10 de noviembre de 2015

El día que conocí a Lenin

Por Fabiola Martínez

Tener un lugar a dónde llegar en Moscú es un tesoro invaluable, contar con el cariño y el hogar de la familia de Tania me daba seguridad, cobijo y también me evitaba conseguir la ayuda de compañeros que gestionaran permisos de pernocta en su residencia.

Martha y yo comenzamos a viajar a Moscú pretextando mil asuntos por resolver, lo más curioso del caso es que conseguíamos visa de viaje con cierta facilidad. En cada viaje nos procuramos tiempo suficiente para continuar descubriendo los tesoros cercanos a la Plaza Roja y los que resguardaba en interior del Kremlin donde, por cierto, se resguarda un complejo de iglesias-museo de belleza indescriptible.

Caminar por la Plaza Roja era agotador, sobre todo si lo hacíamos a finales de Otoño y principios de Invierno. Martha y yo procurábamos usar nuestras chamarras y no el abrigo que pesaba toneladas. Claro que usar chamarras implicaba otro “sacrificio”, que consistía en estar forradas por un montón de suéteres y camisetas, además de la bufanda, el gorro y los guantes. Al final del día siempre dolía el cuello y los hombros, pues tanta ropa limitaba los movimientos básicos como girar la cabeza para cruzar las calles, en vez de eso debíamos virar el torso completo.

Además de los múltiples museos y lugares de interés, el corazón de Moscú nos ofrecía mayores oportunidades de comer helado cubierto por una capa de chocolate, toda una delicia. Esos helados eran nuestra perdición. Si bien logramos dejar de atascarnos de pasteles, nunca dejamos de comer helado, lo cual era un gran avance, pues su venta en Jarkov era poco frecuente y muy pocas veces lográbamos comprar aquellos cubiertos de chocolate. Pero en el centro de Moscú descubrimos que, si de pronto se formaba una fila de gente, teníamos el 95 por ciento de probabilidad de comprar helados.

Un día nevado de invierno, Martha y yo recorríamos el Jardín de Alejandro y la tumba del “Soldado Desconocido” cuando nos percatamos de la formación súbita de una fila que no paraba de crecer. En una operación bien organizada yo me formé en la fila, avisando a los demás que venía con otra persona —de lo contrario me habría buscado una gran bronca, pues estar en las filas era todo un arte donde se buscaba el predominio del respeto—. Mientras, Martha fue de prisa a corroborar si el origen de la fila eran los magníficos helados.

Cuando Martha regresó conmigo traía cara de asombro y algo de confusión.
—Ya verifiqué para qué es la fila y, ¿a que no te imaginas de qué se trata?
—¿No son helados?
—No, es la fila para entrar al Mausoleo de Lenin. ¿Recuerdas que en clase de ruso nos explicaron que el cuerpo embalsamado de Lenin estaba resguardado en el Mausoleo?
—Sí, pero no lo creí, a mí lo que me gusta del Mausoleo es el cambio de guardia, no pensaba que fuera cierta esa historia.
—La fila es muy larga, tardaremos poco más de una hora en llegar ¿Nos quedamos?
—Sí. Aunque sigo sin creer.

Estar en la fila para el Mausoleo fue una experiencia singular. Desde allí podíamos ver con calma el movimiento de la gente, la arquitectura de los edificios y, un poco más avanzados, podíamos admirar la famosa estrella del Kremlin, que se decía estaba hecha de rubíes. Luego de estar en espera de entrar al Mausoleo, dejé de poner en duda la verdad de esa estrella y me dediqué a contemplarla.

Los cuidados para quienes ingresábamos al Mausoleo eran muchos, en cierto punto la fila fue custodiada por vallas y militares, quienes nos iban instruyendo en lo que se podía y debía hacer dentro y fuera del lugar. La gente que viajaba por Intourist tenía preferencia y pasaba sin fila. Así que la espera se prolongaba.

Llegados al punto de no retorno, todos dejamos las mochilas, bolsas o lo que tuviéramos cargando, a todos se nos registró para asegurar que no llevábamos armas y objetos que pusieran en riesgo el lugar. Debo admitir que, a partir de ese momento me sentí muy nerviosa, no podía creer que, pasado tanto tiempo, tuvieran a un hombre embalsamado, nada más y nada menos que al “padre” de la Revolución Bolchevique, tampoco podía creer que tendría el privilegio de mirarlo, ¿será real?, me preguntaba una y otra vez, pues ya no tenía permitido hablar con nadie que estuviera a mi lado.

