25 de agosto de 2015

"De bien nacidos es ser agradecidos"

Mi eterna gratitud a Tania Sergeyevna P.

Por Fabiola Martínez

De unos años a la fecha, en mi cumpleaños recibo una hermosa llamada de la Maestra Delia. Ella fue amiga de mamá desde su tierna juventud y tanto a mí como a mis hermanas nos reserva un cariño casi de hijas. Lo suyo, creo, además de ser un gesto de amor hacia nosotras, es también el reflejo de una amistad surgida al amparo de la gratitud, pues de mi madre recibió protección, consejos y cariño al llegar a mi pueblo, donde recibió su primera plaza de educadora.

De regreso a Moscú, Martha y yo nos encontrábamos tumbadas en la recepción. Apenas comenzaba a pasar por mi mente la estación de trenes para pernoctar, cuando miré hacia un lado y vi a una chica haciendo antesala.

-¿Eres estudiante?- pregunté sólo por no dejar, pues mis esperanzas eran pocas.
-Sí.
-¿De casualidad conocerás algún lugar donde podamos pasar la noche?
-¿De dónde son?
Martha se incorporó a la charla y comenzamos a dar un resumen de nuestras aventuras. Y sin más, conocimos a una de las personas más extraordinarias que la vida nos puso en el camino: Rosario Cortes, una chica formal y meticulosa.
-Creo que puedo ayudarlas, pero antes debo hacer una llamada. Las veo a las seis de la tarde en la estación de tren X, frente al muro "tal", sean puntuales.

Salimos de la embajada controlando el excesivo entusiasmo que sentíamos, parecía inverosímil que, justo cuando pensábamos que ya no había opción, la vida nos ponía al lado una oportunidad. En ese estado de alegría tomaron un enorme sentido los refranes de mamá, "después de la tormenta viene la calma" y "al final del túnel siempre hay una luz.

Los muchos consejos y enseñanzas de mi madre empezaban a tener un sentido rotundo, ¡vaya manera de aprender significativamente!

Nuevamente Martha y yo decidimos visitar el centro de Moscú, yo pedí conocer el teatro Bolshoi, quería enterarme cómo conseguir un boleto para ver una función en el lugar que algún día fue parte de mis grandes sueños. Los boletos para gente "de a pie", estaban vendidos y no habría espacio hasta después de cinco meses, otros boletos eran reservados para turistas de alto rango y se pagaba una suma considerable por ellos.

Esta vez, paseamos por el Parque Alejandro Pushkin disfrutando todo, especialmente el aire que respirábamos. No entramos a ningún lugar, sólo caminamos deleitándonos con el ambiente de esa zona de la ciudad, observando la arquitectura, la amplitud de sus banquetas y avenidas.

Con mucha anticipación entramos al metro, disfrutamos la belleza de las estaciones que se encontraban dentro y en la koltsovaya línea (la del anillo), nos dirigimos al punto de encuentro, que se trataba de una estación muy alejada, de las últimas.

Rosario llegó y nos explicó que requirió hacer una llamada porque debía preguntar a su amiga y a sus padres, si podían recibirnos. Rosario estaba como en tercero o cuarto de la carrera, su mejor amiga era Tatinana Sergeyevna, una moscovita que también estudió Pedagogía. Debíamos ser discretas y bien portadas, pues si bien la familia Pilshikova recibía a Rosario como a una hija, para ellos era importante el respeto a su modo de vida.

Ya juntas las tres, fuimos a la última estación de la línea del metro, salimos y abordamos un autobús, luego de cinco o diez minutos bajamos y nos adentramos en el equivalente a unidades habitacionales. Llegando al departamento de la familia, la madre nos recibió con un abrazo, el padre nos saludó amablemente y luego nos invitó a ver con él el televisor, si queríamos, hasta cambiaría el canal y pondría las caricaturas.

Fuimos a la cocina a tomar un té caliente, jugamos un rato con "Grisha", el perro que entendía el ruso mejor que yo. Luego de conversar con la traducción de Rosario, preguntamos si podíamos tomar una ducha (nos urgía), al salir de la ducha ya estaba preparado el sofá cama, sábanas limpias y silencio para descansar. ¿Podía haber mejor fortuna?

