26 de abril de 2016

"La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos" [M.T. Cicerón]

(Parte 1)
Por Fabiola Martínez Díaz 

Como pocas veces sucedía en el calendario escolar, poco después del descanso del 1ro de mayo los estudiantes tuvimos un día de descanso más, el del "9 de mayo, Día de la Victoria". Ciertamente se conmemoraba un gran día no sólo para los soviéticos, sino para toda la humanidad, pues tiene que ver con la derrota de la Alemania Nazi y el inminente fin del horror de los horrores del siglo XX: la Segunda Guerra Mundial. 

"Si ignoras lo que ocurrió antes de que tú nacieras, siempre serás un niño", dice una frase de Cicerón. Aunque en mi formación académica básica tuve nociones de la Primera y Segunda Guerra mundiales, en ese tema trascendental yo seguía siendo una niña, pues  poseer un dato o tener una información no significa haber adquirido el conocimiento. 

Antes de llegar a la URSS tuve la suerte de ver en televisión abierta un documental con material grabado por los soviéticos donde se explicaba paso a paso los procesos de la guerra, creo que el documental se llamó Campanas Rojas, fue revelador conocer un punto de vista ajeno al libro de texto y ajeno a la versión estadounidense reducida a las películas de Hollywood. Recuerdo que cada sábado, sin falta, mi madre y yo miramos con atención cada parte del documental hasta la toma de Berlín. Fue aterrador pero valió la pena. 

De ese 9 de mayo de 1986, recuerdo haberme levantado tarde, haber caminado en otras rutas para ir por víveres y escuchar salir de diversos edificios la letra y música de la canción день Победы. También recuerdo haber pasado el día en compañía de mi amiga Diana Danzós, que para entonces ya estaba esperando a su bebé. 

En mi caso no era necesario emplear ese día para sensibilizarme sobre las condiciones y detalles de la Segunda Guerra Mundial en territorio ucraniano, desde mi llegada a Moscú y luego a Jarkov comencé un curso intensivo-vivencial sobre este tema. 

Cuando llegué por primera vez a Moscú y fui a la Plaza Roja, me llamó la atención la gran cantidad de gente adulta, hombres y mujeres mayores portando medallas de tipo militar, ya vestidos de civiles, ya vestidos de militares. Recién llegada a Jarkov también me impactó ver a personas mayores de edad, sobre todo a mujeres, portando insignias o medallas militares pero actuando como si hubieran perdido la razón, mi recuerdo más constante fue haberlas visto mirar al cielo y esconderse en las bancas del parque. 

Diana Danzós aclaraba mis dudas; solía explicarme que se trataba de veteranos de guerra que habían enloquecido con el paso del tiempo por los efectos traumáticos de la Segunda Guerra Mundial (habría valido la pena entrevistar a cada persona y familiar de aquellos parques) 

Otro aprendizaje vivencial sobre esta guerra fue la visita a la Tumba del Soldado Desconocido de Jarkov. Sucedió en la primera quincena de septiembre de 1985, casi ninguno de los estudiantes de la podfak hablábamos ruso, pero recuerdo que todos quedamos impactados sensorialmente. 

Cuando anunciaron la visita al lugar, imaginé encontrar una cementerio convencional lleno de sepulturas y lápidas... No fue así. El lugar era un sitio boscoso lleno de pasto y árboles; la imagen de la luz del sol pasando entre las ramas es imborrable... pero lo más impactando fue el sonido de un corazón latiendo... Todos estábamos en silencio, absortos por los efectos del entorno. 

Fue allí donde inició mi toma de conciencia sobre la guerra y la muerte que genera, también sobre la muerte causada por negligencias surgidas de la avaricia, la codicia, la creencia humana de sentirse dioses (como en el caso de Chernobyl y un sin fin de casos de la actualidad) 

Hasta este momento sigo pensando que ningún sitio web o dispositivo digital sustituyen los aprendizajes vivenciales de los alcances de la guerra y el valor de la paz; este aprendizaje surgirá en las personas a partir de la toma de conciencia, de la reflexión, de la autocrítica, entre otras herramientas. 

La información digital y los dispositivos a través de los cuales la adquirimos, sólo son invaluables herramientas, hace falta conversar sobre estos temas en un ambiente de respeto y tolerancia, no de imposición de opiniones; también hace falta evitar, a toda costa, acostumbrarnos a los hechos que implican muertes violentas y enfrentamientos armados y verlos como algo "normal" o como parte de lo cotidiano. Lamentablemente esto está ocurriendo en México y en bastas zonas del mundo. 

