2 de febrero de 2016

México, ¿creo en ti?

Por Fabiola Martínez 

En este viaje introspectivo ha sido un aprendizaje extraordinario, un orgulloso recuento del ejercicio de mi libertad, de mi vida y de mi México. 

Toda mi educación básica, y particularmente cuando cursé la escuela primaria, tuve el privilegio de estar en un plantel de primer nivel gracias al Maestro Cándido Reyes Alegre, director de mi escuela por décadas. El nivel de exigencia de ese directivo llevaba a los maestros a la excelencia (en el contexto de nuestro pueblo) 

Mientras recuerdo, viene a mí ese sentimiento de orgullo por el Huapango, de Moncayo, el aprecio por los trabajos artesanales de la Sierra Norte de Puebla, por vivir en una comunidad escolar efectivamente laica, sin pretensiones más allá de asegurarse de que sus egresados aprendieran lo básico. Vienen también los gratos recuerdos de ese plantel, donde aprendí a sentir orgullo por mi entidad, ese maestro fue el primero que me hizo sentir valiosa por mi género y me alentó a continuar en el equipo de ajedrez haciéndome llegar a competencias estatales. 

Todos esos sentimientos los llevé tatuados al salir del pueblo para ir al otro lado mundo. A mis diecinueve años ingenuamente pensaba que esos mismos sentires eran llevados por otros latinos, así, sin más, hasta que topé con la verdad; hablando de esto y aquello con  mis amigos panameños, mientras contemplábamos la nieve desde la ventana, ellos recordaban con nostalgia sus clases de religión. 

¿Cómo?, ¿religión?, eso no es correcto—, cuestioné su recuerdo considerando sólo mis paradigmas. 
—¿Para ustedes no es obligatorio?
—No—, y ahí me solté dando mi explicación del por qué en México la educación era laica, gratuita y obligatoria. 

Creo que mi orgullosa lección sobre México llamó la atención de otros latinos, chilenos, colombianos y salvadoreños para ser más específicos. Los chilenos contaron, además del dolor causado por la dictadura de Pinochet y de la migración forzada, que en su país estaba prohibido el divorcio... ¿cómo?, sentí un bofetón. Los salvadoreños hablaron de cómo su vida se había trastocado por la violencia de la guerrilla y la intervención (directa o indirecta) de los Estados Unidos, los colombianos estaban viviendo los horrores causados por el crecimiento del crimen organizado y las reiteradas violaciones a su dignidad personal, al pasar por cualquier aduana y migración. 

Me sentí afortunada y aliviada de haber nacido en México, de recordar que mi país fue el primer territorio que tuvo la primera imprenta de toda América, que tuvimos una universidad, la Real y Pontificia Universidad de México, casi doscientos años antes que los Estados Unidos, que tuvimos y teníamos grandes pintores, escritores, poetas... 

Un día, caminando todavía bajo los influjos de ese orgullo nacional, pasé por un puesto de periódicos y tomé conciencia de que, en ese enorme país, la URSS, sólo circulaban dos diarios, pronto asocié esa nueva noción del estado de las cosas a las protestas por la libertad de expresión y de prensa en México, y me decía: ¡Si los mexicanos vieran lo que estoy mirando, se darían cuenta de que tenemos más caminos y alternativas que otros! 

Continué mi camino recordando los tiempos y contexto de la fundación de nuestra Escuela Nacional Preparatoria y de los alcances del Ateneo de la Juventud Mexicana. ¡Cuán rico era México!, esa dignidad se fortaleció cuando vino a mi mente la imagen de las protestas a favor de la libertad de prensa y de expresión, también al recordar las imágenes a favor del movimiento de las Panteras Negras en las olímpicos de 1968. 

