25 de abril de 2017

Bratislava

Por Fabiola Martínez


Nunca pensé que al llegar a otro país del bloque socialista encontraría un entorno tan diferente al que se tenía en la URSS. Desde que bajé del tren el ambiente tenía algo de libertad, Valery y su tío me encontraron en la estación y me invitaron a comer a casa de otra tía, ¿el menú?, sopa de fideos y pollo frito estilo Kentucky, ¡qué delicia y qué sorpresa!, y yo que pensaba que también me daría kasha manaya

El centro histórico de Bratislava era pequeño pero hermoso, me parecía estar en alguno de los pasajes de los cuentos de Grimm, me encantaron las cafeterías con mesas al aire libre, me asombró la variada propuesta de pastelería, el rico café y los chocolates. 

Pernocté en dos residencias estudiantiles de esa ciudad, en la parte nueva, cruzando el tunel. Para encontrar habitación se seguía la misma dinámica que en la URSS: buscar a cualquier latino para pedir su ayuda, dejar identificación en recepción y luego robársela a las babushkas... Cosas simple y rutinaria para nosotros, conseguí alojamiento gracias a la ayuda de una cubana, un tico (costarricense) y una griega.

Las residencias estudiantiles eran bellas, amplias, modernas y con mobiliario mucho más acogedor que el de la URSS, casi sentí pesar de no haber escogido a Checoslovaquia como país para estudiar. Aunque el área del centro de ciudad era pequeña, me tomé mi tiempo para disfrutar todo. Subí al castillo y quedé impresionada con la sala de armaduras y uniformes militares, parecían de la época feudal, cosa que no imaginaba porque no tenía ni la más remota idea de que Bratislava, a pesar de ser de origen eslavo y por pertenecer al imperio Austro Húngaro, tuvo un origen totalmente diferente al de los pueblos de la URSS. 

Desde la parte alta del castillo pude admirar la ciudad, sus tejados, calles, gente... El lugar me pareció bien conservado, excepto una escalera o túnel donde vergonzosamente leí una pinta con el vulgar sello mexicano: "puto el que lo lea". «¡Qué pena con el mundo!», me dije, «hasta estos pequeños rincones hay mexicanos mal educados que dañan el patrimonio cultural de otros así porque sí». 

Mi dilema se esclareció en el año 2001 aproximadamente, cuando la directora del Conaculta, Sari Bermudez y el entonces canciller de México Jorge Castañeda jugaron a las escondidas entre las figuras de los guerreros de terracota, con esa noticia me quedó claro por qué la patanería mexicana continúa a niveles internacionales. 

Alguna de esas noches en Bratislava, el tico y otros estudiantes me invitaron a recorrer la ciudad, ¡cuánta vida tenía esa ciudad!, entramos a un "vínare", algo así como un bar donde sólo sirven vinos y botanas de queso, principalmente. El local se encontraba en una especie de sótano de lo que alguna vez fue una iglesia. 

Estuve feliz de conocer el muy contaminado Danubio Azul, aunque sentí pena por el estado tan deteriorado de un río que fue inspiración y evocación de músicos y escritores. Justo en el lugar viví sentimientos encontrados porque también sentí que al estar en la rivera podía alcanzar algunos acordes de los valses de Strauss que tanto me gustan y me hicieron soñar con Viena. Ciudad que, por cierto, queda a una hora y media de Bratislava. En ese Danubio también me enteré que Budapest, otra de las grandes ciudades del imperio Austro Húngaro se localizaba a escasas dos horas de allí.

«¡Qué dicha!, ¿cómo puedo ir para allá?»

El asunto no sería fácil, al menos no en ese año, pues ningún eslovaco o persona del bloque socialista podía cruzar hacia los países capitalistas. A pesar de que la cerca que dividía la frontera podía verse a simple vista desde la zona habitacional de Petržalka. Un golpe más de la realidad de la Guerra Fría. 

