22 de mayo de 2019

Confesiones

Por Fabiola Martínez

A pesar de que cada segundo de cada día representa oportunidades para aprender a vivir con plenitud y a partir de la conciencia de pertenecer al género humano, la educación del hogar y de la sociedad presta poca o nula atención para que las personas desarrollemos habilidades para lograr ese cometido.Muestra de lo anterior es lo que a continuación contaré.

Poco después de la boda de Natalia, comencé a notar que, por las noches, del refrigerador de mi cocina comenzaban a salir cucarachas. Conseguí un insecticida y, sin importar mi proceso de gestación, arremetí contra tan desagradables insectos. Al poco tiempo los bichos regresaron con más fuerza.

Moví muebles e hice limpieza para combatir toda fuente cucarachil, pero mis esfuerzos fueron vanos. Enojada, presté una atención obsesiva a las actividades cercanas a mi habitación. Pronto me percaté de que la habitación de las vietnamitas era el origen de la plaga, lo cual me llevó a observar su forma de vida: acumulación de pilas y pilas de objetos y hacinamiento de, al menos, ocho personas.

Mi descubrimiento, a su vez, se convirtió en la fuente de antipatía hacia los vietnamitas en general, no hacia mis vecinas, sino a todo un pueblo. Confieso aquí que, independientemente del grado académico que yo había adquirido y de vivir en carne propia los estragos del racismo, en un parpadeo me convertí en ese tipo de personas.

Cada vez que comentaba con mis amistades la 'desgracia' que vivía, recuerdo haber justificado mi proceder e insultos resaltando los defectos que, desde mi perspectiva, tenían ellas y su pueblo. Para mi desgracia, la plaga se extendió tanto, que por las noches los bichos caminaban por mi cara, obligándome a dormir todos los días con la luz encendida y a dejar mi habitación periódicamente para llenarla de insecticida.

Quiero enfatizar que dije, 'para mi desgracia', porque me dejé llevar por esa situación y fui desarrollando un sentimiento de rechazo que alcanzó niveles vergonzosos que no necesariamente expresé, pero que sí sentí. ¡Es tan sutil la línea que nos hace pasar hacia al racismo o la enajenación!

A 30 años de lo sucedido, veo que la conducta humana no se modifica, lo que quizás sí hay es una disposición para que las personas, al menos, intentemos ser políticamente correctas, albergo la esperanza de que logremos avanzar y nos vayamos comportando motivados por el espíritu de  los derechos humanos y por tomar conciencia del 'otro', ese ser distinto y al mismo tiempo semejante.

Para fortuna mía, pude tomar la oportunidad que me dio la vida para reconsiderar, con honestidad, mi relación con el pueblo de Vietnam. No sin esfuerzo, actitud de apertura y la conciencia de que se trata de una labor cotidiana y perfectible.

¿Hay más confesiones por hacer?... Lamentablemente sí. Confieso que últimamente he experimentado desesperanza ante la ola de descalificaciones y polarización que vive mi país, que es promovida ni más ni menos que por el jefe del Poder Ejecutivo.

Lucho para comprender y respetar la cerrazón mental de quienes dejaron a un lado el pensamiento crítico y el análisis para respaldar, a ojos cerrados, lo que el presidente dice, confieso también sentirme desencantada de mucha gente a la que consideré modelos de ciudadanos y representantes del gremio educativo y cultural.

¿Les falta inteligencia? No lo creo, considero que en este punto, quizás, la motivación que guía los actos de esas personas es cargar la etiqueta de liderazgo moral, que a más de uno nos ha limitado la capacidad de reconocer los errores cometidos, ya que nos comemos el cuento de ser 'adultos instruidos y llenos de razón y sabiduría', es así como se deja de "revisar al poder para aplaudirlo".



7 de mayo de 2019

Natalia (parte 2)

Por Fabiola Martínez 

Después de la sesión fotográfica fuimos al lugar donde sería la recepción. Cuando el auto se detuvo frente a un hotel famoso (creo había unos dos o tres hoteles y ese era el más popular) muy cerca de la Kreshatik, avenida principal de la ciudad, mi cabecita no lograba conectar para comprender  cómo podía celebrarse una boda en un restaurante concurrido por turistas y estudiantes...

Pero la existencia de otras culturas y otras circunstancias de vida hacían que sucediera. Sí, era posible, normal y viable que una pareja de novios reservara varias mesas del restaurante para celebrar su enlace, al final ¿por qué empeñarme en medir todo con la misma vara?, es decir, a partir de mi sólo de lo que ocurría en mi país. 