No sé si ese tiempo fue mejor o peor que el que vivimos ahora, no sé si avanzamos o retrocedimos, pues hoy viví uno de esos días en que resulta imposible pensar vivir en democracia. Lo que sí sé ahora, con claridad, es que esa vivencia de orgullo que estaba estimulada por los aprendizajes de la escuela, surgió por el sentido de libertad y autonomía personal que comencé a vivir. En poco tiempo tuve claro que, antes de decir ¡México, creo en ti!, lo primero que debo hacer es creer en mí. Ese ha sido uno de los mejores regalos que le he dado a Fabiola. Ese es el regalo y bastión más importante de mi vida aquí y ahora, tal como lo fue en aquel entonces. 

Gracias al ejercicio constante de mi conciencia, gracias a Dios, ese momento de orgullo nacional no me separó de mis amigos latinoamericanos, al contrario y aún más, tomé conciencia de que cada ser humano es él y sus circunstancias, tomé conciencia de que ellas no hacen menoscabo de la calidad humana de los individuos, tan únicos e irrepetibles como somos. 

Vivir la vida con autonomía nos diferencia de quienes viven sangrando a los demás, de quienes han sustentado toda su vida no por lo que emprenden, sino por lo que arrancan con descaro, alevosía y ventaja.  A pesar de lo difícil que pueda tornarse vivir y hasta sobrevivir, nunca dejaré de creer en mí y en lo que puedo lograr. He avanzado mucho, y voy por más, hasta el último aliento de mi vida, sólo así podré morir como desde esos despertares he vivido, "plantando cara al mundo y a mis enemigos". 


¡México, creo en mí!

26 de enero de 2016

"El hombre es tantas veces hombre cuanto es el número de lenguas que ha aprendido" (Carlos I)

Por Fabiola Martínez


En una habitación anterior a la nuestra vivían dos soviéticas, una de ellas muy alta, rubia y de piernas largas, y dos chicas provenientes de Chipre. ¿Cuántas asuntos y temas todavía me quedaba por aprender?, siempre me jacté de saber de memoria las capitales del mundo, de América y de las entidades federativas pero, ya estando en la beca, me percaté de que la noción de "capitales del mundo" que tenían en mi escuela primaria, se limitaba a los países de Europa, el resto del mundo carecía de importancia, ¡ouch! Por si fuera poco, dentro de esa enseñanza geográfica Chipre y su capital no estaban incluidos. Así las deficiencias de nuestro bello sistema educativo. 

La libertad que me otorgué sumada a la que me daban las tardes del frío invierno me llevaron a socializar, algo que no había hecho antes. Fue en ese lapso que conocí a la bella, alegre, sociable e inteligente chipriota. Menciono esta lista de calificativos porque siendo mi vecina no me di la oportunidad de conocerla, yo pensé romper el hielo practicando mi ruso, que mejoraba día con día. 


En cuanto inicié mi charla me di cuenta que esta chica dominaba el español como una nativa, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué?, la respuesta era más simple de lo que imaginé, ella era muy amiga de mi amigo colombiano Steven y aprendió español de él. ¡Ajá!, pero, ¿cuántas neuronas más debía tener para hablar español sin acento, además de estar muy avanzada en ruso?


Ya en mi edad madura supe, que no fue fundamental la cantidad de neuronas que tenía en función, sino las barreras que ella nunca se impuso a sí misma. Ella sí tenía desarrolladas otras aptitudes, pero el aprendizaje de un idioma así, sólo por el trato entre amigos, sucede por voluntad de conocer al mundo, al otro (o como dijera Octavio Paz, a la otredad). 

Si lo que les conté había llamado envidiosamente mi atención, lo que les voy a contar rebasa todo lo dicho. Resulta que, al final del pasillo de mi piso, cerca de la cocina, vivía una chica de origen marroquí, a la que escuchaba interactuar ya fuera en ruso, ya en árabe o en marroquí, así le llamábamos al idioma que hablaban los nativos de ese país, se parecía al árabe pero no en todo. También la escuché hablar con los africanos en francés y no me sorprendió tanto, sabía que en Marruecos hablaban francés porque otros árabes me contaron que había sido colonia de ese país. 

