4 de abril de 2017

Me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí (Confucio)

Por Fabiola Martínez Díaz

En segundo año de carrera entré al equipo de atletismo del Instituto, no recuerdo el número exacto de días de entrenamiento pero tengo presente que eran más de dos a la semana. Mi entrenador era muy guapo y de buen carácter, cosa rara pero agradable. Hasta entonces, todas las clases de educación física que tuve en mi vida carecían de sentido, pues en los entrenamientos que ahora tomaba valoré la importancia de contar con infraestructura para hacer deporte.

Mi instituto, al igual que todos los de nivel superior de Kiev, tenía gimnasio techado con bicicletas fijas, cancha con duela para básquetbol, voleibol y tenis. Había una sala para hacer pesas y pistas y canchas al aire libre. 

En mi nueva faceta como incipiente atleta, pude apreciar las ventajas de la conjugación entre el trabajo de pista y el levantamiento de pesas, así como la importancia del autoconocimiento respecto a la función de la respiración y la medición del pulso y la tensión muscular, nada que ver con los profesores vagos que tuve en la secundaria, que sólo sacaban los balones de básquetbol o vólibol y nos dejaban allí hasta que finalizara su clase.

Tengo la impresión de que los soviéticos conocían con precisión la evolución de los extranjeros estudiantes de nivel superior; pues todas las clases y actividades extracurriculares estaban bien equilibradas.

A lo largo del ciclo escolar 1987 y 1988 maduré en infinidad de aspectos personales, por ejemplo, comencé a establecer relaciones de amistad más trascendentes pero no dependientes o motivadas por la indefensión del "mal de patria", sino apostando al largo plazo (mínimo el de la carrera) y a la esencia de cada persona. 

Comencé una relación significativa con otros compañeros mexicanos, especialmente con Javier y con los africanos de otros grupos. Me di tiempo para observar y reconocer los avances lingüísticos de los libaneses que recién llegaron y para apreciar la belleza y gracia de todas las chicas árabes de ese grupo. ¡Qué belleza tan natural, tan agraciada y tan auténtica!, me atrevo a a firmar que de todos las personas de Oriente Medio que conocí, los libaneses son los más guapos, hombres y mujeres por igual.

En segundo curso también comencé las clases de Metodología de la Enseñanza y de Pedagogía, gracias a ellas comenzó mi visita periódica a escuelas de nivel básico. In situ aprendíamos sobre la aplicación práctica del tema teórico que vimos previamente. Fue una experiencia maravillosa. 

Ese año vimos trabajar a profesoras del equivalente a primero, segundo y tercero de primaria. Quedé fascinada, lo que más llamó mi atención fueron las clases de canto en niños que aprendían las primeras letras, en el salón de canto había piano y personas que sabían tocarlo. 

Suele suceder que las escuelas hablen con sus alumnos para motivarlos a tener mejor desempeño ante las visitas, pudo suceder en nuestro caso, pero creo que no existe forma de fingir la entrega y sentimiento de los niños al momento de cantar. Los niños parecían ángeles solfeando, me recordaron a mis gratos momentos de preescolar, cuando en México existía una auténtica preocupación por los cantos y juegos y se contaba con pianistas profesionales para esas actividades. Es una lástima que lo hayamos perdido. 

Otra cuestión que me encantó fue trabajar en las aulas designadas para cada asignatura. Desde la primaria los niños cambiaban de salón de clase según el tema que debían estudiar. Las aulas estaban muy bien equipadas con material didáctico que les permitía tocar y aprender. 

En años posteriores visitamos salones de adolescentes y ahí el comportamiento sí presentaba cambios notables. Como yo me había enamorado de los primeros grados, puedo decir que no disfruté tanto las prácticas de metodología y pedagogía en grados superiores. Pero los maestros sabían cómo recuperar nuestro ánimo y dejaron para el final las aulas de educación preescolar. ¡Qué maravilla!

En preescolar no había maestras luchando como desesperadas para enseñar a leer, escribir o sumar y restar (como sucede en México, principalmente en escuelas particulares), había niños jugando en aulas muy grandes llenas de colchonetas y juguetes. Ciertamente los niños de preescolar aprendían matemáticas y las primeras letras, pero tenían a su favor la ausencia de desesperación por complacer a padres de familia (que quieren que sus niños sean genios), y a un sistema de enseñanza enloquecido por alcanzar estándares de la prueba PISA, que sólo funciona en sistemas educativos como los de Finlandia o Japón. 

