4 de julio de 2017

Llegar para quedarse

Por Fabiola Martínez 

En Kiev, como en el resto de la URSS, la oferta de películas en el cine era escasa, comparada con todo lo que nos mandaban a México desde Hollywood. Si bien yo no estaba acostumbrada a ir al cine porque en mi pueblo sólo había dos y eran bastante malitos, sí me enteraba de las tendencias, sobre todo porque a principios de los 80, comenzaron a venderse los reproductores Beta y a abrirse las primeras tiendas de alquiler de video.

Contrario a mí, Valeri sí gustaba de ir al cine, por ello íbamos con cierta frecuencia. Como recordarán, lo popular de ese país y de ese tiempo  eran las películas de la India, todo un choque cultural para mí. No sólo me impactaba lo malas que eran, también la cantidad de fans que tenían, que no sólo eran soviéticos.

Para mí la peor parte era el final, pues sin importar el género de la película, los indúes se las arreglaban para bailar incluso si el tema era sobre asesinos seriales. Aunque viéndolo bien, era peor quedarse en casa a hacer más de lo mismo.

En el cine también veíamos películas soviéticas y casi puedo afirmar que, a pesar de su antigüedad, aún se podía ver en el cine "Moscú no cree en lágrimas", estrenada en 1979. Una película muy buena, por cierto.

Un día Valeri y yo nos vimos en un punto intermedio para asistir a una sala donde, se decía, se estrenaba una película soviética que estaba dando mucho de qué hablar. Esa afirmación me parecía fuera de la realidad en un país donde todo está bajo control del Estado, donde no se movía nada que le Politburó no aprobara, donde todos sabíamos cuál era nuestro lugar y tarea.

Esa tarde mi percepción de la realidad respecto a la glasnost cambió por completo y para siempre. La película en estreno era Маленькая Вера (que se traduce como "Pequeña Viera", éste último es un nombre común de las mujeres eslavas y se puede traducir como Fe)

Aparentemente, el argumento de la historia era algo poco extraordinario, algo así como la cotidianidad de una familia soviética promedio y las inquietudes de Viera, una joven de ciudad pequeña que sentía tedio por la vida cotidiana; una chica a la que le gustaba la fiesta, la música occidental y poco le interesaba forjarse un futuro dentro de los estándares del régimen soviético. 


El impacto y la grandeza fueron enormes, y no por retratar abiertamente el hastío cotidiano de la gente y las fugas que buscaba en el alcohol, sexo y drogas; sino en el hecho de hacer pública esa realidad por primera vez. 


A pesar de que quienes vivíamos en la URSS nos dábamos cuenta de que los jóvenes soñaban con conocer ese "maldito capitalismo" contra el que tanto se luchaba, de que los adultos estaban atrapadas entre el querer ser y el deber ser que derivaba en amargura, alcoholismo y otros males sociales que hacían aumentar con tal de ver y saber de otros mundos. También estábamos conscientes de que ésos, eran temas tabú y jamás nos imaginamos verlos desmenuzados en el cine.


La película fue genial, mi asombro crecía conforme los cuadros avanzaban. Jamás pensé que se hablaría "a calzón quitado", sobre temas como la poca o nula privacidad por las viviendas híper pequeñas, sobre la exploración de la sexualidad y los conflictos generacionales, políticos y sociales. 


Salí del cine apabullada, mientras Valeri echaba pestes por esos descarados... Desde ese día aprendí a ver y a mirar los cambios a mi alrededor.

No sé si esa película terminó de dar el empujón al pueblo para creer, de una vez por todas, que la glasnost y la perestrioka habían llegado para quedarse e más allá de invitar a Billy Joel a un festival de rock. 

Desde que esa película se exhibió tuvieron lugar grandes cambios, al menos eso fue lo que yo noté. Los jóvenes roqueros se dejaron ver, los programas de televisión empezaron a hacer parodias y comedia política, comenzaron a emitirse algunos noticieros comentados...

Para mí, la "pequeña Viera" lo había logrado. Logró que la gente creyera en las políticas de Gorvachov, que se abriera a su pasado y presente, que se cuestionara en voz alta, que las personas supieran lo que significaba hablar con su propia voz.

En esos años pensaba que el nombre del filme iba más allá de dar identidad a la protagonista, para mí era una especie de juego de palabras que tácitamente se refería a la incipiente "fe en el cambio". Años después me hizo pensar que quizá, la pequeña fe, la malenkaya viera, aludía a las pocas esperanzas de acceder a una vida mejor. Algo que todavía no sucede en esos países de la antigua URSS y mucho menos en nuestros pobres y lastimados países latinoamericanos.



