28 de noviembre de 2017

Historias difíciles...

Por Fabiola Martínez

La juventud, las hormonas o la vida nos conducían a formalizar relaciones e incluso a celebrar bodas. Creo que en esa decisión coincidían a favor aspectos que nos planteaban esa decisión como algo sencillo: teníamos techo y comida gratis, servicios de salud, apoyo de un cuarto privado para cada pareja que se formara, si había hijos, éstos tenían servicios de guardería, medicina, cuidado, educación. En fin, un acto tan trascendental como es el matrimonio, se realizaba con poca consciencia del después.
Acostumbrados a este contexto de paternalismo, soviéticas y cubanos eran los que más rápido se casaban y tenían hermosos bebés. Las relaciones de amistad se estrechaban conmigo y con Valery al acompañarlos a bodas y visitas por la llegada de hijos. Los encuentros, paseos y reuniones ya eran en parejas y casi siempre era divertido.
Una de las primeras parejas cubano-soviéticas tuvo a su niña cuando yo cursaba tercer año. Ella era nativa de Kiev, tenía su apartamento y por ello, desde el matrimonio, él vivió fuera de la residencia con todos los permisos oficiales, ya que los extranjeros teníamos prohibido vivir fuera de los albdergues. Quizá fue en otoño o finales de invierno cuando recorrí en metro la mitad de la ciudad, recuerdo haber mirado por la ventana el paisaje cuando cruzábamos el río Dniepr, ya estaba oscuro.
El edificio donde X y Y vivían era grande y lindo, los apartamentos pequeños pero funcionales. Yo llegué preguntando directamente por la nena, la abracé y le hice los tradicionales guiños: gugu, gaga...
Ellos se veían desvelados, cansados, confundidos, creo que esa es la sensación que tenemos todos los padres primerizos. La llegada de un bebé nos cambia la vida para siempre, no quiere decir que el amor pasa pero se vive una crisis al interior de la pareja que no sé por qué chinas todo mundo trata de disimular, como si no fuera comprensible. En fin, X y Y estaban preocupados porque la niña debía ver al pediatra muy seguido, parecía ser que había una complicación.
Pasaron los días y le pregunté a Valeri por la bebé, y por sus amigos, quienes por cierto, eran muy nobles y buenas personas. Me dijo que él estaba mal, y más bien enfocado a sacar adelante los últimos meses de estudio. Obviamente pregunté la causa del malestar y bueno, se trataba de algos serio; la niña tenía alguna de las muchos tipos de "espina bífida", había nacido así. Fue entonces cuando encontré sentido a la falta de respuesta de la nena ante los estímulos de mis muestras de afecto.
En verdad me sentí mal por ella pero principalmente por ellos, quienes por supuesto no volvieron a ser iguales y tampoco convivieron de la misma forma, más bien se alejaron. Alguna vez, ya viviendo en Cuba, le pregunté a Valeri:
-¿Qué habrá sido de la vida de X y Y?, ¿cómo estará la niña?
-Ellos están en Cuba, tuvieron que venir después por asuntos médicos de la niña.
-¿Y ella está mejor? -pregunté en mi infinita ignorancia.
-La enfermedad de la niña no tiene cura, poco después de nuestra visita en Kiev, llevaron a la niña a una especie de hospital horfanato.
-¿Y qué pasó?
-Pues nada, allí se quedó ingresada...
-¿Para siempre?, ¿en serio?
-Sí.
Fue así como me enteré que en la URSS, es costumbre dejar a los bebés que nacen con discapacidades en lugares así. Es la única opción que había para esos niños. Desconozco la razón de tal costumbre, pero con esa información me quedó claro por qué no había niños discapacitados en las calles, ni uno.
Esta historia, aunque triste, no pretende juzgar a nadie. La gente que se enfrenta a tener entre su familia a un discapacitado de tal calibre tiene ante sí una serie de problemas y grandes retos por resolver. Lo sé porque mi hermana mayor, María Luisa, nació con un tipo de parálisis cerebral infantil que le permitía comer, caminar e ir al baño por sí misma; según nos explicó mamá, el neurólogo le dijo que el cerebro de Mary había desarrollado una capacidad similar a la de un niño de dos años.
Mi vida y la de mis hermanos siempre giró alrededor de las necesidades de Mary, aunque como hermanos éramos algo torpes, cuando todos nacimos, Mary ya estaba, así que no cuestionábamos nada. Mi madre nos enseñó a interactuar con ella como uno más de la banda, y su discapacidad lo permitía.
Madre iba a todos lados con mi hermana y, ahora que lo recuerdo, solían vernos con lástima, con morbo o como apestaditos. Los hermanos de mamá y mis primos se acostumbraron a Mary. Años más tarde, mi prima Alejandra, quien nació sana, enfermó gravemente, creo que de encefalitis. Mis tíos estaban deshechos, pasaron creo que más de un mes en el hospital. Si la memoria no me falla, Alejandra estuvo en coma, y cuando la dieron de alta los médicos enfatizaron que el cerebro de la niña estaba casi perdido, quedó totalmenter sorda.
Con mucha entrega mi tía se empeñó en las terapias de rehabilitación y tuvieron grandes logros. En algún momento Ale y Mary fueron compañeras de paseos y, hasta la muerte de ambas, como familia, compartimos aquellas miradas de asombro y morbo.