Ahora que por formación e interés personal dedico más tiempo a la lectura y conocimiento de los procesos para implementar el Nuevo Modelo Educativo en México, no puedo evitar evocar todo aquello que conocí y vi bien. 

Cuando analizo las circunstancias improvisadas de México al momento de lanzar este Nuevo Modelo Educativo, y del Modelo Educativo del 2010-2013, pienso que la motivación principal es política, no educativa. Estas circunstancias son lamentables porque como país sí sabemos hacer bien las cosas, como cuando se implementó la educación preescolar a principios del siglo XX, el proceso fue planificado, paulatino y claro. Ante estos contraste es cuando mi nostalgia el recuerdo de los hermosos momentos de mi formación como estudiante del Instituto Pedagógico. 

Honestamente deseo que tenga éxito todo lo nuevo que se implemente en México, en lo que se refiere a educación, el tiempo nos dará la respuesta. Por ahora queda esperar y observar cómo se desarrolla lo que está por venir; pues me agrada aportar mi grano de arena al desarrollo de contenidos que durante 17 años se han plasmado en libros de texto para secundaria. 

28 de marzo de 2017

El nuevo ciclo

Por Fabiola Martínez

Antes de regresar a Kiev tuve la oportunidad de pasear por la Leningrado con Martha. Me llevó a la Catedral de San Isaac para enseñarme el péndulo de Foucalt más pesado del mundo. ¿Qué puedo decir de ese lugar?, simplemente maravilloso, el arte sacro, la arquitectura del lugar y el péndulo...

A la salida caminamos por el monumento a Pedro el Grande y por el teatro Malinski, por ese paseo me enteré que la mejor escuela de ballet de Rusia estaba en Leningrado, con el ballet Kirov. ¡Y yo que pensaba que la única verdad se encontraba en el Bolshoi!

Desde cualquier perspectiva que se vea, ese viaje a Leningrado me cambió la vida; al igual que lo hacía cada oportunidad que tuve para ampliar mi visión del mundo a partir de las vivencias. Por ello regresé a casa con ánimos renovados.

Llegué a Kiev dispuesta a hacer lo posible por mejorar mi calidad de vida. Con un poco de asesoría de mis amigos árabes hice lo necesario para que el administrador me asignara una habitación de tres personas para vivir sólo dos. También hice gestiones para poder tener a una cubana como compañera de cuarto. 

Tuve la excelente fortuna de quedar en el mismo piso con Natalia y Belinda, me sentí bien. Creo que ese verano Valeri había viajado a Tashkent, capital de Uzbekistán, para iniciar sus prácticas. El tiempo que quedó antes de concluir el verano lo usé para acomodar mi nueva habitación, pasear por la ciudad sola o con amigas y para leer. En esa época leí todo lo que podía conseguir de García Márquez.

Si bien extrañaba a mi madre y hermanos, mi capacidad para disfrutar mi vida y mi ciudad se había fortalecido. Creo que en gran medida se debió a la seguridad y madurez que iba adquiriendo, sumado a la armonía y paisaje de mi entorno. Kiev seguía enamorándome a pesar del tremendo calor de verano de la estepa. 

Por fin inició el curso escolar, desde que tengo memoria fui de esas personitas raras que contaba los días para el inicio de clases. Nuevos maestros, nuevas asignaturas y la grata sorpresa de tener un mayor número de extranjeros, tengo muy presente a un grupo de muchachos libaneses y un par de palestinos, creo eran de Jordania, todos ellos e una belleza sin precedente. 

En este viaje a los recuerdos más profundos y sensibles de mi juventud, me di cuenta que sólo hasta llegar a segundo grado me percaté de la presencia de dos mexicanos de mi instituto, Javier y Mónica. La vida puede pasar sin darnos la oportunidad de ver y percibir nuestro entorno cuando la identidad personal no es tan firme y, sobre todo, cuando dejamos la responsabilidad de nuestra felicidad en manos de otro. Cultivar la felicidad interior, estar a gusto y en paz con nuestro ser es el mejor regalo que podemos darnos.