Entré en un lugar que más bien parecía una cámara oscura. Lo único iluminado era el cuerpo de Lenin. La fila no podía detenerse más de cinco segundos, nadie debía tener las manos en los bolsillos, no se debía hablar.

Poco a poco me tocó estar en el punto más cercano. Sentí una especie de dolor en el estómago, eso fue de nervios, a simple vista Lenin parecía pequeño, delgado, ciertamente su palidez era como la de un muñeco de cera.

De repente escuché una orden con voz severa y me moví del lugar, me tocaba salir. La luz del día molestaba mis ojos, lo más rápido que pude me recuperé y recogí mi mochila, salí de la zona y Martha me alcanzó. Para ambas fue una experiencia única, impactadas y con hambre buscamos algo para comer e intercambiamos experiencias.


Luego del golpe de estado de 1991, todos los monumentos y símbolos de la época soviética fueron cuestionados y muchos de ellos atacados. Lo más paradójico del caso fue escuchar las opciones que tenían para deshacerse tanto del mausoleo como del “cuerpo” de Lenin. ¡Qué cosas tiene la vida!, el valor de los símbolos, hitos y mitos puede respaldar el sentimiento de arraigo, orgullo y pertenencia de una nación y, en un parpadeo puede formar parte del montón de desechos generados por la humanidad. 

3 de noviembre de 2015

Ni de la CIA ni de la KGB

Por Fabiola Martínez

Una vez dispuesta a estar en el camino que me llevaría a buenos términos en mi proyecto de vida en la URSS, organicé mis siestas vespertinas para tener tiempo de estudiar y hacer las tareas completas. Para mejorar mi estado de ánimo, dejé de estudiar en la habitación y acudí a la читальный зал sala de lectura, había una sala por cada piso y cada una tenía piano.

Todas las africanas estaban allí, también había una soviética tocando el piano. Allí conocí a una chica de Irán, era reservada pero logramos entablar una conversación. Noté que una conducta muy mía es estar absorta en lo que me acontece y por ello me perdía del mundo y de la riqueza de compartir con la gente, pero finalmente ya estaba en la actitud correcta.  

Llegando a la habitación Lila y Natasha tenían de visita a un compañero suyo que asistía a conversar con frecuencia. Cuando el chico se fue, ellas nos contaron a Martha y a mí, que el principal motivo de las visitas de su amigo era vernos, estar cerca de nosotros porque alguna le gustábamos.

—¿Y por qué no propicia conocernos, conversar o salir con nosotros?
—Lo tiene prohibido. Todos los varones tienen restricciones severas para hablar con extranjeras de países capitalistas. Sobre todo aquellos jóvenes que pronto harán el servicio militar.
—¿Él hará el servicio?, ¿acaso no hay excepción porque estudia?
—Irá a servir en Afganistán y tiene miedo. ¿Han escuchado sobre la guerra que hay allá?
—Sí, pero no me imaginaba que a él le tocara. —Contesté con asombro, pues existe la creencia que, mientras está lejos, el destino no te alcanza, pero lo hace no siempre por el camino más convencional.
—Los muchachos de nuestra facultad que hicieron el servicio en Afganistán ya regresaron, ¿qué no lo saben?, uno de ellos, el más sombrío, comparte habitación con uno de sus amigos nicas.
—Pero… nosotras no somos malas personas, ¿por qué no puede tener trato con nosotras?
—Porque se considera que ustedes pueden ser mala influencia y, que pueden ser usadas por la CIA para sacar información a nuestros muchachos.
—Pero ¿cómo?, yo no soy de la CIA, nadie me ha reclutado, nadie me ha propuesto nada…

Por puro morbo comencé a preguntar a los nicas por ese personaje recién llegado de Afganistán, y sí, se le percibía serio, callado, huraño y con una expresión de permanente enojo. Debía conocerlo, me dije, así que con ayuda de Joel conseguí pretextos para estar cerca de su habitación.

La personalidad de ese estudiante era tal como la describieron y más, parecía ser mucho mayor de edad, como si su servicio militar lo hubiera envejecido. La vida en la URSS me pondría en la oportunidad de compartir habitación con una afgana, conversando con ella me quedaron claros muchos asuntos.