Un día, hablando en español con la chipriota en la cocina, se acercó la chica marroquí y se unió a la charla en un nítido, transparente, comprensible y armonioso español. Mis ojos se salieron de sus órbitas, 

¿Cómo es que sabes español?, ¿acaso no eres marroquí?
—Lo soy, pero de la parte española—, ¿en qué momento entró España a este momento de la historia?, me pregunté.
—No te entiendo.
—España tuvo una colonia en nuestro país y algunos protectorados, sobre todo al norte, cerca del estrecho, España y Francia estuvieron muchos años en disputa.— ¿Cómo es que no sabía algo tan importante siendo una persona con nivel medio concluido?
—¿Pero cómo es que hablas tan bien español?
—De donde vengo todos hablan español y marroquí, estamos acostumbrados. 


Ya en mi relación con los africanos y árabes supe que a ellos les era natural dominar otros idiomas porque nunca dejaron su lengua nativa cuando fueron fuertemente colonizados o recolonizados antes de la Primera y Segunda Guerra Mundiales. Lo vi como una manera de defender su dignidad o resguardar su originalidad ante las jaurías que les cayeron encima para arrebatar su riqueza natural. 

Era un reto más a vencer, yo debía poder con el ruso, y lo haría de la mejor manera... El único obstáculo era yo y estaba dispuesta a quitarlo, aunque no fue fácil dejar a un lado esa mentalidad "victimosa", de "fatalidad" con la que hemos sido educados la mayoría de los mexicanos, esto no aplica al de derecha o al de izquierda, ambos bandos estaban y están igual. 

Yo hice lo mío, continué empeñándome y logré avances sustanciosos. Me hice más cercana a las soviéticas, salí más de paseo y, sobre todo, me mimeticé con la gente de a pie, como me dijo mi tío Eduardo Zaldivar. 

Y , como dice el título de esta entrega, la persona es tantas veces persona cuanto es el número de idiomas que habla, ¿por qué?, porque el idioma no sólo sirve para ir de shopping al Paso Texas o a Francia (sólo para aludir a la gente con más posibilidades, vuelos o ínfulas); sirve sobre todo, para comprender una cultura, idiosincracia, sueños, anhelos, historias nacionales y personales, formas de comprender al mundo totalmente diferente al que estamos acostumbrados. Si alguien como yo tiene la suerte de vivir y comprender esto habrá logrado algo de lo que sentencia la frase de este título; pues entregarse a las bellezas y sorpresas de otras culturas, cada persona, sin dejar de ser quien es, se adentra a un mundo fuera de las interpretaciones de nuestro modo de ser, que tendemos a decretar como el único válido y bueno. Tampoco piensa en cambiarlo ni adaptarlo a sí caminando por la vida con un sombrero de charro por Moscú o turisteando en Chichen Itzá esperando hallar un MacDonals o Starbucks para alimentarse. 

Y como dijo Violeta Parra, "gracias a la vida, que me ha dado tanto", me di la oportunidad de sumergirme sin límites en esa hermosa cultura soviético ucraniana que, al día de hoy, sueño, recuerdo y añoro. 

Nota final, dedicada con respeto, admiración y cariño al Licenciado David Vega Osorio. Aprender español mexicanizado, es saber que al apelar al estado de derecho y a la justicia implica considerar lentitud infinita; y que al traducir ambos términos se habla de paciencia, fortaleza, integridad, compromiso ético con el centro del ser de cada individuo, pero sobre todo de confianza plena en quienes nos defienden. Sí, la justicia es lenta, pero llega, siempre llega. Mientras lo espero, he compartido en mi muro de facebook los avances de un asunto que me ocupa, el otro asunto que tengo pendiente comenzará a ver la luz, si no es inconveniente para ustedes, les pido pensamientos positivos en pro de la justicia, pensamientos positivos para mí y mi familia. Siempre he estado segura que las buenas personas somos más, por favor, regálenme un segundo de cada día para desearme buena fortuna. 


13 de enero de 2016

De sanciones, sensaciones y sensualidades

Por Fabiola Martínez

Hace poco más de quince años leí un excelente libro de Erich Fromm, "El miedo a la libertad". Su lectura fue reveladora en muchos sentidos, no sólo por los excelentes planteamientos, también porque con su contenido pude dar forma a tantos y tantos aprendizajes que adquirí durante mi estancia en la URSS, sobre todo aquellos de los que fui consciente desde que elegí ser autónoma y hacerme responsable de mí.