Es más, la muerte violenta por conflictos armados es tan natural en nuestro país y en otros lugares del llamado tercer mundo, que ya ni somos noticia relevante, como lo es un ataque a una estación del metro de Bruselas o al Bataclan de París, hechos dolorosos y lamentables que tienen coberturas interminables y sobre los cuales se pronuncian los dueños del mundo... perdón, los presidentes de las potencias del mundo. Hechos usados, también, como pretexto de intervenciones armadas y como medida de control a unas muy horrorizadas sociedades europeas y estadounidenses que cederán a lo impensable para no perder su status quo

Ucrania fue un territorio muy castigado por la Segunda Guerra Mundial y por el régimen estalinista; Ucrania es un estado que actualmente vive conflictos armados violentos que el mundo prefiere ignorar. Ayer en México se vivieron enfrentamientos armados en Acapulco, ayer también se habló de la "niña de la maleta", y me pregunto ¿por qué hemos aprendemos más rápido a vivir con los conflictos armados, los infanticidios, homicidios y feminicidios?

12 de abril de 2016

Cuando los humanos jugamos a ser dioses...

Por Fabiola Martínez Díaz


La vida estudiantil en un ambiente francamente templado reforzaba mi ánimo para escapar del hacinamiento de la residencia. Iba a comprar víveres, me sentaba a contemplar el paisaje y a disfrutar del clima, jugaba en la pista de atletismo, caminaba por la ciudad... 

Cada uno hacía lo que el invierno no les permitió, por ejemplo mis amigos camboyanos iban por Martha, Índu y por mí a nuestras habitaciones para tomarnos fotografías que luego ellos mismos revelaban. A Martha o a mí llegaban a tomarnos por sorpresa para fotografiarnos en la calle. 


Caminando sobre la calle Otakara Yarosha. Regresando de comprar papas,
que era lo único o lo poco que sabíamos cocinar. 
Nuestra jornada escolar, como lo mencioné en entregas previas, era de tiempo completo de lunes a sábado, los días de descanso extra eran pocos: 8 de marzo, día de la mujer, 9 de mayo, día de la Victoria (день Победы), año nuevo y, por supuesto, el primero de mayo, día internacional de los trabajadores y fiesta internacional del movimiento obrero. 

Acostumbrada a vivir en un país donde "hacer puente" era, como decía mi abuela, "el pan nuestro de cada día," padecí el rigor del estudio arduo, por eso, al estar muy próximo el descanso por el 1ro de mayo hice grandes planes con Martha, la pandilla de camboyanos y nicas, decidimos pasar todo el día en la pista de atletismo, estudiar, jugar y relajarnos. 

Los planes se realizaron conforme a lo previsto, ese día lo pasé disfrutando del sol y el aire templado, estudiando, jugando y tomando kompota y comiendo panes rellenos de kolbazá. Estábamos rebozando de felicidad cuando, con rostro compunjido se acercó de prisa un latino...

—¿Supieron que hubo una explosión nuclear de Chernobil hace varios días?
—No sabemos nada, no hemos escuchado nada en las noticias pero, ¿dónde queda eso?, ¿qué tiene que ver con nosotros?—, contestamos con la más genuina inconsciencia y con muy poca empatía. 
—Está cerca de Kiev, se dice que todo el poblado cercano está muerto, mi familia me llamó para saber si estoy bien; varios compañeros hemos recibido llamadas de nuestros países pero nadie estaba enterado. Se dice que en todo el mundo están preocupados porque el gobierno soviético no explica nada, guarda silencio.

Debo confesar que, acostumbrada a vivir en un país donde otro deporte nacional es el "sospechosismo", mi tendencia fue no dar crédito a lo que escuchaba. Di por hecho que se trataba de otra maniobra de descrédito a mi segunda patria. Mientras en mi cabeza rodaba la idea del sospechosismo y del "compló" (como suele gritar la pseudo izquierda mexicana de la actualidad), nuestro emisario trataba de responder a las preguntas de los demás.

