23 de junio de 2015

De omisiones, errores y consecuencias

Hay varias películas que tratan sobre cómo nuestros actos generan consecuencias: Pi, El efecto mariposa, Babel, etcétera, etcétera. Sin la intención de menoscabar la enorme creatividad de argumentistas, guionistas, directores, fotógrafos y los que me falten, no es necesario ser un genio para saber que cada acción u omisión genera consecuencias de toda índole. En mi humilde opinión, el quid de creer no saberlo es porque con ello aliviamos nuestra conciencia, pero no la acallamos.

Fui asignada a la Facultad Preparatoria de la Universidad Vasili Karazin de Jarkov porque era una de las más prestigiadas universidades para estudiar Física, Matemáticas, Biología, Química, Bioquímica; por tanto su Podfak era ideal para tal fin. ¡Y sí que lo era!, sólo que yo estaba en el lugar equivocado.

La cotidianidad de mi nueva vida y los constantes retos de aprender ruso, lavar mi ropa, alimentarme y cuidar mi integridad física y mental distrajeron la pregunta que debí resolver desde mis primeros días de clase: ¿Por qué me encontraba en un grupo de estudiantes que cursaría Biología, Química y Bioquímica si la carrera que elegí era Arquitectura?

En mi Podfak había un Decano y tres Vicedecanos, uno hablaba francés, otro inglés y el último español. Todo era perfecto porque se resolvía la comunicación con latinos y africanos, principalmente, pues ellos fueron colonias de Inglaterra y Francia. Los árabes quedaban un poco a la deriva, pero se resolvía.

El protocolo de recibimiento nos llevó a la oficina del Vicedecano quien, en un español sin acento extranjero, a Martha y a mí nos preguntó datos básicos, incluida la carrera que elegimos. Cuando le comenté que yo iba para arquitectura su cuerpo se contrajo de la sorpresa. Revisó sus papeles pero lo que él tenía registrado era que mi carrera asignada era BIOLOGÍA. Evidentemente se cometió un grave error que cambió mi vida.

¿El cambio fue para bien o para mal? No lo sé ni lo supe en muchos años, sólo tenía claro que además de lidiar con la noticia de estar asignada a otra carrera, sino con la escasa y casi nula posibilidad de estar en la carrera que elegí. Fue el primero de muchos embates emocionales que tendría durante mi estancia en la URSS; lloré como hacía mucho que no lo hacía, mi llanto mezclaba impotencia, desolación, caos…

Con una empatía de campeonato, el Vicedecano explicó mis opciones de carrera, me prometió mandarme a Moscú, incluso a Leningrado para cursar mis estudios en Biología (era una ciudad codiciadísima); su oferta era fenomenal, el pequeño inconveniente era que no me veía desempeñándome en ese campo, ni siquiera motivada por el privilegio de estar en Leningrado.

—¿Qué puedo hacer?, ¿esto no me puede estar pasando? — Le increpaba con angustia.
—¿Qué te gusta?, ¿qué te apasiona?
—¡La antropología social!
—Esa carrera está cerrada para extranjeros…
—Restauración de edificios patrimoniales—, al decirlo venía a mi mente los bienes muebles e inmuebles de Puebla y la Ciudad de México. Me veía trepada en andamios cuidando el orgullo de mi identidad mestiza.  
—También está cerrada para extranjeros… pero en esta universidad puedes estudiar Geografía, como tu compatriota Isabel, o Economía como Marina.
—¡No quiero quedarme en Jarkov!, ¡no podré soportarlo estudiando algo que no elegí, sino que me impone esta situación!

La impotencia y el enojo me cegaron, no podía reponerme de la noticia y debía pensar en otras opciones profesionales a una edad en la que la elección de carrera es uno de los temas de mayor dificultad. El Vicedecano nunca dejó de darme consuelo, no escatimó tiempo para darme el mayor número de opciones y para dejarme pensar.