A Hungría sí hubiera podido llegar de contar con algún contacto previo, pero me quedé con las ganas. Así que seguí disfrutando del calor y la hospitalidad del centro histórico de Bratislava. 

Esquivé a las babushkas hasta que en una ocasión fue imposible y tuve que trepar unos siete pisos para entrar a la residencia donde me habían conseguido habitación. Esa incursión fue difícil y sentí miedo por la altura, pero era eso o dormir en la calle, cosa que no podía hacer en un país socialista. 

Casi todos los latinos me advirtieron de no hablar ruso a nadie, incluso a las personas que atendían los establecimientos, que por cierto estaban muy bien surtidas, nada que ver con lo que se mostraba en Kiev. 

-Es preferible que hables en español y no en ruso, porque te van a ignorar y hasta pueden hacerte sentir mal. 
-¿Pero por qué? ¿Acaso estos países no son hermanos?
-No precisamente, los checoslovacos odian a los soviéticos. 
-¿Cómo?, ¿por qué?
-Tiene que ver con la Segunda Guerra Mundial y el reparto que se hizo del este de Europa. También tiene que ver con la Primavera de Praga, un movimiento que los militares soviéticos reprimieron violentamente. 

En mi cabeza quedaban grandes dudas, en mi ingenuidad pensaba que la formación del bloque socialista era resultado de un proyecto de común acuerdo favorecido por la Segunda Guerra Mundial. Me impresionaba recordar lo cerquita que estaba Austria y lo ilógico de no poderla visitar. 

En poco tiempo el mundo sabría, por obra y gracia de la glasnost, los derroteros vividos en la conformación del bloque económico que jugaba a la amenaza de guerra con los Estados Unidos, dos años después yo misma viviría episodios históricos en Eslovaquia, episodios que cambiaron por completo el rumbo socio político y económico de todo el planeta. En su momento llegaré al tema, por ahora corresponde hablar de mi primer viaje a la tierra de las más antiguas y ricas culturas de Europa. 


A la orilla del Danubio, al fondo se ve el stari most y su restaurante. 

Bajando del castillo.

No recuerdo el nombre de este lugar.

Creo que en la iglesia del fondo es donde se encontraba el hermoso vínare. 

Al fondo, el castillo feudal. 

11 de abril de 2017

Cuando la memoria me traiciona

Por Fabiola Martínez

Mirando las fotos de mi época en la URSS me di cuenta de que pasé por alto un suceso significativo del verano de 1987; por todo el aprendizaje que tuve a través de esa vivencia, me tomo la licencia de retroceder un poco en mi historia. 

Algunos de los desafíos de ser estudiante extranjero en la URSS y provenir de un país capitalista era visitar algún otro país europeo, regresar con alguna grabadora o electrodoméstico para venderlo a los soviéticos y duplicar la inversión. 

Como no contaba con divisas suficientes y como tampoco hice nexos con otros estudiantes que me generaran confianza para realizar largos viajes en trenes, tampoco hice esfuerzos para lanzarme a España, Italia o mínimo Alemania del Este, así 'a la viva México'. 

Sin embargo no quería quedarme con esa 'espina clavada', así que aproveché que Valeri pasaría el verano con su familia materna y le pedí apoyo logístico para visitar una ciudad fuera de la URSS.

A principios de agosto de 1987 tomé un tren desde Kiev con rumbo a Bratislava, capital de la República Eslovaca que en ese tiempo conformaba Checoslovaquia. El recorrido sería de unas 34 horas, así que lo tomé con calma. La mayor parte del tiempo la pasé o durmiendo o fuera del camarote contemplando el paisaje. 

Observar ha sido una de mis mejores herramientas de aprendizaje y ese viaje me enseñó mucho. Me percaté de las enormes carencias de la gente que vivía en los campos ucranianos, entre el verdor de la naturaleza destacaban los techos y la vestimenta grisáceas, «¿por qué todo me parece tan triste?», luego me reproché, «Fabiola, creo que sigues deslumbrada por Leningrado» Creo que amanecía cuando llegamos a la frontera, la persona encargada del vagón nos gritó que preparáramos nuestros documentos. 