La fiesta consistió en conversar, comer compartiendo la alegría de un proyecto de vida que iniciaba, pero bailar era algo complicado en mi limitada cosmovisión juvenil, pues no llevaba pareja y no veía que alguien más lo hiciera. Todos estaban muy cómodos en sus lugares.

Yo busqué un lugar donde pudiera dominar la vista de todo y conversar un poco con alguien cercano a mí, ya que había también varios invitados del novio. Así que me senté junto a Riita y familia. Luego de cenar pedí a mis amigos y conocidos posar para mis fotos de recuerdo, y eso hicieron. Gracias a los momentos captados por mi cámara hoy cuento con recuerdos que casi son tangibles; puedo mirar al pasado y recordar la mirada y las sonrisas de personas con las que compartí la vida en la residencia número 3 y en el Instututo Estatal de Lenguas Extranjeras, de población predominantemente femenina

Sobre la fiesta no recuerdo detalles sobresalientes o extraordinarios, sólo vienen a mí las sensaciones de plenitud, de deseos de conquistar al mundo... En resumen, viene a mí la certeza de haber sido feliz.

Cuando pensé cómo comenzar esta entrega, lo primero que vino a mi mente fue una la felicidad materializada. Después pasó por mi cabeza una conversación que tuve hace algunos meses con mi pareja, quien afirmó que la felicidad no existe o que se trata sólo de alegría momentánea, o el mensaje que respondió mi hijo cuando le pregunté si creía en la felicidad.

Sin restar relevancia a los debates filosóficos o morales acerca de la felicidad, el conocimiento que me obsequia la madurez permite determinar, por contraste, que sí existe la felicidad, como también existe la tristeza o el dolor. Es ese contraste que me permite decir ahora que la boda de Natalia fue quizás, el último climax de felicidad que experimenté en la URSS.

Desde que hago este ejercicio de escribir, compartir y contar mi experiencia a lo largo de cinco años de estancia en la URSS, los sueños de regresar a estudiar persisten.

Sueño que regreso a mi residencia, que camino en la Kreshatik, que estoy a punto de abordar el avión, que me falta dinero para viajar y otros detalles relacionados con mi vida al otro lado del mundo.

Sin importar la situación de mi regreso a Kiev, lo sobresaliente había sido la nostalgia de tiempos felices... La catarsis de contar mi historia ha rendido frutos. Hoy mis sueños siguen alimentados por la nostalgia de ese lapso tan intenso de mi vida, pero, gracias a Dios, en la actualidad incluyen la dicha de estar en mi país, de recorrer el camino que elegí y disfrutar de lo que encuentre a mi paso. Al final, la vida es una. En caso de que la saudade pegue, puedo recurrir al Facebook y las videollmadas, sólo es cuestión de empatar los horarios en otros puntos del planeta.

De derecha a izquierda, Anya, Natalia, el padrino del novio, Belinda, yo y el novio de Beli. 

Belinda y yo con cuatro meses de embarazo.

Junto a mí, el novio de Belinda, Riita, Tamara...

Natalia y Darek. A un lado de mí las amigas de Naty, cuyo nombre no recuerdo,
pero tengo presente que las dos me peinaron el día de mi boda. 

16 de abril de 2019

Natalia (parte 1)

Por Fabiola Martínez


Recuerdo la tarde cuando, después de llegar del instituto, me acosté para descansar. Mientras intentaba relajarme sentí un movimiento brusco en mi vientre... ¿Es posible que ya sea la creatura? En efecto, ese día fue el primero de todos y cada uno los días en los que Gabriel estremecería mi mundo. A partir de entonces también empecé a experimentar cambios en mi apariencia física, situación que anhelaba con gran impaciencia.

Mi felicidad se exponenciaba ante la inminente celabración de la boda de Natalia. Ella, Riita y yo seguimos unidas a causa de los preparativos para su boda. A estas alturas de mi vida la memoria ya me traiciona, pero hubo una celebración o evento solemne previo a la ceremonia oficial, tal vez se trató de la tradición de pedir la mano... El caso fue que Darek, Natasha (y quizás) Belinda fueron a festejar con los padres de la novia al pueblo natal de Naty.