—Si los soviéticos no han dado la noticia, ¿por qué lo saben en otros países?, ¿no te parece extraño?
—Los radares o sensores de Suecia o Noruega se activaron al detectar una nube de radiación que se dirigía al norte de Europa. Ellos emitieron la alarma y todo el mundo se enteró, pero ciertamente los soviéticos no se han pronunciado. Lo que se dice en los medios extranjeros es que debemos evitar exponernos al sol, les sugiero que regresen a su residencia. 
—¿Tú crees que sabiendo la gravedad de la situación, en un día como hoy en que todos pasean y descansan, los soviéticos iban a permitir que nos pase algo tan grave?, no lo creemos. 
—Bien, yo ya les advertí, lo demás es su decisión. Si pueden hablen de esto con sus compañeros. 

Como suelen decir los nicas, nosotros "no paramos bola" a lo que escuchamos y terminamos el día en la calle. En mis adentros, y a partir de todo lo que había vivido en ese país hasta el momento, mi lógica no me permitía pensar que no nos protegieran o alertaran de tan grave situación, si es que la había. 

También me decía: Si la maestra de fonética todo el tiempo nos revisaba la ropa de invierno para no enfermar, si a punto de terminar el invierno a todos nos hicieron exudados faríngeos y nos cuidaron de no enfermar de vías respiratorias y sobre todo de meningitis, ¿cómo pueden descuidarnos ante un hecho tan grave como una explosión nuclear?

Además de mis reflexiones, me percaté que en el paseo del primero de mayo de 1986, había familias enteras disfrutando del buen clima, del descanso. Todo parecía indicar que la gran mayoría, verdaderamente, ignoraba el hecho. Mi sospecha de una falsa alarma se reforzó. 

Al reanudarse las clases los pobres maestros fueron bombardeados con interminables preguntas sobre el tema, la mayoría de los profesores repitió lo poco que se dijo en la brevísima noticia del 28 de abril, de la que la mayoría de los estudiantes no se enteró o no dio importancia, algo así como: "Hubo un accidente en la planta nuclear de Chernobil, pero ya se tomaron medidas para ayudar a los afectados. El gobierno designó una comisión."

Hago un breve paréntesis para contarles que, a partir de tan grave suceso, desde mi repatriación voluntaria a México, específicamente desde el asesinato de Colosio y el inicio del movimiento zapatista, escuchar que el gobierno forma "comisiones" para todo problema o mal, me provoca gran rechazo y es porque, históricamente, esas comisiones se forman porque el gobierno en turno del país que sea no puede, no quiere, no le conviene o no sabe cómo resolver lo que enfrenta. 

Para bien o para mal, lo que yo creí que era una difamación se convirtió en un hecho real y contundente, no había duda, la explosión nuclear había sucedido. La dura verdad, sumada el repaso detallado de aquel primero de mayo me mantuvo taciturna varios días. Luego comencé a preguntarme: ¿cómo es posible que no se haya dicho nada?, ¿cómo nos permitieron estar expuestos al sol?, ¿por qué callar?...

Mi vida, así como la de todos los soviéticos de esa época, tiene un antes y un después de Chernobil. Mi pensamiento abstracto, el pensamiento de esa personita (yo) que se perfilaba a ser una adulta comprometida conmigo misma y la humanidad, no lograba elaborar o comprender explicaciones. 

En pocos días se cumplen treinta años de la explosión nuclear de Chernobil. Hoy, así como de unos años a la fecha, sigo sin comprender un sin fin de conductas y procederes de los sectores del poder político y económico de los países del mundo. La única certeza que tengo es que: A NADIE LE IMPORTA NADA,  A NADIE LE IMPORTA EL RESTO DE LA HUMANIDAD. El egoísmo, el egocentrismo, el narcisismo y el hedonismo están por encima de cualquier principio humano; salvo contadas y extraordinarias excepciones. 

Y si no consideran congruente mi afirmación, pregunten al actual jefe de gobierno y a su gabinete sobre la crisis ambiental de la Ciudad de México, pidan rendición de cuentas a todos los regentes o jefes de gobierno que han gobernado la capital desde que se implantó el "hoy no circula", pregunten a las familias de cientos de desaparecidos en México, a las familias de las mujeres violadas o asesinadas, a los que venden las armas y financian al Estado Islámico, a quienes cerraron las fronteras a los refugiados sirios y africanos. 

Les invito a hacer otro ejercicio cívico y ético, que puede consistir en preguntar cómo viven el compromiso social a los patrones de las pequeñas y grandes empresas, a los que han tenido cargos populares o de elección y de la noche a la mañana tienen casas, ranchos, edificios, viajes y todo lo que un simple mortal como yo puede imaginar... Preguntemos sobre el derecho a la vida digna, la justicia, la paz, la legalidad a todos aquellos que juegan a ser dioses...