20 de junio de 2017

Toda la piel de América en mi piel

Por Fabiola Martínez Díaz

Sabes que algo o alguien se ha metido en tu piel, cuando cada centímetro de ella vibra incluso ante el recuerdo de esa primera vez, cuando la pasión te consumió por completo. Supe que America Latina ya estaba metiéndose en mi piel cuando me estremecieron aquellos duelos musicales entre las agrupaciones de Perú y Bolivia, o cuando veía bailar Palo de Mayo o cuando subí por primera vez al escenario al Son de la Negra.

Cada año, en Kiev se realizaba el festival latinoamericano. Nunca supe cómo ni a través de quien, pero prácticamente todas las asociaciones de latinos participamos ese año. Para ese festival Javier preparó una coreografía con calma, ensayos y un grupo más en forma, en él estuvimos tres mexicanas de mi instituto, un chico del Politécnico y otro de la Universidad. 

Quiero contarles cómo comenzó este amor que perdura en el tiempo... 

A finales de 1987 o principios del 88, la Universidad Estatal de Kiev, Taras Shevchenko, organizó un festival e invitó a todas las asociaciones de estudiantes a participar. No sé cómo se enteró Javier Govea, pero lo comentó en nuestro Instituto. Me emocioné porque él se sentía seguro de montar una coreografía decente para representar a México. 

En cuanto a las destrezas del baile, Javi se entendía mejor con Mónica para hacer pareja, pero le pedí que me enseñara porque participar era un momento del `ser mexicano´que no me quería perder. Así fue como ensayamos y presentamos el muy aclamado y conocido Son de la Negra. Me sentí feliz. 

Nuestro Instituto nos dio todas las facilidades para ensayar por las tardes y para adecuar zapatos y vestuario. Javier escogió un son jarocho llamado La bruja, su letra y tema es peculiar y complejo de entender aún para los latinos, por eso nos recibieron con sorpresa. Como Javier tenía prevista tal reacción, aderezó ese `son´lento con otro muy alegre, tal vez fue la Bamba o el Tilingo lingo, el caso es que el público reaccionó bien. 

Por un lado debutó mi amigo Iván y su compatriota Tatiana con el inigualable "Palo de mayo". Simplemente se robaron las palmas y euforia de todos y no era para menos. Desde entonces y hasta el último festival latino al que asistí, el "Palo de mayo" causó la misma sensación en todos los latinoamericanos.

Por otro lado, el segundo gran momento de esa noche fue un coro entonado por prácticamente todos los participantes, que se organizó así:

Desde un costado del teatro, mientras observaba la ejecución de música caribeña adaptada al ritmo del jazz y ejecutada por un dueto de cubano y dominicano -o puertorriqueño- del conservatorio de Kiev, un estudiante salvadoreño juntó a la mayor cantidad y nos llevó hacia un espacio del teatro para explicarnos su propuesta. 

Él y Tatiana, -la nicaragüense que bailó Palo de mayo-, improvisaron una canción sencilla y alegre dedicada al Salvador, misma que repasamos con rapidez mientras continuaba el festival. El salvadoreño eligió cerrar la intervención con ese himno de nuestra tierra llamado Canción con todos´. Yo lo había escuchado poco, pero lo conocía, al menos sabía de memoria el estribillo "todas las manos todas, todas las voces todas". 


Esa primera participación arrobó mi ser más allá de nuestro baile. Y es que en este festival latino tuvieron lugar tres situaciones cuyo simbolismo aún me conmueve. 

El tercer momento tuvo lugar cuando finalizamos el festival y el salvadoreño sacó su guitarra para cantarle al Salvador, fue conmovedor, pero había más. Casi literalmente América Latina se metió en mi piel cuando escuché esa inolvidable primera estrofa...


Salgo a caminar 
Por la cintura cósmica del sur 
Piso en la región 
Más vegetal del viento y de la luz... 

La emoción me invade aún ahora; todo el auditorio se unió al canto de nuestra América. Desde entonces no dejo de pensar que hay instantes en los que sí podemos ser una canción con todos. Cuando dejamos de lado la enajenación de nuestros gobiernos, ideologías imperantes, tendencias políticas o religiosas. Cuando nos reconocemos como hombres y mujeres unidos por un pasado, un idioma, un destino impuesto del que nos revelamos a favor de la dignidad humana. Creo que sólo hay que estar dispuestos a escribir nuevas canciones y nuevos destinos. 


Javier y yo con un zapateado veracruzano luego de interpretar "La bruja",
creo que ese baile lo interpretamos con los típicos vasos de agua sobre la cabeza.
¿Lo recuerdas Javier?
Todo el grupo mexicano, con mucha ropa ucraniana adaptada. Creo que las chicas
nos ocupamos de coser nuestros propios mandiles y entre todos conseguimos
abanicos, paliacates y sombreros. 
También les comparto un video con lo que debe ser el baile "La bruja", para que conozcan algo más de mi hermoso país. 




