14 de septiembre de 2017

Del sexo, el cuerpo y otras cosas

Por Fabiola Martínez

Desde que inicié sola mi camino por la vida en 1985, comencé a percatarme del poder que otorga el infudir temor. En mi país los temores hasta hoy vigentes son el temor a Dios, al pecado y a los placeres carnales.
El idealizar a una potencia del mundo me hizo preconcebir que llegaría casi al paraíso. Pero los demonios que la sociedad soviética hasta 1988-1989 no se parecía a los nuestros, aparentemente. Hasta que inició esa noche larga y oscura que fue todo 1989.
Corrían las tardes aún frías, las tardes de ducha comunitaria con las nuevas chicas polacas y latinas en jolgorio. En algún momento de ese principio de año, los jóvenes de lugares aledaños comenzaron a buscar formas para espiar a las mujeres de mi residencia mientras nos bañábamos. Al principio fueron incursiones rutinarias: un poco de vidrios rotos. Pero ese año en el que todo cambió, las incursiones se tornaron desafiantes y peligrosas.
Comenzaron desprendiendo ventanas, luego intentaron, reiteradamente,  entrar a las duchas. En una ocasión uno de esos jóvenes, repleto de hormonas y dispuesto a desafiar el orden establecido, entró a nuestras duchas  y se resguardó allí hasta que llegó la hora en la que todas solíamos ir a bañarnos. Esa tarde el chico ocasionó un fuerte caos.
No lo sé de cierto, pero lo imagino. Quizá aquel joven y audaz joven contó a sus amigos su hazaña y pronto hubo alguien que quiso superarlo. Ése alguien logró burlar la guardia de las bábushkas para ir directo a las duchas a la hora pico, e ingresar a ellas por la puerta principal. Para su desgracia, cuando el pánico inició, el presidente del stud soviet (consejo estudiantil), un tipo alto, atlético y fuerte, llegó a bañarse a las duchas de enfrente, las de los varones.
Cuando el starosta apenas había cerrado la puerta del baño, comenzaron a escucharse los gritos y éste, sabedor del acoso que vivíamos, entró a la ducha de mujeres para sacar al intruso y darle una golpiza de Dios y Señor Nuestro. Lo que yo ví fue a nuestro presidente estudiantil detenido por unos cuatro compañeros y a un idiota tirado en el piso tratando de limpiarse el montón de sangre que le sacadaron.

Los chicos de mi albergue decidieron montar guardias y rondines para apoyarnos, pero nada podía parar la ola desatada. Nuestros vecinos dejaron de ir un rato pero luego regresaron con un poco de más recato.

Habiendo visto esta reacción por parte de los soviéticos de mi residencia me sentí a salvo. Un sábado de primavera, después de clases fui a la ducha, en esa ocasión no encontré a alguna chica para acompañarnos y, como debía ir a la residencia de Valery, tenía que darme prisa. Así que fui sola, entré y revisé las duchas para asegurarme de que no hubiera nadie, y no lo había. Elegí un lugar, me quité la bata y comenzé mi rutina. De repente, frente a mí estaba un compañero soviético de la residencia... ¡Carajo!, qué miedo más berraco sentí, me quedé paralizada, no podía hablar, gritar ni moverme. Es más, no lograba anticipar si el tipo quería violarme o sólo verme.

De repente, el hombre se dio la media vuelta y se salió, no sé cómo pero se las arregló para no toparse conmigo nunca más, pues yo le reconocía muy bien. Aún cuando respiré y traté de restar importancia al hecho, lo cierto es que, hasta ahora, no he experimentado peor sensación que esa: desnudez, impotencia, invasión, y todo lo que se les pueda ocurrir.

En otra ocasión un soviético me toqueteó el trasero en un autobús y otro me toqueteó el pecho en plena calle. ¿Qué mierda les pasa?, trataba de conversar el tema con Valery, y lo único que ese su debilidad mental le permitió decirme fue: "Seguramente tú lo provocaste".

Esa respuesta la habría esperado de un mexicano, no de un cubano-eslovaco. Pero por terrible y reveladora que fue esa verdad me permitió ver que todo sistema totalitario, sea de derecha o de izquierda, castra el sentido común,  fomenta la represión sexual y toda clase de temores para controlar a su gente.
Lo peligroso de esto es que, como dice un refrán mexicano, "no hay mal que dure cien años", y en ese tenor también se estaba  yendo un sistema totalitario como el de la URSS. Con graves consecuencias por la represión, como en su tiempo le pasó a España luego de la muerte de  Francisco Franco. Dos sistemas de gobierno tan antagónicos como parecidos. Ambos tenían bajo su total control el poder de la sexualidad y el terror.