El asunto de la paranoia soviética no me cayó tan de extraño, pues recuerdo que, cuando algunos compañeros y conocidos de la familia supieron que me iba a la URSS, me alertaron de las atrocidades cometidas por la KGB, en ese tiempo se hablaba mucho y muy mal de ese sistema, también se había publicado el libro Parque Gorki y era común que se pensara que la URSS era el rostro del mal. Esos conocidos daban por hecho que sería enrolada por esa organización. Ahora sé que ese terror permanente emanaba de la política internacional y nacional del inteligentísimo ex presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan.

Yo personalmente, nunca supe ni vi algo parecido a algún enrolamiento en el servicio secreto, aunque sí creo que nadie hace nada de manera gratuita, me sigo preguntando qué ganó la URSS con la inversión que hizo en mi educación. Tal vez algún día me entere…

Yo no fui la única latinoamericana en ser cuestionada por sus conocidos por ver una oportunidad de vida al irme a un país del bloque socialista. En la habitación 75 vivía una peruana con la que solía conversar. Ella no la pasaba nada bien, como todos y quizá en mayor medida, tenía miedo, vivenciaba el choque cultural de una forma más intensa. En ese proceso de asimilar el frío, las nevadas y los anocheceres tempraneros, se perdió un poco.

Una noche tocó en mi habitación, yo no escuché, pero las soviéticas sí. Le abrieron la puerta y, cuando desperté, la peruana estaba sentada en mi cama con mucha angustia, decía que en su habitación había micrófonos de la KGB. Como pude traté de calmarla, le dije que eso no podía ser cierto, que nadie le haría daño, la llevé a su habitación y regresé a dormir.

A los pocos días me enteré que la peruana estaba de regreso en su país, porque luego de esa noche tuvo una crisis y se la llevaron al hospital 15. Todos sabíamos que ese número indicaba un asunto psiquiátrico; sentí pena por ella y por los humanos, pues ante adversidades podemos ser tan frágiles, tan manipulables y, al final, a pocas personas les importamos, sólo somos un número o una cifra para los gobiernos poderosos.

Puse mayor atención a mi alrededor, conversé más con mis compañeros etíopes, su país estaba en las noticias por la inhumana hambruna, pero los noticieros poco hablaban de la guerra que vivían. Resultaba que, la buena voluntad de los estadounidenses y soviéticos apoyaban a diversos bandos, unos para instaurar la “libertad” y “democracia”, otros con la bandera de hacer un país del “proletariado”. Los etíopes tenían claro que a ambas partes, lo único que les interesaba eran los yacimientos de diamantes.  

Gracias a las charlas con el grupo de cubanos, supe de un asunto que motivaba su orgullo nacional, el “internacionalismo proletario” para liberar a Angola de la opresión Yanki.
—¿Cómo?, ¿qué tiene que ver Cuba con Angola?
—Les ayudamos a liberarse, el ejército cubano está allá, y también nuestros jóvenes, si les toca el sorteo, hacen el servicio militar en Angola.
—¡Eso es una intervención militar!, ¡como la que hacen los gringos! —Repliqué insultada.
—Tú no entiendes chica, lo que nosotros hacemos se llama internacionalismo.

Me rendí, no había manera, estaban convencidos de que su gobierno era diferente al estadounidense. Y hoy los entiendo en su intolerancia cada vez que leo a un revolucionario del Facebook defender con violencia a todo aquel que piense diferente al “Peje” o a Aristegui. Seguimos sin tener ganas de desarrollar un sentido crítico, seguimos fomentando ser un país de formas y no de fondo, un país de mucho por decir y poco por hacer. Nuestro país y el mundo merecen pensar más allá de una postura de derecha o izquierda, nuestra complejidad así lo requiere.

Con esas charlas claro que, le llamaran como le llamaran, los países más pobres, débiles y con cuantiosos recursos naturales serían reiteradamente invadidos o intervenidos bajo cualquier consigna, no importaba cual, lo relevante era mantener el caos, mover a sus gobiernos según las necesidades de cada intervencionista. No había a quién ir, soviéticos, cubanos, estadounidenses o quien fuera, aprovechaban la coyunturas para sacar raja política y económica de todo.


Las paradojas no terminaron con la conclusión de mis estudios. Tengo muy presente que, al buscar empleo luego de repatriarme en mi país, no faltaron los reclutadores que suponían, y hasta creían saber, que yo había tenido tratos con la KGB. ¡No se rían!, ¡es en serio! Resultó que incluso en mi nación fue difícil encajar; entendía que los soviéticos fueran paranoicos con lo de la CIA, pero que mis paisanos pensaran que tenía algo que ver con la KGB fue el colmo. 