Y para recordar, les comparto una versión de esa bella "Canción con todos". 



13 de junio de 2017

Tardes grises, noches largas

Por Fabiola Martínez Díaz

Corría el tercer año de invierno en la estepa ucraniana, y yo, tan bendecida por nacer y crecer en una tierra con los mejores climas, llenos de sol intenso, ya sentía nostalgia de su abrigo, de su luz. Por muy buena que haya sido mi disposición hacia la vida que elegí, llegaba un punto en que la melancolía me embargaba ante el panorama de las tardes grises y las noches largas. 


Como siempre, mi refugio era visitar la habitación de Natasha y Belinda, tomar té y charlar hacia umbrales de mayor introspección. 


Hablar desde las entrañas en un segundo idioma no era sencillo, así que yo hablaba en español, Natalia en ruso... Hubo días en que Naty y yo sentimos más "morriña", pues Beli, tan diligente y proactiva, se había lanzado a Moscú a promover su cambio de carrera a la mejor universidad de la capital. Tener conciencia de la posibilidad de perderla nos pesaba. 


No sé cómo ni por qué, cambiamos el sitio de charla, dejamos de sentarnos a la mesa para hacerlo junto a la ventana... Esa bendita ventana con vista hacia alguna estación de trenes que nos llevaba a pensar en los avatares de la vida. 


Gracias las reflexiones que se generaban al contemplar paisajes tales, me percaté del error que estaba cometiendo al abandonar mi entrenamiento de atletismo en pista techada. 


Y es que el frío, los anocheceres tempranos y el tener que transportarme al complejo deportivo en electrichka (algo así como tren suburbano) , avivaban mi pesadumbre por falta de sol. 


Pero un momento de determinación lo cambia todo. El día que dejé la auto compasión me puse de acuerdo con las chicas de mi residencia para ir al complex. Resultó que el viaje en electrichka y la nieve, junto a ellas, fue muy divertido. Tengo muy presente que nuestra parada quedaba en una ligera colina y todas, en vez de caminar, nos deslizábamos sentadas, sobre la nieve, como si fuésemos niños. ¡Qué alegría!


Llegando al complex estaba el entrenador y el resto del equipo, todos puntuales nos formamos para solicitar el préstamo de tenis para pista de tartán −a los que yo llamaba pinchos−, éramos muchos jóvenes, la mayoría estudiantes, con un tiempo y lugar determinado para entrenar. 


Las excelentes condiciones de la pista me asombraron, también la manera ordenada que cada equipo teníamos para entrenar. Junto a mi equipo entrenaban unas chicas como de 15 años, eran altas y se les veía un buen rendimiento. Nada que ver con el mío. 


En esos entrenamientos mi querido profesor era más diligente con sus indicaciones: pesas, tiempos, pulso, pero sobre todo, la exigencia de ducharnos sólo el cuerpo al término de cada sesión, para limpiar nuestros poros, cerrarlos y atemperarnos. Cuestión que dejaría mudas a muchas madres mexicanas. 


Para el cierre de la temporada invernal se organizaba una competencia en diferentes categorías. Mi entrenador me presionó mucho para competir, pero honestamente, sólo con ver la estatura y zancadas de las niñas de 15 años, me temblaban las piernitas. 


−Debes competir, es importante.

−Pero yo soy muy pequeña y no tengo condición para correr velocidad. 
−Bueno, te pongo en la competencia de 800 metros. 
−Por favor no, perderé... 
−Eso no importa, ¿está bien?, debes medirte con alguien más. 
−No hace falta porque perderé. 
−Ya veremos. También estará tu compañera (no recuerdo el nombre pero era soviética)
−¡Pero ella es alta!
−Vamos, no temas, sólo es un trámite. 
−Está bien, lo haré. 

El día de la competencia me sentía nerviosa, pensaba en la vergüenza que sentiría al ser derrotada por unas niñas, pero me tragué el orgullo, me planté en mi carril e hice todo lo que me enseñaron, para mi mal, competiría contra las niñas a las que tanto temía. 


Las cuatro vueltas que debía dar a la pista me parecieron eternas, obviamente las niñas llegaron a la meta con tiempos formidables, pero mi compañera de equipo y yo luchábamos por no desfallecer ante la presión impuesta. 


No olvido que antes de llegar a los últimos 50 metros, recuperé distancia con mi compañera y empecé a rebasarla. ¿De dónde rayos saqué fuerza?, aún lo ignoro, pero esa competencia se convirtió en uno de mis mayores orgullos: fui la penúltima, no la última; además rompí el mito limitante que forjé respecto a mi propia estatura y la zancada. 


