4 de agosto de 2015

“La única patria que tiene el hombre es su infancia” [Rainer María Rilke]

(Parte 2)

Por Fabiola Martínez

Una de las tantas razones por las que escogí la beca para la URSS, fue por la garantía de aprender el ruso en un año, eso parecía estar en “chino”, pero era la mejor oferta de becas debido a que, como egresada de escuelas públicas, mi nivel de inglés era fatal para calificar en otro país.

Esa razón quedó en el olvido estando ya en el ruedo, pues la metodología de la enseñanza del idioma ruso me parecía para subnormales. La primera mitad del semestre tuve una maestra que sólo nos hablaba en ruso y, aunque nos enseñaba las palabras básicas de comunicación, usaba dibujos para que los asociáramos al concepto.

Apenas logré conectar dos neuronas con los dibujos y ¡zaz!, comenzó el aprendizaje de un nuevo alfabeto que requeríamos dominar en sus dos versiones: manuscrita y de molde. La única asignatura adicional fue fonética, donde curiosamente nos enseñaban a cantar y, obvio, a memorizar canciones, ¿para qué?... luego lo sabría.

Para colmo, la estricta maestra de fonética o canto (a los latinos nos daba igual), también se encargaba de llegar a supervisar nuestras habitaciones, esa mujer era toda una “matrona”. Después de clases, ella y varios maestros de ruso nos llevaban al circo, al zoológico y a los parques. ¿Podía sentirme más infantil?

En esa primera mitad del semestre no recuerdo haber tenido tareas de casa, todos los alumnos de la podfak íbamos de un lado a otro sin parar; sumado al hecho del esfuerzo diario de darnos a entender para comprar nuestra comida o lo que necesitáramos.

La misma maestra de canto fue quien nos llevó a la tienda especial para extranjeros donde nos dotaron, sin costo alguno, de un guardarropa para invierno: botas, abrigo, bufanda, guantes, gorro y chamarra para otoño. Con esa sutileza “matriarcal” que todos alucinábamos, la maestra nos enseñó el “arte” de arroparnos debidamente para la temporada de frío, ¡Dios, qué pena!, más que maestra parecía que tenía a mi abuela Rita dentro del vestidor, fue un rato bochornoso pero vital.

Cuando ya teníamos encima el otoño, la maestra de ruso llevó a mi grupo básico (Martha, Landua, Julio, los chicos de Campuchía y el compañero de Etiopía), a una escuela primaria. Allí nos esperaban, impacientes, niños como de segundo grado. Lo único que debíamos hacer ante el grupo era presentarnos: nombre, país de origen, edad y alguna frase más.

Estando frente al grupo, los niños nos miraban con ojitos y expresiones de asombro y absoluto respeto. Cada miembro de mi grupo se iba presentando con uno que otro tropiezo por pena u olvido, entre más nos escuchaban los niños inclinaban su cuerpo hacia delante, como si quisieran saltar de su pupitre para ayudarnos.

Esos hermosos niños repetían (moviendo sólo los labios), las palabras que decíamos. Con su mirada nos alentaban para terminar las frases que por pena o nervios, no terminábamos de articular; también expresaban orgullo cuando terminábamos la presentación.

A partir de esa visita me quedó claro algo, la metodología de la enseñanza del ruso era infalible, absolutamente estudiada y comprobada. Yo, con 19 años y con un pensamiento lleno de prejuicios que rápido tomé de los adultos, no lograba abrirme a la experiencia del circo, zoológico o parque, lugares donde los niños aprenden los grandes asuntos de su vida: nombres de animales, colores, texturas…

Frente a ese grupo de pequeños, nuevamente recordé la generosidad, inocencia y paciencia que pueden tener los niños hacia los adultos. Nos recibieron con alegría y asombro, como si les hubieran prometido tener un pedazo del mundo; nos escucharon sin juzgar y se alegraron por nuestros avances.