Hoy comprendo que en esa apertura de la Perestroika se desataron los demonios y la gente se sintió libre de conocer todo lo que tuvo prohibido, hasta hoy pagan las horribles consecuencias con el comercio sexual que enfrenta su gente.  Como en su momento le pasó y sigue pasando a España, por ejemplo, que no en vano ocupa el segundo lugar mundial (hace tres años ocupaba el primer lugar), en consumir pornografía infantil. Los mexicanos, tenemos el vergonzoso honor de encabezar la lista.

Una historiadora colombiana dijo que "quien tiene el control del temor a la muerte y al sexo, tiene el control de todo", lamentablemente sigue vigente esa consigna, pues por un lado se siguen incrementando las amenazas de muerte por algún atolondrado ataque nuclear y por el otro lado, el comercio sexual se ha vuelto tan lucrativo como el de las armas. Así que, visto en perspectiva, esas son los demonios humanos con los que tienen sometidas a sociedades enteras el temor a la muerte y a la sexualidad. La cosa es que se hace más evidente en aquellas sociedades donde la tiranía predomina.


29 de agosto de 2017

El hombre propone, Dios dispone, viene el diablo y lo descompone

Por Fabiola Martínez

A finales de 1988 y a lo largo del 89 vi y me enteré de situaciones o comportamientos que me causaban tristeza y me llevaban a cuestionarme aspectos fundamentales de la vida, ¿qué quiero?, ¿cómo lo quiero?, ¿cómo me visualizo a futuro?... ¿Realmente tengo futuro?, ¿qué pasará con mi vida?

Todo comenzó un lunes de invierno de 1988,  cuando mi compañera Khema y otras chicas que vivían en la residencia 1 de nuestro instituto, llegaron a clase casi en estado de shock. Platicaron que al salir rumbo al instituto, algunos compañeros se dieron cuenta que un cuerpo estaba tirado en la nieve, muy cerca de la entrada. 

Se trataba de un alumno soviético de primero o segundo grado, lo reconocieron sus compañeros y justo en el lugar, comenzaron a preguntarse qué habría pasado, pues la tarde anterior lo notaron extraño, pasó a saludar e incluso se despidió de algunos de sus más cercanos. 

Con excepción de una amiga de mi madre que tuvo cáncer terminal, hasta entonces, nunca había vivido tan de cerca un suceso tal. Ese lunes fue, sin duda, un día triste, ¿por qué alguien tan joven y lleno de vida tomó esa decisión?, nos preguntábamos todos. 
Yo no imagina que ese lunes marcaría el inicio de una serie de acontecimientos escalofriantes para mí. 

Pasó poco tiempo cuando nos enteramos que la secretaria del Decano del instituto se ahorcó en la oficina principal: ¿Qué está pasando?, me preguntaba sin hallar ni respuesta, ni sosiego.

Los casos que narro fueron tema de conversación por largo tiempo, se decía que, cuando una persona va a suicidarse, suele despedirse de todos, a mí me costaba trabajo comprender... En ese tiempo, poco sabía del proceso que antecede a un hecho tan lamentable. 

Mi radar se afiló respecto a lo que sucedía, fue entonces cuando me percaté que mi compañero de Malí caminaba como "alma en pena" todas las tardes. Al principio empezó a pedirme libros en español porque se buscó una tarea autodidacta para aprender idiomas. Creo que no le funcionó porque comenzó a descuidar su apariencia y aseo. Empezó a faltar a clases. 

En el grupo nos preguntábamos qué le pasaba, todos llegamos a la "sabia conclusión" de que tenía mal de patria. Sin embargo ninguno de nosotros nos interesamos más allá en preguntarle por su estado anímico, todos estábamos "muy ocupados" viviendo nuestra vida. 

Antes del verano o a principios de la primavera de mi tercer año de estudios comencé a faltar a la primera clase o a llegar tarde, pero no era la única. Para ejercer presión, el vice decano se colocaba muy cerca de la puerta de entrada y apuntaba los nombres de quienes llegábamos "rayando" o de quienes llegábamos tarde. 

