17 de mayo de 2016

Víspera de verano

Por Fabiola Martinez

Conforme nos acercábamos al verano el clima permanecía templado por más tiempo y nuestro cuerpo lo sabía. Caminábamos más ligeros y sonrientes. Yo me aplicaba mucho más en mis estudios y las mejoras eran evidentes; además, cada día que pasaba era un día menos para ver a mi familia, ¡cuánta dicha! 

La Geografía se había convertido en una de mis clases favoritas, sobre todo porque el salón empleado para esa asignatura estaba lleno de muestras de rocas, tipos de tierra, láminas espectaculares... La luz del sol duraba cada vez más tiempo con nosotros y eso aumentaba nuestra felicidad. 

No sé si a todas las personas les haya sucedido pero, ahora que recuerdo y escribo esta entrega, me percato de que cuando los estados de felicidad eran más prolongados,  yo tendía a dar por hecho que todos la estaban pasando tan a gusto como yo, pero hasta en el día más feliz se aprende algo nuevo y difícil de explicar. 

Por alguna razón los profesores de ruso eran más sensibles al estado anímico y físico de cada uno de nosotros. Como a finales de la tercera semana de mayo, estando en clase de ruso, mi profesora se dio cuenta de que uno de mis compañeros de Jordania, Majmud, había adelgazado notablemente y tenía unas ojeras enormes, con un tono preocupado preguntó: 

—Majmud, ¿te sientes bien?, ¿acaso estás enfermo?
—No, Olga Yurevna, es que estamos en Ramadan. 
—¡Claro!, ya recuerdo, pero Majmud, en este país no puedes ser tan riguroso con el Ramadan, pues cada día que pasa el sol cae más tarde, te enfermarás. 
—¡Pero no puedo faltar a mi religión!

Muchos de la clase estábamos sorprendidos de la seriedad y respeto con la que la profesora y el jordano hablaban del tema. Para mí fue un golpe de realidad percatarme de la mirada angustiada, cansada y quizá desesperada con la que Majmud respondía a las preguntas de la profesora. 

—Majmud, por favor respira y escúchame con atención. Nadie te pide que no respetes el Ramadan, sólo te pido que no te esperes a comer hasta que anochece, te ves mal... 
—Me veo mal porque además del ayuno, me estoy preparando para los exámenes, no puedo reprobar o me mandarán de regreso a mi país, y si regreso, me voy directo al servicio militar. —Sus grandes ojos se cristalizaron. 

Otro compañero libanés aprovecho el espacio generado por la charla y también se desahogó. 

—Olga Yurevna, muchos de nosotros vinimos aquí para que nos perdonaran el servicio militar. Usted no sabe, pero todos en mi país, al cumplir dieciocho vamos al ejército por dos años, sin excepción, nadie desobedece las órdenes del Rey. ¿Y sabe?, allá nos mandan a cuidar la frontera con Israel, que siempre tiene conflictos armados con Palestina. Además estamos cerca de Líbano, que también tiene serios problemas. Dicen que no hay guerra, pero en esos lugares mueren muchos jóvenes todos los días. Nosotros no queremos morir. 

Desde que inició la charla permanecimos mudos, primero porque no sabíamos de qué se trataba el Ramadán y tratábamos de deducir el rumbo del tópico, luego por la crisis de angustia de Majmud y más tarde al darnos cuenta de la situación que vivían nuestros compañeros jordanos. 

Aprovechando un momento de silencio, la maestra hábilmente canalizó la tensión que se había generado y cambió el rumbo del tema al preguntarnos si sabíamos en qué consistía el Ramadan. Todos hicimos preguntas y la profesora pidió a los jordanos que nos platicaran los usos y costumbres para celebrar esa festividad. Después de terminar la clase habló con ellos en privado. 

La escena que describí sigue tan viva en mi recuerdo como hace treinta años. En ese tiempo me sentí afortunada y valoré la paz que se vivía en México. Claro que, por muy ingenua que fuera en aquel entonces, sabía que esa paz no era absoluta, creo que pocos países la viven. Sólo di gracias a la vida porque nadie de mi familia estaba obligado a ir a la guerra de nadie. 

Lamentablemente, la situación de México ha cambiado de manera radical desde el año 2001. Paradógicamente, a estas alturas de la vida, doy gracias porque mi familia y amigos transiten a salvo de una entidad federativa a otra, o de una delegación a otra. ¿Cómo llegamos hasta este punto?