A partir de ese día, la familia Pilshikova nos recibió en Moscú sin ninguna reserva, sólo había que llamar antes de viajar para ponernos de acuerdo, en cada ocasión de viaje la madre de Tania me compraba cuentos y el padre comenzó a conversar un poco más con nosotras. Su calidez rompía todos los paradigmas que los latinos tenían hacia los rusos, lo importante era estar abiertos a la posibilidad de que la gente de otra cultura, expresa sus emociones de distinta manera, mas no por ello sienten menos que nosotros. El respeto hacia lo diverso hizo que las puertas de su casa estuvieran abiertas hasta mi último día de estancia en Moscú.

Bien cobijada, limpia y protegida, llegó a mí un recuerdo. Mamá solía mostrar interés en nuestros amigos y en sus sobrinos jóvenes, si observaba que alguno andaba medio extraviado en sus sentires, conversaba con él. Uno de mis primos siempre supo que con mamá,  tenía un lugar para refugiarse cuando lo necesitara.

Una ocasión yo cuestioné a mamá sobre su forma de tratar a los jóvenes y de interesarse por sus asuntos. Ella me contestó...

-De joven tomé decisiones que la vida me cobró muy caro, siempre he creído que mi vida hubiera sido diferente si en lugar de criticarme, me hubieran aconsejado sin prejuicios.
-Mamá, pero todo eso ya pasó y no puedes cambiar nada, tu familia te seguirá juzgando y marginando, es más, para la abuela y los tíos (y tías), siempre serás el miembro de la familia que los avergonzó.
-Eso no es lo que me importa, hago lo que hago porque quiero que, si alguna vez mis hijos necesitan un consejo y yo no estoy cerca, Dios ponga en su camino a personas que puedan ayudarlos y llevarlos por el buen camino.

Y bien, yo estaba allí, en el sofá cama, protegida por el calor y cariño de una familia desconocida, un afecto generado por el respeto y cariño ganado por Rosario y que creo, yo seguí cultivando incluso un poco después de salida definitiva de Moscú.

Habrá quien llame a esto coincidencia, otros lectores quizá digan que es probabilidad y estadística, otros que fue el destino o karma, yo desde entonces digo que son las bendiciones de una madre que Dios siempre escuchó.

La noche siguiente tomamos el tren hacia Jarkov, nuevamente viajamos de madrugada, como era la costumbre. Antes, volvimos a pasear por el centro de Moscú y, esta vez, entramos a uno de los maravillosos museos del Kremlin.

18 de agosto de 2015

Encontrar “la aguja en un pajar”

Por Fabiola Martínez


Como algunos de mis lectores comentaron, hubo un plan de ir a las residencias de la Universidad de los Pueblos Patricio Lumumba, pero éste no surgió por la idea de resolver dónde pasar la noche, más bien fue movido porque Martha requería localizar a una persona que llegó para estudiar postgrado y le trajo correspondencia de su novio y familia.

Una vez que Martha me hizo saber sus deseos y motivos reales de apurar mi viaje a Moscú, me quedó claro que se trató de un quid pro quo. Así que iríamos a la Lumumba a recoger las cartas pero, antes, elegimos caminar por el centro de Moscú, ¡vaya con nuestras prioridades!

De la embajada mexicana nos trasladamos a la Plaza Roja para conocer San Basilio, pero estaba cerrada, no sé si fue ese año que comenzó pero el edificio se mantuvo en restauración prácticamente los cinco años que viví en la URSS.

De San Basilio caminamos hacia el Государственный Исторический музей (Museo Nacional de Historia), creo que de paso nos quedaba la enorme tienda llamada Gum, o tal vez intencionalmente nos desviamos a ella. El caso es que entremos a esa enorme tienda de tres o cuatro pisos, nunca pensé que los soviéticos tuvieran algo así. Allí se vendía joyería (de hermosa factura), ámbar, ropa, zapatos… Lo que más me llamó la atención fue la cantidad y buen precio de las joyas con piedras preciosas.

Por fortuna Martha y yo compartíamos la afición por los museos y el conocimiento de la cultura, así que corregimos el rumbo y llegamos al Museo Estatal de Historia, fue una experiencia fascinante, pero no le dedicamos el tiempo necesario porque debíamos ir a la Lumumba.