Busqué mil maneras de vencer la pereza del frío para llegar puntual, porque si acumulaba tres retardos comenzaban a descontar mi estipendio, y yo vivía de él. Un día corrí lo más que pude desde la parada del autobús hasta la entrada del edificio escolar, ¡por fin llegaría sin retraso!, para mi mala suerte, ese día el paso se encontraba obstruido por el cuerpo de un hombre que murió por un infarto. Alguien tapó su cuerpo mientras llegaba el forense. 

Ante tal escenario vi de lejos al decano y me hizo señas de seguir o de lo contrario pondría mi nombre en la lista negra. Dudé por unos segundos, no sabía qué hacer pues en esa escena la vida me puso, por primera vez, de cara a la muerte... Junté fuerza y valor para rodear el cuerpo y avanzar...

La experiencia recién vivida me hizo pensar que ya nada podía ponerse peor. Pero como dice un dicho mexicano: "el hombre propone, Dios dispone, viene el diablo y lo descompone". Pronto el instituto entero sería testigo de otra tragedia. 

Otra mañana de 1989, mientras luchaba contra el sueño y la labor de los tres despertadores que ponía en mi cuarto, no pude levantarme para llegar a tiempo a la primera hora. Corrí y corrí, pero poco pude hacer. Mientras caminaba de la parada al instituto refunfuñaba por mi falta y exagerada auto complacencia, <¡Fabiola, ¿cuántos retardos más tendrás este mes?>

Antes de entrar al edificio vi una especie de ambulancia color gris y estudiantes perturbados en el lobby, pero seguí mi camino. 
-¡Tienes suerte de llegar tarde! -me dijeron todos al mismo tiempo. 
-¿Por qué?, -pregunté titubeante. 
-¿No te enteraste?, ¿no viste lo que pasó en la entrada?
-No, sólo vi un vehículo gris.
-Una mujer se suicidó justo a la hora de entrada- dijo Khema. 
-¿Era estudiante?, -fue lo único que se me ocurrió preguntar. 
-No, -respondió Murad, no era del instituto, me lo dijo la recepcionista.
-¿Y cómo lo sabe?, somos cientos de alumnos. 
-Lo sabe porque la detuvo al no reconocerla, cuando le pidieron su credencial dijo que iba a buscar a un familiar, que era un asunto urgente y que debía subir al piso tal...
-Murad, ¿y tú cómo sabes tanto?
-Porque casi le cae encima, -respondió Khema.
-¿Cómo?, ¿qué dices?
-Sólo sé que cuando caminaba ya para entrar, algo cayó detrás de mí, y fue ella. Yo ya no miré atrás, me detuve en la recepción y allí permanecí un rato, de hecho creo que todos perdimos la primera clase. 

Creo que por salud o negación de la realidad, todos optamos por  no volver a hablar de ese caso. Sin embargo creo que a todos nos afectó profundamente, ¿por qué tantos?, ¿por qué ahora? 

La vida siguió, mi compañero de Malí se deterioraba cada día más. Lucía como una persona que vive en la calle. Yo no comprendía por qué los encargados de los extranjeros del instituto no lo habían devuelto a su casa, que era lo usual en esos casos, lo que sí supe es que lo tuvieron un tiempo en el hospital. 

El verano de 1989, mi compañero puso fin a su vida tirándose del noveno piso de mi residencia, por fortuna yo no estaba en la ciudad cuando esto pasó. El día que me enteré me sentí miserable, nunca le pregunté por su salud, nunca le di alguna palabra de aliento, hoy sólo recuerdo su rostro, el tono de voz y su figura, pero no su nombre. Aunque sé que no soy responsable, todavía tengo cargo de conciencia por actuar con indiferencia ante las personas con las que compartía el aula. 

Sé que la depresión es frecuente en los climas fríos, pero también supe que en Cuba era muy alto el porcentaje de suicidios, lo cual me llevó a pensar que el clima influía pero no determinaba. Hoy, en la madurez de la edad adulta, creo que lo que viví fue un reflejo de la suma de factores provocados por una vida llena de represión, una oleada de verdades para las que nadie estaba preparado, pero sobre todo, por un futuro incierto sin la certeza o la posibilidad de asirse a una verdadera patria. 