Recuerdo que Natalia y buscó el momento adecuado para explicarme las razones por las que no podía invitarme, cosa que no hacía falta, pero que le agradecí mucho. En aquél entonces confirmé lo que ya había aprendido, que sólo los soviéticos que fueron nuestros compañeros y amigos intentaron entender o ser empáticos ante el crisol de culturas, usos y costumbres que se veía en nuestros centros de estudio. Para el resto de las personas, sobre todo de mayor edad que nosotros, convivir con extranjeros no era un tema sencillo, más bien un espacto que vulneraba su privacidad.

El día de la boda civil, y el anterior, fueron muy placenteros y emotivos para mí. Anya, una de las amigas más cercanas de Naty llegó desde España para participar en la celebración. También llegó de Moscú Belinda, con quien compartimos habitación en el primer curso. Ella fue la madrina de la novia. Todas nos reunimos para conversar de todo un poco, incluso de la hora para salir el día después.

Hasta hoy me emociona vivir el proceso de preparación de las mujeres para la ceremonia de boda, ese día no fue la excepción. Recuerdo haberme apresurado para llegar al cuarto de Natasha y verla ponerse el vestido de novia. Allí también estaba Belinda y su novio.

El vestido era sencillo pero hermoso, ella misma lo confeccionó, quizás tomó inspiración de una revista de novias que le llevé de México y que a mí me gustaba mucho: Bride.  Resalté este hecho porque en la URSS, así como en otros países del bloque, la costumbre era rentar vestidos de novia y todos los accesorios, era cosa de ir a la tienda para tal fin y elegir un vestido que te quedara y luego lo devolvías para que otras mujeres lo puedieran tener a su alcance. A mí me pareció un reto lo que Natalia hizo y lo que logró.

La novia y la madrina estaban listas y bajamos a la recepción. Al mismo tiempo que terminamos de bajar, un auto de modelo antiguo llegó por la novia. Los taxis reservados para quienes asistimos a la boda de la residencia también llegaron.

En el Palacio donde se realizaban las bodas nos reunimos todos; la madre y la tía de Darek, llegados de Polonia, su mejor amigo y su esposa. Estábamos también todos los que fuimos mejores amigos. Para mí, la parte más emotiva de la boda fue cuando nos organizamos para la foto oficial, el en sillón clásico donde todos posaban. Esta sería la última vez que conviviríamos todas juntas, todas las chicas con quienes compartimos la vida y fuimos grandes amigas y camaradas.

Si no mal recuerdo, del palacio de casamientos  fuimos a dejar el ramo de la novia a un hermoso templo ortodoxo ruso muy bonito y famoso (creo que se llama San Andrés). A partir de allí hicimos un recorrido en los sitios emblemáticos de la ciudad para que la pareja  se tomara más fotografías. Yo, aproveché la invitación para recorrer festivamente la ciudad y para atesorar recuerdos de mis amigos en la ciudad donde fui muy feliz.

Tomando un té y acompañando a la novia mientras se arreglaba. 

Esta fue la última ocasión en que todas estuvimos juntas como en el primer curso.
En el sillón los novios y los padrinos. De derecha a izquierda, la madre de Darek, Anya
de blanco, junto a Anya, Tamara, Fausto con Janny Ernesto en brazos, junto a él Riita
sigo yo, la más pequeña de estatura, el novio de Belinda y amigos y familiares del novio. 

Hace 29 años, en el mes de abril, saliendo del edificio donde se realizaban las bodas civiles en Kiev

En las escaleras del museo iglesia de San Andrés (s. XVIII) 


2 de abril de 2019

Las simples cosas

Por Fabiola Martínez

Es grato recordar cómo mis amigos estaban para mí a mi regreso de Moscú. Inna y yo nos hicimos más cercanas (ella era una soviética casada con un cubano compañero de Valeri que vivía un piso arriba de mí). Con ella no sólo compartía el té y los postres y mermeladas que me invitaba, también era una persona que escuchaba con paciencia mi anhelo de ver crecer mi vientre.

Carlos, el mexicano, empleaba parte de su tiempo en visitarme o en llevarme los fines de semana al hogar que compartía con su pareja. Con Paty y Carlos pasé noches repletas de charlas sobre México, sus aventuras en Noruega o su pesadilla con unos pequeños ratones que se aparecía de vez en cuando cerca de la estufa de su pequeña cobacha. Mi amigo también se daba tiempo de pasear conmigo, recuerdo que me llevó a escuchar un concierto de orquesta en un teatro del centro de Kiev, fue una experiencia maravillosa.