A casi treinta años de distancia, recuerdo, escribo y corroboro que cometía una imprudencia tras otra. Martha y yo llegamos a la zona de residencias estudiantiles sin saber en cuál vivía la persona que vino de México al postgrado, ella sólo conocía el nombre completo, por tanto comenzamos a detener a toda persona que parecía latinoamericano, para preguntar por “un mexicano que vino a tal postgrado”.

Localizar a ese mexicano en una zona tan grande y multicultural, equivalía a “encontrar una aguja en un pajar”, pero la fortuna acompañada de toneladas de oraciones de mi madre nos condujeron al lugar donde vivía el compatriota, incluso tuvimos la suerte de encontrarlo en su habitación.

Pronto concluyó la entrega de cartas y la conversación sobre el estado de salud de la familia de Martha, recordemos que hacía poco tiempo había sucedido el terremoto de 1985. Como era de esperarse, Martha preguntó sobre la posibilidad de contar con su ayuda para pasar la noche allí, pero recibimos una negativa, quizá porque él tenía mayor edad, quizá porque recién llegaba y aún no tenía tiempo de ser empático con las peripecias de encontrar un sitio para dormir.

Salimos desalentadas de esa residencia y comenzamos a preguntar a cualquier latino si nos podía ayudar a pasar la noche allí... No logramos nada. Sintiendo la rudeza del desamparo, recordamos que dos de nuestros compañeros de viaje México-Moscú estaban estudiando la Facultad Preparatoria en la Universidad Lomonosov y para allá fuimos con la convicción de que no nos desampararían, nuevamente comprobé cómo los pensamientos en positivo sumados a actos lógicos allanan los caminos, por eso antes llamamos a la residencia de nuestros amigos para asegurarnos de que nos esperaran.

Otra vez a trasladarnos en metro, esta vez de la Lumumba a la Lomonosov, ya muy cansadas fuimos recibidas por los dos compatriotas. Su residencia era muy linda comparada con la nuestra, en sus habitaciones dormían cinco personas y eran mucho más amplias, a diferencia de la nuestra, en su residencia no habitaban soviéticos.

En la llamada telefónica previa, los mexicanos nos indicaron que debíamos pasar por la recepción de la residencia actuando como parte de la población local, así evitaríamos entregar a la babushka nuestra identificación en la entrada.

Logramos ingresar sin ser perseguidas por la babushka, pero la suerte no duró mucho, los chicos debían consultar con sus compañeros si permitían que nos quedáramos a dormir en el piso. Dos de cinco se opusieron, así que Antonio, creo que así se llamaba el mexicano más movido, buscó el apoyo de sus amigas latinoamericanas.

Sólo conocimos a cuatro de las cinco chicas de ese cuarto, de ellas, a quienes más tengo presente es a una dominicana y a una chilena, ¡hay que ver que el mundo es pequeño!, a esa chilena me la encontré en Universidad de La Habana, ambas estudiamos juntas para aprobar el examen de gramática superior.

Martha y yo dormimos juntas en la pequeñísima cama disponible, al amparo de un techo y una cobija, por fin las reflexiones de la suma del día nos obligaron a aceptar con conciencia que la vida no se debe tomar a la ligera.

Al día siguiente desayunamos en el comedor estudiantil y fuimos nuevamente a la embajada. Para sumar más aprendizajes de vida, la agregada cultural me trató como si yo hubiera sido la responsable del enredo con mi carrera, luego de regañarme y sentenciar que no era tarea fácil lo que ella debía hacer, me citó para regresar al día siguiente y concluir mi trámite. Con ese trato ni ganas nos dieron de pedirle apoyo para pasar la noche, lo que sucede cuando no conocemos nuestros derechos... 

Martha y yo salimos de la oficina de la agregada cultural como si nos hubieran pateado, nos sentamos en las sillas de la recepción, estábamos cansadas y maltrechas. Sin más ideas brillantes, Martha me miró al mismo tiempo que yo busqué su mirada, ya sin aliento y sin ocurrencia alguna nos preguntamos, y ahora... ¿Qué vamos a hacer?

11 de agosto de 2015

La aventura de viajar a Moscú o ¿se volvieron locas?