Recuerdo que ese evento detonó la primera racha de depresión en mi vida, enfurecí hasta el cansancio con el autor de tan grave error, sentía que me había arruinado la existencia. Pero la vida continuaba y no había cabida para seguir invirtiendo tiempo en el enojo, debía elegir, actuar y no dejar mi sueño de estar en la URSS.

Desde ese momento y hasta hoy, aun pasando por innumerables tropiezos, caídas, análisis, reflexiones, sigo aprendiendo a buscar en la adversidad lo que puede apasionarme, pero no ha sido labor sencilla.

La carrera que finalmente elegí y una serie de sucesos de todo tipo, me llevaron a descubrir otra de mis grandes pasiones: el mundo editorial, la oportunidad de contribuir en la educación de jóvenes y, sobre todo, escribir historias, conocer historias y estar presente, aquí y ahora para contarlas. 

16 de junio de 2015

El pan ajeno hace al hijo bueno

Mi eterna gratitud a Lila y Natasha

Cuando compartía con una amiga sobre nuestras experiencias de ser madres y la frustración de ver cómo los seres que amamos de forma indescriptible eligen otros caminos, ella sabiamente me dijo, “nuestra obligación como padres es enseñar todos los valores a nuestros hijos, es como echar diariamente a su costal tesoros, en su momento, nuestros hijos tomarán del costal lo que les sirva y lo aplicarán a su vida”. Escribo esta entrega pensando en mi madre, pero sobre todo, pensando en mi hijo, ese ser lleno inteligencia, potencial y sensibilidad que traje al mundo. Yo sé que llegará el día en que tome su costal y saque lo mejor que hay dentro de él.

En una semana o menos luego de llegar a Jarkov sucedió lo inevitable: Martha y yo nos quedamos sin dinero. Faltaban dos días hábiles y un fin de semana para cobrar el estipendio y apenas nos quedaban unos kopeks* para comprar la comida más barata.

Con el transporte no había problema porque compramos una especie de ficha (de cartón) para pagar los autobuses o trolebuses del mes: el famoso prosnoi. Martha y yo fuimos a dos tiendas cercanas para decidir qué comprar para sobrevivir. Nos alcanzó para una rejilla de betabel (remolacha).

Antes de instalarnos en la habitación 74, las ucranianas que compartirían ese espacio con nosotras habían llegado de sus pueblos, se instalaron, dejaron algunos de sus víveres y se fueron al koljoz*. Esto no lo supimos hasta que, movidas por el hambre, Martha y yo comenzamos a buscar en toda la habitación alguna olla o cuchillo para cortar y cocinar el betabel… No tuvimos suerte con las ollas.

Descubrimos cuchillos, té negro, azúcar y una caja grande llena de papas colocadas debajo de la cama de nuestras compañeras. Martha y yo nos sentamos frente al tesoro recién descubierto y nos miramos a los ojos preguntándonos si estábamos dispuestas a robar comida. En el razonamiento de pros y contras, encontramos la justificación perfecta diciéndonos que confesaríamos la falta y las pagaríamos o compraríamos en cuanto nos pagaran. El asunto de dónde cocinarlas lo resolveríamos con los latinos o con las mexicanas Marina y Vero. Todo estaba justificado… sin embargo no pudimos movernos de ese lugar.

¿Por qué pensar en robar algo si teníamos una rejilla de betabel?... Porque a ninguna de las dos nos gustaba el betabel, ¡Zaz!

Le conté a Martha que yo era una hija obediente y buena con mamá (¡ajá!), pero en la vida había dos comidas que inflexiblemente le rechacé a pesar del hambre que pudiera tener en casa: el hígado de res y el betabel.

En una familia numerosa y con grandes carencias económicas, mamá siempre se ocupó de buscar las opciones de alimento que nos aseguraran contar con proteína, calcio, hierro, etc. También buscó todas las variantes para que nos fuera menos monótona la repetición de esa comida: hígado encebollado, entomatado, con papas, también hacía todas las versiones posibles de betabel… en fin. Mis hermanos cedieron y hasta hoy comen hígado, pero yo nunca. Martha tenía otras razones para rechazarlo y por ello nos contamos toda clase de historias para robar esas papas.