Desde mi experiencia creo que los mexicanos, todos, hemos sido los más grandes desdeñadores de nuestra riqueza natural, cultural y social, todos los días la vendemos al mejor postor y lo hacemos a través de los quehaceres más insignificantes; mediante cada gesto o actitud cotidiana, con nosotros mismos y con las personas que decimos amar. ¿Recuerdan la teoría de la ventana rota?, estoy convencida que ésta aplica a caso todos los ámbitos de nuestra vida personal. 



  








3 de mayo de 2016

"La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos" [M.T. Cicerón]

Parte 2

Por Fabiola Martínez 

ANCIANA. Llévame y ven conmigo...
JOE. —Pero yo no estoy solo aquí; alguien quiere que me quede.
ANCIANA. —Me alegra por ti, como si hubieras venido de vacaciones a la isla... El sol no te puso rojo, sólo te tostó [...], no tiene nada de raro, pasa todo el tiempo. Así que llévate un lindo retrato pero no te engañes, aquí también estamos más solos que nada, si tenemos suerte, tenemos un lindo retrato para llevarnos. 
JOE. —¿Tú tienes un lindo retrato?
ANCIANA. —Sí. 

Meet Joe Black? es una película del año 1998, de ella me encanta el enfoque sobre la percepción de la muerte, además de tener diálogos sencillos y llenos de realidades sobre el qué y el cómo los humanos nos aferramos a la vida en las condiciones que dicta el ciclo la naturaleza de nuestra base biológica. 

El diálogo que uso al inicio me gusta mucho para continuar con mi tema, porque nuestros muertos perduran vivos en la medida que tenemos recuerdos, memorias o el "lindo retrato" de ellos. Quizá por esto, y para no olvidar la barbarie de la que sólo los seres humanos somos capaces, existen días de conmemoración, como el 9 de mayo Día de la Victoria, mismo que otros europeos conmemoran el día anterior sólo por ajustes de los husos horarios. 

Pienso que, independientemente de la función conmemorativa que originalmente tuvieron las llamadas Tumbas del Soldado Desconocido, la visita a cada impactante lugar me invitó a pensar que veinte millones de muertos es una suma muy grande aún para un país tan basto como la Ex Unión Soviética, que si Steven Spielberg no tuviera tan acaparado el tema de la Segunda Guerra enfocada hacia sólo hacia el Holocausto judío (con unos seis millones de muertos, cifra enorme y ofensiva pero no exclusiva), podrían hacerse excelentes documentales o películas basados en testimonios o hechos históricos de la muy lastimada Polonia, por ejemplo. 

Pero más importante aún, esos sitios de conmemoración me hicieron pensar que cada persona enterrada allí era amigo, hijo, hermano, esposo o mujer de alguien. Que su muerte, ya fuera en batalla, por bombardeo o simplemente por hambre significó, para alguien, la pérdida de un confidente, de un irremplazable amigo o bastión familiar o social. 

Desde mi experiencia, la muerte de un ser amado por consecuencias de la vejez o el desarrollo de una enfermedad grave, como el cáncer, es un suceso indeseable e incluso impensable que tarde o temprano aceptamos por ser parte de la ley de vida. La muerte por guerras, limpiezas étnicas, rapacidad, dominio, control o simplemente porque vender armas a gran escala es uno de los mejores negocios del mundo y activa la economía de las potencias económicas del planeta forma parte de los actos más humanos y aberrantes que se puede pensar, pues sólo el humano fabrica y negocia con la vida y la muerte, ningún otro animal o ser vivo sobre la Tierra. 

Hoy en los noticieros se recordó la destrucción de la emblemática Palmira, acontecida hace poco. Horrorizada me di cuenta que en ningún lugar de la civilizada Europa hubo expresiones de rechazo a tan irreparable pérdida del patrimonio de la humanidad. No apelo a la conciencia de los estadounidenses de a pie porque quizá no logran ubicar en el mapa dónde está Palmira. En Latinoamérica estamos muy ocupados en nosotros mismos y dar valor a todo aquello que divierte, hace bullying o se convierte en trending topic que en tomar conciencia de todo el patrimonio humano que se pierde día con día, incluido por supuesto, el nuestro. 

En un mundo globalizado ¿Cómo podemos conservar nuestra memoria colectiva con la pérdida constante de lugares tan valiosos como las ciudades antiguas de Palmira o la destrucción incesante de Iraq, nuestra antigua Mesopotamia? 