Por Fabiola Martínez Díaz

Creo que todos o la mayoría de los estudiantes que llegamos a la Facultad Preparatoria (podfak), firmamos una carta compromiso donde sobresalían dos obligaciones: participar y/o realizar actividades para dar a conocer nuestra cultura y, la más importante, no debíamos salir más allá de unos treinta o cuarenta kilómetros de nuestra ciudad asignada. Incumplir este acuerdo daba derecho al gobierno de la URSS a deportarnos.

Para salir a otra ciudad, requeríamos una visa y una invitación donde se indicara la dirección donde pernoctaríamos. Si mis tovarish recuerdan bien, esto era una odisea porque prácticamente no existían hoteles y éstos no admitían a un extranjero sin su visa. Así que debíamos pedir a un conocido o amigo tramitar la invitación para que nos permitieran pasar la noche en su residencia.

Iniciábamos el segundo trimestre, a mi programa de estudios se agregaron asignaturas como biología, química, física y matemáticas, ¡una locura!, para cursar estas materias se unieron a nuestro grupo los estudiantes que eligieron medicina y química. Otro nivel de conocimientos que a mí no me gustaba, volví a sentir ansiedad por mi situación académica. Para entonces ya sabía que si no estudiaba algo que me encantara, al menos viviría en una de las grandes ciudades. Por ello elegí la carrera de filología o traducción e interpretación en la ciudad de Kiev y se lo comuniqué al vicedecano.

El vicedecano estaba contento por mí pero, para que la felicidad fuera completa, yo debía tramitar el cambio a través de mi embajada… ¿Qué, qué? Afortunadamente Martha siempre estaba cerca y me animó a lanzarnos a la aventura de viajar a Moscú. En ese momento el vicedecano escribió las indicaciones para tramitar la visa de ambas.

El trámite fue rápido y sin preguntas. Ya en nuestro cuarto me di cuenta que no teníamos resuelto el lugar para dormir, el vicedecano también olvidó pedir ese dato. Para el espíritu aventurero y travieso de Martha no había comparación, enseguida ella buscó los datos de su antiguo maestro de ruso y le llamó para decirle que lo visitaríamos de paso por Moscú (pero nunca le dijo que queríamos pernoctar en su casa, ¡ups!)

La visa para resolver mi cambio de carrera nos permitía estar hasta una semana hábil en Moscú; no sabíamos cuánto tiempo nos tomaría mis trámites, pero no pensamos en ello, pues la insolencia de la juventud nos hizo suponer que todo sería sencillo, como en nuestro país.

Fuimos a la estación de tren y compramos nuestros boletos en la oficina de Intourist, tomamos el tren al día siguiente, pasaríamos la noche viajando, como se estilaba en tramos tan largos, creo que el trayecto era de unas doce horas.

El primer día ubicamos las rutas para movernos en el metro, lo cual era sencillo por su diseño, además que la belleza de numerosas estaciones hacía que quedáramos boquiabiertas contemplando otro concepto de transporte público. También obtuvimos la información para llegar a la embajada mexicana e hicimos nuestra propia indagación para hospedarnos en un hotel. A pesar de tantas advertencias, nos parecía absurdo e increíble que no pudiéramos reservar una habitación. Incluso estábamos decididas a usar nuestros pocos dólares pero simplemente no conseguimos cosa alguna.

Llegada la hora nos trasladamos a la casa del maestro de ruso, quien vivía con su esposa e hijo en uno de los muchos departamentos de los complejos habitacionales. Él y su esposa nos recibieron con mucha amabilidad, tomamos té y les platicamos lo que nos pasó en los hoteles. El rostro del maestro empezaba a tener signos de preocupación, a Martha se le hizo fácil preguntarle si podíamos pasar la noche en su apartamento, pero casi se le sale el corazón. Resultó que, por haber vivido en un país capitalista (México), él no podía tener contacto más íntimo con extranjeros sin avisar a sus jefes; así que nuestra solicitud lo ponía en aprietos.

Finalmente estábamos tratando con un ser humano, así que nos permitió dormir en su sofá cama, pero nos advirtió que no podía ayudarnos más. Justo en la sala de ese departamento comencé a sentir el rigor de las consecuencias de actos inconscientes, pero ya estábamos en Moscú y yo debía resolver mi cambio de carrera, así que me la jugaría, esta vez con la certeza de estar en el desamparo.