Aunque la verdadera gran enseñanza fue darme cuenta que la actitud lo es todo, o casi todo. Rompí el ciclo nostálgico de las tardes grises y las noches largas para vivir la experiencia de entrenar en invierno, en condiciones que nunca pensé que existieran en países como la URSS. 


30 de mayo de 2017

Matrimonio y mortaja, del cielo bajan

Por Fabiola Martínez 


Más allá del impulso natural de descubrir el mundo de la piel, el enamoramiento y el amor formaron parte importante de la vida cotidiana de los estudiantes en Kiev. Quizás por el ímpetu juvenil, por el sentimiento de orfandad que a veces nos rondaba, porque allá conocimos al primer gran amor o por todos estos factores juntos, las relaciones de noviazgo podía llegar a convertirse en verdaderas historias de amor con diversos finales.

Los protagonistas de tales historias de amor podían ser parejas interraciales o del mismo país; aunque yo tengo la impresión de que dominaban las primeras. Mi percepción puede deberse a que las parejas interraciales  me parecían, por mucho, más atractivas y, a la larga un tanto más intensas, caóticas e interesantes. 

Vivir y llorar con mis amigos sus cuitas de amor era una cosa, ser invitada a la boda de alguna pareja era asunto muy importante y formal que pude vivir de cerca gracias a que fui invitada a la boda de dos de mis queridísimos amigos Graciela e Iván. De hecho, mis amigos nicas me honraron aún más al invitarme a ser madrina o testigo de su boda. 

No sé por qué nunca lo pensé, pero entre mis prendas de vestir nunca incluí ropa formal para eventos de ese tipo... Tuve que improvisar y aunque no quedé muy contenta creo que logré verme bastante decente para el rol que me tocaba desempeñar. 

El día señalado nos reunimos en el lugar donde se celebraban las bodas, creo que se llamaba algo así como 'el palacio de los novios´. Desde el primero hasta el último minuto de mi estancia allí fue toda una experiencia. 

Me sorprendió ver la cantidad de parejas jóvenes que se casaban, también llamó mi atención que, a pesar de que todos teníamos asignado una hora exacta, me pareció que éramos muchos los que estábamos en espera. 

Cada pareja permanecía junto a sus invitados porque todos debían entrar rápido y yo no lograba descifrar el por qué. 

Tocó el momento de entrar y todos lo hicimos a paso veloz (creo que no éramos más de ocho personas incluidos los novios). La juez empezó la ceremonia cuando la pareja apenas se habían colocado en el lugar, sin importar que los demás nos hubiésemos colocado o no —y eso que yo era la testigo de Graciela y Bayardo el de Iván. 

La ceremonia no tardó más de cinco minutos, en serio. Yo no cabía del asombro, pues además de que mataron, de un manotazo, toda la ilusión de mi primera vez como madrina, yo esperaba algo del suspenso que se vive en las bodas religiosas mexicanas, donde no falta el aspaviento de los nervios de la novia, del retraso de alguno de los novios,  la entrada triunfal de la novia caminando de forma tal que logra mover su vestido como una campana. 

Cuando la juez terminó de casar a mis amigos, nos indicaron caminar hacia la puerta de salida, en ese ínter se abría la puerta de entrada y llegaba la nueva pareja, en mi asombro no lograba identificar si la marcha triunfal era para los que entraban o salían. A pesar de todo lo nuevo e inesperado, al terminar la boda todos nos sentíamos contentos, alegres, pues estábamos protagonizando el gran paso de una historia de amor. 

¡Qué bello es recordar!, recordar la vida, el amor, la pasión, el compromiso filial y de amistad; qué hermoso es saber que al igual que Graciela e Iván, tengo conocidos de ese tiempo que formaron parejas y aún continúan juntas y felices. 

De todas las historias de amor que conocí, más de la mitad, incluyendo la mía, tuvo alguna fecha de caducidad inducida por el factor humano con historias de desamor, dolor, traición y tristeza... Pero todos los sentimientos positivos o negativos ligados al amor forman parte de la vida y creo que la madurez que mis amigos y amigas logramos al vivir solos desde muy jóvenes, ha contribuido a superar lo difícil, ponderar todo lo valioso y plantar paso firme para seguir adelante e incluso para aprender a ser más felices y plenos. 


Juntos y felices, todos nos tomamos la tradicional foto de boda
en el lugar diseñado para ese fin. 

En el lugar de las bodas se acostumbraba tener un fotógrafo
que enviaba sus imágenes por correo regular.
Así fue como muchos de mis amigos obtuvimos (y conservamos)
constancia de recuerdos valiosos, como éste.