor para “sacarme la espina” de mi fallida intento de conquista. Así que comencé a usar los recursos femeninos de la sonrisa y la ligera indefensión, incluso le pregunté si volvería a visitarnos, si nos daría su dirección, ya saben, todo lo que las personas medianamente normales hacemos para no perderle la pista a la posible presa… Pero Saha no soltaba prenda, sin embargo disfrutaba el saberse conquistable, pues guapo lo que se dice guapo, no era (poco después me enteraría por qué me Sasha me evitaba)

Google maps me permitió darles una ubicación de la que fue mi calle 
de 1985 a 1986
Otra vez nos treparon a un autobús con dirección a la calle Otakara Yarosha (Отакара Яроша), comparado con Moscú Jarkov parecía una ciudad muy pequeña, tranquila, sin tumultos ni tráfico, la gente se movía a otro ritmo. El autobús se detuvo frente a un edificio realmente viejo, de colores apagados, como si quisiera pasar desapercibido. Allí nos indicaron bajar con nuestras maletas y nos condujeron a una especie de recepción donde una mujer de unos cincuenta años, robusta y un poco mal encarada dio instrucciones para llevar nuestras maletas a la cámara de seguridad (камера хранения) y también nos entregó la llave de nuestra habitación.

El pasillo hacia la cámara de seguridad estaba muy oscuro, todo era viejo, su ambiente me trasladaba a aquellos programas sobre la Segunda Guerra Mundial que veía con mi madre. Sin recuperarme de ese golpe me enseñaron la que sería mi habitación por el resto del ciclo escolar, la número 74. La puerta se abrió y vi cuatro estrechas camas individuales, un refrigerador y un ropero.

Google también facilitó compartir una fotografía tomada en
2011, el estilo del edificio de la derecha es muy parecido 
al del edificio donde viví, frente a él está la entrada al 
estadio
¡Qué manera de matarle a uno la pasión! Ya no volví a pensar en cómo conquistar a ese agradable muchacho, tampoco había opciones porque ese camión que nos trajo nos esperaba para llevarnos al hospital, por más que Martha y yo suplicamos que antes nos dejaran bañarnos, la orden fue inflexible, sólo pudimos ir al sanitario.

En el hospital estábamos todos los que llegamos ese día en aquel emblemático tren (incluso mis apestosos libaneses), y muchos otros estudiantes más. Separaron a los hombres de las mujeres y, a su vez, las mujeres conformamos grupos pequeños de cinco o siete personas, ahora sí Martha y yo evitaríamos a toda costa que nos separaran. Estábamos organizándonos cuando una portuguesa de cabello corto, voz dulce y semblante amistoso llegó para acompañarnos.

¡Qué hermoso gesto de solidaridad! Ella sería nuestra traductora al mismo tiempo que nos iba explicando la importancia de establecer medidas de seguridad sanitaria y epidemiológica ante la llegada de personas de tan diversos países, condiciones culturales y estratos socioeconómicos. Aunque la experiencia fue extrema, desde mi llegada a la URSS y hasta el día de hoy, sigo asombrada del nivel de organización y cuidado de todos y cada uno de los que llegamos como invitados a estudiar en ese país.

Retomando el tema de la revisión médica, las mujeres que formamos esos pequeños grupos entramos a los diversos consultorios, incluido el de ginecobstetricia, donde nos atendió otra mujer robusta y algo tosca. En ruso y también ayudada por señas, separó a las mujeres vírgenes de las que no lo eran; todas seríamos revisadas ginecológicamente sin importar si éramos sexualmente activas o no, o si alguna estaba menstruando, el reconocimiento sería vía vaginal o vía rectal. Por más que suplicamos a la portuguesa que intercediera por nosotras, no la libramos. 

Lo peor aguardaba en el siguiente y último consultorio donde todas las mujeres hicimos una fila con el torso desnudo, más que un hospital eso parecía un documental sobre las etnias del Amazonas o de alguna tribu africana. 

Debo decir que en todos los consultorios nos atendieron con una disciplina y actitud médica impecable, pero no en ese último consultorio. Al menos a mí no, lejos de haber pasado por un reconocimiento de glándulas mamarias, me pareció que estaba siendo delicadamente tocada por el médico como muñeca de un aparador. Enmudecí, me asusté… me congelé. Por fortuna las mujeres que estábamos formadas como ganado, hicieron caminar la fila.

Lo que escribo en este último párrafo es grotescamente revelador, ¿cuántos niños, niñas, hombres y mujeres son abusados sexualmente en sus revisiones médicas?, ¿cuántas familias omiten hablar y denunciar los abusos sexuales que se cometen en la "intimidad" de la convivencia familiar? Y lo peor, ¿por qué las víctimas enmudecen?, ¿por qué las familias, las personas y las sociedades enteras "empujan a los de la fila de adelante fingiendo que no ven lo que a todas luces sucede una y otra y otra y otra vez?, ¿por qué todavía hay miles y miles de personas que no han aprendido a identificar un abuso sexual? 



*Sasha, diminutivo de Alexander.