Tener un pasaporte mexicano me daba grandes ventajas, en mi infinita ignorancia sólo investigué si requería visa a Eslovaquia, nunca me enteré qué pasaba si tocábamos el territorio de algún otro país. Pronto supe que, gracias al trabajo diplomático que históricamente ha tenido mi país, había un número importante de países europeos que nos daban libre tránsito, así de afortunados somos los mexicanos. 

Alguien pasó y nos dijo que cerrarían los baños y que no debíamos alejarnos de nuestro camarote. Luego, de la forma más sincronizada sentí mucho movimiento y ruido de fierros fuera del vagón, como si jalaran enormes cadenas. No sé si los oficiales de migración o aduana pasaron primero, pero todos los agentes daban miedo, eran toscos y tenían una mirada penetrante. 

La revisión de pasaportes y de camarotes coincidió con el momento en que sentí que se elevaba el vagón. Como decimos en México 'estaba apendejada' y lo digo así de directo porque no encuentro otra forma de describir las sensaciones, pues en realidad el vagón se había elevado. 

Luego vi entrar a los oficiales a cada camarote y, cuando llegaron al mío noté que abrieron una especie de tapa en el techo con la resolución con la que buscan los perros de caza. Luego preguntaron cuáles eran mis pertenencias y siguieron. Honestamente no vi que los oficiales trataran mal a nadie, ni que fueran déspotas o groseros, como sí lo han sido conmigo en el aeropuerto JFK; lo cierto es que todos sus movimientos, su manera de andar, su forma de darnos instrucciones sí infundían miedo, es algo que no puedo explicar.

La revisión prácticamente coincidió con el descenso del vagón... Nuevamente se escucharon los ruidos del metal. 

Me enteré que esas dos horas de cruce de frontera se usaban para cambiar para revisar papeles, vagones y para cambiar las ruedas del tren por unas más angostas. ¿Para qué y por qué?, lo que me contaron fue que, como consecuencia del terror de la Segunda Guerra Mundial y paranoia de la Guerra Fría, la URSS poseía un sistema de rieles más ancho que el resto de Europa, con ello se pretendía retrasar uno de los posibles frentes de invasión. 

Fue así y allí donde se hizo tangible para mí la existencia de la Guerra Fría y el área de influencia del país a donde me había ido a estudiar. Hasta entonces, lo que sabía del conflicto entre las dos potencias provenía de los 'cuentos chinos' que nos llegaban a México del vecino del norte. 

El tren continuó su camino y regresé al bello placer de observar a través de la ventana. En pocas horas aparecieron los campos de cultivo y las casas post frontera. Para mi sorpresa las viviendas campesinas estaban cuidadas y pintadas con colores lindos, muy alegres, un evidente contraste con las del campo ucraniano. En adelante, los colores del verano mezclado con la forma de vida se mostrarían más vivos. 

En ese viaje se reveló uno de los aspectos oscuros de la utopía socialista: la tristeza crónica de un campo que vivió la colectivización soviética mediante el genocidio de sus campesinos se manifestaba en sus ropas y viviendas. Por primera vez tomé conciencia de cómo el estado de ánimo personal y colectivo influye en el entorno que creamos. Teoría personal que se fortaleció cuando llegué a Bratislava y recorrí la hermosa ciudad. 


Vista de Bratislava desde su emblemático castillo feudal. Fotografía tomada en 1987.


4 de abril de 2017

Me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí (Confucio)

Por Fabiola Martínez Díaz

En segundo año de carrera entré al equipo de atletismo del Instituto, no recuerdo el número exacto de días de entrenamiento pero tengo presente que eran más de dos a la semana. Mi entrenador era muy guapo y de buen carácter, cosa rara pero agradable. Hasta entonces, todas las clases de educación física que tuve en mi vida carecían de sentido, pues en los entrenamientos que ahora tomaba valoré la importancia de contar con infraestructura para hacer deporte.