El hambre apremiaba pero la conciencia era más fuerte que nosotros, simplemente no pudimos robar ni una papa, nos avergonzamos tanto de nuestros pretextos que sólo nos miramos, metimos el cajón y llevamos la reja de betabel a la cocina para lavarla. Era tal la vergüenza que ni nos atrevimos a pedir una olla prestada. Regresamos al cuarto, pelamos y partimos el betabel y nos lo comimos en silencio porque la voz de mi conciencia traía a mi mente todas las veces que rechacé la comida de mamá y me arrepentí desde lo más profundo de mi ser.

No tengo palabras para describir lo que sentía, sólo recuerdo que tomé el recipiente con azúcar para colocarla sobre mis rodajas. Esa fue nuestra comida y cena, también fue el menú completo del día siguiente. No recurrimos a nadie para pedir prestado dinero, ni para que nos invitaran a comer, asumimos con firmeza nuestra realidad.

El sábado por fin conocimos a nuestras compañeras: Natasha y Lila, eran estudiantes de primero o segundo curso de la Facultad de Historia de la Universidad y cursaban una carrera llamada “Historia del Partido Comunista de la Unión Soviética”, ¡sí!, como lo están leyendo, había una carrera que se especializaba en ese tema. Esos estudiantes eran los elegidos para compartir con extranjeros “capitalistas” por su “firme convicción socialista y por su compromiso para custodiar la integridad de su nación, es decir, para vigilar que nuestras actividades no fueran ajenas a los estudios.

Para el primer otoño, engordé diez kilos, entre las tardes de té con Lila y el cuidado de no pasar hambre, comí el equivalente a dos inviernos. Cuando mamá vio esta foto que mandé, dijo con preocupación: ¡ella no es mi hija! Y el resto del año gané unos ocho kilos más. 
Mis nuevas compañeras trajeron mermeladas caseras, mantequilla, sartenes y deliciosas conservas hechas en casa. Como pudieron, se presentaron con nosotras y luego se prepararon un exquisito desayuno-almuerzo. Al percatarse de que ni Martha ni yo nos levantamos de la cama para preparar de comer y tampoco salimos al comedor estudiantil, nos preguntaron si estábamos tristes, deprimidas o enfermas.

Con vergüenza les platicamos que administramos mal el dinero y lo acabamos, someramente les dijimos nuestra dieta de remolacha. Ellas se enfadaron mucho con nosotras, a señas y con ayuda del poco ruso de Martha recibimos una fuerte regañada; sacaron su caja de papas y nos reclamaron por no comerlas. Con una mezcla de ruso, inglés y señas, les contamos nuestra vergüenza de tomarlas pero no se conformaron con la explicación.

Y es que los hijos y nietos de personas que vivieron la Segunda Guerra Mundial, particularmente la muy castigada Ucrania, tenía otra conciencia con respecto a la comida. Desde la Segunda Guerra hasta el año de 1985, habían transcurrido 40 años y la sombra del hambre, el frío y la muerte seguía presente, es más, no sólo era la sombra, también se percibían los latidos de la vida recuperada y del dolor de perder a casi ocho millones de los suyos.

Así que para Natasha y Lila, como para todos los soviéticos que conocí, no había cabida para que ninguna persona pasara hambre, sacaron sus víveres y nos prepararon la más deliciosa comida. Mientras comía pedí perdón a mi madre y hasta el día de hoy sigo dando gracias a Dios por trabajar arduamente para generar algo o mucho para comer. Desde ese día hasta hoy, hago lo posible y lo imposible para no revivir esa fuerte vivencia. 

*El kopek es el nombre de la moneda fraccionaria del rublo en la URSS.

9 de junio de 2015

¿Qué preferirías ser un pez grande en un estanque pequeño o un pez pequeño en un gran estanque?

En años recientes, en México se debate mucho sobre las llamadas "pruebas pisa" y se critican, acaloradamente, los bajos resultados que los niños mexicanos tienen matemáticas en comparación con el resto de los países miembros de la OCDE. Esta situación y las condenas reprobatorias sobre la falta de lectura y la invitación a leer veinte minutos al día, me parecen un total desconocimiento de la realidad nacional.


