30 de mayo de 2017

Matrimonio y mortaja, del cielo bajan

Por Fabiola Martínez 


Más allá del impulso natural de descubrir el mundo de la piel, el enamoramiento y el amor formaron parte importante de la vida cotidiana de los estudiantes en Kiev. Quizás por el ímpetu juvenil, por el sentimiento de orfandad que a veces nos rondaba, porque allá conocimos al primer gran amor o por todos estos factores juntos, las relaciones de noviazgo podía llegar a convertirse en verdaderas historias de amor con diversos finales.

Los protagonistas de tales historias de amor podían ser parejas interraciales o del mismo país; aunque yo tengo la impresión de que dominaban las primeras. Mi percepción puede deberse a que las parejas interraciales  me parecían, por mucho, más atractivas y, a la larga un tanto más intensas, caóticas e interesantes. 

Vivir y llorar con mis amigos sus cuitas de amor era una cosa, ser invitada a la boda de alguna pareja era asunto muy importante y formal que pude vivir de cerca gracias a que fui invitada a la boda de dos de mis queridísimos amigos Graciela e Iván. De hecho, mis amigos nicas me honraron aún más al invitarme a ser madrina o testigo de su boda. 

No sé por qué nunca lo pensé, pero entre mis prendas de vestir nunca incluí ropa formal para eventos de ese tipo... Tuve que improvisar y aunque no quedé muy contenta creo que logré verme bastante decente para el rol que me tocaba desempeñar. 

El día señalado nos reunimos en el lugar donde se celebraban las bodas, creo que se llamaba algo así como 'el palacio de los novios´. Desde el primero hasta el último minuto de mi estancia allí fue toda una experiencia. 

Me sorprendió ver la cantidad de parejas jóvenes que se casaban, también llamó mi atención que, a pesar de que todos teníamos asignado una hora exacta, me pareció que éramos muchos los que estábamos en espera. 

Cada pareja permanecía junto a sus invitados porque todos debían entrar rápido y yo no lograba descifrar el por qué. 

Tocó el momento de entrar y todos lo hicimos a paso veloz (creo que no éramos más de ocho personas incluidos los novios). La juez empezó la ceremonia cuando la pareja apenas se habían colocado en el lugar, sin importar que los demás nos hubiésemos colocado o no —y eso que yo era la testigo de Graciela y Bayardo el de Iván. 

La ceremonia no tardó más de cinco minutos, en serio. Yo no cabía del asombro, pues además de que mataron, de un manotazo, toda la ilusión de mi primera vez como madrina, yo esperaba algo del suspenso que se vive en las bodas religiosas mexicanas, donde no falta el aspaviento de los nervios de la novia, del retraso de alguno de los novios,  la entrada triunfal de la novia caminando de forma tal que logra mover su vestido como una campana. 

Cuando la juez terminó de casar a mis amigos, nos indicaron caminar hacia la puerta de salida, en ese ínter se abría la puerta de entrada y llegaba la nueva pareja, en mi asombro no lograba identificar si la marcha triunfal era para los que entraban o salían. A pesar de todo lo nuevo e inesperado, al terminar la boda todos nos sentíamos contentos, alegres, pues estábamos protagonizando el gran paso de una historia de amor. 

¡Qué bello es recordar!, recordar la vida, el amor, la pasión, el compromiso filial y de amistad; qué hermoso es saber que al igual que Graciela e Iván, tengo conocidos de ese tiempo que formaron parejas y aún continúan juntas y felices. 

De todas las historias de amor que conocí, más de la mitad, incluyendo la mía, tuvo alguna fecha de caducidad inducida por el factor humano con historias de desamor, dolor, traición y tristeza... Pero todos los sentimientos positivos o negativos ligados al amor forman parte de la vida y creo que la madurez que mis amigos y amigas logramos al vivir solos desde muy jóvenes, ha contribuido a superar lo difícil, ponderar todo lo valioso y plantar paso firme para seguir adelante e incluso para aprender a ser más felices y plenos. 


Juntos y felices, todos nos tomamos la tradicional foto de boda
en el lugar diseñado para ese fin. 