            (...) No me siento extranjero en ningún lugar 
            donde haya lumbre y vino tengo mi hogar, 
            y para no olvidarme de lo que fui
            mi patria y mi guitarra la llevo en mí, 
            una es fuerte y es fiel, 
            la otra un papel (...)






15 de agosto de 2017

Antes del anocher

Por Fabiola Martínez

El atardecer del año 1988 vino con más ímpetu y con la fuerza fulminante de la verdad. No sabría describirlo pero, ese último trimestre voló y dejó huellas imborrables. La atmósfera de la convivencia cotidiana se sentía enrarecida. Los programas de televisión comenzaron a transmitir noticias comentados y mesas de análisis, sobre todo de política actual y de política anterior a la Perestroika y Glanost.

Después de 71 años el gobierno de Mijail Gorvachov dio luz verde para sacar a la luz, de manera gradual. documentos del régimen, esos que ni Nikita Kruschov tuvo el valor de mencionar en su famoso "Discurso secreto". La información iba más allá de lo que significaron los gulags o los hospitales psiquiátricos que usó Leonid Breshnev para enderezar a quienes disentían del régimen.

Mi entrañable amiga Natasha y yo continuamos siendo cercanas y en esta etapa quien solía visitarme con asiduidad era ella. Un día llegó a mi cuarto para tomar el té y quizá también para intentar aliviar su alma, parecía una chiquilla extraviada.

-¡Ужас Фабиола, Ето кошмар! (Fabiola, ¡qué horror, qué pesadilla!
-Садись, выпим чай (Siéntate, tomemos té)

Valeri y Susi también estaban conmigo en la habitación y nos sentamos a conversar. Natasha comenzó a platicarnos que en algún lugar oficial, no sé si en el instituto o el komsomol, les dieron una conferencia donde se les confirmó que la información desclasificada que se estaba difundiendo era oficial y verídica.

<<¿Te imaginas qué sentimos al enterarnos?, ¿quiere decir que todo lo que creí cierto en mi vida no lo es?, ¿qué vamos a hacer ahora en qué vamos a creer? Si todo lo que se dice es verdad, ¿significa que mi abuela tuvo motivos reales cuando escupió al piso al enterarse que Stalin murió?>>

Yo sólo podía escuchar, finalmente ¿qué le dices a alguien que ha perdido todo aquello en lo que fundamentó su vida?... La charla fue larga, escuché la desazón de Naty y de toda su generación, en su voz y en su talante había una mezcla de tristeza, soledad y angustia. Sus razonamientos y cavilaciones me llegaron a lo más profundo, después de todo ¿no había ido yo a la tierra prometida donde la utopía se había convertido en realidad? Yo también perdí la justificación de mis motivos de vida, después de todo, la URSS como proyecto de nación puso el mundo a mis pies.

Valeri, el más "comunista" de la juventud cubana, ese ser que defendía la hermandad y solvencia de los proyectos soviético y cubano, enmudeció ante la desolación y los datos duros de la verdad. Mientras el mundo celebraba el advenimiento de la "libertad" detrás de la cortina de hierro, una generación entera quedó profundamente herida al perder los cimientos de su identidad y orgullo nacional.

Esa fue una tarde de otoño muy triste, a partir de ese día me pareció que el fin de año se adelantaba, me pareció también que cada novedad nos adentraba a la oscuridad de la noche que 1989 representó para la URSS.

Quienes me conocen saben que soy una persona sumamente crítica hacia aquellos proyectos o personas que se denominen o auto nombren "de izquierda", tal vez al leer este relato las personas comprendan el alcance de las esperanzas y riesgos que se infunden en cada ser humano al venderles como proyecto nacional una quimera de ese tamaño. El único referente real de lo que pretendió ser un socialismo fue la URSS, implantó y sostuvo su régimen económico basado en la represión y en el total aislamiento de su población, como sucedió en su momento en España, Chile y Argentina, después de todo, dictadura es dictadura, no importa que venga de la derecha o de la izquierda.

Al día de hoy creo firmemente en que, a menos que a los latinoamericanos se nos garantice un estado benefactor como el de Suecia, Noruega o Finlandia, no tenemos más alternativa que construir nuestro proyecto nacional a partir de nuestra realidad y con miras a un bien común tangible, sin remedos.