La razón por la que extendí tanto mi relato es para compartirles que, ante hechos como los que relaté, ninguna elección hecha por los padres es la mejor, ni la única. En su momento a mí me pareció un abandono dejar a la nena hospitalizada, pero con el tiempo y con un hijo en brazos, me di cuenta que, al menos en México, hay miles de familias que esconden a sus hijos, esta es también una forma de abandono.
Hace varios años, en México se difundió una iniciativa para crear centros de rehabilitación Teletón, una fundación creada por uno de los monopolios de comunicaciones que en su tiempo fue el más fuerte de México y Latinoamérica. Cada año ese Teletón recaudó millones de pesos, y construyó numerosos centros de rehabilitación en todo México. Personalmente yo conocí a una hermosa mujer que trabajó allí y que dio fe de los grandes logros que alcanzaban los pacientes niños que asistían.
Pero de unos ocho años a la fecha, los chairos y pseudointelectuales se dieron a la tarea de difamar al Teletón, sin presentar prueba alguna y con el único argumento que empleaban era criticar a la fundación por sacar en TV a niños discapacitados.

Desde el año pasado y en este año, Teletón fue acribillado en redes sociales y su recaudación de fondos se fue a la baja, lo cual, desde mi experiencia, me parece un acto social de total intolerancia y necedad. Creo que si mi hermana Mary hubiera tenido la oportunidad de contar con un centro así en Puebla, su calidad de vida habría sido mucho mejor. Creo que si el gobierno soviético hubiera implementado centros como los del Teletón, miles y miles de niños no habrían tenido que ser abandonados en albergues. Pero la masa mexicana habló y ese es su derecho, eso es lo que sucede cuando la gente ejerce su poder mediante un "like". Como dijo Humberto Eco "Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas".


14 de noviembre de 2017

Darek...

Por Fabiola Martínez Díaz

No recuerdo en qué época del año la residencia de Valeri fue desocupada para una reparación total, en verdad era un modelo viejo con corredores largos que propiciaban poco el encuentro y la charla.
Durante un ciclo escolar casi completo, mientras yo cursaba tercer año, Valery y compañeros fueron enviados a un edificio enorme, donde las habitaciones daban hacia el centro.

La cocina de la residencia también estaba en un lugar que propiciaba el encuentro de todos los inquilinos. Recuerdo a un muchacho de Etiopía que prácticamente todo el tiempo se alimentó con "kasha manaya", era muy simpático y conversador. Fue en la cocina donde conocí a Darek, un simpático estudiante polaco que era compañero de clase de Valeri. Recuerdo que Valeri había ido a buscar cierto condimento para hacer su comida y Darek estaba cocinando. Empezamos a conversar y me hizo saber que conocía a mi medio limón.

En poco tiempo Darek nos invitó a Valeri y a mí, y a otros amigos eslovacos y checos, a comer a su habitación. Recuerdo que cocinaba rico y le gustaba hacerlo, a mí su comida me sabía riquísima, porque ya estaba medio harta del con-grí cubano.