Belkis fue una de las grandes novedades del curso que inició. Y digo novedades porque con la política de las instituciones cubanas las probabilidades de vivir con una isleña eran pocas. Belkis llegó con sus compañeros para cursar su año de práctica de idioma. Ella era una chica muy estudiosa y buena persona, pero desde el inicio de nuestra conversación me contó que, dentro de su grupo nadie quiso compartir habitación con ella. Por esa razón la ubicaron conmigo. 

Cuando Belkis me aclaró las razones de su estancia en mi habitación se le cristalizaban los ojos. Creo que para ella el reparto de cuarto fue un golpe duro por parte de sus compañeros...  Estaba a la defensiva. 

Como siempre la exclusión social hacía sus estragos, y más viniendo de tu propia gente, ese grupo de cubanas fue muy diferente al anterior, sólo logré hacer una relación cordial y afectiva con Belkis y dos chicos que fueron ubicados en mi mismo bloque: Nelson y Osvaldo, si la memoria no me traiciona. 

Creo que ambas nos esforzamos en generar empatía y convenir reglas para la convivencia, considero que nos fue bien de principio a fin a pesar de la casi inflexibilidad de su adiestramiento político, con el tiempo entendí que, ella como la inmensa mayoría, lo hacía por sobrevivencia. Un aprendizaje más. 

21 de marzo de 2017

Lo bello y lo sublime

Por Fabiola Martínez

No tengo claro cuántos días antes y cuántos después estuvo en el hospital de maternidad mi amiga. Lo que tengo muy presente es su carita alegre asomada a la ventana saludándonos a Vic y a mí. Se veía radiante, como siempre, parecía que nada había cambiado en ella.

Víctor fotografió cada segundo del importante suceso: el recibimiento de su esposa e hijo. Era un día feliz, como se aprecia en la imagen. Luego de su salida estuve en la residencia de mi amiga un día o dos intentando ser de ayuda. En ese lapso le conté a Martha la cautivadora sensación que me había provocado el edificio del Palacio de Invierno. Ella y las soviéticas de su habitación comentaron lo difícil que era entrar al Hermitage, pues siempre tenían entrada preferente los turistas que visitaban el sitio y pagan con divisa.

-Puedes ir mañana temprano-, me dijo Martha-. Nada pierdes con probar. Lleva tu pasaporte mexicano y haz la fila para todo el público, si ves que se pone muy difícil intenta pagar tu entrada con divisa.

Me alisté para salir temprano hacia el Hermitage. Sólo era cuestión de desayunar y asegurarme de llevar papeles y algo de dinero. Esta vez no cargué nada para comer, así evitaría demorar mi entrada al museo.

Salí de la residencia de Martha y caminé hacia mi destino. Desde mi primera visita en invierno me agradó la estratégica posición del antiguo inmueble estudiantil, era sencillo llegar a todos los hermosos lugares de la ciudad. En poco tiempo estaba frente a la entrada del anhelado museo. De los camiones de Intourist comenzaban a bajar los turistas extranjeros. Identifiqué la puerta y la fila para los residentes y me formé, siempre tuve la certeza que correría la misma suerte que cuando me formé en la fila para ver a Lenin en su Mausoleo. Para mi suerte ésta era corta y se movió rápido, más de lo que pensé.

En poco tiempo me encontraba ante la entrada de la primera sala de exhibición. ¡Lo había logrado y no lo podía creer!... Cero divisas, cero problemas, cero preguntas, poco tiempo de espera. Los siguientes acontecimientos son de difícil descripción.

Conocer las colecciones de pintura del museo ya era una maravilla, tener esa experiencia dentro de un auténtico palacio no tenía precedente. No sabía a qué prestarle mayor atención; a las exposiciones o a la exquisita decoración de cada sala...

Sumergida en mi perplejidad tuve contacto con la colección de madonnas y, entre ellas estaba una de Leonardo da Vinci. Me detuve más tiempo ante ella intentando percibir aquello que se decía del trabajo del pintor. Honestamente me fue imposible, estaba abrumada o quizás tenía alterados mis sentidos.

Caminé uno o dos salones más y me encontré con el increíble salón de malaquita. Creo que allí se exponían más muebles y objetos que pinturas, los curadores tuvieron razón, en ese lugar no había forma de centrar la atención a otra cosa que no fuera el entorno. El salón fue y sigue siendo uno de mis favoritos.