Es verdad que, sin importan cuán grande sea el poder que tal o cual persona tiene, nada es eterno, no obstante insisto en subrayar que la vida en sociedad demanda con urgencia una reflexión profunda de nuestros actos. URGE, sí URGE una seria revisión de nuestros principios y convicciones, el planeta y el mundo vivo, las personas y las sociedades del mundo lo merecemos. ¿O usted no?

NOTA: Ya que vino a tema el asunto de falta de principios, abusos e indiferencia, requiero un pequeño favor de todos para el día miércoles 13 de abril, o sea mañana. Consiste en tener para mí un pensamiento positivo, pues parte de mi atención y tiempo estarán destinados a tratar asunto de ignominia. 

¿Qué significa "hacer puente": En México existe la costumbre de llamar "puente" a los prolongados descansos que los trabajadores, principalmente los de gobierno, se toman aprovechando un día festivo, por ejemplo, si el primero de mayo cae en día martes, hacer un puente consiste en tomar como descanso, también, el día lunes, algunos servidores públicos o burócratas incluso, comienzan su puente desde el medio día del viernes. 

5 de abril de 2016

Jirones dentro del tintero

Por Fabiola Martínez

Entre las entregas que he compartido en este blog, han quedado sucesos, anécdotas y aprendizajes que no quiero dejar a un lado. El título de la entrega hace una humilde alusión a una frase de Lev Tolstoi (toda proporción guardada) En ella dice: "No hay que escribir sino en el momento en que cada vez que mojas la pluma en la tinta, un jirón de tu carne queda en el tintero." Si bien no estoy escribiendo obra literaria alguna, lo que relato son mis vivencias y reflexiones del día a día que me formó en una etapa fundamental de mi vida. Y la vida, según lo sé y lo veo, es el libro más importante que escribimos. La vida es también el libro más interesante que volvemos a leer cada vez que recordamos y reflexionamos al respecto. 

Quizá en entregas pasadas mencioné algo sobre la anécdota común entre la manera de dirigirnos a los profesores soviéticos por parte de mexicanos y latinos. Hoy retomo el hecho para referirme a uno de los tantos aprendizajes realmente significativos. 

Si alguien quería ver a un profesor muy a disgusto, sólo debía llamar su atención o dirigirse a él diciéndole prepodavatel, cuando esto sucedía los maestros solían voltear visiblemente molestos corrigiendo: 

-¡Меня зовут Иван Семенович! (mi nombre es Iván Semionovich)

Tal reacción solía dejarnos atolondrados, los latinos simplemente no entendíamos cómo un vocativo tan común en nuestra cultura causara tal molestia. En el mundo de mi infancia, el maestro era maestro, sin importar cómo se llamara, ahora, si se trataba de un docente querido o de renombre, se solía decir primero la profesión seguido por el nombre, de preferencia en diminutivo: la maestra Rosita; aunque con las modas actuales, ahora ya ni maestros son, ahora el vocativo sería "miss Rosita", en fin... regreso al punto. 

Desde mis primeros recuerdos y como parte de mi personalidad, mi cerebro pide, primero, entender la causa y luego asimilar la información. Así que busqué al Vicedecano que hablaba bien español para que me explicar... debía entender el trasfondo. 

Con mucha paciencia y empatía me comentó que, en su cultura, ningún grado académico, escolar o cargo público debía anteponerse al nombre de una persona. 

-Pero si mi maestro se llama Iván, ¿por qué debo llamarlo Iván Semionovich?
-Porque el trato de respeto a las personas que no conoces señala que debes dirigirte a él apelando a su nombre y patronímico. Pero no te preocupes, eso les pasa a todos los latinos porque ustedes suelen dar mayor importancia al grado escolar o cargo y no al nombre. Pronto te acostumbrarás. 

No hizo falta acostumbrarme, quedó completamente claro para mí, pues ya antes en México, me di cuenta de lo mucho que las personas se disgustaban si no te dirigías a ellos llamándoles ingeniero, arquitecto, licenciado. Yo, para no lastimar los sentimientos de nadie, prefería "licenciarlos" a todos, luego cada uno me corregiría orgulloso diciéndome su profesión. 