27 de octubre de 2015

No hay mal que dure cien años

Parte 2
Por Fabiola Martínez 


Supe que estaba en una encrucijada de vida cuando el Decano de la Podfak me mandó llamar. Además de preguntarme cómo estaba, me hizo saber que, independientemente de mi cambio de carrera debía aprobar los cursos de Ruso, Biología, Química y Física. El Decano hizo énfasis en mi deber de asistir a todas las clases, pues en el último mes me estaba quedando dormida y no llegaba a Física.

Para mi sorpresa, a las clases de Biología sí asistía, a las de Química lo hacía de forma un tanto irregular pero, donde sí no tuve medida fue en Física, creo que sólo me presenté a las dos primeras clases y cuando retomé el curso, llegué tarde, obvio porque no me podía levantar y era a la primera hora. Mi reintegración a esa materia fue singular, a eso de las ocho quince am, abrí la puerta de mi grupo y un profesor de barba -muy al estilo de la moda del siglo XIX-, se distrajo y preguntó si estaba perdida.
-No, este es mi grupo, vengo a clase.
-¡Pues mucho gusto en conocerla!, ¡por poco y llega usted sólo al final del curso!
Lo que dijo y cómo lo dijo hizo que todos riéramos, pero yo además me sentí apenada y con cargo de conciencia por faltar tanto a clases.

Ese día quise morir, era impresionante todo lo que los compañeros estaban mirando, todos, incluida Martha, tenían un nivel muy bueno de matemáticas. Todos sabían multiplicar y dividir enormes sumas haciendo uso de estrategias universales, yo no encuentro otra razón, chicos de diversos países hablaban un lenguaje común mientras yo me decía: ¡Eso sí lo vi en la prepa!, lo sabría resolver si me dejaran usar la calculadora.

¡He allí el enorme problema!, nunca aprendí el origen del lenguaje matemático porque en mi preparatoria todo se resolvía apretando botones. Yo pensaba que Martha me llevaba ventaja por haber cursado la educación básica en una escuela privada de buen nivel pero, ¿y los demás?, en esos momentos eché chispas contra mis maestros por hacernos creer que sabíamos algo al obtener una nota aprobatoria, pero creo que ceder el lugar a la calculadora fue clave, aunque quizá el problema tenía asuntos de más fondo.

Cualquiera de ustedes puede llamarlo un mal de viejos, pero en mi país está sucediendo algo peor con el uso casi "santificado" de las famosas Tecnologías de la Información y la Comunicación, creo que darle tanto poder a esas "herramientas" le hará tanto daño a los alumnos como el que me hicieron mis maestros de matemáticas en su tiempo. Ahora los padres de familia y maestros piensan que con una tableta, los chicos se convierten en seres extraordinarios por las habilidades desarrolladas desde temprana edad. El tiempo tendrá la última palabra.

Mi caída libre también se reflejaba en mi vida fuera de la universidad. Martha y yo comenzamos a ser cómplices en compartir atracones de pasteles, helados y toda clase de golosinas. Ambas nos quejábamos del sobre peso pero no resistíamos la ocasión de comer como desesperadas.

El punto de quiebre tuvo lugar una tarde que regresamos de la escuela y compramos un pastel de chocolate completo. Como dos alcohólicos en rehabilitación, la ansiedad se apoderaba de nosotras en la medida que nos acercábamos a la residencia. Ya en la habitación, sentadas a la mesa, cortábamos una rebanada tras otra mirándonos con honestidad y comentando las preguntas vitales que nos atormentaban: ¿continuamos con este reto o nos regresamos a México?, ¿vale la pena echarlo todo por la ventana por estar de nuevo cerca de nuestros seres amados?, ¿estamos dispuestas a soportar y vivir nuestra derrota por estar nuevamente en la zona de confort?

Entre una pregunta y otra, entre una razón y otra, entre una justificación y otra, habíamos devorado más de la mitad de la torta de chocolate. Martha y yo nos miramos con determinación y aseveramos, ¡esto no puede continuar así!, ¡debemos elegir!

Ambas decidimos salir de la residencia y buscar la forma de canalizar todo ese peso que llevábamos a cuestas. Recuerdo claramente que esa tarde nevaba suavemente, los días previos también había nevado y todo el piso era un colchón de nieve... Me sentí segura y, luego de cruzar la calle, comencé a correr y a gritar con toda mi fuerza.