Entre una sala y otra del primer piso, vi un croquis del museo, me di cuenta que no había visto ni una cuarta parte y ya llevaba horas dentro. Como tenía hasta las cinco de la tarde para concluir el recorrido, el resto del Hermitage lo caminé intentando capturar el todo. Aunque me sentía cansada y algo hambrienta seguí, pasé por un patio y luego me dirigí a la planta alta. De todo lo que vi ahí, tengo muy presente la sala del impresionismo, llena de pinturas de paisajes verdes colocadas de manera muy accesible a mi estatura y en forma tal que parecía que se podía mover cada sección como si fuera un carrusel.

Sin darme cuenta casi había llegado la hora de salir, se nos avisó por altavoz que nos quedaba media hora para concluir el recorrido. Me apresuré lo más que pude pero no logré terminar de conocer la planta alta. No sé qué porcentaje del museo conocí, no recuerdo nombres de expositores rimbombantes, sólo recuerdo y revivo las sensaciones percibidas. Eso, para mí, es lo más importante.

Antes de regresar a la residencia me compré una compota y algo para comer. A mi llegada Martha y sus amigos cubanos estaban organizando la mudanza de mi amiga hacia una residencia nueva. Iríamos al día siguiente a limpiar la habitación y verificar que todo estuviera en orden para el bebé.

Me imagino que al otro día por la mañana nos ocupamos de algo prioritario, porque nos trasladamos algo tarde a la nueva residencia. Resultaba ser que, para llegar al nuevo hogar hicimos casi el mismo recorrido que cuando visitamos los jardines del Palacio de Verano; sólo que en esta ocasión caminamos al lado contrario y, para acortar camino nos metimos en un tramo boscoso. ¡Grave error!

Debido a la sensación térmica y a la intensidad de la luz del sol no calculamos que atravesaríamos el bosque justo en el horario de actividad fúrica vespertina de los mosquitos.

¡Dios!, había olvidado lo fuertes y agresivos que eran los mosquitos que me dieron la bienvenida a Leningrado. Todos menos yo, iban vestidos con pantalón y manga larga. Sentí zumbar los enjambres de insectos alrededor de mi cuerpo y comencé a sentir sus dolorosos piquetes.

Entré en pánico y corrí, recuerdo sólo haber alcanzado a preguntar hacia qué dirección debía ir y hacia allá fui. El camino me pareció eterno pero llegué casi completa. En breve me enteré que la ciudad estaba construida sobre lugares pantanosos, y que la nueva residencia había sido parte de los enormes bosques y jardines de la nobleza rusa. ¿Cómo pudieron vivir allí en tales condiciones?, lo ignoro, lo que sé es que la construcción de Leningrado costó miles y miles de vidas, la gente que el zar llevaba a trabajar resistía poco a las malas condiciones sanitarias, el clima extremo y las jornadas laborales.

Luego de correr por mi vida me pregunté si valía la pena hacer padecer y morir a tanta gente para crear toda la belleza contenida en la ciudad. Nunca pude responderme porque, como todo lo que veía en Leningrado era en extremo bello, la sensación de lo sublime pasaba por encima de todo razonamiento.



7 de marzo de 2017

Leningrado, la ciudad museo

Por Fabiola Martínez

Mientras Víctor se encargaba de los preparativos para el alta hospitalario de su hijo y esposa, me enfoqué en conocer lo mejor posible la ciudad. No recuerdo en qué orden fueron las visitas, mi memoria sensitiva sólo reproduce el agradable impacto de cada hermoso sitio visitado. 

Por recomendaciones de los amigos cubanos de Martha, visité la Fortaleza de Pedro y Pablo, ubicada en una isla cercana a la residencia de mi amiga. Empaqué algunas bocadillos y bajo mi ropa me puse un traje de baño. 

La fortaleza quedaba muy cerca de la residencia de Martha. Llegué caminando. El lugar era enorme, recorrí los principales puntos de interés: la iglesia, la cárcel y el cuerpo principal de la fortaleza... Pude admirar el enorme pico que sobresale en el inmueble. Llamó mi atención la amplia forma como se ocupó el espacio de la isla donde se construyó la fortaleza, también llamó mi atención la humedad y frío que sentí estando a la sombra, mismo que contrastaba con el calor veraniego del día. 