En el lugar de las bodas se acostumbraba tener un fotógrafo
que enviaba sus imágenes por correo regular.
Así fue como muchos de mis amigos obtuvimos (y conservamos)
constancia de recuerdos valiosos, como éste.

16 de mayo de 2017

El mejor profeta del futuro es el pasado (Lord Byron)

Por Fabiola Martínez

Las clases de historia de la Unión Soviética formaban parte del programa de estudios desde primer grado. De principio a fin tuve al mismo profesor, un hombre bajito, algo gordito y con un interesante sentido de humor. Lo que más llamaba mi atención era su estatus de veterano de guerra y las medallas que todos los días portaba en su traje.

La historia de la Segunda Guerra Mundial era un tema muy interesante para mí, lo estudié en la escuela y cada sábado ahondaba en su conocimiento a través del documental seriado que  presentó la televisión mexicana con el acervo filmográfico de la URSS. Pensé que sabía lo fundamental pero me equivocaba, los datos dolosamente omitidos por la versión oficial que se difundía en el lado occidental de la "cortina de hierro" borraban, al punto de la negación, el dolor y la tragedia de numerosos pueblos que formaban parte de la URSS.

Por fortuna, la vida me dio la oportunidad de conocer la otra versión de la historia, pues en segundo curso de la licenciatura dedicamos el año completo a estudiar la Gran Guerra Patria. Recuerdo con cariño el curso porque mi profesor, siendo veterano de guerra, impartía la clase como si fuera un curso vivencial. Nunca me perdí una clase.

Al desmenuzar cada paso dado en la guerra por el pueblo soviético, mi profesor no podía disimular ciertos sentimientos de intensidad y orgullo, el punto de máxima satisfacción personal sucedió cuando nos contó cómo y cuándo se enroló en la guerra. Aún me enternece ese recuerdo.

Casi al final del curso mi maestro nos contó que fue llamado al servicio a los 15 años de edad, en el último año de la guerra. Nunca estuvo en combate, su tarea consistía en prestar servicio de limpieza y de ayudante de cocina en un barco; según contaba, el día más feliz de su vida fue cuando en el barco tocaron una campana para anunciarles que ya podían tener una pieza de pan completa al día.

El que mi maestro compartiera esa experiencia personal al final del curso le daba sentido a todo lo que habíamos aprendido. Sólo en ese contexto pude comprender, con total empatía, el sentido de dignidad y pertenencia que expresaba cada ser que portaba sus insignias, pude apreciar el significado de contar con techo y alimento cada día y, sobre todo, la enorme fortuna de no saber qué significa vivir una guerra.

Para el examen final me preparé muy bien, yo era la clásica estudiante "ñoña" que, luego de haber tenido un curso brillante, buscaba obtener la máxima calificación: 5 (пятёрка). Pero mi maestro me traería de regreso a la realidad, él sabía lo que yo quería y no lo puso fácil. Me hizo diversas preguntas adicionales que contesté bien, pero sólo me daría el 5 si le contestaba cuántas divisiones habían participado en la batalla por Stalingrado... ¡Me torció!

Me sentí frustrada, durante mucho tiempo me pesó esa forma de hacerme caer, sin embargo es uno de los profesores que más tengo presente. Gracias a su metodología y enfoque de la material aprendí a distinguir cómo se vive con dignidad, a apreciar a los pueblos y naciones que a pesar las adversidades saben 'plantarle cara' a la vida de forma digna. 

Por casualidades de la vida el martes pasado tenía planeado compartir esta entrega, pero la detuve porque justo ese día se celebraría el 'Día de la Victoria", una celebración de gran relevancia para países como Bielorrusia, Ucrania y Rusia, quienes fueron de los más masacrados y golpeados por esta guerra brutal, además de Polonia. 