Incluir en la educación el valor de la paz parece una tarea imposible, pero hasta el último aliento conservo la esperanza, sí y sólo sí la educación de los valores universales se realiza de manera tal que se convierta en un aprendizaje significativo y no sólo para llenar la currícula escolar. 

Se me ocurre que, ahora que se acerca el aniversario del Día de la Victoria, en una conmemoración a escala mundial, se incluya (además del genocidio de judíos, comunistas y homosexuales, principalmente de Polonia y Europa del Este), la mención de otras emblemáticas masacres ocasionadas por los apetitos humanos, como el genocidio armenio, el de Ruanda, de Guatemala, Camboya, China (bajo el dominio de Mao Tse Tung) o el Golodomor ucraniano. 


Si no conocemos el valor de la paz, ¿es posible construir una vida plena y digna donde cada individuo pueda obtener para sí un "lindo retrato" que pueda llevar a la hora de su muerte? A mi edad y con la afortunada vida que he tenido, ya tengo varios retratos lindos que llevar si hoy me tocara rendir cuentas ante Dios, eso no significa que quiera morir ahora pero digamos que ya he vivido, tengo una historia que contar en la que predomina la ilusión por la vida y la esperanza de poder forjarme un futuro. 

Creo que como adultos, es hora de ocuparnos en el tema para que los niños y jóvenes de México y de tantos y tantos lugares del mundo que viven sumergidos en la violencia y los conflictos armados, tengan la oportunidad de obtener para sí, mejores condiciones de contar con lindos retratos ya sea para llevar o para compartir. 

26 de abril de 2016

"La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos" [M.T. Cicerón]

(Parte 1)
Por Fabiola Martínez Díaz 

Como pocas veces sucedía en el calendario escolar, poco después del descanso del 1ro de mayo los estudiantes tuvimos un día de descanso más, el del "9 de mayo, Día de la Victoria". Ciertamente se conmemoraba un gran día no sólo para los soviéticos, sino para toda la humanidad, pues tiene que ver con la derrota de la Alemania Nazi y el inminente fin del horror de los horrores del siglo XX: la Segunda Guerra Mundial. 

"Si ignoras lo que ocurrió antes de que tú nacieras, siempre serás un niño", dice una frase de Cicerón. Aunque en mi formación académica básica tuve nociones de la Primera y Segunda Guerra mundiales, en ese tema trascendental yo seguía siendo una niña, pues  poseer un dato o tener una información no significa haber adquirido el conocimiento. 

Antes de llegar a la URSS tuve la suerte de ver en televisión abierta un documental con material grabado por los soviéticos donde se explicaba paso a paso los procesos de la guerra, creo que el documental se llamó Campanas Rojas, fue revelador conocer un punto de vista ajeno al libro de texto y ajeno a la versión estadounidense reducida a las películas de Hollywood. Recuerdo que cada sábado, sin falta, mi madre y yo miramos con atención cada parte del documental hasta la toma de Berlín. Fue aterrador pero valió la pena. 

De ese 9 de mayo de 1986, recuerdo haberme levantado tarde, haber caminado en otras rutas para ir por víveres y escuchar salir de diversos edificios la letra y música de la canción день Победы. También recuerdo haber pasado el día en compañía de mi amiga Diana Danzós, que para entonces ya estaba esperando a su bebé. 

En mi caso no era necesario emplear ese día para sensibilizarme sobre las condiciones y detalles de la Segunda Guerra Mundial en territorio ucraniano, desde mi llegada a Moscú y luego a Jarkov comencé un curso intensivo-vivencial sobre este tema. 

Cuando llegué por primera vez a Moscú y fui a la Plaza Roja, me llamó la atención la gran cantidad de gente adulta, hombres y mujeres mayores portando medallas de tipo militar, ya vestidos de civiles, ya vestidos de militares. Recién llegada a Jarkov también me impactó ver a personas mayores de edad, sobre todo a mujeres, portando insignias o medallas militares pero actuando como si hubieran perdido la razón, mi recuerdo más constante fue haberlas visto mirar al cielo y esconderse en las bancas del parque. 