Esta fotografía fue tomada en invierno, no recuerdo el día, lo que no olvido es que en la mesa que está a mi derecha tomamos té esa tarde que hoy rememoro. Valeri estuvo sentado en la silla que se logra ver, yo en el lugar que tengo en la misma foto, Naty ocupó el lugar más cercano a la puerta. Sobre la mesa se puede ver la cena que se preparó Nazima, creo que fue una mezcla rica de arroz con dátiles. 




1 de agosto de 2017

Del embeleso al éxtasis

Por Fabiola Martínez

Para el tercer año de la licenciatura el programa incrementó asignaturas, además de las básicas de Ruso, Inglés, Literatura, Metodología y Pedagogía, ahora iniciaba cursos de Ética y Estética, Filosofía y creo que también de Historia del Partido Comunista.

Gracias a los nuevos cursos conocí a otro veterano de la Segunda Guerra Mundial. Contrario a mi antiguo profesor, éste era serio, riguroso y muy apegado a las normas del buen comportamiento. Honestamente siempre he sentido remordimiento por la forma en que nos comportamos con él. Al calor de la naciente libertad de expresión, todos sus estudiantes extranjeros nos volvimos un serio dolor de cabeza, creo que pocos de los contenidos de su clase quedaron fuera de debate o cuestionamiento. Fuimos injustos e indolentes.

Y es que, al momento de ver la paja en el ojo ajeno solemos ser los mejores. En lo personal me acuso de no ser empática con su falta de respuesta a nuestras dudas, a todo lo que pusimos en tela de juicio. Un hombre de su edad, con una guerra a cuestas, con una identidad construida dentro de la utopía, no tenía respuestas para sus estudiantes porque tampoco tenía respuestas a sus propias interrogantes. De ese maestro admiro el estoicismo con el que inició y terminó su semestre, es una lástima que no haya podido decírselo personalmente.

El año académico 1988-1989 inició y terminó con grandes novedades. A nuestra residencia y al Instituto llegó un grupo de hermosas estudiantes polacas para cursar su año de práctica de español, francés e inglés. En principio pensé que, como eslavas, su cultura o conducta serían parecida a las soviéticas o a las pocas eslovacas que conocí, pero nada que ver.

Todas (o la inmensa mayoría) eran devotas católicas practicantes y tenían como costumbre ducharse a diario. Las duchas comunes fueron los principales puntos de encuentro entre latinas y polacas.

La presencia de Polonia no pasó inadvertida para mis compañeros de clase. Marroquíes, palestinos y gente de Chad pidieron su cambio de residencia para quedar en la número 3. En un tris todo mi curso estaba viviendo donde al inicio de mi licenciatura sólo habitábamos unos pocos extranjeros no socialistas.

Admito que esa ligera sensación de exclusividad que sentía se perdió, pero gané una vida animada por la diversidad que se conformó. Ya fuera por las parejas de amigos y enamorados paseaban por los corredores o por las intensas charlas entre musulmanes africanos y palestinos en torno a la Intifada, de la cual todos mis conocidos musulmanes tenían una opinión distinta.

De las historias de amor y pasión hubo una que llamó mi atención, la que formó mi compañero de Malí y una polaca. Ella era el típico rostro que representaba el estándar de belleza occidental: esbelta, rubia, ojos grandes y azules. Él, delgado, muy alto, de mandíbula prominente y de un tono de piel muy oscuro.

El cielo y la tierra se unían cuando ellos se encontraban en los descansos para besarse. Ella le acariciaba el rostro con ternura, y lo besaba amorosa una y otra vez. Yo me convertí en testigo de su historia porque él era mi compañero de grado y ella iba a buscarlo siempre que se podía. Admiraba a esa mujer porque no tenía reparos en expresar sus sentimientos y emociones con un hombre que me parecía poco agraciado.

Para mi suerte, la vida hizo posible que obtuviera otro aprendizaje de gran relevancia. Un día, mi compañero de clase salió al descanso y se sentó como si tuviera frío, su chica se le acercó para besarlo como de costumbre, le pasó la mano por la frente pero él detuvo su ímpetu con lo que le dijo: "Espera, hoy no, me duelen los huevos."

En cuestión de segundos vinieron a mi mente las escenas narradas por García Márquez cuando explica cómo descubren el amor y la pasión las mujeres de la novela "El amor en los tiempos del cólera". Me quedaron claras las escenas que no había comprendido en su momento, también supe que en el amor y la pasión hay un sinfín de acordes que pueden llevarnos del embeleso al éxtasis y que yo no esperaría a tener la edad de Fermina Daza y Florentino Ariza para descubrirlo.