Todo estaba calculado, aprendíamos un idioma difícil a partir de la recuperación de nuestra capacidad de asombro, los niños, sin duda, seguían siendo nuestros mejores maestros. Desde esa tarde y hasta el final de nuestra preparatoria, las visitas a escuelas fueron una constante.

Tomar conciencia es un proceso que no tiene retorno, a menos que intencionalmente la hagamos a un lado para permitir o permitirnos dañar a un niño, ya sea física, verbal, psicológica o sexualmente. Como ironías de la vida, me fue encargado un pequeño trabajo sobre abuso sexual infantil. Desde entonces y hasta hoy, es un tema que por mi cuenta sigo abordando en manuales que pronto verán la luz.

En verdad hay mucho por hacer en ese tema, sobre todo porque las familias, el principal lugar donde se abusa de niños y niñas, es la primera que niega el hecho y prefiere mirar hacia otro lado. Como sociedad global también miramos a otro lado con los niños soldados, los que viven es esclavitud y, tristemente, con los niños y adolescentes que justo ahora, en México, ya forman parte de los activos del crimen organizado, por amenaza o voluntad, finalmente ahí están.

¿En qué clase de bestias insaciables nos hemos convertido como sociedad y como planeta? 

28 de julio de 2015

¡Ay Nicaragua Nicaragüita la flor más linda de mi querer!

Por Fabiola Martínez

Hace un par de meses vi una película basada en el libro de Gary Webb, que en México se tituló “Maten al mensajero”, del director Michael Cuesta. Para mí fue muy significativa, trata de cómo el gobierno de Estados Unidos, entonces encabezado por Ronald Reagan, se dedica a traficar cocaína para financiar el apoyo militar que le prestaron al grupo armado nicaragüense denominado “los contras”. ¡Ah qué arrecha me puse!

Las relevaciones hechas por la investigación del periodista Webb, hicieron preguntarme ¿cuánto ganaron los ex presidentes desde el año 2000 para permitir una guerra abierta al crimen organizado en México?, ¿quiénes y cuánto ganan por tanta violencia los congresistas y políticos de todos los niveles de gobierno?

De cierta forma y toda proporción guardada, en esta parte de la historia mexicana, compartimos con Nicaragua el estigma de haber visto derramar la sangre de los nuestros para garantizar las colosales ganancias del sector armamentista y médico de nuestro vecino país del norte.
Los nicaraguenses de la facultad preparatoria de Jarkov, que también fueron mis vecinos en Kiev, tienen un lugar de amor filial en mi historia de vida. Vivencias compartidas, cálida compañía y charlas sinceras acerca de sus experiencias sobre una guerra que llevaba décadas y que, al fin, parecía tener la posibilidad de llegar terminar. Con los nicas siempre hubo algo que me hizo sentir entre familia, particularmente tres de ellos eran como mis hermanos. Aún ahora, a punto de cumplirse treinta años de haberlos conocido, recordar sus rostros me provoca una sonrisa de alegría, cariño y nostalgia.

El primer acercamiento con el grupo de nicas de mi residencia fue propiciado por mi amiga Diana Danzós, lo demás fluyó solo. Los integrantes de ese grupo eran Graciela, Bayardo, Guillermo, Iván y Joel. Hubo otro nica de quien no recuerdo el nombre porque decidió regresar a Nicaragua antes de terminar el otoño.

Iván, Guillermo y Graciela fueron las únicas personas con las que Martha quiso intimar y a quienes les tomó un profundo cariño. La convivencia con ellos era más en la residencia que en la universidad, pues no coincidíamos por estar en grupos diferentes, ya que ellos se preparaban para ser entrenadores deportivos y nosotros para Biología.

Recuerdo con especial gratitud el gesto de protección que Martha tuvo hacia mí cuando Joel intentó conquistarme. Bayardo también hizo su labor conmigo, pero para entonces yo había aprendido la lección y supe cómo actuar. Sólo Iván y Guillermo entendieron y respetaron nuestra prioridad en ese tiempo, así que tomaron el simple, pero importante papel de hermanos.