Diana Danzós aclaraba mis dudas; solía explicarme que se trataba de veteranos de guerra que habían enloquecido con el paso del tiempo por los efectos traumáticos de la Segunda Guerra Mundial (habría valido la pena entrevistar a cada persona y familiar de aquellos parques) 

Otro aprendizaje vivencial sobre esta guerra fue la visita a la Tumba del Soldado Desconocido de Jarkov. Sucedió en la primera quincena de septiembre de 1985, casi ninguno de los estudiantes de la podfak hablábamos ruso, pero recuerdo que todos quedamos impactados sensorialmente. 

Cuando anunciaron la visita al lugar, imaginé encontrar una cementerio convencional lleno de sepulturas y lápidas... No fue así. El lugar era un sitio boscoso lleno de pasto y árboles; la imagen de la luz del sol pasando entre las ramas es imborrable... pero lo más impactando fue el sonido de un corazón latiendo... Todos estábamos en silencio, absortos por los efectos del entorno. 

Fue allí donde inició mi toma de conciencia sobre la guerra y la muerte que genera, también sobre la muerte causada por negligencias surgidas de la avaricia, la codicia, la creencia humana de sentirse dioses (como en el caso de Chernobyl y un sin fin de casos de la actualidad) 

Hasta este momento sigo pensando que ningún sitio web o dispositivo digital sustituyen los aprendizajes vivenciales de los alcances de la guerra y el valor de la paz; este aprendizaje surgirá en las personas a partir de la toma de conciencia, de la reflexión, de la autocrítica, entre otras herramientas. 

La información digital y los dispositivos a través de los cuales la adquirimos, sólo son invaluables herramientas, hace falta conversar sobre estos temas en un ambiente de respeto y tolerancia, no de imposición de opiniones; también hace falta evitar, a toda costa, acostumbrarnos a los hechos que implican muertes violentas y enfrentamientos armados y verlos como algo "normal" o como parte de lo cotidiano. Lamentablemente esto está ocurriendo en México y en bastas zonas del mundo. 

Es más, la muerte violenta por conflictos armados es tan natural en nuestro país y en otros lugares del llamado tercer mundo, que ya ni somos noticia relevante, como lo es un ataque a una estación del metro de Bruselas o al Bataclan de París, hechos dolorosos y lamentables que tienen coberturas interminables y sobre los cuales se pronuncian los dueños del mundo... perdón, los presidentes de las potencias del mundo. Hechos usados, también, como pretexto de intervenciones armadas y como medida de control a unas muy horrorizadas sociedades europeas y estadounidenses que cederán a lo impensable para no perder su status quo

Ucrania fue un territorio muy castigado por la Segunda Guerra Mundial y por el régimen estalinista; Ucrania es un estado que actualmente vive conflictos armados violentos que el mundo prefiere ignorar. Ayer en México se vivieron enfrentamientos armados en Acapulco, ayer también se habló de la "niña de la maleta", y me pregunto ¿por qué hemos aprendemos más rápido a vivir con los conflictos armados, los infanticidios, homicidios y feminicidios?

12 de abril de 2016

Cuando los humanos jugamos a ser dioses...

Por Fabiola Martínez Díaz


La vida estudiantil en un ambiente francamente templado reforzaba mi ánimo para escapar del hacinamiento de la residencia. Iba a comprar víveres, me sentaba a contemplar el paisaje y a disfrutar del clima, jugaba en la pista de atletismo, caminaba por la ciudad... 

Cada uno hacía lo que el invierno no les permitió, por ejemplo mis amigos camboyanos iban por Martha, Índu y por mí a nuestras habitaciones para tomarnos fotografías que luego ellos mismos revelaban. A Martha o a mí llegaban a tomarnos por sorpresa para fotografiarnos en la calle. 


Caminando sobre la calle Otakara Yarosha. Regresando de comprar papas,
que era lo único o lo poco que sabíamos cocinar. 
Nuestra jornada escolar, como lo mencioné en entregas previas, era de tiempo completo de lunes a sábado, los días de descanso extra eran pocos: 8 de marzo, día de la mujer, 9 de mayo, día de la Victoria (день Победы), año nuevo y, por supuesto, el primero de mayo, día internacional de los trabajadores y fiesta internacional del movimiento obrero. 

Acostumbrada a vivir en un país donde "hacer puente" era, como decía mi abuela, "el pan nuestro de cada día," padecí el rigor del estudio arduo, por eso, al estar muy próximo el descanso por el 1ro de mayo hice grandes planes con Martha, la pandilla de camboyanos y nicas, decidimos pasar todo el día en la pista de atletismo, estudiar, jugar y relajarnos. 