Estuve atenta a las noticias nacionales e internacionales para saber de qué forma se mencionaría el hecho. Decepcionada, me percaté que apenas si se habló del fin de la guerra que estremeció al mundo, justo en este año que parece que los países más ricos, las llamadas "potencias" del mundo y las recién formadas naciones de Europa del Este han vuelto a enloquecer amenazando con nacionalismos, xenofobia, movimientos bélicos y una que otra amenaza nuclear, sin contar el intento de frivolidad con la que el presidente de los Estados Unidos dijo a la prensa qué postre comía al momento de contar a su homólogo chino que había bombardeado a Siria

¿Cómo la memoria histórica del mundo puede hacer a un lado una guerra que dejó más de 50 millones de víctimas?, ¿cuánto se puede omitir después del aniversario 72 del fin de una guerra tan atroz?

Mi ser se aferra a la esperanza de lograr vivir en paz, mi aprendizaje me dice que como humanidad estamos transitando por caminos que alguna vez nos llevaron al horror de la Segunda Guerra y al 'suicidio de la razón' de la Primera Guerra Mundial. ¿Acaso nos auto destinamos a ser la especie más demente del planeta?

Aunque no tengo respuestas para ninguna de las preguntas, sigo alimentando mi esperanza. Las acciones concretas de la canciller Ángela Merkel me alientan, hay que tener algo en la conciencia cuando se decide visitar Moscú para honrar a los soviéticos caídos, al pedir perdón por el holocausto y por los gitanos asesinados bajo el nazismo. 






2 de mayo de 2017

Las peluqueras

Por Fabiola Martínez

En 1987 la familia mexicana del Instituto Pedagógico de Lenguas Extranjeras creció. Además de Javier y Mónica a mi escuela llegó Mirella, una hermosa chica originaria de Culiacán, Sinaloa.

Los lazos de amistad y confidencia entre Mirella y yo habían sido pre-tejidos por Víctor, el esposo de mi amiga Martha. Ambos mexicanos fueron compañeros en la Podfak en Lvov, antigua ciudad polaca perteneciente a la República Ucraniana desde la Segunda Guerra Mundial.

Mirella y Víctor solicitaron su beca para estudiar algo relacionado con el petróleo, razón por la cual les correspondía estudiar la universidad en la ciudad de Bakú, corazón petrolero de la URSS y capital de la República de Azerbaiyán.

En mi tiempo juvenil como ahora, se esparcían infinidad de rumores sobre la forma de vida y costumbres de cualquier ciudad de la URSS ubicada en Asia o donde hubiese prevalencia de pueblos musulmanes, como Bakú. . Se consideraba que toda manifestación cultural ajena a la occidental era inferior e incivilizada, donde la vida de las personas de formación occidental corría peligro.

Víctor ya había iniciado trámites para cambiarse a Leningrado, pero el destino de Mirella era Bakú y la idea le aterraba, así que pidió cambio de carrera justo a mi instituto, haciendo las mismas maniobras que yo hice para asegurar vivir en un lugar más "civilizado".

Mirella y yo fuimos excelentes amigas, nuestra cercanía fue grande, sobre todo en sus primeros dos años de vida en Kiev. Con frecuencia se quedaba a dormir en mi residencia o llegaba a visitarme con sus ex compañeros de Lvov.

Entre las mujeres latinoamericanas el arreglo del cabello era cosa seria, no sé si entre los varones también. La cuestión es que no conocí a nadie que se cortara el cabello en las estéticas soviéticas. Lo usual era pedir a otro compañero que nos hiciera el favor. Nunca faltó la persona que, además de valiente era más hábil o menos malo para 'tusarnos' y así ganaba fama y solicitudes de cortes de pelo.

Hasta donde recuerdo siempre acudí a Riita (de Finlandia); Mirella depositaba su confianza en mí e incluso me llevó a una compañera boliviana para cortes de pelo. Valeri también se convirtió en usuario de mis servicios.

Desde que regresé de Bratislava presté mayor atención a los cambios que se generaban día a día por la Perestroika y la Glasnost, es más, a mi regreso me encontré con la noticia de que Billy Joel, uno de mis cantantes favoritos había presentado un concierto en Leningrado o Moscú, no recuerdo. Ante el hecho me pensé: "creo que este asunto sí va en serio".

Yo no fue la única escéptica sobre las promesas y declaraciones de Gobachov, como muchos, esperaba que en cualquier momento apareciera la represión taimada o expresa. Pero no fue así; contrario a mis expectativas empezaron a crearse programas de televisión donde se hacían chistes ligeros sobre el sistema o el politburó. 