Con mucha frecuencia nos reuníamos para comer o mejor dicho para “atascarnos” de comida, las reuniones eran en la habitación de Graciela porque a nuestras soviéticas les desagradaban nuestros amigos nicaragüenses, creo que se debía a que les parecían más pobres que los demás, aunque no por ello dejaron de visitarnos en nuestra habitación.

Antes de que iniciara el invierno, Graciela, Guillermo e Iván, se convirtieron en las personas más importantes para hablar de nuestras ansiedades, nostalgias y para descifrar la angustiosa disyuntiva de seguir adelante con la beca o regresar por no soportar la tristeza de extrañar a nuestra familia y país. Con ellos también aprendimos sobre la vigencia de un tiempo verbal en desuso para nosotras, el famoso vos tenés, o hacés, pero sobre todo la versatilidad y uso cotidiano del verbo “verguear” y su equivalencia con nuestro ineludible “chingar”.

La primera persona que me platicó abiertamente sobre su sentir al estar en la URSS, fue el nica que regresó a su patria. Cuando vino a despedirse de mí le pregunté la causa que lo hizo decidir regresar tan rápido, pues él había llegado mucho después que su grupo.

-¿Ves esta playera que tengo puesta?, esto y lo que llevaba en la mochila fue lo único que pude traer de ropa.

-¿Tan difícil está la situación en Nicaragua?

-Hay mucha pobreza, sí, pero la razón principal por la que no pude traer ropa fue porque prácticamente bajé de “la montaña” y subí al avión para venir a estudiar.

-¿Fuiste guerrillero?- pregunté con temor de ser políticamente incorrecta.

-No, a la mayoría de nosotros nos tocó ir a “la montaña” a alfabetizar, pero me regreso porque me siento cansado y soy mayor que ustedes, estoy fuera de lugar y no quiero pasar este tiempo sacando una carrera de forma mediocre, seré más útil en mi país.

Mientras mantuvimos este diálogo, por primera vez me detuve a mirar la ropa que mi interlocutor llevaba puesta, su delgadez me hizo poner los pies en la tierra para no olvidar la realidad de Latinoamerica, gente de trabajo duro, como mi familia, que no sentía vergüenza de lavar y usar la misma ropa cuantas veces fuera necesario, gente que se hacía valer por lo que eran y no por lo que llevaban.

A partir de ese día me interesé por conocer Nicaragua no por lo que se decía en las noticias, sino por las experiencias personales de mis amigos, aprendí que cada hecho es vivido y percibido de forma particular en dependencia de las circunstancias en que la persona se encuentra. 

Las experiencias de juventud, buenas y malas, nos preparan para enfrentar las experiencias buenas y malas de la vida: Ese pasado remoto, que me revela aún la dignidad de aquel amigo "nica", me ha permitido tomar, en su justa medida, los sinsabores al sostenerme de pie  frente a gente sin escrúpulos que, por no perder "su juguete" (literalmente hablando), han sido capaces de aprovecharse del poder que la política y el dinero conceden, aún así mantengo mi frente y dignidad en todo lo alto. 

Cuando extraño a mis amigos, escucho esta canción que se comparte en Youtube. 



21 de julio de 2015

La trascendencia de México y de lo "mexicano

Por Fabiola Martínez Díaz

En las primeras lecciones de ruso, debíamos aprender a presentarnos por nuestro nombre y país de procedencia. Nunca imaginé cuánto aprendería sobre mi país y de la relación hacia él al enunciar la frase "soy de México". 

La primera experiencia que tuve fue durante el terremoto de 1985, que dañó sensiblemente a la ciudad de México. Me enteré de este temblor porque una soviética llegó a la habitación 74 y se llevó a mis compañeras Lila y Natasha hacia su habitación, donde había televisor. Creo que Martha y yo estábamos en la cocina comunitaria intentando prepararnos algo de comer porque tenía poco de haber llegamos de la universidad. 

Lila y Natasha fueron por nosotros y nos llevaron al cuarto de su amiga, diciendo algo así como: esto está sucediendo en México. Todas las chicas tenían la cara descompuesta, estaban consternadas tanto por lo que la televisión mostraba como por el temor de la reacción que fuéramos a tener. 