Mis primeros días de clase en la Podfak de la Universidad Vasili Karazin fueron sorprendentes y extraños en muchos sentidos. La fotografía que comparto es de mi grupo, allí sólo falta Pedro, de Portugal. Mi primera frustración se debió a que la profesora sólo hablaba en ruso, con buena dicción y de forma lenta, nos mostraba objetos elementales, nos hacía repetirlos y luego nos enseñaba a escribir su nombre. Nunca había visto que se impartieran clases en grupos tan reducidos, me di cuenta que todos los que estábamos en la "preparatoria", fuimos concentrados en grupos pequeños, en aulas especiales y llenas de material didáctico para cumplir los objetivos de ese primer semestre: aprender ruso.

Siendo portugués, Pedro y yo entablamos amenas conversaciones dentro y fuera de clase, me sentía cómoda porque desde mi español y su portugués, encontramos formas de sentirnos próximos. De Pedro me impactaban muchos cosas, por ejemplo su edad, tenía 17 años, era dulce, amable y su cabeza estaba enmarcada por gran melena risada que contrastaba con su delgado cuerpo. Pedro aprendía el ruso de forma rapidísima, nunca supe si tenía estudios previos de ruso, como Martha, pero su ritmo de aprendizaje era espectacular.

Pedro no aparece en esta fotografía porque antes de que cayeran las primeras nevadas, había presentado exámenes de idioma y conocimientos generales para incorporarse al segundo año de la carrera, en la Facultad de Química, y logró quedarse. Cuando supe su hazaña me dije: "es un chico genial, además es portugués y seguramente vivir en Europa le favoreció en su educación, juicio por estereotipo, ¡uf!

Mi amiga Martha fue estudiante de escuela particular en México, tenía buen dominio del inglés y clases previas de ruso, era brillante pero se le complicó la vida antes de llegar a su beca: se enamoró perdidamente. Estar separada de su novio le provocaba grandes sufrimientos, tristeza, apatía, en fin... se encerró en sí misma y yo era uno de sus pocos contactos con el mundo exterior. Por inseguridad y por falta de herramientas para reconocer mis  fortalezas y debilidades, desarrollé cierta codependencia hacia Pedrito y Martha, según yo, fue para subirme, a través de ellos, al ritmo de aprendizaje del resto del grupo... ¡Grave error!, estaba creando una zona de confort similar a la que vivía, por idiosincracia, con la política del menor esfuerzo.

Otro error que cometí fue prejuzgar el posible desempeño de mis compañeros. De manera absurda pensé que Landua y las chicas, siendo africanos de Malí, tenían más carencias que yo precisamente por ser "africanos". Los varones que no están señalados en mis fotos eran de Campuchía (hoy Camboya), sobre ellos no prejuzgué tanto, pues pocas noticias llegaban a México sobre esa parte de Asia. Lo único que sí sentí fue que ellos, Julio de Ecuador y yo estaríamos al mismo ritmo de aprendizaje, ¡vaya estupidez!, ¿por qué en lugar de compararme e intentar emprender una carrera de velocidad, no pensé en optimizar mis métodos para aprender idioma?, ¡cuántas malas jugadas me hicieron pasar los estereotipos y prejuicios!

Antes de iniciar la preparación para los exámenes de invierno, Landua dejó de asistir a nuestro grupo. Un día me lo encontré entrando a la Universidad y me contó que había hecho gestiones para presentar exámenes y entrar al tercer año de Bioquímica, Química o Biología. ¡De qué planeta vienes!, pensé, ¿de dónde sacó Landua la capacidad de aprender no sólo el idioma ruso, sino el lenguaje usado en la carrera que eligió?, ¿cómo era posible que un africano llegara a tales niveles?, ¡eso nunca lo había escuchado en los medios de comunicación de mi país, ni en los análisis políticos, culturales o educativos!