Mi instituto, al igual que todos los de nivel superior de Kiev, tenía gimnasio techado con bicicletas fijas, cancha con duela para básquetbol, voleibol y tenis. Había una sala para hacer pesas y pistas y canchas al aire libre. 

En mi nueva faceta como incipiente atleta, pude apreciar las ventajas de la conjugación entre el trabajo de pista y el levantamiento de pesas, así como la importancia del autoconocimiento respecto a la función de la respiración y la medición del pulso y la tensión muscular, nada que ver con los profesores vagos que tuve en la secundaria, que sólo sacaban los balones de básquetbol o vólibol y nos dejaban allí hasta que finalizara su clase.

Tengo la impresión de que los soviéticos conocían con precisión la evolución de los extranjeros estudiantes de nivel superior; pues todas las clases y actividades extracurriculares estaban bien equilibradas.

A lo largo del ciclo escolar 1987 y 1988 maduré en infinidad de aspectos personales, por ejemplo, comencé a establecer relaciones de amistad más trascendentes pero no dependientes o motivadas por la indefensión del "mal de patria", sino apostando al largo plazo (mínimo el de la carrera) y a la esencia de cada persona. 

Comencé una relación significativa con otros compañeros mexicanos, especialmente con Javier y con los africanos de otros grupos. Me di tiempo para observar y reconocer los avances lingüísticos de los libaneses que recién llegaron y para apreciar la belleza y gracia de todas las chicas árabes de ese grupo. ¡Qué belleza tan natural, tan agraciada y tan auténtica!, me atrevo a a firmar que de todos las personas de Oriente Medio que conocí, los libaneses son los más guapos, hombres y mujeres por igual.

En segundo curso también comencé las clases de Metodología de la Enseñanza y de Pedagogía, gracias a ellas comenzó mi visita periódica a escuelas de nivel básico. In situ aprendíamos sobre la aplicación práctica del tema teórico que vimos previamente. Fue una experiencia maravillosa. 

Ese año vimos trabajar a profesoras del equivalente a primero, segundo y tercero de primaria. Quedé fascinada, lo que más llamó mi atención fueron las clases de canto en niños que aprendían las primeras letras, en el salón de canto había piano y personas que sabían tocarlo. 

Suele suceder que las escuelas hablen con sus alumnos para motivarlos a tener mejor desempeño ante las visitas, pudo suceder en nuestro caso, pero creo que no existe forma de fingir la entrega y sentimiento de los niños al momento de cantar. Los niños parecían ángeles solfeando, me recordaron a mis gratos momentos de preescolar, cuando en México existía una auténtica preocupación por los cantos y juegos y se contaba con pianistas profesionales para esas actividades. Es una lástima que lo hayamos perdido. 

Otra cuestión que me encantó fue trabajar en las aulas designadas para cada asignatura. Desde la primaria los niños cambiaban de salón de clase según el tema que debían estudiar. Las aulas estaban muy bien equipadas con material didáctico que les permitía tocar y aprender. 

En años posteriores visitamos salones de adolescentes y ahí el comportamiento sí presentaba cambios notables. Como yo me había enamorado de los primeros grados, puedo decir que no disfruté tanto las prácticas de metodología y pedagogía en grados superiores. Pero los maestros sabían cómo recuperar nuestro ánimo y dejaron para el final las aulas de educación preescolar. ¡Qué maravilla!

En preescolar no había maestras luchando como desesperadas para enseñar a leer, escribir o sumar y restar (como sucede en México, principalmente en escuelas particulares), había niños jugando en aulas muy grandes llenas de colchonetas y juguetes. Ciertamente los niños de preescolar aprendían matemáticas y las primeras letras, pero tenían a su favor la ausencia de desesperación por complacer a padres de familia (que quieren que sus niños sean genios), y a un sistema de enseñanza enloquecido por alcanzar estándares de la prueba PISA, que sólo funciona en sistemas educativos como los de Finlandia o Japón. 