Lo último que Martha y yo hicimos ese día fue cambiar unos dólares por rublos y precisamente le pedimos a ese maestro de ruso que nos ayudara. En un acto de honestidad, rectitud y estricto apego a las reglas que rayaba en estupidez, hicimos el cambio según se indicaba oficialmente, nadie en su sano juicio hacía lo que nosotros, pues se perdía mucho dinero debido a que el control sobre el dólar era fuerte y por ello en el mercado valía tres o cuatro veces más. Aunque, siendo sinceros, tampoco consideramos adecuado provocar que ese maestro se metiera en más problemas.

Al otro día la pareja debía ir a trabajar, nos levantaron temprano, nos dieron té negro con pan negro y mantequilla y nos despidieron. Martha y yo salimos con tiempo suficiente para llegar a la embajada y esperamos a que abrieran. Las puertas del edificio estaban flanqueadas por dos militares soviéticos muy serios. 

En cuanto abrieron la embajada entramos a exponer mi caso y, como si se tratara de la ley de Murphy, la agregada cultural no se encontraba porque que tenía permiso para faltar ese día y era la única persona que podía resolver mis asuntos. Antes de irnos de la embajada nos aseguramos de verificar que al día siguiente la señora se presentara para atendernos. Nos quedó el resto del día para pasear por Moscú y resolver dónde pasaríamos la noche...

4 de agosto de 2015

“La única patria que tiene el hombre es su infancia” [Rainer María Rilke]

(Parte 2)

Por Fabiola Martínez

Una de las tantas razones por las que escogí la beca para la URSS, fue por la garantía de aprender el ruso en un año, eso parecía estar en “chino”, pero era la mejor oferta de becas debido a que, como egresada de escuelas públicas, mi nivel de inglés era fatal para calificar en otro país.

Esa razón quedó en el olvido estando ya en el ruedo, pues la metodología de la enseñanza del idioma ruso me parecía para subnormales. La primera mitad del semestre tuve una maestra que sólo nos hablaba en ruso y, aunque nos enseñaba las palabras básicas de comunicación, usaba dibujos para que los asociáramos al concepto.

Apenas logré conectar dos neuronas con los dibujos y ¡zaz!, comenzó el aprendizaje de un nuevo alfabeto que requeríamos dominar en sus dos versiones: manuscrita y de molde. La única asignatura adicional fue fonética, donde curiosamente nos enseñaban a cantar y, obvio, a memorizar canciones, ¿para qué?... luego lo sabría.

Para colmo, la estricta maestra de fonética o canto (a los latinos nos daba igual), también se encargaba de llegar a supervisar nuestras habitaciones, esa mujer era toda una “matrona”. Después de clases, ella y varios maestros de ruso nos llevaban al circo, al zoológico y a los parques. ¿Podía sentirme más infantil?

En esa primera mitad del semestre no recuerdo haber tenido tareas de casa, todos los alumnos de la podfak íbamos de un lado a otro sin parar; sumado al hecho del esfuerzo diario de darnos a entender para comprar nuestra comida o lo que necesitáramos.

La misma maestra de canto fue quien nos llevó a la tienda especial para extranjeros donde nos dotaron, sin costo alguno, de un guardarropa para invierno: botas, abrigo, bufanda, guantes, gorro y chamarra para otoño. Con esa sutileza “matriarcal” que todos alucinábamos, la maestra nos enseñó el “arte” de arroparnos debidamente para la temporada de frío, ¡Dios, qué pena!, más que maestra parecía que tenía a mi abuela Rita dentro del vestidor, fue un rato bochornoso pero vital.

Cuando ya teníamos encima el otoño, la maestra de ruso llevó a mi grupo básico (Martha, Landua, Julio, los chicos de Campuchía y el compañero de Etiopía), a una escuela primaria. Allí nos esperaban, impacientes, niños como de segundo grado. Lo único que debíamos hacer ante el grupo era presentarnos: nombre, país de origen, edad y alguna frase más.