El impacto de ver derrumbados lugares relativamente conocidos fue grande, sentí un vacío en el estómago, pero honestamente no pasó a más porque me dije a mí misma que, al vivir en fuera del Distrito Federal, mi familia estaba a salvo, digamos que la negación me sirvió de mucho. Martha sí estaba aterrada, así que preguntó cómo podía comunicarse por teléfono a México. 

Fuimos a la oficina de correo y caseta telefónica que estaba en la avenida Lenin casi esquina con Otakara Yarosha, una de las soviéticas nos escribió en un papel cómo debíamos pedir la conferencia a México, así que pronto la operadora intentó el enlace. 

-Las comunicaciones con México están cortadas y no hay fecha para su restablecimiento

Martha empezó a tener crisis de ansiedad, lo más que logramos esa tarde fue establecer comunicación con la embajada de México en Moscú. A Martha le pidieron el número telefónico de su familia para intentar localizarla, ya en ese trámite, yo también pedí saber de mi familia y le di a la chica de la embajada el número telefónico de la maestra Delia, una amiga muy querida de mi madre. Mi egoísmo juvenil hizo que en el fondo me sintiera aliviada, porque una llamada telefónica a México nos habría costado la mitad del mes de estipendio y yo ya no quería volver a pasar hambre, ¡vaya mentalidad la mía!

Y así nada más, nosotros seguimos enviando cartas y esperando tener respuesta, las cartas solían demorar entre quince y veinte días pero, por el terremoto, la comunicación se volvió un caos. Sólo restaba esperar y no dejar de pensar que todo estaba bien, afortunadamente así fue para ambas.

México estaba en la mente de los soviéticos no sólo por el impacto del terremoto, también por la proximidad de la Copa Mundial de Futbol, que sería en nuestro país en 1986. Ellos pensaban que tenían grandes posibilidades de calificar y les ilusionaba, pero a mí me daba lo mismo, nunca he sido aficionada a ese deporte ni partidaria de una celebración tan llena de derroche. En fin, el mundo es como es y no como yo quisiera...

En una ocasión, camino a la universidad, dentro del trolebús Martha y yo practicábamos el deporte nacional más popular: quejarnos y hablar mal de los demás, en nuestro caso de la cultura soviética y de su gente. Como parte de la petulancia que las personas solemos practicar al sentirnos extranjeros, supusimos que nadie se daría cuenta pero... ¡tómala!, una persona de mediana edad nos entendió perfectamente y nos contestó en español, poniéndonos en nuestro sitio de una forma muy decente. 

Nunca más volví menospreciar el conocimiento que otros puedan tener de mi idioma materno y aprendí a tener cuidado de mis ideas preconcebidas a la ligera. Poco después, esta lección me sirvió para hacer oídos sordos ante palabras necias, lo digo por las repetidas preguntas que me hacían los soviéticos en el transporte público y en todas partes: 
¿En México hay muchos cactus?
¿Ustedes usan sombrero y pistola?
¿Todavía se transportan en burro?
¿Verdad que son tan pobres que nosotros tenemos que pagarles su educación? 
¿Todavía se mueren de hambre?

Mi sentimiento relacionado a lo que otros consideraban "mexicano", no siempre fue indiferente o negativo (aunque la verdad duele porque todavía hay gente que muere de hambre). En ese cotidiano ir y venir a la universidad, encontré gente que al saberme mexicana, comenzaba a hablarme de lo que conocían o leían sobre nuestro país, con gran asombro me di cuenta que muchas personas se sentían atraídas hacia la cultura Maya y las zonas arqueológicas del país. A esos soviéticos se les iluminaba la mirada al pensar en la posibilidad de visitar nuestras pirámides, como se me iluminan a mí cuando pienso en que algún día conoceré las pirámides de Egipto. 