Mientras recorría el lugar intentaba imaginar cuán duro podía haber sido el verano de principios del siglo XVIII. Presiento que pocas personas sobrevivieron un encarcelamiento allí. 

Poco antes de terminar el horario de visita decidí veranear con los leningradenses en la playa improvisada y cercana a la fortaleza, en un brazo del río Neva. Me tiré al piso a disfrutar del sol, observé a la gente en su recreo, metí las piernas al río pero no avancé más. Sólo me mojé el cuerpo y salí a tomar el sol y secarme antes de regresar a la residencia.

En mi tiempo de ocio repasé lo leído en las placas del museo. Me parecía imposible pensar que, de cierto modo, allí había iniciado la edificación de aquella bella ciudad. No alcanzaba a comprender cómo, en aquel entonces, pudieron concebir espacios tan amplios y bien planeados. 

En ese mismo paseo de verano tuve la fortuna de contar con la compañía de los amigos de Martha, quienes me llevaron a las afueras de la ciudad a conocer uno de mis lugares favoritos: Petrodvorets.  
Vista aérea parcial de la Fortaleza de Pedro y Pablo. Tomado de Google Maps.
En https://goo.gl/maps/jackHWe6Jr62
Para llegar nos dirigimos a la terminal de trenes y allí tomamos una especie de tren suburbano conocido como electrichka. Luego de un trayecto de unos 40 minutos (por las paradas que hacía el tren) y de un tramo en autobús o caminando (no recuerdo con exactitud qué hicimos), llegamos al destino. 

Aunque teníamos la opción de entrar al palacio, nos dirigimos directamente al paraíso: las fuentes y los jardines. ¡Qué belleza de lugar!, el asombro no cabía en mí. No sabía hacia dónde mirar. Todo era maravilloso, la fuente central, su recorrido hasta un punto lejano, las cascadas o las pequeñas casas construidas alrededor de los jardines. 

Creo que mis guías disfrutaban mi embeleso. Disfruté cada metro cuadrado que recorrí, disfruté del sonido del agua, de la paz del lugar, de sus numerosos visitantes. El tiempo pasó volando y no sentimos a qué hora terminó el horario de visita. 

Cuando pensaba que había llegado el fin de la diversión la cereza del pastel comenzó a asomarse. Regresamos a la fuente principal y  allí tomamos la vereda, como si siguiéramos el curso del agua. Resultaba ser que la fuente principal desembocaba en un lugar cercano a la unión del río Neva con el Golfo de Finlandia. Mis ojos salían de su órbita. 

Compramos los boletos y esperamos turno en el embarcadero; viajaríamos en una lancha llamada "cometa"... ¡Madre Santa!, al ver la forma que tomaban las lanchas al avanzar me preguntaba ¿cómo permaneceríamos vivos y en vertical?

Por fin llegó nuestro turno y subimos a la lancha. Una vez que agarró velocidad, la parte delantera del vehículo parecía volar. El estómago se me encogía por la alegría y el temor. Recorrimos un tramo significativo pero no igual al de la electrichka. En breve se presentaba ante mí la muy elegante y distinguida ciudad. El paisaje, el ruido del motor y el agua me pusieron eufórica. 

El palacio de invierno o Hermitage se veía cada vez más cerca. La lancha disminuyó paulatinamente su velocidad y mi euforia aumentaba. La belleza y dimensiones del museo eran espectaculares desde ese ángulo. 

Atracamos justo en el muelle del Hermitage, - ¿podía haber mejor final que ese?-, me pregunté. Como final quizás no, pero como principio de otra aventura sí, y hacia allá dirigí mis siguientes planes. 
El día de la visita me aseguré de llevar cámara y rollos. 
Para mi desgracia, ninguna fotografía de la sesión salió bien, de hecho salieron negras. 


Visité este lugar en 1989, no podía quedarme sin fotos propias. La suerte o el destino
no estaban de mi lado, en esa segunda oportunidad tampoco salió ninguna foto. 
Todas las imágenes de las Fuentes y jardines en Petrodvorets fueron tomadas 
de Google Maps. 
En https://goo.gl/maps/XACSJHwsadz





21 de febrero de 2017

Nadie aprende en cabeza ajena

Por Fabiola Martínez Díaz

¿Qué fuera de mi vida sin las fotografías?, las que tengo de mi vida en la URSS sobrevivieron viajes y estancias en Cuba, en mi pueblo natal y siguen aquí ahora, muy presentes en mí, refrescando mi memoria,  desatando emociones y estremecimientos por todo lo vivido. 