Ahora que por formación e interés personal dedico más tiempo a la lectura y conocimiento de los procesos para implementar el Nuevo Modelo Educativo en México, no puedo evitar evocar todo aquello que conocí y vi bien. 

Cuando analizo las circunstancias improvisadas de México al momento de lanzar este Nuevo Modelo Educativo, y del Modelo Educativo del 2010-2013, pienso que la motivación principal es política, no educativa. Estas circunstancias son lamentables porque como país sí sabemos hacer bien las cosas, como cuando se implementó la educación preescolar a principios del siglo XX, el proceso fue planificado, paulatino y claro. Ante estos contraste es cuando mi nostalgia el recuerdo de los hermosos momentos de mi formación como estudiante del Instituto Pedagógico. 

Honestamente deseo que tenga éxito todo lo nuevo que se implemente en México, en lo que se refiere a educación, el tiempo nos dará la respuesta. Por ahora queda esperar y observar cómo se desarrolla lo que está por venir; pues me agrada aportar mi grano de arena al desarrollo de contenidos que durante 17 años se han plasmado en libros de texto para secundaria. 

28 de marzo de 2017

El nuevo ciclo

Por Fabiola Martínez

Antes de regresar a Kiev tuve la oportunidad de pasear por la Leningrado con Martha. Me llevó a la Catedral de San Isaac para enseñarme el péndulo de Foucalt más pesado del mundo. ¿Qué puedo decir de ese lugar?, simplemente maravilloso, el arte sacro, la arquitectura del lugar y el péndulo...

A la salida caminamos por el monumento a Pedro el Grande y por el teatro Malinski, por ese paseo me enteré que la mejor escuela de ballet de Rusia estaba en Leningrado, con el ballet Kirov. ¡Y yo que pensaba que la única verdad se encontraba en el Bolshoi!

Desde cualquier perspectiva que se vea, ese viaje a Leningrado me cambió la vida; al igual que lo hacía cada oportunidad que tuve para ampliar mi visión del mundo a partir de las vivencias. Por ello regresé a casa con ánimos renovados.

Llegué a Kiev dispuesta a hacer lo posible por mejorar mi calidad de vida. Con un poco de asesoría de mis amigos árabes hice lo necesario para que el administrador me asignara una habitación de tres personas para vivir sólo dos. También hice gestiones para poder tener a una cubana como compañera de cuarto. 

Tuve la excelente fortuna de quedar en el mismo piso con Natalia y Belinda, me sentí bien. Creo que ese verano Valeri había viajado a Tashkent, capital de Uzbekistán, para iniciar sus prácticas. El tiempo que quedó antes de concluir el verano lo usé para acomodar mi nueva habitación, pasear por la ciudad sola o con amigas y para leer. En esa época leí todo lo que podía conseguir de García Márquez.

Si bien extrañaba a mi madre y hermanos, mi capacidad para disfrutar mi vida y mi ciudad se había fortalecido. Creo que en gran medida se debió a la seguridad y madurez que iba adquiriendo, sumado a la armonía y paisaje de mi entorno. Kiev seguía enamorándome a pesar del tremendo calor de verano de la estepa. 

Por fin inició el curso escolar, desde que tengo memoria fui de esas personitas raras que contaba los días para el inicio de clases. Nuevos maestros, nuevas asignaturas y la grata sorpresa de tener un mayor número de extranjeros, tengo muy presente a un grupo de muchachos libaneses y un par de palestinos, creo eran de Jordania, todos ellos e una belleza sin precedente. 