Hubo numerosas ocasiones en que me los soviéticos me preguntaron sobre la cultura Maya y yo no sabía qué contestar, pues desconocía el tema y me sentí avergonzada de no apreciar el mosaico cultural que conforma a mi país. También había personas que conocían la historia de Maximiliano de Habsburgo y lo consideraban una víctima. Creo que a partir de allí comencé a preguntarme: Fabiola, ¿y es así como dices amar a México?

Desde hace años y hasta, hoy sigo cultivando mi amor por México y el saber sobre él, sobre sus culturas, historia y patrimonio cultural y natural, pero sobre todo, al saber del éxito y logros de su maravillosa gente. 

Las grandes lecciones que aprendí luego de vivir en el extranjero durante ocho años han sido el fortalecimiento de mi identidad personal y nacional, el orgullo de pertenecer a un país de tan invaluable riqueza natural y cultural y la importancia de saberme y reconocerme como mexicana. 

La situación que hoy vivimos como país es lamentable, triste y dolorosa, a veces vergonzosa, sí.  Pero conozco a gente de gran valía y el saber de su existencia y entereza me da esperanzas; me hace apostar por construir un mejor porvenir, aunque justo ahora en ello esté dejando el alma. 

En la entrega pasada me hice una pregunta importante, ¿en qué momento dejé de creer en mí?, ahora que comencé el camino hacia el auto reconocimiento, siento recuperada mi integridad y esa vitalidad que me impulsa a seguir adelante. Tengo la convicción de que, lo peor que me puede pasar es detenerme y perder mi dignidad. 

Quizá en México muchos nos hemos perdido o dejamos de creer en nosotros y por eso llegamos hasta este punto, o simplemente no dejamos de ver más allá de nuestra nariz pensando que el destino no nos alcanzará, pero ya nos ha rebasado por mucho. Mi invitación constante para todos es y será no ceder el poder a nadie que quiera denigrar nuestra integridad como personas y como país. Una opción es ser y conducirnos como seres de luz, personas íntegras y de palabra, por mí y por mi hijo, vale la pena intentarlo. 



14 de julio de 2015

“La única patria que tiene el hombre es su infancia” * (Parte 1)

[*Frase de Rainer María Rilke]

A todas las niñas y niños de mi vida

Hace pocos meses, las inevitables “vueltas de tuerca” de la vida, me llevaron a sentir la imperiosa necesidad de saber en qué momento dejé de creer en mí y de reconocerme valiente, digna, decidida, poderosa y audaz.

Esta fotografía es testimonio de una vivencia sin parangón: El día que conocí el mar. Poco importaban los motivos que incitaron a mi padre a realizar este viaje con nosotros, nada hay mejor en la vida, que la capacidad de asombro de mi niñez...

[...] Crucé por la niñez imitando a mi hermano. Descerrajando el viento y apedreando al sol [...]

¿Qué relación guardan mi niñez y mis vivencias en la URSS? En uno de aquellos momentos llenos de incertidumbre, Martha y yo llegamos a la residencia estudiantil, dejamos nuestras libretas y salimos a caminar para mitigar nuestras tristezas. De hecho ya habíamos elegido el lugar ideal, un enorme parque boscoso cercano al que se podía entrar desde la Avenida Lenin y la calle Otakara Yarosha.

Apenas comenzamos a caminar bosque adentro, la naturaleza obró maravillas; llenas de asombro Martha y yo nos deteníamos a observar los árboles, sus hojas, los rayos del sol que se colaban entre las ramas… Absortas en nuestros descubrimientos, no nos dimos cuenta que cuatro niños nos observaban. Tal vez por ser extranjeras o quizá por habernos permitido dejar de actuar como adultas jóvenes, los niños se nos acercaron, nos tomaron de la mano y nos empezaron a enseñar la belleza de la forma que tenían las hojas que recogían del piso.

Con una paciencia que todavía me conmueve, recuerdo cómo esos niños también nos enseñaban nuevas palabras y se aseguraban de que comprendíamos lo que nos compartían: los nombres de los picos de las hojas, la tierra, los árboles… De pronto éramos seis amigos caminando entre la naturaleza, observando y disfrutando todo lo que había alrededor, nos sentimos tan compenetrados que incluso nos enseñaron su lugar preferido del parque, un secreto que todo niño guarda celosamente ante un adulto.