En mi nuevo semestre me di cuenta de cómo en México somos un país que prepondera las formas y no el fondo. Esto viene a colación por mi continuo aprendizaje sobre la expresión corporal a través del baile luego de observar a los compañeros de todos los continentes. 

En invierno, con las muchas tardes de frío y nieve, las visitas entre latinos fue uno de tantos recursos para combatir el aburrimiento, Steven y Jairo se tomaban el tiempo para visitarnos y conversar, con su trato me di cuenta de lo adorables y galantes que son los colombianos, nada que ver con las ñoñerías del mexicano. No había códigos que descifrar, si ellos querían de una mujer noviazgo o sexo, no había que pasarse meses enteros intentando entender "qué quiso decir el pretendiente en cuestión", caballerosamente estos latinos decían lo que sentían y listo. Lo mismo ocurría con los dominicanos, venezolanos y panameños. 

Todo era claro, las cosas se llamaban por su nombre, el baile era baile, el amor era amor o desamor, el sexo era sexo y punto. Su cercanía de Steve, de los panas y dominicanos fue una de las mejores escuelas, yo, como mexicana de la provincia poblana, no debía romperme el cerebro interpretando nada, si quería aprender a bailar eso hacía y punto, eso hice. 

Y bueno, siendo amante de los ritmos latinos, me entregué a aprenderlos, aunque me llevó un tiempo creo que logré la meta a un nivel más que suficiente. En esa etapa de aprendizaje mi amigo colombiano cobró especial relevancia en mi vida, él tuvo la paciencia de enseñarme a bailar un poco de salsa y vallenato luego de haber sentido la urgencia del arrobo causado por el ritmo de Oscar de León y su Mata Sihuaraya, que me compartieron las cubanas durante las vacaciones. 

Entre un baile y otro, entre un ritmo y otro, me di cuenta de cuánta sensualidad reprimida teníamos los mexicanos. En mi experiencia, aprendí también que la vida íntima o sexual de todos y cada uno de los habitantes de la residencia era un asunto que pasaba a segundo plano, lo importante era la expresión sensual en toda nuestra vida, sin cabida para formas, la cuestión era clara y de fondo, sin descubrir nuestra propia sensualidad y sin la capacidad para expresarla en cada ámbito de nuestra vida, perdemos parte relevante de nuestra esencia, como latinos y como humanos. 

En mi humilde opinión, los mexicanos, de tanto mirar hacia el "Norte" y asimilar sus formas y modos como la mejor aspiración que podemos tener, dejamos de ver hacia nuestro interior, dejamos de sentir y escuchar a nuestro cuerpo, dejamos de disfrutar nuestra propia música; en cambio, lo que recuerdo, es un constante juicio morboso a la prácticas del baile de esos sensuales ritmos caribeños.

Cierro esta primera parte de mi reflexión con una cita del libro de Fromm: 


[...] Dentro de nuestra cultura, sin embargo, la educación conduce con demasiada frecuencia a la eliminación de la espontaneidad y a la sustitución de los actos psíquicos originales por emociones, pensamientos y deseos impuestos desde afuera. (Por original no quiero significar, como ya se ha señalado, que una idea no haya sido pensada antes por algún otro, sino que se origina en el individuo, que es el resultado de su propia actividad y que en este sentido representa su pensamiento.) Para elegir un ejemplo al azar, una de las formas más tempranas de represión de sentimientos se refiere a la hostilidad y la aversión. [...]

5 de enero de 2016

“A veces perdiendo se gana”

Por Fabiola Martínez

La vida está llena de coincidencias y casualidades, hoy cinco de enero de 2016 rememoro lo sucedido a principios de enero de 1986. En aquel entonces como hoy, un nuevo año significó la esperanza de corregir el rumbo, trazar planes y llevar a cabo sueños.