Yo no entendía por qué Valeri no socializaba más con ese grupo de compañeros, a mí me parecían de lo más interesantes. Quizás se debía a que a ese grupo de eslavos no les gustaba tanto el ambiente cubano, quizás porque a los cubanos no les gustaba que Valeri estuviera con "otros", socialistas sí, pero con una perspectiva de la vida muy alejada de la de los isleños.

Para mí fue un alivio ver y saber que Valeri podía entablar alguna relación fuera de sus paisanos. No digo que los cubanos de su grupo fueran malos, sino que solían repetir los mismos chistes y bromas, no había charlas profundas, o de la vida, tal vez porque tenían miedo a ser delatados. Como sea, Darek y sus amigos me abrieron otro panorama de la vida y el ser de otras personas del bloque socialista.

Una conversación con ellos era como estar en un lugar extraño. Cada uno tenía la tendencia de mezclar el ruso con su idioma natal, y como Valeri era mitad cubano mitad eslovaco, dominaba un poco de ambos mundos.

Me atrevo a pensar que todos nos agradamos, no sólo porque repetimos las reuniones, también porque organizamos algunas comidas en mi residencia y porque, en algún momento, Darek y mi mejor amiga se hicieron novios. ¿Puede haber alegría mayor?

La vida da sorpresas, y hubo grandes alegrías, Darek y Natasha se hicieron novios formales, casi todos los fines de semana nos reuníamos con Riita y Fausto a conversar y a beber vodka. Gracias a esas eternas charlas pude conocer el mundo de otras personas que vivían en sitios que conocía de nombre, mas no de la vida cotidiana.

En los largos inviernos, no nos cansamos de escuchar las historias de nuestra niñez, como cuando Riita habló de su costumbre de salir descalzos a caminar por la nieve rumbo al sauna. O cuando Darek nos contaba que la crisis en Polonia era tan grande, que quien tenía auto sólo podía sacarlo el fin de semana, por lo regular para ir a misa. Y allí conocí, de viva voz, sobre el enorme catolicismo polaco y su incansable resistencia. Por cierto creo que poco reconocida como elemento fundamental en la caída de la cortina de hierro.

Por el checo Radek Doctor conocí los anhelos de Checoslovaquia y un poco de su punto de vista sobre la Perestroika, que por cierto no coincidían con el de los cubanos. Darek y Radek eran hombres sociables y de carácter noble.

Yo me casé un 23 de enero de 1990 y Natasha y Darek se casaron en abril del mismo año, para la fecha de su boda yo ya estaba embarazada y Valeri estaba de regreso en Cuba. Darek tenía la opción de pasar temporadas en Polonia y en Kiev y, a pesar de lo costosa que era la vida en Polonia, siempre se las arreglaba para comprarme algunos plátanos. Con ese regalo me hacía muy feliz, pues sólo podía pensar en fruta, era el final del invierno y para entonces, no había fruta alguna.

Natasha, Riita, nuestras parejas y yo, pasamos momentos hermosos en los dos últimos años de mi estancia en la URSS. Hasta hace unos dos o tres años que las redes sociales me permitieron volver a encontrarme con ellos, yo viví añorando esos tiempos de cuando se tiene la certeza de contar con gente hermosa y buena, algo que no me era tan fácil en mi país.

La dinámica de nuestra vida de adultos poco me permiten platicar con Riita o con Naty, pero a mi corazón y alma le basta verlas en las fotos que publican. Hemos madurado mucho, el tiempo nos ha dejado un par de huellas en la piel, pero, al mirar los ojos de cada una, sigo encontrando a las chicas inteligentes, audaces, incondicionales y hermosas que conocí.

Tengo tanto que agradecer a la vida...

Darek, te dedico esta entrega, por la amistad, por el gusto de haberte conocido y, sobre todo, por estar al lado de mi mejor amiga y confidente. Natasha.

En mi habitación, 1989, Naty, Darek, Radek y los otros chicos. 