Al mismo tiempo que corría y gritaba con mis sentimientos hechos nudo, iba tomando conciencia del alcance de mis actos. Mi mente también se aclaraba. Fueron momentos vitales y decisivos, pues supe con certeza que me quedaría, supe también que estaba dispuesta a pagar el precio, supe que el autor de la destrucción de lo que me había construido con tanto esfuerzo, no iba a ser yo.

Esa salida fue una especie de exorcismo, una vez que crucé la puerta para regresar a la residencia, no daría marcha atrás. Quitar de mí los pésimos hábitos no fue sencillo, requerí poner más empeño, sin embargo tenía la certeza que lo lograría.

20 de octubre de 2015

No hay mal que dure cien años


Parte 1

Por Fabiola Martínez Díaz

Desde que empecé este blog, he recibido diversos comentarios de quienes también tuvieron la experiencia de vivir y estudiar en la antigua Unión Soviética; en ellos me dejan ver algunas de las fibras que se mueven al recordar sus propias vivencias que, aunque parecidas, en cada individuo se guardan emociones mucho más íntimas y personales de las que se evocan. 

No había transcurrido el primer mes de nevadas continuas cuando mi alma (en el sentido que los griegos clásicos daban a esta particularidad del ser humano), comenzó a experimentar aflicciones. Es difícil describir con palabras lo que sentí, así que lo haré en textos breves y diferidos. Creo que la obra de Beethoven conocida como "Sturmsonate", puede ayudarme a narrar mi tormenta interior, así que les incluyo el vínculo para compartirla con ustedes. 


Las noches largas y los días cortos debilitaban la coraza que me forjé para no dejar entrar a la nostalgia. La lucha por encontrar aliento para salir a caminar en una tarde oscura me venció, haciendo que optara por quedarme en la residencia. Acostumbrada a largas rutinas de movimiento físico por mis clases de ballet, mi cuerpo se sentía aprisionado y entumecido. 

Dormir por las tardes se convirtió en una opción para evadir, pero la exigencia en clase era mayor y requería de mí un esfuerzo igual. Martha vivía su propia versión de alma afligida, pero nunca supe a profundidad las cuestiones de la vida que le apuraban, como las charlas con ella eran sobre su novio en México, asumí que ese era el motivo de su tristeza, pero lo cierto es que no sabemos nada de nadie, ambas estábamos en un estado poco alegre. 

Los días cortos, fríos y nevados, eran propicios para que las soviéticas se reunieran a tomar té con varenie y pan negro con mantequilla. En numerosas ocasiones fuimos convidadas a tomar té y pronto adquirí la costumbre de comer pan negro con lascas de mantequilla. Con mis nuevos hábitos gané más kilogramos y eso me hacía sentir mal. Fue así como inicié un ciclo vicioso de comer, engordar, sentirme mal, comer. 

Una de las amigas de Lila o Natasha supo de mi nostalgia por volver a bailar, ella formaba parte del grupo de danza típica ucraniana y me invitó a su clase. El día pactado salimos juntas de la residencia, ya estaba oscuro y nevaba. La luz de la calle iluminaba de manera particular la nieve del piso. En la clase de danza me fue muy bien, fui bien acogida por la maestra de danza y por el grupo, estuve feliz y sonriente pero, siendo la reina del auto sabotaje, no me sentí con fuerzas físicas ni emocionales para regresar al grupo. Me preguntaba de dónde mi amiga soviética sacaba fuerzas para salir en la oscuridad y el frío.

Di un par de buenas y coherentes excusas para no asistir a danza típica ucraniana, lo cierto es que me afligía no poder responder a las preguntas que en ese entonces me planteaba la vida: ¿Y si me regreso a mi país?, ¿de dónde sacaré fuerzas para continuar?, aguantaré cinco años sin regresar a mi país?, ¿soportaré este invierno?

La vida en hacinamiento tampoco me venía bien, me sentía asfixiada. Empecé a experimentar la necesidad de comer de madrugada. Casi todas las madrugadas me levantaba a abrir el refrigerador y comía de las delicias que Lila y Natasha traían de sus casas. Cuando tomé conciencia de lo que hacía, agradecí a Dios y a la vida que mis compañeras no me increparan por mi comportamiento, al fin de cuentas, estaba cometiendo un abuso de confianza. 