Estando frente al grupo, los niños nos miraban con ojitos y expresiones de asombro y absoluto respeto. Cada miembro de mi grupo se iba presentando con uno que otro tropiezo por pena u olvido, entre más nos escuchaban los niños inclinaban su cuerpo hacia delante, como si quisieran saltar de su pupitre para ayudarnos.

Esos hermosos niños repetían (moviendo sólo los labios), las palabras que decíamos. Con su mirada nos alentaban para terminar las frases que por pena o nervios, no terminábamos de articular; también expresaban orgullo cuando terminábamos la presentación.

A partir de esa visita me quedó claro algo, la metodología de la enseñanza del ruso era infalible, absolutamente estudiada y comprobada. Yo, con 19 años y con un pensamiento lleno de prejuicios que rápido tomé de los adultos, no lograba abrirme a la experiencia del circo, zoológico o parque, lugares donde los niños aprenden los grandes asuntos de su vida: nombres de animales, colores, texturas…

Frente a ese grupo de pequeños, nuevamente recordé la generosidad, inocencia y paciencia que pueden tener los niños hacia los adultos. Nos recibieron con alegría y asombro, como si les hubieran prometido tener un pedazo del mundo; nos escucharon sin juzgar y se alegraron por nuestros avances.

Todo estaba calculado, aprendíamos un idioma difícil a partir de la recuperación de nuestra capacidad de asombro, los niños, sin duda, seguían siendo nuestros mejores maestros. Desde esa tarde y hasta el final de nuestra preparatoria, las visitas a escuelas fueron una constante.

Tomar conciencia es un proceso que no tiene retorno, a menos que intencionalmente la hagamos a un lado para permitir o permitirnos dañar a un niño, ya sea física, verbal, psicológica o sexualmente. Como ironías de la vida, me fue encargado un pequeño trabajo sobre abuso sexual infantil. Desde entonces y hasta hoy, es un tema que por mi cuenta sigo abordando en manuales que pronto verán la luz.

En verdad hay mucho por hacer en ese tema, sobre todo porque las familias, el principal lugar donde se abusa de niños y niñas, es la primera que niega el hecho y prefiere mirar hacia otro lado. Como sociedad global también miramos a otro lado con los niños soldados, los que viven es esclavitud y, tristemente, con los niños y adolescentes que justo ahora, en México, ya forman parte de los activos del crimen organizado, por amenaza o voluntad, finalmente ahí están.

¿En qué clase de bestias insaciables nos hemos convertido como sociedad y como planeta? 

28 de julio de 2015

¡Ay Nicaragua Nicaragüita la flor más linda de mi querer!

Por Fabiola Martínez

Hace un par de meses vi una película basada en el libro de Gary Webb, que en México se tituló “Maten al mensajero”, del director Michael Cuesta. Para mí fue muy significativa, trata de cómo el gobierno de Estados Unidos, entonces encabezado por Ronald Reagan, se dedica a traficar cocaína para financiar el apoyo militar que le prestaron al grupo armado nicaragüense denominado “los contras”. ¡Ah qué arrecha me puse!

Las relevaciones hechas por la investigación del periodista Webb, hicieron preguntarme ¿cuánto ganaron los ex presidentes desde el año 2000 para permitir una guerra abierta al crimen organizado en México?, ¿quiénes y cuánto ganan por tanta violencia los congresistas y políticos de todos los niveles de gobierno?

De cierta forma y toda proporción guardada, en esta parte de la historia mexicana, compartimos con Nicaragua el estigma de haber visto derramar la sangre de los nuestros para garantizar las colosales ganancias del sector armamentista y médico de nuestro vecino país del norte.
Los nicaraguenses de la facultad preparatoria de Jarkov, que también fueron mis vecinos en Kiev, tienen un lugar de amor filial en mi historia de vida. Vivencias compartidas, cálida compañía y charlas sinceras acerca de sus experiencias sobre una guerra que llevaba décadas y que, al fin, parecía tener la posibilidad de llegar terminar. Con los nicas siempre hubo algo que me hizo sentir entre familia, particularmente tres de ellos eran como mis hermanos. Aún ahora, a punto de cumplirse treinta años de haberlos conocido, recordar sus rostros me provoca una sonrisa de alegría, cariño y nostalgia.