Los planes se realizaron conforme a lo previsto, ese día lo pasé disfrutando del sol y el aire templado, estudiando, jugando y tomando kompota y comiendo panes rellenos de kolbazá. Estábamos rebozando de felicidad cuando, con rostro compunjido se acercó de prisa un latino...

—¿Supieron que hubo una explosión nuclear de Chernobil hace varios días?
—No sabemos nada, no hemos escuchado nada en las noticias pero, ¿dónde queda eso?, ¿qué tiene que ver con nosotros?—, contestamos con la más genuina inconsciencia y con muy poca empatía. 
—Está cerca de Kiev, se dice que todo el poblado cercano está muerto, mi familia me llamó para saber si estoy bien; varios compañeros hemos recibido llamadas de nuestros países pero nadie estaba enterado. Se dice que en todo el mundo están preocupados porque el gobierno soviético no explica nada, guarda silencio.

Debo confesar que, acostumbrada a vivir en un país donde otro deporte nacional es el "sospechosismo", mi tendencia fue no dar crédito a lo que escuchaba. Di por hecho que se trataba de otra maniobra de descrédito a mi segunda patria. Mientras en mi cabeza rodaba la idea del sospechosismo y del "compló" (como suele gritar la pseudo izquierda mexicana de la actualidad), nuestro emisario trataba de responder a las preguntas de los demás.

—Si los soviéticos no han dado la noticia, ¿por qué lo saben en otros países?, ¿no te parece extraño?
—Los radares o sensores de Suecia o Noruega se activaron al detectar una nube de radiación que se dirigía al norte de Europa. Ellos emitieron la alarma y todo el mundo se enteró, pero ciertamente los soviéticos no se han pronunciado. Lo que se dice en los medios extranjeros es que debemos evitar exponernos al sol, les sugiero que regresen a su residencia. 
—¿Tú crees que sabiendo la gravedad de la situación, en un día como hoy en que todos pasean y descansan, los soviéticos iban a permitir que nos pase algo tan grave?, no lo creemos. 
—Bien, yo ya les advertí, lo demás es su decisión. Si pueden hablen de esto con sus compañeros. 

Como suelen decir los nicas, nosotros "no paramos bola" a lo que escuchamos y terminamos el día en la calle. En mis adentros, y a partir de todo lo que había vivido en ese país hasta el momento, mi lógica no me permitía pensar que no nos protegieran o alertaran de tan grave situación, si es que la había. 

También me decía: Si la maestra de fonética todo el tiempo nos revisaba la ropa de invierno para no enfermar, si a punto de terminar el invierno a todos nos hicieron exudados faríngeos y nos cuidaron de no enfermar de vías respiratorias y sobre todo de meningitis, ¿cómo pueden descuidarnos ante un hecho tan grave como una explosión nuclear?

Además de mis reflexiones, me percaté que en el paseo del primero de mayo de 1986, había familias enteras disfrutando del buen clima, del descanso. Todo parecía indicar que la gran mayoría, verdaderamente, ignoraba el hecho. Mi sospecha de una falsa alarma se reforzó. 

Al reanudarse las clases los pobres maestros fueron bombardeados con interminables preguntas sobre el tema, la mayoría de los profesores repitió lo poco que se dijo en la brevísima noticia del 28 de abril, de la que la mayoría de los estudiantes no se enteró o no dio importancia, algo así como: "Hubo un accidente en la planta nuclear de Chernobil, pero ya se tomaron medidas para ayudar a los afectados. El gobierno designó una comisión."

Hago un breve paréntesis para contarles que, a partir de tan grave suceso, desde mi repatriación voluntaria a México, específicamente desde el asesinato de Colosio y el inicio del movimiento zapatista, escuchar que el gobierno forma "comisiones" para todo problema o mal, me provoca gran rechazo y es porque, históricamente, esas comisiones se forman porque el gobierno en turno del país que sea no puede, no quiere, no le conviene o no sabe cómo resolver lo que enfrenta. 

Para bien o para mal, lo que yo creí que era una difamación se convirtió en un hecho real y contundente, no había duda, la explosión nuclear había sucedido. La dura verdad, sumada el repaso detallado de aquel primero de mayo me mantuvo taciturna varios días. Luego comencé a preguntarme: ¿cómo es posible que no se haya dicho nada?, ¿cómo nos permitieron estar expuestos al sol?, ¿por qué callar?...