Amal y yo nos hicimos más cercanas, se convirtió en la persona cercana para acompañarme a comer o tomar un bocadillo entre descanso y descanso. Ella siempre fue una mujer dulce y apacible con la que podía hablar de todo lo que pensaba y sentía.

Amal ocupó el espacio de amistad y complicidad que tenía con Rashid y Jamal, quienes desde que estaba cerca mi boda marcaron una distancia conmigo que yo no noté, hasta que la nostalgia de los tiempos felices me hizo ver todo lo que yo había abandonado.

Darek, quien había sido compañero de Valeri y estaba a punto de casarse con mi amiga Natalia, podía viajar periodicamente de Polonia a Kiev y siempre me llevaba de regalo fruta, específicamente plátano, no se imaginan lo feliz que me hacía comer una fruta tan tropical al final del invierno. Bassem me prestaba su lavadora cada vez que me ganaba la flojera de lavar a mano en los lavabos del baño.

Riita respondía con paciencia y cariño a todas las preguntas que yo tenía sobre el proceso de embarazo, parto y cuidado de los bebés. Hasta Khema y nuestra compañera tailandesa cuyo nombre ahora no recuerdo, mostraban interés en que todo lo que estuviera alrededor de nosotros, como estudiantes, fuera una zona segura para mí y mi hijo.

Sentirme cobijada, acompañada y protejida me venía bien ante el hecho de enfrentarme a un embarazo sola, lejos de mi pareja y de mi madre, figura fundamental en un proceso como el mío. Hoy tengo la oportunidad de experimentar un poco de aquéllos, pues a pesar de la distancia, el sólo hecho de saber que mis amigos ya forman parte de mis redes sociales me hace sentir bien, pues todos construimos un nexo único, quizás uno de los más sinceros.

Quizá esta es la razón por la cual, cuando pienso en lo que viví, en mi mente suenan diferentes canciones, en esta ocasión, desde ayer cuando construía la entrega de hoy, no sacaba de mi mente una canción del argentino Armando Tejeda Gómez llamada 'Canción de las simples cosas'.

Y como lo que no mata, fortalece, aquí estoy, con algunos golpes, raspaduras y una que otra cicatriz, lista para seguir adelante con más conciencia de mí, de quién soy, qué quiero y qué elijo amar. Tejiendo con calma esta tarea de exorcizar mis desaciertos del pasado para vivir con plenitud cada instante del presente.

 Canción de las simples cosas
Uno se despide insensiblemente
de pequeñas cosas
lo mismo que un árbol en tiempo de otoño
muere por sus hojas.
Al fin la tristeza es la muerte lenta
de las simples cosas
de esas cosas simples
que quedan doliendo en el corazón.
Uno vuelve siempre a los viejos sitios
en que amó a la vida
y entonces comprende
como están de ausente las cosas queridas.
Por eso muchacho no partas ahora
soñando el regreso
que el amor es simple
y a las cosas simples
las devora el tiempo.
Demórate aquí en la luz mayor
de este mediodía
donde encontrarás
con el pan al sol la mesa tendida.





27 de marzo de 2019

Madre e hija

Por Fabiola Martínez 
A la memoria de Ma. Luisa.

Quizás, a principios de febrero, Valeri tuvo que defender su tesis, al igual que el resto del grupo. Recuerdo haber estado, como pegote, viendo los cálculos de su trabajo y ayudarle en el repaso del planteamiento de su tesis. La defensa de la tesis suponía el final de su estancia en Kiev, pero él logró negociar un tiempo de gracia para permanecer conmigo en la ciudad de los jardines. 

Para esas fechas, las vietnamietas de nuestro bloque ya se movían con soltura en la ciudad. Todas recibían a sus novios, de otras facultades y vivían en un total hacinamiento. A pesar de que todos padecíamos los estragos de la escasez y de no haber avanzado en el dominio del ruso, las chicas contaban con los contactos suficientes para comprar enormes cantidades de bateas para freír y lavar, que tenían apiladas del piso al techo. 

El resto de las personas que vivíamos en ese bloque: Khema y su amiga de Tailandia, Murad, Mohamed, perdimos la batalla para lograr que mantuvieran limpia la cocina y apagadas las hornillas de la estufa eléctrica. 

Un día, estando Valeri y yo en la habitación alguien tocó a nuestra puerta. Cuando la abrí, tres vietnamitas me miraron y comenzaron a hablarme en su idioma pensando que yo era su compatriota. Recuerdo que sólo las miré con asombro, moví la cabeza en señal de negativa y les dije: 'no entiendo su idioma, por favor hablen ruso'. 