Por la fecha de la foto que compartiré en la siguiente entrega, debí adelantar mis exámenes de verano para viajar a Leningrado y estar cerca de mi amiga Martha en uno de los momentos más especiales de su vida: la llegada de su primogénito. 

A partir de la experiencia del invierno organicé mis finanzas para viajar en avión, por supuesto tuve que gestionar invitación, permiso de estancia en Leningrado y un lugar para pernoctar. Fueron de gran ayuda dos palavinos cubanos amigos de Martha, ella era hija de soviética con cubano, él era hijo de cubano con una uruguaya. 

Recuerdo haber llegado al aeropuerto a las once de la noche. Me esperaba Víctor, esposo de Martha y padre del esperado bebé.  Yo vestía pantalón medio bombacho, blusa ligera y chaqueta de piel. Mientras Víctor y yo esperamos el taxi empecé a sentir fuertes punzadas y una fuerte comezón. 

-¡Víctor!, no puedo parar de rascarme las piernas, ya se me están formando ronchas. 
-¡Ah, sí!, olvidé decirte que aquí hay muchos mosquitos y son bravos. 
-¡Que si lo son!, están perforando mi pantalón.- Comencé a sentir ansiedad...
-Lo importante es conseguir un taxi pronto, de lo contrario subirán los puentes y no podremos llegar al centro de la ciudad. -No presté atención porque estaba a punto de perder los estribos. Por fin llegó el taxi y entré volando; ya a salvo me dirigí a Víctor.
-¿Qué me decías de los puentes?
-Que debemos apurarnos porque a tal hora (creo a las doce de la noche) se levantan para que las embarcaciones de mayor tamaño puedan transitar. 

Mientras Víctor hablaba con el taxista, me percaté que la noche no era oscura, más bien parecía tener la intensidad de la luz que antecede al anochecer. 

-¿Todavía no oscurece?
-No, aún estamos en la temporada de las noches blancas. 
-¿Qué es eso?
-Es un periodo del año cuando las noches parecen atardeceres, incluso hay un día o dos en los que parece que fueran las seis de la tarde en un verano de México. 
-¿En serio existe eso?, en México había escuchado que había lugares de la URSS donde no anochecía, pero pensaba que era parte de todos los inventos que han hecho sobre este país.

El taxista iba apurado, pendiente del trayecto. Antes de llegar a la residencia, por la zona del Hermitage observé que la gente paseaba contenta, disfrutando del buen clima, todos se veían radiantes... 

Por fin llegamos al viejo edificio de la residencia estudiantil. Martha ya estaba internada en el hospital preparándose para el gran momento. Creo que dormí en su cama, tuvimos poco tiempo para hacer otras cosas más allá de platicar un poco, tal vez cené pan con kalbozá y jugo o té. 

Tardé un poco en conciliar el sueño procesando cada imagen de la ciudad que capturé en ese junio de 1987. Si en invierno Leningrado me pareció hermosa, ahora no sabía qué palabras usar para describirla, mi ánimo se sentía estremecido. Las calles, los jardines, los puentes y... ¡el Hermitage!

De repente me di cuenta de lo fundamental, mi amiga se convertiría en madre. Aunque en todo el proceso de gestación ya era un prospecto de madre, era hasta ese momento que me "cayó el veinte", como decimos en México. Recordé a mis compañeros del Instituto y me pregunté, ¿cómo cuidará al bebé?, ¿cómo se organizará para seguir estudiando?, y Víctor, ¿seguirá en Lvov o logrará un cambio de ciudad? 

Otra vez me consolé diciéndome que Martha era fuerte y audaz (y sí lo era), que lo lograría todo, mis respuestas parecían colocarme como un ser inmune, ajeno a esa posibilidad de la familia. Como escribí en la entrega pasada, en el proceso de hacerme adulta tomé decisiones de vida que trascendieron, validando una vez más el dicho: nadie aprende en cabeza ajena.