En este viaje a los recuerdos más profundos y sensibles de mi juventud, me di cuenta que sólo hasta llegar a segundo grado me percaté de la presencia de dos mexicanos de mi instituto, Javier y Mónica. La vida puede pasar sin darnos la oportunidad de ver y percibir nuestro entorno cuando la identidad personal no es tan firme y, sobre todo, cuando dejamos la responsabilidad de nuestra felicidad en manos de otro. Cultivar la felicidad interior, estar a gusto y en paz con nuestro ser es el mejor regalo que podemos darnos.

Belkis fue una de las grandes novedades del curso que inició. Y digo novedades porque con la política de las instituciones cubanas las probabilidades de vivir con una isleña eran pocas. Belkis llegó con sus compañeros para cursar su año de práctica de idioma. Ella era una chica muy estudiosa y buena persona, pero desde el inicio de nuestra conversación me contó que, dentro de su grupo nadie quiso compartir habitación con ella. Por esa razón la ubicaron conmigo. 

Cuando Belkis me aclaró las razones de su estancia en mi habitación se le cristalizaban los ojos. Creo que para ella el reparto de cuarto fue un golpe duro por parte de sus compañeros...  Estaba a la defensiva. 

Como siempre la exclusión social hacía sus estragos, y más viniendo de tu propia gente, ese grupo de cubanas fue muy diferente al anterior, sólo logré hacer una relación cordial y afectiva con Belkis y dos chicos que fueron ubicados en mi mismo bloque: Nelson y Osvaldo, si la memoria no me traiciona. 

Creo que ambas nos esforzamos en generar empatía y convenir reglas para la convivencia, considero que nos fue bien de principio a fin a pesar de la casi inflexibilidad de su adiestramiento político, con el tiempo entendí que, ella como la inmensa mayoría, lo hacía por sobrevivencia. Un aprendizaje más. 

21 de marzo de 2017

Lo bello y lo sublime

Por Fabiola Martínez

No tengo claro cuántos días antes y cuántos después estuvo en el hospital de maternidad mi amiga. Lo que tengo muy presente es su carita alegre asomada a la ventana saludándonos a Vic y a mí. Se veía radiante, como siempre, parecía que nada había cambiado en ella.

Víctor fotografió cada segundo del importante suceso: el recibimiento de su esposa e hijo. Era un día feliz, como se aprecia en la imagen. Luego de su salida estuve en la residencia de mi amiga un día o dos intentando ser de ayuda. En ese lapso le conté a Martha la cautivadora sensación que me había provocado el edificio del Palacio de Invierno. Ella y las soviéticas de su habitación comentaron lo difícil que era entrar al Hermitage, pues siempre tenían entrada preferente los turistas que visitaban el sitio y pagan con divisa.

-Puedes ir mañana temprano-, me dijo Martha-. Nada pierdes con probar. Lleva tu pasaporte mexicano y haz la fila para todo el público, si ves que se pone muy difícil intenta pagar tu entrada con divisa.

Me alisté para salir temprano hacia el Hermitage. Sólo era cuestión de desayunar y asegurarme de llevar papeles y algo de dinero. Esta vez no cargué nada para comer, así evitaría demorar mi entrada al museo.

Salí de la residencia de Martha y caminé hacia mi destino. Desde mi primera visita en invierno me agradó la estratégica posición del antiguo inmueble estudiantil, era sencillo llegar a todos los hermosos lugares de la ciudad. En poco tiempo estaba frente a la entrada del anhelado museo. De los camiones de Intourist comenzaban a bajar los turistas extranjeros. Identifiqué la puerta y la fila para los residentes y me formé, siempre tuve la certeza que correría la misma suerte que cuando me formé en la fila para ver a Lenin en su Mausoleo. Para mi suerte ésta era corta y se movió rápido, más de lo que pensé.

En poco tiempo me encontraba ante la entrada de la primera sala de exhibición. ¡Lo había logrado y no lo podía creer!... Cero divisas, cero problemas, cero preguntas, poco tiempo de espera. Los siguientes acontecimientos son de difícil descripción.