Aun cuando mis avances con el ruso ya me permitían comunicación elemental, la inocencia y la inexistencia de prejuicios en los niños, propiciaron en mí la confianza suficiente para soltar mis miedos y buscar el apoyo de otras formas de comunicación, de tal manera que, de pronto, se convirtieron en mis “amiguitos” del parque, a quienes al calor de la emoción que surge por conocer a un buen amigo, los invitamos a nuestro lugar de residencia.

Google Earth me permitió encontrar al parque que menciono en mi narración.
Juntos caminamos a nuestra residencia de la calle Otakara Yarosha, apenas llegamos, Martha y yo comenzamos a mostrarles nuestro “hogar” con entusiasmo. Los ojos de los niños se transformaban a cada paso ante tantas personas de diferentes países, apenas abrimos la puerta de nuestra habitación, Lila y Natasha saltaron de la silla, con una cara transformada por el enojo, regañaron a los pequeños diciéndoles que no debían estar allí, que no debían hablar con extraños, luego se aseguraron de que se marcharan a su casa.

Lejos de comprender la insolencia que Martha y yo cometimos, nos enfadamos por la reacción de nuestras compañeras soviéticas calificándolas de paranoicas, que quienes veníamos de países capitalistas ni éramos malos, ni estábamos con la CIA.

Lo cierto es que Lila y Natasha hicieron lo correcto y protegieron a cuatro inocentes no sólo de vivenciar el choque cultural de mi residencia estudiantil, también los protegieron de todo riesgo que implicaba entrar a un edificio lleno hombres y mujeres, seres humanos diversos con prácticas sexuales que podrían poner en riesgo la integridad de esos niños.  

Nunca más volvimos a ver a nuestros “amigos del parque” a pesar de que regresamos al lugar en dos ocasiones seguidas. Hoy que tengo conciencia de los hechos, sólo puedo decir que llevo a esos niños en mi corazón y que los recuerdo como parte de las pocas personas me han tomado de la mano dándome seguridad, con desinterés y franqueza, para compartir los detalles de la vida. Esos niños contribuyeron a superar mis nostalgias y preocupaciones; por ello forman parte de los recuerdos que han logrado acercarme a la esencia de mi “ser”.

Luego de realizar innumerables actividades de reflexión e introspección positiva y con la ayuda que me otorga la escritura de este blog, me fue posible hacer la primera pregunta correcta: ¿en qué momento perdí a la verdadera Fabiola? La que nunca dejó de intentar, repetidamente, lo que parecía imposible, aquella Fabiola con capacidad de asombro, la que controlaba a una pandilla de cinco niños, la que los conducía a hacer expediciones al río, la que se arañó el torso por no soltarse de un árbol de tejocote, la que se atrevía a brincar las bardas para ir por la pelota “volada”, la que jugaba fútbol con vestido (y short, pues primero muerta que sencilla), la que se enojaba con su primo por ser tan llorón, la que, siendo pequeña y menuda lograba sacar lo mejor de la piñata de Navidad a pesar de enfrentarse al enorme tamaño de su prima…

La segunda pregunta correcta es, ¿qué parte de la vida de Fabiola niña requiero soltar y cuál retener?, sin duda, aquella parte dulce, valiente y audaz que alguna vez tuve y que debí proteger con una gruesa coraza ante el dolor de mis circunstancias de vida, como creo que sucede con la mayoría de los niños.

También reconozco que, durante un tiempo, “esa Fabiola” se difuminó porque no tuvo los recursos emocionales necesarios para sobrellevar el pasar inadvertida por su padre, por las consecuencias de las adicciones familiares, de la violencia verbal y física de su hermano mayor; situaciones muy comunes en la vida cotidiana de las familias mexicanas. 