Con frecuencia pasaba la tarde en la habitación de Natalia y Belinda, ya fuera para comentar las novedades del día o porque las extrañaba. En ocasiones también se reunían las amigas de Naty y compartíamos toda la tarde mientras tomábamos té.

Las charlas sobre los cambios generados por la Perestroika no se hacían en mi habitación porque, aunque mi relación con Belkis era muy buena, sabía que la expondría con sus compañeros y con su sociedad, pues  al mismo tiempo que la URSS dejaba de ser reprimida en la expresión de sus ideas, en Cuba la cosa estaba que ardía y no era para menos.

Las dificultades económicas que estaban colapsando a la URSS ya no le daban para mantener a la Isla, de forma programada la URSS dejaría de subsidiar la economía de Cuba, por eso en los dos periódicos de circulación nacional que llegaban a los estudiantes cubanos de la URSS, se publicaban los discursos completos de Fidel Castro, que no paraba de vociferar contra los soviéticos traidores y nuevos enemigos de Cuba.

Parte del concierto de Billy Joel se retransmitió y mis amigas, amigos, Veleri y yo lo vimos. Recuerdo que me sentí ofendida por la manera en que este cantante recibió una hermosa matrioshka que le regaló una niña, como si yo hubiera sido la persona directamente ofendida. Aunque siempre supe que el hombre hizo una típica broma tipo made in USA, su proceder me pareció grosero, inculto y poco sensible hacia su público: la sociedad soviética acostumbrada a cierta solemnidad y que por primera vez en setenta años abría sus puertas a un artista del capitalismo.

Por fortuna hoy tengo claro que las sociedades asiáticas no son incivilizadas, más bien son el origen de nuestro origen. También sé que no se le puede pedir empatía o respeto a una persona cuya cosmovisión no le daba para ir más allá del ámbito de comprensión que le proporcionaba la sociedad del "Tío Sam".

Así, mientras Valeri, Belkis y la mayoría de los cubanos gritaban "traición" y yo aprovechaba para conocer y participar de los servicios religiosos del culto ortodoxo ruso, un conjunto de sucesos continuaban su camino hacia el cambio de la URSS y me perfilaban hacia las primeras filas del fin de una era.

Nota: El archivo fotográfico lo obtuve gracias a unas diapositivas que pude rescatar.

Al centro, Mirella, su amigo de Lvov y yo, cenando. 

En pijama, de izquierda a derecha Belkis, el amigo de Mirella y yo en mi habitación. 

Mirella y yo compartiendo. 


25 de abril de 2017

Bratislava

Por Fabiola Martínez


Nunca pensé que al llegar a otro país del bloque socialista encontraría un entorno tan diferente al que se tenía en la URSS. Desde que bajé del tren el ambiente tenía algo de libertad, Valery y su tío me encontraron en la estación y me invitaron a comer a casa de otra tía, ¿el menú?, sopa de fideos y pollo frito estilo Kentucky, ¡qué delicia y qué sorpresa!, y yo que pensaba que también me daría kasha manaya

El centro histórico de Bratislava era pequeño pero hermoso, me parecía estar en alguno de los pasajes de los cuentos de Grimm, me encantaron las cafeterías con mesas al aire libre, me asombró la variada propuesta de pastelería, el rico café y los chocolates. 

Pernocté en dos residencias estudiantiles de esa ciudad, en la parte nueva, cruzando el tunel. Para encontrar habitación se seguía la misma dinámica que en la URSS: buscar a cualquier latino para pedir su ayuda, dejar identificación en recepción y luego robársela a las babushkas... Cosas simple y rutinaria para nosotros, conseguí alojamiento gracias a la ayuda de una cubana, un tico (costarricense) y una griega.

Las residencias estudiantiles eran bellas, amplias, modernas y con mobiliario mucho más acogedor que el de la URSS, casi sentí pesar de no haber escogido a Checoslovaquia como país para estudiar. Aunque el área del centro de ciudad era pequeña, me tomé mi tiempo para disfrutar todo. Subí al castillo y quedé impresionada con la sala de armaduras y uniformes militares, parecían de la época feudal, cosa que no imaginaba porque no tenía ni la más remota idea de que Bratislava, a pesar de ser de origen eslavo y por pertenecer al imperio Austro Húngaro, tuvo un origen totalmente diferente al de los pueblos de la URSS. 