Aunque la casa de descanso fue inmejorable, regresar a la residencia y saber qué noticias traía Martha de México aceleraba mi corazón. Pasamos horas desmenuzando todas y cada una de las palabras que le dijo mi madre sobre mí, tuve carta de todos mis hermanos, unos trescientos dólares y, finalmente un poco de ropa nueva de talla más amplia, mi hermano Adolfo me mandó unos súper zapatos tenis con los que pasé al menos tres inviernos. ¡Qué felicidad!

La vida universitaria también tuvo cambios, se reacomodaron varios grupos pequeños, el mío, de humanidades, y el de las chicas que estudiarían enfermería, donde también estaba mi amiga de Yemen. La ligera desventaja fue que mis clases serían vespertinas, lo cual implicaba dejar a mis amigos del semestre pasado y reorganizar mis actividades.

Al principio sentí perder mucho de lo que construí los meses previos, sin embargo, al perder gané, no era obligatorio despertar tan temprano y lidiar con ese frío matutino, podía ejercitarme por las mañanas, arreglarme un poco para asistir a clases y regresar con energía para hacer mi tarea al salir de clase.

Si bien lo que más dolía era mi inminente desapego de Martha, lo cierto fue que justo ese fue el mejor de los cambios, pues si rememoramos todo lo escrito hasta hoy, por voluntad personal, no fui un individuo totalmente autónomo y esta situación se presentaba como el momento ideal para retomar las riendas de todo lo que dejé en manos de mi mejor amiga.

Mis clases eran interesantísimas: Ruso, Fonética, Geografía, Historia y creo que también Literatura, pero no estoy segura. Reafirmar mi autonomía fue un excelente logro, pues me di la libertad de practicar gimnasia con mi amiga Sayonara en el stalovaya (comedor) de la residencia. También me di oportunidad de asistir a las “discotecas”, nombre popular que recibían las tardeadas soviéticas.

En esas discotecas se tocaba música de principios de los ochenta, pude observar, con asombro, cómo los soviéticos se organizaban en círculos para bailar, ninguno de ellos formaban parejas. En términos generales me adentré con mayor intensidad a las actividades de recreación de todos e hice más amistad con los africanos, sobre todo con los de Nigeria.


No recuerdo si al turno vespertino también se integraron los futuros estudiantes de Cultura Física, pero tengo presente que estuve más cercana con todos los nicas y con Sayonara. Ese inicio de año lectivo marcó el inicio del ejercicio pleno de mi autonomía personal, uno de los mejores regalos de la vida. 

22 de diciembre de 2015

Primeras vacaciones


Parte 2
Por Fabiola Martínez

Mi curso de regularización fue breve porque el profesor se tomó el tiempo para conversar conmigo y explicarme la importancia de aprobar su asignatura. Caminando al aire libre fue sencillo hablar del error al asignarme universidad y mi proceso de cambio de carrera, afortunadamente todo se resolvió con bien para mí.

Entre desayuno y comida hubo tiempo suficiente para compartir, sobre todo con Diana, Alina y Sayonara. Tengo presente la ocasión en que a todas se nos antojó comer galletas rellenas de crema y salimos a la tienda más cercana sin tener éxito, así que nos consolamos comprando caramelos.

Con frecuencia yo iba a la habitación de las cubanas y las veía bailar salsa, o casino, como se le dice en Cuba a ese ritmo. A todo ese grupo le encantaba la música de Oscar de León, pero antes de ponerla me explicaron que, de cierta manera, lo que estaban haciendo era incorrecto, pues en la Isla estaba prohibido escuchar a Oscar de León.

-Si está prohibido entonces, ¿cómo lo conocen?
-Porque él fue a Cuba y causó tremenda sensación, a todos los cubanos nos gustaba, pero luego se supo que fue contratado por Pinochet para tocar en su cumpleaños.
-¿Y eso qué?, sí, Pinochet es un dictador pero el hombre es un artista. No entiendo.
-Pues a Fidel no le gustó, salió a dar un discurso y lo criticó, prácticamente dijo que era un traidor y declaró que a partir de ese momento quedaba prohibido tocar su música en la radio.
-Pero en sus casas ustedes pueden…
-Eso se ve mal, sobre todo si eres miembro de la “Juventud” o del Partido Comunista.