¡Y yo que pensaba que era igual de inteligente que todos mis compañeros! Desde mis más tiernos recuerdos escuché cómo mis padres y familiares adultos se asombraban de mis habilidades, desarrollo de lenguaje y aprendizaje. Sin haber hecho el menor esfuerzo, en la escuela primaria y en la secundaria recibí reconocimientos por el mejor promedio de la generación y yo no me enteraba de ello hasta que en ceremonia oficial me llamaban al estrado. Con lo expresado, no quiero denostar o descalificar el hecho de reconocer los méritos de los alumnos; pero debieran enseñarnos que más allá de nuestra nariz hay un mundo lleno de gente asombrosa, mentes brillantes en todo el planeta.

Es más, debieran enseñarnos que además de los parámetros políticamente comprometidos (pruebas pisa y calificaciones reprobatorias en matemáticas y lectura), hay personas en otros continentes que son simplemente brillantes, a pesar de los niveles de pobreza, de las condiciones de sus escuelas y de la economía de su país. Con esto no niego que la alimentación juega un papel fundamental en el buen desarrollo del cerebro o que tenemos graves problemas en el sistema educativo, pero ni África, ni Asia ni América Latina estamos condenados al fracaso por el sólo hecho de ser países tercermundistas, es un hecho que económicamente estamos más jodidos y nos siguen jodiendo, pero todavía no estamos exterminados.

Mi humilde opinión es que nosotros mismos nos condenamos, al validar las etiquetas externas y al asumir irrefutable nuestra condición de "vencidos". Como se dice vulgarmente, no la tenemos "papitas", estamos inmersos en una revolución tecnológica donde la vida se condiciona a resolverla con un "click" o de forma "light". Constantemente, yo misma debo detenerme para "resetearme" y recordar el por qué debo creer en mí y seguir caminando.

2 de junio de 2015

Marina, Verónica, Isabel y Diana al otro lado del mundo (parte 2)


A la memoria de Marina

La vida es un viaje, en el sentido más literal y coloquial que se imaginan. Me gusta pensar que la muerte es también un viaje, en el que no sé a través de qué medios, ni de qué conexiones emocionales, neuronales o celestiales, la gente que está muriendo o que recientemente falleció emprende una especial despedida. Esto que digo no lo sé de cierto pero lo supongo.

Cuando Facebook hizo posible encontrar a ex alumnos de la ex Unión Soviética, hubo dos personas con las que me empeñé en establecer contacto: Martha Méndez y Marina. Con Martha pronto supe que no había disposición, vueltas de la vida… pero persistí con Marina, saber de ella se había vuelto una necesidad injustificablemente imperiosa.

Tardé un par de meses en saber de ella y se debió a que nunca me aprendí sus apellidos, primero busqué a Verónica Villaseñor, una de sus mejores amigas, pero como no respondía a mis mensajes y preguntas sobre Marina decidí establecer comunicación con Luis Enrique Ramos. ¿Por qué no anoté sus datos de casa?, ¿por qué nunca recordé sus apellidos?, me preguntaba con reproche mientras que una urgencia inexplicable por saber de Marina crecía cada día.

El 2 de septiembre de 2011 Luis Enrique por fin me contestó vía Facebook, luego, por un correo electrónico me hizo saber que Marina había fallecido de cáncer el 25 de julio de 2011. La noticia me dejó helada… le llamé por teléfono y charlamos un buen rato sobre el tema, a pesar de ello yo no podía asimilar las circunstancias de su muerte y tampoco mi urgencia por saber de ella.

Me gusta pensar que al mismo tiempo que busqué saber de Marina, ella también buscaba una forma de despedirse de su gente querida, incluidas las personas como yo, que la llevábamos en nuestro corazón con inmensa gratitud por estar cerca y dispuesta siempre que la necesitamos, por regalarnos valiosos espacios de su tiempo ante nuestra ignorancia e impotencia de recién llegados a la URSS. Contadísimas personas estuvieron dispuestas a regalarnos ese tiempo, pero Marina siempre lo hizo.