Con mis grandes amigas en la sesión de fotos de la boda de Naty y Darek






24 de octubre de 2017

Entre broma y broma... la verdad asoma

Por Fabiola Martínez

La broma ligera -con un toque de descalificación-, es una costumbre muy mexicana usada para socializar, intentar distensar situaciones incómodas, o para distraer la atención de la poca educación y cultura que tienen las personas. Un día, como consecuencia de una reacción aprendida e históricamente repetida entre mis familiares, hice una "broma ligera" a las amigas de Nazima, mi compañera de habitación en mi tercer año. No recuerdo qué tontería dije pero fue algo así como que los mexicanos somos mejores...

Pensando "a la mexicana", nunca me imaginé que el "detalle" fuera compartido a compatriotas de mi amiga Nazima y tomado de mala manera. Y es que la bravuconada mexicana (ignorancia), no me permitía ver que estaba tratando con gente de una cultura diferente y tan antigua como la Persa, la Armenia o la China, lo cual se traduce en otras formas de ver y entender al mundo y relacionarse con él.

Mi muy occidental perspectiva no me permitía entender la gravedad del asunto, hasta que, preocupada, Nazima me avisó que sus compatriotas querían platicar conmigo para hacer aclaraciones. Recuerdo habérselo compartido a Valery, sus comentarios fueron de los pocos que me ayudaron a comprender el problema en el que me había metido y su sencilla solución: Una sincera disculpa y un reconocimiento de mi ignorancia.

Desde que pude enderezar mi metida de pata me abrí más a conocer sobre la cultura de Nazima intentando, en todo momento, hacer a un lado esos pesados velos del estereotipo vendido por los medios de comunicación occidental.

Dejé asustarme ante el hecho de que Nazima y su amiga pusieran periódico a la cazuela donde preparaban un arroz o cereal con dálites y opté por degustar lo que me compartieron, que siempre fue delicioso. 

Por las largas charlas que entablamos, aprendí sobre los usos y costumbres de su grupo social. Me enteré de los detalles de la fiesta de circuncisión de los varones a los tres años, sobre los deberes que una mujer debe cumplir cuando se casa, por ejemplo, cocinar para toda la familia del esposo, pero sobre todo atender a su suegra, este trabajo acababa cuando la esposa de otro hijo se hacía parte de la familia. 

Nazima y su amiga pasaban mucho tiempo juntas y disfrutaban el cocinar, me llamaba la atención lo bien que sabían hacerlo a pesar de las carencias de productos que cada día comenzábamos a experimentar en Kiev. Para ellas no era una opción aprender a cocinar, como lo fue para mí, era más bien una obligación no cuestionable. 

Ella, con su pícara sonrisa y su mirada traviesa, me enseñó varias palabras y frases en su idioma, por supuesto, lo único que recuerdo es una clásica "palabrota". También me compartió el sufrimiento de su pueblo por la injerencia rusa y estadounidense, que desde finales de los años 70´s cambió el rumbo de la política que como país se había trazado y los sumergió, hasta el día de hoy, en un interminable baño de sangre, destrucción y dolor. 

Nazima y su destino es algo que no se aparta de mi pensamiento, y cuando lo hace, hay una noticia o una película que me la recuerda, como me sucedió cuando vi la durísima película de "Cometas en el cielo" hace como diez años, e incluso cuando vi una muy buena sátira de Netflix hace poco tiempo: "Máquina de guerra". 

Para rematar, de un tiempo a la fecha me ha cautivado una telenovela turca llamada El Sultán Suleimán. Casi en todos los capítulos aportan datos de relevancia sobre las conquistas del Imperio Otomano y, mientras me distraigo con la urdimbre del harem, puedo ligar hechos históricos que aprendí en mis clases de historia sobre los imperios Ruso y Austro-húngaro y crece mi interés por saber, a ciencia cierta (o lo más cercano posible), por qué, por ejemplo, sabemos tan poco sobre la antiquísima Armenia y por qué Afganistán es un nombre ligado al terror y no a su antigua historia, sus grupos étnicos o su posición geoestratégica. A esta edad compruebo que a mí me corresponde sumergirme en el conocimiento de la grandeza de tales civilizaciones, antes de que me siga devorando el anquilosado eurocentrismo. 

En la cocina del piso tres, esperando la cena de Nazima, con Valery. 