A esa lista de prohibidos entraba Julio Iglesias, por la misma razón que Oscar de León; Celia Cruz también estaba prohibida. En tanto mis dos neuronas asimilaban la situación, las chicas aprovecharon para reiterarme que ninguno de ellos podía establecer relaciones cercanas o estrechas con personas de países capitalistas.
-Y entonces… ¿“X” tiene problemas por andar conmigo?
-Bueno chica, la situación con México es diferente, Fidel salió de tu país en el Granma para hacer que la Revolución triunfara… -Y así comencé a conocer la historia oficial de esa Revolución.

Una noche después de cenar, los cubanos de la sección varonil organizaron una “fiesta”, que en su entender consistía en tomar cerveza al tiempo, fumar, escuchar música y, eventualmente, bailar, al mismo tiempo que gritaban desenfrenadamente cada vez que colocaban una ficha de dominó sobre la mesa.

Ese ambiente no era de mi agrado, los gritos y “guaperías” que tanto caracterizaban a los cubanos me alteraba, también me alteraba fungir como “novia”. En mi interior me reprochaba por haber aceptado una relación sin estar convencida, más bien motivada por la indagación.

De repente me pregunté, -¿qué hago aquí pudiendo estar echada en la cama leyendo un libro o conversando con Sayo o haciendo cualquier otra cosa?-, así que decidí a dejar el lugar y me despedí.

Los cubanos mayores, que eran de otro instituto comenzaron a fastidiar a “X” con recursos lingüísticos que cuestionaban su hombría. Mientras más los escuchaba más se fortalecía mi decisión de abandonar la “fiesta”. A “X” sus compatriotas lo pusieron en jaque y se vio obligado a pedir que me quedara… Me negué, entonces insistió en acompañarme y yo me dije, -¿perdió la razón?, si sólo cruzaré el patio y aquí es un lugar muy seguro.

La suma de circunstancias me puso de mal humor y fui muy cortante con “X”, quien me siguió hasta la salida y me detuvo, estaba molesto, luego me preguntó,
-¿Por qué me haces quedar mal con esa gente?
-A mí ellos no me importan, no me gusta y me voy.

Ese fue el fin de nuestra corta historia de amor de tres o cuatro días. Tardé un poco en comprender que el machismo en Cuba era asumido y practicado de una manera diferente y más cruda que en México, pues pronto supe, por ejemplo, que la homofobia no sólo era bien vista sino fomentada por el mismísimo Comandante en Jefe.

En el albergue de invierno había un teatro, de hecho prácticamente en todas las escuelas había uno. Todos los años los profesores organizaban un festival cultural y trabajaban con los estudiantes porque todos debíamos presentar un número relacionado con la cultura de nuestro país.

Se organizó una buena variedad de números, sobre todo de África. Debido a que de América Latina sólo estábamos los cubanos de la Podfak, Sayonara y yo, los maestros decidieron juntarnos a todos para cantar como cubanos y ensayamos un arreglo bilingüe de la emblemática canción chilena “El pueblo unido jamás será vencido”.
En el teatro de la casa de descanso de Jarkov cantando "El pueblo unido".

Primero, la solución de los maestros me extrañó, la canción no necesariamente nos representaba, por lo menos a mí no, pero después me divertí con ello porque, al final, ¿qué significa ser latinoamericano?, ahí inicié una camino hacia el desentrañamiento de ello. A partir de entonces y para el resto de mi vida, esa vivencia inició el proceso de formación de mi verdadera identidad latinoamericana, de la cual me siento particularmente orgullosa.

Pd. A todos los que este 25 de diciembre de 2015 celebran Navidad, envío un abrazo lleno de esperanza. También les comparto mi gratitud por estar colmada de bendiciones y por reencontrarme con una persona especial con la que compartí andanzas en la ex URSS.