Valeri no paraba de reír y yo, hasta hoy, sonrío y me divierto cuando recuerdo y comparto la anécdota. Ya en una ocasión las soviéticas me acusaron de ser mongola y ahora las vietnamitas me asumían como su igual. Lo sucedido sólo acentuaba que mis raíces indígenas me habían dado un fenotipo parecido al asiático; ahora que soy más observadora de las personas y su conducta, me percaté del enorme parecido que podemos llegar a tener los mestizos de México y América Latina. ¡Bendita diversidad!

Antes de regresar a Cuba, Valeri envió por barco, en un contenedor, la parte pesada de su equipaje. Recuerdo que el chip o 'modo mamá' ya lo traía prendido y compré una cuna para mi  hijo y le pedí a Valeri que lo enviara en el contenedor que compartía con uno o dos compañeros. 

Como lo he mencionado, el primer trimestre de embarazo es una locura total, de esas que hacen que las mujeres actuemos impulsadas por cualquier otra cosa que el sentido común. Cuando Valeri tuvo su vuelo Moscú-La Habana, yo me fui con él en el tren para acompañarlo a Moscú. Recuerdo que todavía hacía mucho frío, pero no tanto como en el mes de enero. 

Ya en Moscú Valeri y yo tuvimos todo el día para pasear y hasta de tomarnos una foto en una calle peatonal muy concurrida, donde ya era visible el efecto de la glasnost y perestroika. Lo que más me llamó la atención fue ver que, en el lugar donde tomamos la foto, se vendían souvenirs como si fuera un parador turístico, allí podían encontrarse matrioshkas con la cara de Mijail Gorvachov en la que destacaba su emblemático lunar. 

Mi penúltimo viaje a Moscú.

Valeri y yo estuvimos en el aeropuerto Sheremitevo toda la noche, pues el avión salía casi de madrugada. La pasamos mal porque yo tenía tanto sueño que acomodé las maletas para hacer un espacio donde dormir, ya que el sueño me vencía. 

Así como organicé el viaje a Moscú, también tomé la decisión de llamar a México desde el aeropuerto, para comunicarle a mi mamá que estaba embarazada. 

Creo que a todos nos ha pasado que, antes de enfrentar situaciones complicadas, organizamos en la cabeza escenarios y escenas de cómo consideramos que manejaremos los sucesos. En mi caso, sin embargo, ya estando a punto de confrontar la verdad, me sentí muy acojonada. Tanto, que al hablar con mi madre no hice las cosas como las había ensayado, sino como el miedo me permitió hacerlo. 

Debo aceptar que no fui nada sutil en dar la noticia. Ahora entiendo que contribuí a aumentar las preocupaciones de mi madre sobre mi salud, cuidados y sobre el rumbo que tomaría mi vida. Creo que, aunque la reacción de mi madre fue de felicidad, en el fondo tenía sentimientos encontrados. 

El último año de vida de mi madre lo pasó conmigo en la Ciudad de México, siendo yo una joven divorciada. Las circunstancias de mi vida, sumadas a las circunstancias que le impuso una grave depresión y la aparición de una extraño cáncer , nos permitieron, por primera vez, hablar con honestidad como mujeres y madres. 

Recuerdo con mucho cariño y gratitud las largas horas de charlas sobre aciertos y desaciertos de nuestra vida. Recuerdo también la amorosa forma en que me narró todo lo que pasaba en su cabecita cada vez que yo daba giros tan complicados a mi vida. 

Aunque tuve muchos momentos de reproche hacia ella, por educarme con pocas habilidades para enfrentar la vida como una mujer más libre y responsable (según mi juicio de entonces); y también gastaba mucho tiempo de mi vida culpándome por mis elecciones, la madurez me hizo ver que, como persona, viví con las habilidades que tenía, pero he podido reorientar el rumbo, aprender de los errores y buscar, siempre, la forma de volver a levantar ante cada embate de la vida. 

Cuando madre y yo reflexionábamos sobre nuestra vida, corroboré la importancia que tiene el dotar a los adolescentes de una formación ética que les permita aprender en libertad y vivir plenamente su sexualidad (afectividad-identidad de género-erotismo-reproducción). Sigo pensando que los padres pueden ser los mejores guías para sus hijos, pero requieren una dosis de honestidad y de preparación. Mientras eso sucede, yo continúo con mi labor y me enfoco en mejorar el contenido de los textos que elaboro con mi coautor.