El primer acercamiento con el grupo de nicas de mi residencia fue propiciado por mi amiga Diana Danzós, lo demás fluyó solo. Los integrantes de ese grupo eran Graciela, Bayardo, Guillermo, Iván y Joel. Hubo otro nica de quien no recuerdo el nombre porque decidió regresar a Nicaragua antes de terminar el otoño.

Iván, Guillermo y Graciela fueron las únicas personas con las que Martha quiso intimar y a quienes les tomó un profundo cariño. La convivencia con ellos era más en la residencia que en la universidad, pues no coincidíamos por estar en grupos diferentes, ya que ellos se preparaban para ser entrenadores deportivos y nosotros para Biología.

Recuerdo con especial gratitud el gesto de protección que Martha tuvo hacia mí cuando Joel intentó conquistarme. Bayardo también hizo su labor conmigo, pero para entonces yo había aprendido la lección y supe cómo actuar. Sólo Iván y Guillermo entendieron y respetaron nuestra prioridad en ese tiempo, así que tomaron el simple, pero importante papel de hermanos.

Con mucha frecuencia nos reuníamos para comer o mejor dicho para “atascarnos” de comida, las reuniones eran en la habitación de Graciela porque a nuestras soviéticas les desagradaban nuestros amigos nicaragüenses, creo que se debía a que les parecían más pobres que los demás, aunque no por ello dejaron de visitarnos en nuestra habitación.

Antes de que iniciara el invierno, Graciela, Guillermo e Iván, se convirtieron en las personas más importantes para hablar de nuestras ansiedades, nostalgias y para descifrar la angustiosa disyuntiva de seguir adelante con la beca o regresar por no soportar la tristeza de extrañar a nuestra familia y país. Con ellos también aprendimos sobre la vigencia de un tiempo verbal en desuso para nosotras, el famoso vos tenés, o hacés, pero sobre todo la versatilidad y uso cotidiano del verbo “verguear” y su equivalencia con nuestro ineludible “chingar”.

La primera persona que me platicó abiertamente sobre su sentir al estar en la URSS, fue el nica que regresó a su patria. Cuando vino a despedirse de mí le pregunté la causa que lo hizo decidir regresar tan rápido, pues él había llegado mucho después que su grupo.

-¿Ves esta playera que tengo puesta?, esto y lo que llevaba en la mochila fue lo único que pude traer de ropa.

-¿Tan difícil está la situación en Nicaragua?

-Hay mucha pobreza, sí, pero la razón principal por la que no pude traer ropa fue porque prácticamente bajé de “la montaña” y subí al avión para venir a estudiar.

-¿Fuiste guerrillero?- pregunté con temor de ser políticamente incorrecta.

-No, a la mayoría de nosotros nos tocó ir a “la montaña” a alfabetizar, pero me regreso porque me siento cansado y soy mayor que ustedes, estoy fuera de lugar y no quiero pasar este tiempo sacando una carrera de forma mediocre, seré más útil en mi país.

Mientras mantuvimos este diálogo, por primera vez me detuve a mirar la ropa que mi interlocutor llevaba puesta, su delgadez me hizo poner los pies en la tierra para no olvidar la realidad de Latinoamerica, gente de trabajo duro, como mi familia, que no sentía vergüenza de lavar y usar la misma ropa cuantas veces fuera necesario, gente que se hacía valer por lo que eran y no por lo que llevaban.

A partir de ese día me interesé por conocer Nicaragua no por lo que se decía en las noticias, sino por las experiencias personales de mis amigos, aprendí que cada hecho es vivido y percibido de forma particular en dependencia de las circunstancias en que la persona se encuentra. 

Las experiencias de juventud, buenas y malas, nos preparan para enfrentar las experiencias buenas y malas de la vida: Ese pasado remoto, que me revela aún la dignidad de aquel amigo "nica", me ha permitido tomar, en su justa medida, los sinsabores al sostenerme de pie  frente a gente sin escrúpulos que, por no perder "su juguete" (literalmente hablando), han sido capaces de aprovecharse del poder que la política y el dinero conceden, aún así mantengo mi frente y dignidad en todo lo alto. 

Cuando extraño a mis amigos, escucho esta canción que se comparte en Youtube.