Mi vida, así como la de todos los soviéticos de esa época, tiene un antes y un después de Chernobil. Mi pensamiento abstracto, el pensamiento de esa personita (yo) que se perfilaba a ser una adulta comprometida conmigo misma y la humanidad, no lograba elaborar o comprender explicaciones. 

En pocos días se cumplen treinta años de la explosión nuclear de Chernobil. Hoy, así como de unos años a la fecha, sigo sin comprender un sin fin de conductas y procederes de los sectores del poder político y económico de los países del mundo. La única certeza que tengo es que: A NADIE LE IMPORTA NADA,  A NADIE LE IMPORTA EL RESTO DE LA HUMANIDAD. El egoísmo, el egocentrismo, el narcisismo y el hedonismo están por encima de cualquier principio humano; salvo contadas y extraordinarias excepciones. 

Y si no consideran congruente mi afirmación, pregunten al actual jefe de gobierno y a su gabinete sobre la crisis ambiental de la Ciudad de México, pidan rendición de cuentas a todos los regentes o jefes de gobierno que han gobernado la capital desde que se implantó el "hoy no circula", pregunten a las familias de cientos de desaparecidos en México, a las familias de las mujeres violadas o asesinadas, a los que venden las armas y financian al Estado Islámico, a quienes cerraron las fronteras a los refugiados sirios y africanos. 

Les invito a hacer otro ejercicio cívico y ético, que puede consistir en preguntar cómo viven el compromiso social a los patrones de las pequeñas y grandes empresas, a los que han tenido cargos populares o de elección y de la noche a la mañana tienen casas, ranchos, edificios, viajes y todo lo que un simple mortal como yo puede imaginar... Preguntemos sobre el derecho a la vida digna, la justicia, la paz, la legalidad a todos aquellos que juegan a ser dioses...

Es verdad que, sin importan cuán grande sea el poder que tal o cual persona tiene, nada es eterno, no obstante insisto en subrayar que la vida en sociedad demanda con urgencia una reflexión profunda de nuestros actos. URGE, sí URGE una seria revisión de nuestros principios y convicciones, el planeta y el mundo vivo, las personas y las sociedades del mundo lo merecemos. ¿O usted no?

NOTA: Ya que vino a tema el asunto de falta de principios, abusos e indiferencia, requiero un pequeño favor de todos para el día miércoles 13 de abril, o sea mañana. Consiste en tener para mí un pensamiento positivo, pues parte de mi atención y tiempo estarán destinados a tratar asunto de ignominia. 

¿Qué significa "hacer puente": En México existe la costumbre de llamar "puente" a los prolongados descansos que los trabajadores, principalmente los de gobierno, se toman aprovechando un día festivo, por ejemplo, si el primero de mayo cae en día martes, hacer un puente consiste en tomar como descanso, también, el día lunes, algunos servidores públicos o burócratas incluso, comienzan su puente desde el medio día del viernes. 

5 de abril de 2016

Jirones dentro del tintero

Por Fabiola Martínez

Entre las entregas que he compartido en este blog, han quedado sucesos, anécdotas y aprendizajes que no quiero dejar a un lado. El título de la entrega hace una humilde alusión a una frase de Lev Tolstoi (toda proporción guardada) En ella dice: "No hay que escribir sino en el momento en que cada vez que mojas la pluma en la tinta, un jirón de tu carne queda en el tintero." Si bien no estoy escribiendo obra literaria alguna, lo que relato son mis vivencias y reflexiones del día a día que me formó en una etapa fundamental de mi vida. Y la vida, según lo sé y lo veo, es el libro más importante que escribimos. La vida es también el libro más interesante que volvemos a leer cada vez que recordamos y reflexionamos al respecto. 

Quizá en entregas pasadas mencioné algo sobre la anécdota común entre la manera de dirigirnos a los profesores soviéticos por parte de mexicanos y latinos. Hoy retomo el hecho para referirme a uno de los tantos aprendizajes realmente significativos. 