Ahora que escribo esta entrega vuelvo a reflexionar sobre "la importancia de llamarse Ernesto, Juan, Fabiola, Adolfo o Cecilia" y sobre el poco valor que socialmente damos a este hecho. Aunque la Convención de los derechos del niño señale como derecho fundamental tener un nombre, creo que en México poco se ha reflexionado sobre el curso que damos a la construcción de la identidad de un niño al asignarle un nombre. 

Reitero, soy afortunada, aprendí muy a tiempo mi lección y, a menos que la inercia burocrática me lo imponga, desde entonces siempre me he identificado con mi nombre y apellidos, no por mi grado académico. Mi nombre es piedra angular de mi esencia. ¡Gracias Iván Semionovich!

Las dos fotos que comparto ahora, captan una vivencia que guardo con especial cariño, fue aquella ocasión en la que por varias horas me convertí en ecuatoriana honoris causa

Baile ecuatoriano en aldea ucraniana.
Julio y Sayonara eran los dos únicos estudiantes de Ecuador en mi Podfak y debían compartir parte de su cultura en un pueblito muy rural, al igual que otros estudiantes de mi facultad. Para entonces Martha no había levantado su ánimo y México se quedó sin representantes. Pero el destino reclamaba mi presencia en los escenarios, quizá por eso Sayonara me invitó a montar una coreografía de un baile típico de su país y yo acepté gustosa. 


Sayonara, ¿recordarás el nombre de la música que bailamos?, me encantó.

La ejecución fue todo un éxito, lo extraordinario fue conocer una verdadera aldea ucraniana de escasos recursos; nunca imaginé que el grado rural me recordara poblados donde llegué a bailar en Zacapoaxtla, Puebla, y hasta me atrevo a decir que el tamaño del pueblo que visitamos era mucho menor. 

Recuerdo que la imposibilidad de conseguir sandalias sumada al impulso de la tibieza de la primavera nos provocaron andar descalzas. Sentir la textura del pasto fue reconfortante, pero poco me duró el embeleso. Después de comer y compartir con los niños de la escuela y sus maestros, nos dirigimos al camión y por poco me voy a través de una coladera mal fijada al piso. En un momento estaba con todos y en al siguiente momento más de medio cuerpo cayó coladera abajo. Mis compañeros, muertos de risa, se apresuraron a sacarme, yo fingí estar bien, y de hecho lo estaba, pues la parte más raspada fue mi orgullo. 

Después de aquella caída tuve otra caminando en la Ciudad de México, de esa caída salí muy raspada y adolorida, a partir de entonces evito a toda costa caminar por encima de cualquier cosa parecida a una coladera, quienes han vivido esa experiencia saben de lo que hablo. 

29 de marzo de 2016

Una nueva primavera

Por Fabiola Martínez


La parte difícil de vivir cinco inviernos de gran calibre fue, desde mi experiencia, la cantidad de ropa usada para salir y el uso adecuado de la misma. No había cabida para llevar botones desabrochados o bufandas mal puestas, también era impensable salir sin gorro. Por todo ello me era imposible voltear la cabeza con soltura. Si tenía que mirar hacia atrás o alguien me llamaba, lo que hacía, más bien, era girar el torso.

No recuerdo en qué mes se empezaba a sentir una temperatura más agradable para pasear. Lo que sí recuerdo bien es que el predominante paisaje nevado y el pesado ambiente color gris… Pero todo lo que empieza tiene fin de terminar; en algún día del mes de abril o quizá desde finales de marzo, por las calles comenzaba a correr agua con un poco de lodo y el aire comenzaba a tener la calidad que da el estar a un grado sobre cero.

El gozo de llevar abrigos más ligeros me cambiaba el ánimo, incluso lograba hacerme caminar más despacio para sentir cómo se derretía la nieve y se convertía en lodo, para sentir cómo caían de los árboles gotas de agua y asombrarme por la manera en que se abría paso una nueva vida.

Desde esa primera experiencia nunca dejó de asombrarme ver cómo, de entre las ramas aún cubiertas de hielo se asomaban, de forma casi tímida, el color verde de las primeras hojas. En pocos días también comenzaban a salir algunas pequeñas flores, casi siempre color rosa o blanco.

De esa primera vez, me llamó la atención mi comportamiento casi indiferente ante los cambios de estaciones que se vivían en mi tierra natal. Me reproché el no haberme detenido a ver cómo crecen las nuevas hojas, las nuevas flores. Pensé que mi indiferencia se derivaba, quizá, a la fortuna de vivir en un clima tan maravilloso como el del centro de México.