Solidaridad y empatía son conceptos harto escuchados y poco vividos. Yo soy afortunada al haber vivido entre tantos gestos de empatía, cariño, compañerismo y solidaridad con la mayoría de los estudiantes que llegaron a vivir a la residencia de la calle Otakara Yarosha. Siendo tan jóvenes en un país lejano, la solidaridad y empatía podían hacer la diferencia entre vivir, sobrevivir o rendirse e incluso perecer.

Verónica Villaseñor, con su ejemplo, me enseñó mucho, la encontraba en la universidad camino a la biblioteca, corriendo en la calle o en la pista que estaba frente a mi residencia. Ella y Seguei lograron traspasar la barrera política de los soviéticos y se hicieron novios. Verónica me impulsó a buscar ejercitarme aunque no fuera con clases de ballet, gracias a ella aprendí a trotar en invierno, primavera, otoño o verano.

La relación con Diana era más bien como de hermana mayor, hablábamos de su novio, nos compartía las tristezas y alegrías de su amor. Con ella anduve el camino de lo cotidiano, podía confesarle todos mis miedos sin temor a ser juzgada. Desafortunadamente Diana tampoco vive para saber la huella que su presencia dejó en mi vida.

Los encuentros con Isabel fueron más fortuitos, pero siempre tuvo disposición de conversar conmigo, de aclarar dudas, de ayudarme a interpretar esa vida que yo había escogido lejos de casa.

Hermandad latinoamericana… ¿realidad o cliché?

El relativo abandono y oscuridad de mi residencia estudiantil se iluminaba con todos los colores de la alegría cuando estaba cerca de los estudiantes dominicanos. De todos los latinoamericanos que conocí, los dominicanos eran las personas más cálidas y con mayor capacidad de disfrutar de los pequeños lapsos de alegría que nos daba la vida en ese momento, al mismo tiempo que sentíamos la carga de no estar con los nuestros, entre lo que nos era familiar: casa, barrio, colonia, país.

Frank era el estudiante dominicano de cuarto o quinto curso que compartía su tiempo para guiar a sus compatriotas recién llegados. También fue espléndido conmigo al compartirme de su tiempo para darme otro punto de vista sobre la experiencia de vivir en Jarkov.

Ir a una fiesta de dominicanos en Jarkov equivalía a llenarse el corazón de genuino disfrute por la música y por el “merengue”, no había “poses” (como el caso de numerosos cubanos), bailar con ellos implicaba dejar a un lado cualquier tristeza y sentir la vida al mismo tiempo que movíamos las caderas.

¿Por qué doy tanto valor a quienes me convidaron de su alegría? Porque en ese entonces como hoy, he visto que los mexicanos e infinidad de latinoamericanos nos sumamos con más facilidad a todo lo negativo y somos más exitosos al generar la cultura de la pobreza humana: negatividad, queja, victimización.

En el contexto social y cultural que les he narrado desde el inicio de mi blog, quienes tuvieron la capacidad de trasladarme a ver y sentir otros ángulos de la misma escena, me salvaron de ser arrastrada por la inercia de la gente negativa, de la que todo el tiempo se quejó de todo pero permaneció años y años bajo el cobijo de ese país y de esa sociedad que nos acogió.

Para mí, la hermandad latinoamericana es una realidad tangible. Mejor aún, la hermandad mundial es posible, pues sin el apoyo mutuo de nicaragüenses, peruanos, ecuatorianos, chipriotas, camboyanos, ucranianos, rusos, chilenos, marroquíes, etc., mi estancia en la URSS habría sido imposible.

Vale reflexionar algo fundamental en la consideración que acabo de expresar, con excepción de los cubanos, checoslovacos, polacos y todos los estudiantes que pertenecían al llamado “bloque socialista”, así como algunos estudiantes que fueron enviados directamente por el partido comunista de su país, los jóvenes que llegamos a estudiar a la URSS hicimos grandes esfuerzos por ganarnos ese lugar, pagamos un boleto de avión y dejamos un poco sangradas las finanzas de nuestras familias para llevarnos algunos dólares, ropa y zapatos nuevos.