25 de julio de 2017

Nazima...

Por Fabiola Martínez

El viaje de Shannon a Moscú fue pesado y hubo turbulencia. Por fortuna se presentó ningún problemas, Susana y yo pasamos un par de días en mi adorada Moscú y, por supuesto, estuvimos paseando por la Plaza Roja, nuevamente hice el intento por visitar el interior de San Basilio, pero seguía en remodelación, al igual que el teatro Bolshoi.

En la caminata decidí rodear San Basilio, bajé hacia una calle lateral que conducía
hacia la torre de Constantino y Elena, a la de Torre Petrovskaya y hacia un enorme jardín. En ese trayecto me interceptó un fotógrafo.

-Dievushka, le tomo una fotografía, será maravillosa. -Y apuntó con su dedo hacia el escenario de fondo, a mis espaldas estaba una vista de San Basilio, era casi imposible resistirse.
-Bien, tómela, pero prométame que saldrá toda la iglesia.
-Lo prometo, y usted se verá muy bella.

El hombre me colocó en un lugar donde me senté, me pidió posar con la mano en la barbilla y también me hizo sonreír. Al terminar la sesión escribí mi dirección, continué mi camino y me dije: "Ojalá llegue la foto."

El 302 fue el número de habitación que me tocó en el tercer año del instituto. Susana y yo estábamos contentas porque pudimos comprar una alfombra roja y un juego de té, creo que buscábamos forjarnos un hogar acogedor. El plan era vivir ella y yo en una habitación para tres personas pero no pudimos acatar los requerimientos del administrador, fue así como llegó una tercera compañera: Nazima.

Nazima, originaria deAfganistán, era una joven menuda, inteligente, alegre y conversadora. A pesar de todo lo bueno de su ser, Susana y yo nos quedamos sentadas en nuestras camas, mirábamos pasar la vida desconcertadas, casi mudas...  ¿una afgana?, ¿y si mejor nos hubieran puesto a una soviética?, ¿qué hábitos tendrá?, ¿nos llevaremos bien?

El miedo a lo diferente y desconocido pasó pronto, con el paso del tiempo nos hicimos buenas amigas. Como compañeras de habitación sólo tuvimos un tema complejo para resolver: la ducha diaria y el uso de desodorante.  Honestamente no sabíamos cómo hacerlo. Hicimos planes macabros de invitar a Nazima para ir juntas a las duchas, todas las tardes. Ella cedió quizá un par de semanas pero luego dijo que le dolían los huesos.

Un tanto desesperada, Susi abrió la maleta de sus tesoros y le regaló a Nazima un desodorante, ella se alegró y lo colocó en su repisa, en aquel lugar donde ponía sus objetos preciados. En esos jaleos de poder territorial Susana y yo debíamos elegir entre convivir con nuestras diferencias o sobrevivir en confrontación. Optamos por lo primero y ciertamente no fue sencillo, se requirió un compromiso de respeto diario en los aspectos más mínimos.

A mediados de 1988, mientras en México continuaban las marchas multitudinarias de apoyo a un Cuauhtémoc Cárdenas que no tuvo la suficiente gana de defender su victoria electoral y se conformó con gobernar a la Ciudad de México, mediante un partido hecho a su medida; cuando las huelgas del movimiento Solidaridad arreciaron, cuando los intelectuales y activistas y algunos miembros del partido comunista de Hungría trabajaban con tenacidad y discreción para lograr un cambio como el de la URSS, la vida me daba la oportunidad de aprender a sobreponerme esa tendencia occidental de creer que lo que hacemos y pensamos es mejor que aquello diferente a nosotros.

Gracias a Nazima me fue posible acercarme a una versión diferente de la historia oficial, a un mundo que sólo conocía por las noticias de la guerra, el que la prensa occidental nos mostraba incivilizado y salvaje, urgido de una paternidad que lo llevara por el buen camino, un país cuya custodia era peleada con sangre y muerte.

Nazima forma parte de mis recuerdos dolorosos, porque no sé si aquella chica inquieta y ávida por conocer el mundo y de disfrutar la vida, haya tenido cabida en el nuevo orden que se formó en su país gracias al pretexto del 11 de septiembre del 2001.