Si alguien quería ver a un profesor muy a disgusto, sólo debía llamar su atención o dirigirse a él diciéndole prepodavatel, cuando esto sucedía los maestros solían voltear visiblemente molestos corrigiendo: 

-¡Меня зовут Иван Семенович! (mi nombre es Iván Semionovich)

Tal reacción solía dejarnos atolondrados, los latinos simplemente no entendíamos cómo un vocativo tan común en nuestra cultura causara tal molestia. En el mundo de mi infancia, el maestro era maestro, sin importar cómo se llamara, ahora, si se trataba de un docente querido o de renombre, se solía decir primero la profesión seguido por el nombre, de preferencia en diminutivo: la maestra Rosita; aunque con las modas actuales, ahora ya ni maestros son, ahora el vocativo sería "miss Rosita", en fin... regreso al punto. 

Desde mis primeros recuerdos y como parte de mi personalidad, mi cerebro pide, primero, entender la causa y luego asimilar la información. Así que busqué al Vicedecano que hablaba bien español para que me explicar... debía entender el trasfondo. 

Con mucha paciencia y empatía me comentó que, en su cultura, ningún grado académico, escolar o cargo público debía anteponerse al nombre de una persona. 

-Pero si mi maestro se llama Iván, ¿por qué debo llamarlo Iván Semionovich?
-Porque el trato de respeto a las personas que no conoces señala que debes dirigirte a él apelando a su nombre y patronímico. Pero no te preocupes, eso les pasa a todos los latinos porque ustedes suelen dar mayor importancia al grado escolar o cargo y no al nombre. Pronto te acostumbrarás. 

No hizo falta acostumbrarme, quedó completamente claro para mí, pues ya antes en México, me di cuenta de lo mucho que las personas se disgustaban si no te dirigías a ellos llamándoles ingeniero, arquitecto, licenciado. Yo, para no lastimar los sentimientos de nadie, prefería "licenciarlos" a todos, luego cada uno me corregiría orgulloso diciéndome su profesión. 

Ahora que escribo esta entrega vuelvo a reflexionar sobre "la importancia de llamarse Ernesto, Juan, Fabiola, Adolfo o Cecilia" y sobre el poco valor que socialmente damos a este hecho. Aunque la Convención de los derechos del niño señale como derecho fundamental tener un nombre, creo que en México poco se ha reflexionado sobre el curso que damos a la construcción de la identidad de un niño al asignarle un nombre. 

Reitero, soy afortunada, aprendí muy a tiempo mi lección y, a menos que la inercia burocrática me lo imponga, desde entonces siempre me he identificado con mi nombre y apellidos, no por mi grado académico. Mi nombre es piedra angular de mi esencia. ¡Gracias Iván Semionovich!

Las dos fotos que comparto ahora, captan una vivencia que guardo con especial cariño, fue aquella ocasión en la que por varias horas me convertí en ecuatoriana honoris causa

Baile ecuatoriano en aldea ucraniana.
Julio y Sayonara eran los dos únicos estudiantes de Ecuador en mi Podfak y debían compartir parte de su cultura en un pueblito muy rural, al igual que otros estudiantes de mi facultad. Para entonces Martha no había levantado su ánimo y México se quedó sin representantes. Pero el destino reclamaba mi presencia en los escenarios, quizá por eso Sayonara me invitó a montar una coreografía de un baile típico de su país y yo acepté gustosa. 


Sayonara, ¿recordarás el nombre de la música que bailamos?, me encantó.

La ejecución fue todo un éxito, lo extraordinario fue conocer una verdadera aldea ucraniana de escasos recursos; nunca imaginé que el grado rural me recordara poblados donde llegué a bailar en Zacapoaxtla, Puebla, y hasta me atrevo a decir que el tamaño del pueblo que visitamos era mucho menor. 

Recuerdo que la imposibilidad de conseguir sandalias sumada al impulso de la tibieza de la primavera nos provocaron andar descalzas. Sentir la textura del pasto fue reconfortante, pero poco me duró el embeleso. Después de comer y compartir con los niños de la escuela y sus maestros, nos dirigimos al camión y por poco me voy a través de una coladera mal fijada al piso. En un momento estaba con todos y en al siguiente momento más de medio cuerpo cayó coladera abajo. Mis compañeros, muertos de risa, se apresuraron a sacarme, yo fingí estar bien, y de hecho lo estaba, pues la parte más raspada fue mi orgullo. 

Después de aquella caída tuve otra caminando en la Ciudad de México, de esa caída salí muy raspada y adolorida, a partir de entonces evito a toda costa caminar por encima de cualquier cosa parecida a una coladera, quienes han vivido esa experiencia saben de lo que hablo.