Conocer las colecciones de pintura del museo ya era una maravilla, tener esa experiencia dentro de un auténtico palacio no tenía precedente. No sabía a qué prestarle mayor atención; a las exposiciones o a la exquisita decoración de cada sala...

Sumergida en mi perplejidad tuve contacto con la colección de madonnas y, entre ellas estaba una de Leonardo da Vinci. Me detuve más tiempo ante ella intentando percibir aquello que se decía del trabajo del pintor. Honestamente me fue imposible, estaba abrumada o quizás tenía alterados mis sentidos.

Caminé uno o dos salones más y me encontré con el increíble salón de malaquita. Creo que allí se exponían más muebles y objetos que pinturas, los curadores tuvieron razón, en ese lugar no había forma de centrar la atención a otra cosa que no fuera el entorno. El salón fue y sigue siendo uno de mis favoritos.

Entre una sala y otra del primer piso, vi un croquis del museo, me di cuenta que no había visto ni una cuarta parte y ya llevaba horas dentro. Como tenía hasta las cinco de la tarde para concluir el recorrido, el resto del Hermitage lo caminé intentando capturar el todo. Aunque me sentía cansada y algo hambrienta seguí, pasé por un patio y luego me dirigí a la planta alta. De todo lo que vi ahí, tengo muy presente la sala del impresionismo, llena de pinturas de paisajes verdes colocadas de manera muy accesible a mi estatura y en forma tal que parecía que se podía mover cada sección como si fuera un carrusel.

Sin darme cuenta casi había llegado la hora de salir, se nos avisó por altavoz que nos quedaba media hora para concluir el recorrido. Me apresuré lo más que pude pero no logré terminar de conocer la planta alta. No sé qué porcentaje del museo conocí, no recuerdo nombres de expositores rimbombantes, sólo recuerdo y revivo las sensaciones percibidas. Eso, para mí, es lo más importante.

Antes de regresar a la residencia me compré una compota y algo para comer. A mi llegada Martha y sus amigos cubanos estaban organizando la mudanza de mi amiga hacia una residencia nueva. Iríamos al día siguiente a limpiar la habitación y verificar que todo estuviera en orden para el bebé.

Me imagino que al otro día por la mañana nos ocupamos de algo prioritario, porque nos trasladamos algo tarde a la nueva residencia. Resultaba ser que, para llegar al nuevo hogar hicimos casi el mismo recorrido que cuando visitamos los jardines del Palacio de Verano; sólo que en esta ocasión caminamos al lado contrario y, para acortar camino nos metimos en un tramo boscoso. ¡Grave error!

Debido a la sensación térmica y a la intensidad de la luz del sol no calculamos que atravesaríamos el bosque justo en el horario de actividad fúrica vespertina de los mosquitos.

¡Dios!, había olvidado lo fuertes y agresivos que eran los mosquitos que me dieron la bienvenida a Leningrado. Todos menos yo, iban vestidos con pantalón y manga larga. Sentí zumbar los enjambres de insectos alrededor de mi cuerpo y comencé a sentir sus dolorosos piquetes.

Entré en pánico y corrí, recuerdo sólo haber alcanzado a preguntar hacia qué dirección debía ir y hacia allá fui. El camino me pareció eterno pero llegué casi completa. En breve me enteré que la ciudad estaba construida sobre lugares pantanosos, y que la nueva residencia había sido parte de los enormes bosques y jardines de la nobleza rusa. ¿Cómo pudieron vivir allí en tales condiciones?, lo ignoro, lo que sé es que la construcción de Leningrado costó miles y miles de vidas, la gente que el zar llevaba a trabajar resistía poco a las malas condiciones sanitarias, el clima extremo y las jornadas laborales.

Luego de correr por mi vida me pregunté si valía la pena hacer padecer y morir a tanta gente para crear toda la belleza contenida en la ciudad. Nunca pude responderme porque, como todo lo que veía en Leningrado era en extremo bello, la sensación de lo sublime pasaba por encima de todo razonamiento.