Los niños son fuertes porque sobreviven a innumerables embates de la vida, unos se quedan con más heridas que otros, pero al final de cuentas su vida continúa. Quizá de este reconocimiento nació mi marcado interés por aportar un granito de arena para crear conciencia sobre los embarazos no planeados, la responsabilidad de traer nuevas vidas al mundo y, sobre todo, por resaltar la importancia de vivir a plenitud y responsabilidad, cada una de las etapas de la vida. Pues así como fuimos niños, en un pestañeo o en menos de un instante, nos convertimos en padres y comenzamos a definir el rumbo de otras vidas que dependen de nosotros, con toda la responsabilidad que ello implica, ya sea por estar presentes o ausentes.

Cuando comencé a escribí con mi coautor el primer libro de Formación Cívica y Ética, allá por 1998, hicimos un gran trabajo por arriesgarnos a abordar temas relacionados con la sexualidad humana y el desarrollo adolescente, que no estaban contemplados en el programa del nivel secundaria, creo que sólo Susan Pick hizo una propuesta en un tenor similar. 


La razón inconsciente que subyacía en esa decisión, obedeció a la urgencia de dar herramientas a los jóvenes para vivir ese proceso de vida a plenitud. El trabajo de mejora personal no termina, continúo haciendo lo necesario para sacar la mejor versión de esa Fabiola de la infancia, no ha sido sencillo pero me alegra tener logros. 





30 de junio de 2015

Y es que en el mundo traidor nada hay verdad ni mentira…*

A lo largo de años he tenido la fortuna de contar con la deferencia de la buena conversación de mis médicos, gente sensata no sólo por su especialidad y experiencia, también por la humildad que adquirieron a través del trato humano hacia sus pacientes. Alguna vez alguno me explicó que, si no hay una crisis depresiva severa, en un día las personas podemos experimentar momentos de alegría, tristeza, buen humor, etcétera.

Yo no fui la excepción. Ante la noticia del error en la asignación de mi carrera, busqué conversar con todas las personas que me fuera posible. ¿La razón?, porque al contar el suceso una y otra vez, además de verbalizar los hechos, me escuchaba y eso ayudaba a desenmarañar mis pensamientos; también porque se enriquecían mis perspectivas de la situación al conversar con personas más experimentadas en la vida académica de la URSS.

Quien sí tuvo que aguantar vara*, como decimos en México, fue Martha, ¡mis respetos para ella!, sobrellevaba mi perorata de camino a la escuela, en la habitación, a la hora de la comida e incluso antes, durante y después de lavar la ropa.

Mi residencia estudiantil se dividía en dos alas, la de mujeres y la de hombres. Al final de cada largo pasillo se encontraban los sanitarios (a la derecha), la cocina y los lavamanos o lavabos (a la izquierda).

No había lavadero ni lavadora, debíamos lavar a mano en el área de lavabos, por eso pronto nos acostumbramos a llevar la ropa en palanganas… ¡Toda una odisea para mí!, persona de familia pobre, sí, pero acostumbrada a tallar en el lujo del lavadero, a usar una lavadora redonda que exprimía con rodillos y a tender al sol la ropa.

Íbamos Martha y yo camino a los lavabos hablando más de lo mismo, cuando nos percatamos de que en la cocina había un grupo mixto de personas que hablaban algo parecido al español. Su conversación era en tono muy alto, pensamos que peleaban pero no fue así, por ello pusimos más atención en lo que decían, ¡por fin algo distrajo mis obsesivas preocupaciones!

Tratar de descifrar el país de origen de quienes conversaban a gritos, se volvió un reto para nosotras. Estábamos en una verdadera encrucijada porque aunque lográbamos distinguir una que otra palabra en algo parecido al español, luego alguien decía otra frase que definitivamente nos llevaba a pensar que podía tratarse de algún dialecto derivado del portugués.

Los de la cocina no tenían apariencia de árabes, tampoco de africanos, más bien parecían latinoamericanos pero ni Martha ni yo podíamos afirmarlo porque no entendíamos nada. Es más, terminando de lavar nos quedamos recargadas en la amplia ventana del pasillo para escuchar con más atención. Entonces logramos distinguir un mayor número de palabras en español.