Creo que, prácticamente a cualquier edad, cuando lo que tenemos nos ha costado sangre, sudor y lágrimas, difícilmente nos alejamos de nuestro objetivo principal, por eso, a los estudiantes que vivíamos en la residencia de Otakara Yarosha y a quienes nos apoyaron durante nuestros primeros pasos, de forma casi natural nos asistía tener la disposición a ser solidarios, empáticos, respetuosos y dignos.

Haciendo un recuento de mi vida, soy una persona afortunada porque sigo encontrando gente solidaria y empática, gente dispuesta a destinarme valiosos minutos de su vida, esas personas siempre harán una diferencia, al menos en mí dejan huella. 



26 de mayo de 2015

Con la vara que mides, serás medido

Esta fotografía fue tomada la noche anterior a mi viaje, estoy con mi sobrina y mi hermana Paty, mi enorme sonrisa no puede ocultar la felicidad, y tampoco oculta mis brackets, que fueron una marca de mi persona en Jarkov.



Dos días antes de mi viaje fui con mi ortodoncista para pedirle que me quitara los brackets porque me iba muy lejos y no regresaría hasta después de seis años. Mi médico me sugirió que no los quitara porque sólo tenía un año con ellos y aún no se afianzaba bien el trabajo, así que sólo los ajustó bien, los revisó para que no se cayeran y me aconsejó contactar a un ortodoncista en cuanto me instalara, para que revisara y continuara el tratamiento.

—¡Al fin que no te vas al otro lado del mundo!, bueno, sí te vas pero es una potencia 
mundial —, me dijo amablemente y ambos sonreímos.

¿Por qué la inmensa mayoría de los mexicanos tendemos calificar de bueno o malo ideas, pensamientos o modas únicamente a partir de nuestras expectativas o creencias?, ¿por qué aceptamos o rechazamos como modelo nuestra vida y personalidad sin considerar la infinidad de variables que puede haber en cada persona del mundo?

A estas alturas de mi vida, tengo claro que el egocentrismo jugó un papel determinante en mis primeras y más fuertes vivencias a mi llegada a la URSS. Afortunadamente el egocentrismo fue superado por mi urgencia de conocer a mis compañeros, de escuchar sus historias, de ver otros mundos, sus mundos, a través de sus ojos, de conocer motivos que los impulsaron a llegar a la URSS, de lo que extrañaban de sus países y familia.

En mi primer día de clases, recibí parte del dinero de mi estipendio, sería unos treinta rublos. Sin preguntar el tipo de cambio y sin pedir consejo sobre cómo manejar el dinero, saliendo de clases Martha y yo nos fuimos al comedor estudiantil (столовая), para reunirnos con Verónica e Isabel.

Como parte del menú había unas piernitas de ave, —son pequeñas, pero finalmente comeré pollo—, pensé. Mi hambre era acumulada, así que puse en mi charola lo que me pareció más atractivo, al final del menú estaban unos vasos llenos de un líquido espeso y blanco. Las personas que estaban delante de nosotros solían tomar los vasos con ese gusto que da el comer algo que place... la escena me desagradó.

La cuenta de comida fue muy alta, no recuerdo la cantidad, pero sí tengo claro que estaba dispuesta a pagar el precio por esas prometedoras “piernitas”.

Cuando me disponía a dar la primera mordida a mi carne, Verónica e Isabel se sentaron a la mesa con nosotras, por el apremio del hambre las saludé sólo con un movimiento de cabeza. Para sorpresa mía, mis brackets, dientes y todo mi ser se enfrentaron a trozo de carne duro y frío.
—¿Qué clase de pollo es este?, ¿de dónde traen al pollo que además de malo es tan caro?—No es pollo, es pato y es un platillo caro —. Me respondieron nuestras acompañantes.
La consistencia de la carne era tal, que los dientes dolían mucho, me fue imposible comer ese platillo, con toda resignación me zampé lo demás. Pasado mi mal rato, pregunté a las chicas sobre la comida, especialmente sobre esos vasos.