Pasado el tiempo, también me di cuenta que esa indiferencia se generaba también por el aprendizaje de la mayoría de los adultos de mi alrededor, a través de la creciente pérdida de “capacidad de asombro”. Esa capacidad que aún hoy lleva a miles y miles de mexicanos a erosionar su tierra, generar basura, tirarla en carreteras, mares, calles y alcantarillas…

En esa primavera de 1986, aprendí a distinguir y a disfrutar cada detalle del cambio de estación; aprendí también a maravillarme de la fuerza la naturaleza, generadora de vida renovada.

Hace dos semanas empecé a trabajar en el tema de esta entrega, las tareas y la “tramitología” de mi vida no me permitieron realizarla en tiempo y forma, lo cual tuvo su parte negativa, por la falta de disciplina y constancia, por ejemplo, pero tuvo una parte positiva, yo diría que hasta trascendental; pude preguntarme si el impacto visual y sensorial de esa primavera del 86 se debía sólo a los efectos del final de mi primer “gran” invierno o si en el fondo la vivencia se magnificaba al evocar mi irrefrenable juventud.

Sí, en un primer momento corroboré que la primavera es la estación del año que más evoca la fuerza y vitalidad de la vida y de la juventud. En mis reflexiones, también me di cuenta de que a los adultos, la vida nos presenta innumerables oportunidades de experimentar las primaveras, por ejemplo, cada año con en los meses de marzo, en cada oportunidad que nos damos para renovarnos e incluso en el despertar del día a día. 


¡Me gusta vivir!, amo la vida. Habrá ocasiones en que abrirme paso a los pesares, problemas o vilezas de la gente me dificulten el paso de una tarde o un par de días, tal como aquellas tiernas y aparentemente débiles hojas que se abrían paso entre el agua fría y el hielo de los árboles de Jarkov o Kiev… Pero la fuerza de la vida siempre termina por imponerse y continúa regalándome el calor y la fortaleza del sol. 
Hace poco más de tres semanas, en una caminata en el vivero,
recordé la impresión de la primera primavera en otro país. 

8 de marzo de 2016

Para saber hacia dónde voy, es necesario no olvidar quién soy y de dónde vengo

Por Fabiola Martínez

Por el devenir que el día a día me depara, no puedo quitar de mi pensamiento algo que me quedó tatuado en el alma cuando tomaba una clase de Biología, antes de cambiar de carrera. En una de mis últimas clases con este grupo que ven en la fotografía y con otro grupo conformado por varios etíopes, el compañero que señalé en la imagen lanzó una pregunta insistente a la profesora del curso. 

 

—Natalia Gregorevna, (estoy inventando el nombre porque no recuerdo el original), si yo tengo hijos y nacen en este país, ¿serán blancos?—, todos enmudecimos, pero no por la pregunta, sino por la valentía de hacerla sin temor a ser juzgado. 
—No, contestó la profesora, esas características las determina la genética; y dio una breve y sencilla explicación sobre el tema. 
—¿Entonces si me caso con una soviética mis hijos nacerán blancos?—, volvió a insistir mi valiente compañero etíope. 
—No, no precisamente blancos como tú nos ves ahora, será un asunto de probabilidad genética, pero sí, tendrás más oportunidades de que tus hijos tengan un tono de piel más clara, pero también puede suceder lo contrario si los genes recesivos de tus antepasados se anteponen. 
La valentía de este etíope motivó a otros compañeros a preguntar qué factores y circunstancias determinaban sus rasgos y color de piel, tan cotizados y determinantes en un mundo predominantemente occidental.  

Lo sucedido en clase me hizo pensar profundamente lo que había visto y vivido en México. Recordé que en primero de primaria, justo para el festival de primavera, a todas las niñas (mi grupo sólo era de niñas), nos asignaron un personaje para disfrazarnos. Yo, por supuesto, levanté la mano hasta el cansancio para que me tocara ser mariposa, me ilusionaba usar esas hermosas alas que veía en la jarciería cada vez que iba con mamá al mercado. 

Por más que insistí, no me eligieron, la maestra había decidido dar esos personajes a Claudia Farfán, Laura Gamez, Cecilia Rechi, Maricela de la Cruz, excepto Laura, todas las niñas eran rubias, muy rubias, el hit de Laura era tener unos enormes ojos azules. 