Como la intriga me consumía, aproveché que una de las chicas salió de la cocina y le dije:

—¿Hablas español?
—Sí.
—¿De qué país eres?
—De Cuba chica.
—¡Y tú eres de México!
—¿Cómo lo sabes?
—Por el cantadito, son inconfundibles por el cantadito.

Primero, a Martha y a mí se nos cayó la quijada por la sorpresa, jamás nos cruzó por la mente que los cubanos hablaran así, pues al menos yo por muchos años escuché el programa de radio llamado La tremenda corte, con el legendario Trespatines, y esto que vivíamos, además de no entenderlo, lo superaba por mucho… Después nos dio un ataque de risa por las elucubraciones que Martha y yo hicimos, así que acabamos entablando una amable conversación con esa cubana.

Mi memoria ya no recuerda con claridad el rostro como para afirmar el hecho, pero la intuición me indica que “la chica” era mi entrañable amiga Alina o en su defecto Diana, no menos entrañable. Para que Alina (o Diana) no pensaran mal de nuestra reacción, le contamos lo que vimos y los motivos que nos llevaron a acercarnos a ella. La mujer no paraba de reír y gritó hacia la cocina…

Con mis amigas cubanas, en la residencia de descanso invernal.
—¡Caballeros vengan acá y oigan este cuento!

Todos los cubanos se divirtieron con la historia. Los varones nos contaron que iban a tener contacto con nosotras porque cocinarían con las chicas, creo que más bien se pegaron como lapas a las chicas para garantizar los primeros días de sobrevivencia. Con el paso del tiempo el grupo se organizó de otras maneras, eso sí, nunca dejaron de hablar a gritos, como si discutieran.

De los cubanos me impresionó la manera tan rápida de adquirir utensilios para cocinar, además estaban preparando arroz blanco y creo, carne molida, o papas… Sentimos envidia porque el aroma se nos hizo familiar a la sazón de casa… ¡y yo que había comido betabel crudo!

Definitivamente el suceso me hizo vivir momentos de alegría genuina, hablar una y otra vez de ello también se convirtió en una anécdota digna de contar, era una más de las extrañezas que experimentaba en el día a día lejos de casa; también ayudó a contrarrestar la cansada perorata sobre mi dilema profesional.

Los cubanos no llegaban a la URSS a estudiar la Podfak, pues ellos la estudiaban en Isla. Entendí que para este grupo de cubanos, los planes académicos fueron diferentes porque las autoridades educativas cubanas, se dieron cuenta que el nivel de ruso con el que llegaban sus becarios no era tan eficiente como para “soltarlos al ruedo” en la facultad, sobre todo porque este equipo estudiaría Matemáticas; había mayores pretensiones de que lograran sacar el máximo provecho.

La sonrisa de Diana, siempre tan alegre.
Ese grupo de cubanos no se pareció a ningún otro grupo que conocí a lo largo de mi estancia en la URSS. Ya estando en la carrera, lo común fue que las cubanas y cubanos llegaran de práctica por un año, mismo que usaban para comprar todo lo que podían y también para “ligar” con todo lo que se moviera. La mayoría de los que llegaban directo a su carrera hacían lo mismo, sólo que con menos intensidad porque sabían que les quedaba tiempo por delante.

Aun cuando establecí una relación cordial y hasta amistosa con todas las chicas cubanas de mi piso (Ivonne y Amada), fue con Alina y Diana con quien sentí una verdadera proximidad, una disposición más sincera por conocernos. Gracias a la confianza que generamos pude comprender muchas conductas de sus compañeros de grupo; mismas que se reforzaron y profundizaron con mi estancia posterior en Cuba por casi tres años. 

* Frase del poema "Las dos linternas", del español Ramón de Campoamor
* Aguantar vara es una expresión del vocabulario cotidiano de los mexicanos, sobre todo del centro del país. Según el contexto, puede referirse a resistir, tolerar, sobrellevar, aguantar, tener fortaleza para.