Pero no hay mal que dure cien años, mi sentir y comportamiento llegarían a grados más agudos antes de encontrar el camino de regreso a la vida sana de una joven de 19 años. 

13 de octubre de 2015

Ande yo caliente, ríase la gente

Por Fabiola Martínez


A los primeros días de frío comenzaron los arreglos para esperar el invierno. Un día entre semana, posterior a la primera nevada, en la universidad se nos dio la instrucción de no ir a clases el día sábado, -durante toda mi estancia en la URSS, las clases se tomaban de lunes a sábado en horario completo-, en lugar de clases, requeríamos estar listos, todos, a las 9 de la mañana en nuestra residencia para ayudar en una tarea tradicional llamada subbotnik

Los maestros encargados del orden de la residencia hablaron con los y las soviéticas que convivían con extranjeros para saber si ya contaban con el material necesario para el subbotnik, ¿en qué consistía?, ¿por qué tanta disciplina?

Lila y Natasha, hablando mitad ruso mitad ucraniano, nos explicaron que la labor consistía en limpiar las ventanas y sellarlas para la temporada invernal. Las ventanas de las habitaciones y las puertas principales de la residencia eran dobles y hasta ese momento entendí por qué. 

Luego de limpiar a conciencia la ventana y de paso la habitación, Lila y Natasha colocaron un termómetro en la ventana y se aseguraron de colocar un par de clavos. Luego Lila me dio algo parecido a una estopa con la que debía rellenar todos los espacios que hubieren entre la ventana y la pared. Cuando todo estuvo listo, por encima del relleno se pasaba una especie de cinta adhesiva. 

Mis compañeras soviéticas me indicaron guardar toda la ropa de verano y colocarla sobre la cama, luego juntas fuimos a la cámara de seguridad y saqué mi maleta. Ya en el cuarto saqué las gorras suéteres, guantes y bufandas que mamá había puesto en mi equipaje, en su lugar metí toda la ropita ligera. Después regresé a la cámara de seguridad y guardé la maleta. 

Toda la residencia estaba en movimiento, fue una jornada amena y hasta juguetona. Pero todo ese candor quedó atrás cuando en poco tiempo comenzaron a dominar las temperaturas bajo cero, también se fue la risa cuando el día se acortó tanto, que estaba oscuro a las 5 pm y cerca de las 8 am comenzaba a salir la luz de sol. 

Lila comenzó a tener una rutina matutina algo extraña para mí porque, luego de levantarse veía el termómetro y se arreglaba para ir a la universidad, lo recuerdo porque ella, viendo mi pereza, se dio a la tarea de levantarme para que no perdiera clases. 

Así, cuando el frío se instaló comencé a odiar cada mañana. Mi salida debía ser a las 7:15 am, cuando más, así que respirar el aire helado a esa hora equivalía a sentir en mi garganta y en mi nariz un montón de cuchillos clavados...

Fiel a las costumbres de mi pueblo y de mi país, comencé a salir de la residencia tapándome la garganta y la nariz, pero mis amigas soviéticas me indicaban que no lo hiciera, que mi organismo debía adaptarse por sí mismo a ese cambio. Con todo el dolor de mi corazón obedecí sus indicaciones, finalmente, ¿qué sabía yo del invierno?

Uno de mis recuerdos más gratos de la época de frío permanente fue ver a las madres sacar a sus hijos a pasear como si fuese un día cualquiera, eso sí, la cabeza de los niños siempre estaba cubierta, primero por un paño de algodón, luego por la gorra. También era bello ver a esos bebés, en sus carriolas como de la época de los 50, cubiertos de su cuerpo y protegidos por un plástico adicional del carrito, pero siempre, siempre, con la cara descubierta. 

Durante toda mi estancia, y ya con amigas soviéticas con bebés, me llamaba la atención que, cuando no podían llevar a pasear a los pequeños durante el invierno, los ponían en la terraza, dentro de sus carriolas, como media hora, bien cubiertos por todas partes, excepto la cara. 

Apenas hace casi dos años, gracias a mi fabuloso neumólogo, que por casualidad es egresado de la Lumumba, comprendí por qué los soviéticos tenían esa costumbre, al final de cuentas, cada órgano de nuestro cuerpo es sabio y perfecto (si somos sanos de nacimiento), una nariz sana, también sabe lo que debe hacer y lo hace. Así de sencillo.