—Se llama smetana y es riquísima, en poco tiempo también te gustará—. Primero muerta, pensé en silencio, pronto confesaría a las chicas que tenían toda la razón, me declaré fanática de la smetana.

Verónica e Isabel nos aconsejaron cómo ahorrar y explicaron un poco sobre el valor de los víveres. Sin duda, la opción más adecuada era cocinar nosotras, así que fuimos al supercito cercano a la residencia, el que estaba casi en la esquina de la Avenida Lenin.

En la tienda, con ayuda de señas y del ruso que ya sabía Martha, pedíamos a las tenderas lo que nos parecía viable cocinar, optamos por productos que no requirieran utensilios de cocina: leche, pan y mortadela, básicamente.

En un intento de ser amable con la tendera y contar con su paciencia, saqué a relucir mis mejores sonrisas, sin pensar que eran otros los aspectos de mí que a ella le llamaban la atención.—¿Qué es lo que tu amiga trae en la boca?, ¿es alguna indumentaria o moda en tu país? —-. Le preguntó la mujer a Martha al mismo tiempo que llamaba a su compañera para que vi-niera a ver la “artesanía” extravagante que la extrajera (yo), llevé a su país.

Martha y yo no paramos de reír, al tiempo que Martha intentaba explicar que el asunto con mis dientes era un tratamiento médico. No hubo manera de darnos a entender, entre tanto, la clientela llegaba y las mujeres, asombradas de lo que asumieron como “tradiciones mexicanas”, me pedían que les mostrara mis dientes a los demás. La sorpresa de la gente fue la misma que la de las tenderas y tenía sentido. Yo era la diferente, yo era la de indumentarias extrañas en su país, ¿en qué cabeza cabía pensar que todo el mundo era como México o Estados Unidos, nuestro principal referente de modernidad?, con la misma fascinación y asombro con la que miré a todos los africanos, moscovitas e indúes, así me estaba viendo una pequeña multitud. Los enfoques de la vida y las personas cambian cuando también cambia nuestra posición en el tablero de la vida.

Es verdad que, desde mi llegada, mis sorpresas y choques culturales habían tenido como único referente mis parámetros de vida. Las charlas sobre las experiencias que habían tenido los latinos en el hotel de Moscú, reforzaban un ánimo de crítica ante una cultura totalmente opuesta a nuestras culturas. Por eso, allí en la tienda, siendo yo el centro de atención como “diferente”, entendí que había llegado el momento de asimilar la cultura que me acogía. Entendí también, que era imprescindible ampliar mis referentes de costumbres y vida cotidiana del país donde pensaba vivir los próximos seis años de vida.

Definitivamente esa primera compra en una tienda de víveres, fue otro de tantos parteaguas en mi vida. Allí tomó claro sentido uno de los muchos consejos que me dio mi tío Eduardo Zaldivar (español emigrado a México por motivos económicos), sabiamente mi tío me dijo: “Vas al otro lado del mundo, a otra cultura y otra vida, si quieres realmente aprender de esa experiencia y hacer que valga la pena, no te quedes dentro de la colonia (refiriéndose a los otros mexicanos radicados), convive con la gente del pueblo, habla con ellos, permite que te enseñen sus costumbres, respétalas y asimílalas, verás cómo ellos no sólo te abren las puertas de su casa, también las de su corazón, porque ellos sabrán que no desprecias lo que para ellos es valioso: su cotidianidad."

Los aprendizajes tan significativos como los que narré, posibilitaron mi comprensión de la identidad personal, nacional y latinoamericana que incansablemente trasmito en el contenido de mis libros de Formación Cívica. No me refiero a las “patrioterías” que suelen hacer los compatriotas que visitan otros países o que expresan ante la llegada de gente “diferente” a México. Me refiero a esa forma de construir las identidades que narra Octavio Paz en su extenso y bello poema Piedra del Sol:

[…] para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia, […]


Claro que, como ser humano, cometo errores y hago mi mejor trabajo para evitar caer nuevamente en ese egocentrismo que a todos nos limita el acceso a nuevas experiencias, entre otras cosas.