3 de octubre de 2017

El que sea libre de pecado, que arroje la primera piedra

Por Fabiola Martínez

Al abrirse archivos con información relevante sobre la guerra fría, resultó inevitable que se dieran a conocer datos concretos de la crisis de los misiles en Cuba. Recuerdo que mi familia me hizo llegar a la URSS una edición especial de la revista Proceso, donde se abordó ampliamente ese episodio. 

No pensé en compartirlo con Valery porque, en esa época, los cubanos estudiantes de la URSS, se mostraban renuentes y en contra del proceso que estábamos viviendo. Pero un día Valery llegó con una edición especial de su periódico oficial Granma, donde por primera vez se habló de los acuerdos entre EEUU y la URSS sobre la crisis. Recuerdo que Valery se veía desconcertado...

-Si no lo veo en nuestro periódico no lo creo, -dijo Valery
-Pues quizá te convendría comenzar a creer, porque eso se sabe en todo el mundo.
-¿Cómo lo sabes? -Y allí le saqué mi revista, la leyó con atención y luego me dijo que en mi publicación se incluían más detalles que el periódico oficial cubano. -¿Por qué apenas nos dicen?

No sé si se trataba de una auténtica ingenuidad, o de una negación total a conocer otras verdades, pero a Valery le cayó mal la noticia. Ahora que lo analizo, creo que me sucedería algo similar si toda la vida hubiese creído que mi padre era un ser semejante al Papa Francisco (a quien admiro), y luego me diera cuenta que más bien el señor se parecía más al repulsuvo cardenal Norberto Rivera, un ser ambicioso y corrupto y cargado de todos los "pecados capitales" que condena el catolicismo. 

Lo que la nomenclatura cubana hizo fue curarse en salud (un poco tarde), pues con la glasnost los documentos de esa crisis que hizo temblar al mundo, saldrían a la luz y ya no tenían manera de controlar nada. 

Por esos días, mi amigo Víctor me escribió una carta comunicándome que había logrado su traslado a Leningrado y que pronto dejaría Lvov. Pensé que era mi última oportunidad de conocer una ciudad que a lo largo de años, fue la manzana de la discordia entre Polonia y Rusia. Le pedí a Víctor una invitación que pronto llegó. Valery y yo viajamos en tren para conocer Lvov, para Valery el viaje representó la oportunidad de saludar a su amigo de la infancia y la juventud. 

Ya en la ciudad, organizamos algunos paseos para conocerla. Lvov, con un centro histórico importante, nada tenía de parecido con las ciudades ucranianas o rusas. Más bien tenía un aspecto y un aire más similar al de Bratislava. Recuerdo que el abastecimiento de productos allí era bastante malito, pero tenía lugares lindos para comer y beber cerveza. En la tabernita que visitamos yo no la pasé tan bien, primero porque no me gusta la cerveza y segundo porque, aunque intenté tomarla, al estar  a temperatura ambiente era peor que un mal caldo de pollo. Los latinos me comprenderán mejor...

Además de las bellas imágenes de la ciudad, de ese viaje tengo un recuerdo extrañamente revelador. En la charla con los amigos cubanos de Valery, se mencionó, como algo normal y cotidiano, que habían expulsado de la universidad a cierto compañero cubano porque descubrieron que era homosexual. Si bien mi país no es el más respetuoso de los derechos humanos, me extrañó que los cubanos aprobaran ese hecho. 

-¿De qué hablan?, ¿cómo saben que era homosexual?, y sobre todo ¿a quién le importa?
-Bueno chica, es que ustedes los capitalistas son unos frescos, se las dan de liberales pero tampoco están de acuerdo con la homosexualidad. 
-En gran parte es verdad, pero no hablen por todos, a mí me da igual que la gente sea lo que sea. ¿En qué me afecta?
-Es que esa gente es una pervertida, y los miembros de la juventud (comunista), estamos obligados a denunciar a esa gente. -las respuestas que narro las recibí de todos los allí reunidos. 
-Bueno, ¿si era homosexual cómo le dieron la beca o lo dejaron entrar a la universidad?
-Chica, mira, ellos no lo demuestran, pero si alguien tiene dudas lo comunica a la "juventud" y entonces se programa una intervención. 
-¿Cómo es eso?, si no se le nota cómo pueden saber sus preferencias y hacer una intervención. 
-Se les vigila y, cuando se reúnen con la persona con la que anda, los miembros de la juventud comunista se reúne y les cae en el cuarto. 
-¿Les parece normal allanar la habitación de alguien?, -pregunté horrorizada. 
-¿Y tú qué crees?, es nuestro deber. 
-¿Qué pasa después de que encuentran a los sospechosos en el "acto"?
-Se les hace un consejo y se les expulsa de inmendiato. Así ha sucedido con... 