¡Qué golpe!, yo creo que mi insistencia fue tanta que la profesora me propuso ser libélula, ¡buaaaaa!, las alas de la libélula no me gustaban, eras delgadas... Rechacé el papel. ¡Mariposa o nada!

¿Por qué permitir que nos impongan modelos de identidad o parámetros de belleza?, ¿por qué considerar que el color de piel es más importante que los valores y principios que rigen o regirán nuestra vida? 

No juzgo ni culpo a mi compañero etíope, supongo que él buscaba encajar, pertenecer, ser considerado, quizá desde pequeño entendió que eso resultaba más sencillo para la gente blanca y no para ellos, "los africanos". Puede haber mucho de verdad en aquellas tesis que explican el papel de lo que se entiende por "belleza" o "selección natural", al momento de elegir reproducirnos. Mucho se menciona sobre la función para la sobrevivencia de la secuencia fibonacci. Seguro que existen elementos naturales que nos hacen elegir procrear con una persona en lugar de otra. Pero hemos dejado de escuchar a la naturaleza y, como sociedad mundial, hemos permitido el predominio de patrones de belleza ajenos a nuestras sociedades. 

Esa clase de biología me dejó cabizbaja, pensando en cuánto permitimos que nos descalifiquen u omitan por no cubrir estándares de belleza "occidental". También me hizo pensar que yo no era ni sería la única persona relegada por mi color de piel, el mundo dejó de girar entorno a lo que me sucedía para ampliar en el conocimiento de las preocupaciones de mis pares. 

Otro paso más en mi proceso de maduración, que aún continúa, pues desde que inicié mi vida laboral en México y hasta hoy, observo cómo actúa el grueso de la población trabajadora mexicana. Los que más llaman mi atención son las personas que, a partir de un gran esfuerzo en estudios y trabajo, llegan a colocarse en puestos clave y, ya instalados, dejan a un lado su dignidad para congraciarse con el "patrón", así proponen geniales ideas para genera mayores ganancias a sus jefes, como dejar de pagar a proveedores, usar el sistema para evadir impuestos, quebrar y fundar empresas, despedir injustificadamente a los empleados sin pagar la justa liquidación por sus servicios, etcétera. 

Son numerosas las personas que se ganan la vida y se perpetúan en sus puestos laborales pateando los traseros de todos los que vivimos del esfuerzo de nuestro trabajo, son lo más cercano al concepto de "ladino", y no me refiero a aquellos que asumimos la aculturación necesaria en el mestizaje generado en América Latina, como yo; sino al ladino que abandonó las costumbres y elementos de identidad de su origen para asumir las costumbres, ideologías y pautas de comportamiento más retrógradas de aquellas personas a las que desean imitar, sumarse. 

Creo firmemente que las personas de diferentes orígenes económicos, sociales y culturales podemos sobrevivir y convivir si dejamos de patearnos unas a otras. Pero para que esto suceda, cada uno requiere emprender la enorme tarea de autoaceptación, luego la tarea de no permitir la degradación de nuestra dignidad cultural, social y económica. Desde mi experiencia, asumir ambas actitudes nos da la fuerza necesaria para enfrentar cualquier embate, o para levantarnos de todas nuestras caídas. 

Incluyo una canción de Rubén Blades, data de hace muchos años pero la mentalidad que refleja sigue muy vigente. Invito a escucharla y reflexionar sobre el contenido de su letra. 


NOTA ESPECIAL: Hoy se festeja el día internacional de la mujer. La primera vez que tuve conciencia que existía este día fue en la ex Unión Soviética. Si no mal recuerdo, ese día era de descanso e incluía una celebración especial a las madres. Todas las madres ucranianas recibían flores, tarjetas y detalles. Pasó mucho tiempo para que la mención de la fecha y sus alcances llegaran al grado que hoy tienen, me alegro por ello. Saludos y felicito a todas mis amigas, lectoras, hermanas, primas, sobrinas. Mi deseo es que nos sigamos preparando para la gran responsabilidad cívica y ética que las mujeres tenemos como personas, pues en algún momento de la vida muchas nos convertimos en madres, alimentamos y educamos, invito pues, a educar en respeto y equidad a sus hijos e hijas, que en pocos años serán hombres y mujeres que marcarán el rumbo de sociedades enteras.