Y empezaron a citar al número de personas que habían expulsado de universidades y becas por la misma causa. Yo ya no quise preguntar más, lo que escuché sobrepasaba mi entendimiento. ¿Cómo Cuba, la esperanza y ejemplo de América Latina, era capaz de actuar de formas tan criminales?, ¿en qué se diferenciaban de los conservadores o de los "imperialistas"?
Hasta hoy, el recuerdo de esa charla me hace sentir mal. En ese tiempo no me había preguntado si sucedía lo mismo en la URSS, pero desde que V. Putin hizo públicas ciertas medidas contra los homosexuales, entendí que esa tendencia discriminatoria estaba presente en todos los países que conformaron el bloque, quizá en algunos lugares con mayor fuerza que en otros, pero la cuestión es que se vivía en persecusión contra la homosexualidad, como lo hizo Pinochet y Franco en su tiempo, como lo hace el Opus Dei y otras extremas derechas de la élite política mexicana, como lo hace el propio López Obrador (a quien muchos lo ven como el redentor izquierdista de México), para mí es vergonzoso que el propio Papa Francisco sea más progre que muchos mexicanos de influencia. 

Pero bueno, hechos son hechos, y afortunadamente, al menos en la Ciudad de México, se sigue trabajando en la sensibilización a favor de la igualdad. Cuando hago mis caminatas por los Viveros y veo a parejas de jóvenes (mujeres y hombres), caminando de la mano, me da gusto que, al menos allí, tengan un espacio donde disfrutar de esa expresión de su sexualidad. Verlos siempre me recuerda la anécdota que hoy les cuento y, al menos en ese aspecto, parece ser que vamos por buen camino. 
En alguna parte del centro de Lvov.


Tumba del soldado desconocido, con mi amigo Víctor.

















En la entrada del mausoleo o tumba del soldado desconocido





Visitando la "tumba del soldado desconocido"

14 de septiembre de 2017

Del sexo, el cuerpo y otras cosas

Por Fabiola Martínez

Desde que inicié sola mi camino por la vida en 1985, comencé a percatarme del poder que otorga el infudir temor. En mi país los temores hasta hoy vigentes son el temor a Dios, al pecado y a los placeres carnales.
El idealizar a una potencia del mundo me hizo preconcebir que llegaría casi al paraíso. Pero los demonios que la sociedad soviética hasta 1988-1989 no se parecía a los nuestros, aparentemente. Hasta que inició esa noche larga y oscura que fue todo 1989.
Corrían las tardes aún frías, las tardes de ducha comunitaria con las nuevas chicas polacas y latinas en jolgorio. En algún momento de ese principio de año, los jóvenes de lugares aledaños comenzaron a buscar formas para espiar a las mujeres de mi residencia mientras nos bañábamos. Al principio fueron incursiones rutinarias: un poco de vidrios rotos. Pero ese año en el que todo cambió, las incursiones se tornaron desafiantes y peligrosas.
Comenzaron desprendiendo ventanas, luego intentaron, reiteradamente,  entrar a las duchas. En una ocasión uno de esos jóvenes, repleto de hormonas y dispuesto a desafiar el orden establecido, entró a nuestras duchas  y se resguardó allí hasta que llegó la hora en la que todas solíamos ir a bañarnos. Esa tarde el chico ocasionó un fuerte caos.
No lo sé de cierto, pero lo imagino. Quizá aquel joven y audaz joven contó a sus amigos su hazaña y pronto hubo alguien que quiso superarlo. Ése alguien logró burlar la guardia de las bábushkas para ir directo a las duchas a la hora pico, e ingresar a ellas por la puerta principal. Para su desgracia, cuando el pánico inició, el presidente del stud soviet (consejo estudiantil), un tipo alto, atlético y fuerte, llegó a bañarse a las duchas de enfrente, las de los varones.
Cuando el starosta apenas había cerrado la puerta del baño, comenzaron a escucharse los gritos y éste, sabedor del acoso que vivíamos, entró a la ducha de mujeres para sacar al intruso y darle una golpiza de Dios y Señor Nuestro. Lo que yo ví fue a nuestro presidente estudiantil detenido por unos cuatro compañeros y a un idiota tirado en el piso tratando de limpiarse el montón de sangre que le sacadaron.

Los chicos de mi albergue decidieron montar guardias y rondines para apoyarnos, pero nada podía parar la ola desatada. Nuestros vecinos dejaron de ir un rato pero luego regresaron con un poco de más recato.

Habiendo visto esta reacción por parte de los soviéticos de mi residencia me sentí a salvo. Un sábado de primavera, después de clases fui a la ducha, en esa ocasión no encontré a alguna chica para acompañarnos y, como debía ir a la residencia de Valery, tenía que darme prisa. Así que fui sola, entré y revisé las duchas para asegurarme de que no hubiera nadie, y no lo había. Elegí un lugar, me quité la bata y comenzé mi rutina. De repente, frente a mí estaba un compañero soviético de la residencia... ¡Carajo!, qué miedo más berraco sentí, me quedé paralizada, no podía hablar, gritar ni moverme. Es más, no lograba anticipar si el tipo quería violarme o sólo verme.

De repente, el hombre se dio la media vuelta y se salió, no sé cómo pero se las arregló para no toparse conmigo nunca más, pues yo le reconocía muy bien. Aún cuando respiré y traté de restar importancia al hecho, lo cierto es que, hasta ahora, no he experimentado peor sensación que esa: desnudez, impotencia, invasión, y todo lo que se les pueda ocurrir.

En otra ocasión un soviético me toqueteó el trasero en un autobús y otro me toqueteó el pecho en plena calle. ¿Qué mierda les pasa?, trataba de conversar el tema con Valery, y lo único que ese su debilidad mental le permitió decirme fue: "Seguramente tú lo provocaste".

Esa respuesta la habría esperado de un mexicano, no de un cubano-eslovaco. Pero por terrible y reveladora que fue esa verdad me permitió ver que todo sistema totalitario, sea de derecha o de izquierda, castra el sentido común,  fomenta la represión sexual y toda clase de temores para controlar a su gente.
Lo peligroso de esto es que, como dice un refrán mexicano, "no hay mal que dure cien años", y en ese tenor también se estaba  yendo un sistema totalitario como el de la URSS. Con graves consecuencias por la represión, como en su tiempo le pasó a España luego de la muerte de  Francisco Franco. Dos sistemas de gobierno tan antagónicos como parecidos. Ambos tenían bajo su total control el poder de la sexualidad y el terror.

Hoy comprendo que en esa apertura de la Perestroika se desataron los demonios y la gente se sintió libre de conocer todo lo que tuvo prohibido, hasta hoy pagan las horribles consecuencias con el comercio sexual que enfrenta su gente.  Como en su momento le pasó y sigue pasando a España, por ejemplo, que no en vano ocupa el segundo lugar mundial (hace tres años ocupaba el primer lugar), en consumir pornografía infantil. Los mexicanos, tenemos el vergonzoso honor de encabezar la lista.

Una historiadora colombiana dijo que "quien tiene el control del temor a la muerte y al sexo, tiene el control de todo", lamentablemente sigue vigente esa consigna, pues por un lado se siguen incrementando las amenazas de muerte por algún atolondrado ataque nuclear y por el otro lado, el comercio sexual se ha vuelto tan lucrativo como el de las armas. Así que, visto en perspectiva, esas son los demonios humanos con los que tienen sometidas a sociedades enteras el temor a la muerte y a la sexualidad. La cosa es que se hace más evidente en aquellas sociedades donde la tiranía predomina.