Desde la parte alta del castillo pude admirar la ciudad, sus tejados, calles, gente... El lugar me pareció bien conservado, excepto una escalera o túnel donde vergonzosamente leí una pinta con el vulgar sello mexicano: "puto el que lo lea". «¡Qué pena con el mundo!», me dije, «hasta estos pequeños rincones hay mexicanos mal educados que dañan el patrimonio cultural de otros así porque sí». 

Mi dilema se esclareció en el año 2001 aproximadamente, cuando la directora del Conaculta, Sari Bermudez y el entonces canciller de México Jorge Castañeda jugaron a las escondidas entre las figuras de los guerreros de terracota, con esa noticia me quedó claro por qué la patanería mexicana continúa a niveles internacionales. 

Alguna de esas noches en Bratislava, el tico y otros estudiantes me invitaron a recorrer la ciudad, ¡cuánta vida tenía esa ciudad!, entramos a un "vínare", algo así como un bar donde sólo sirven vinos y botanas de queso, principalmente. El local se encontraba en una especie de sótano de lo que alguna vez fue una iglesia. 

Estuve feliz de conocer el muy contaminado Danubio Azul, aunque sentí pena por el estado tan deteriorado de un río que fue inspiración y evocación de músicos y escritores. Justo en el lugar viví sentimientos encontrados porque también sentí que al estar en la rivera podía alcanzar algunos acordes de los valses de Strauss que tanto me gustan y me hicieron soñar con Viena. Ciudad que, por cierto, queda a una hora y media de Bratislava. En ese Danubio también me enteré que Budapest, otra de las grandes ciudades del imperio Austro Húngaro se localizaba a escasas dos horas de allí.

«¡Qué dicha!, ¿cómo puedo ir para allá?»

El asunto no sería fácil, al menos no en ese año, pues ningún eslovaco o persona del bloque socialista podía cruzar hacia los países capitalistas. A pesar de que la cerca que dividía la frontera podía verse a simple vista desde la zona habitacional de Petržalka. Un golpe más de la realidad de la Guerra Fría. 

A Hungría sí hubiera podido llegar de contar con algún contacto previo, pero me quedé con las ganas. Así que seguí disfrutando del calor y la hospitalidad del centro histórico de Bratislava. 

Esquivé a las babushkas hasta que en una ocasión fue imposible y tuve que trepar unos siete pisos para entrar a la residencia donde me habían conseguido habitación. Esa incursión fue difícil y sentí miedo por la altura, pero era eso o dormir en la calle, cosa que no podía hacer en un país socialista. 

Casi todos los latinos me advirtieron de no hablar ruso a nadie, incluso a las personas que atendían los establecimientos, que por cierto estaban muy bien surtidas, nada que ver con lo que se mostraba en Kiev. 

-Es preferible que hables en español y no en ruso, porque te van a ignorar y hasta pueden hacerte sentir mal. 
-¿Pero por qué? ¿Acaso estos países no son hermanos?
-No precisamente, los checoslovacos odian a los soviéticos. 
-¿Cómo?, ¿por qué?
-Tiene que ver con la Segunda Guerra Mundial y el reparto que se hizo del este de Europa. También tiene que ver con la Primavera de Praga, un movimiento que los militares soviéticos reprimieron violentamente. 

En mi cabeza quedaban grandes dudas, en mi ingenuidad pensaba que la formación del bloque socialista era resultado de un proyecto de común acuerdo favorecido por la Segunda Guerra Mundial. Me impresionaba recordar lo cerquita que estaba Austria y lo ilógico de no poderla visitar. 

En poco tiempo el mundo sabría, por obra y gracia de la glasnost, los derroteros vividos en la conformación del bloque económico que jugaba a la amenaza de guerra con los Estados Unidos, dos años después yo misma viviría episodios históricos en Eslovaquia, episodios que cambiaron por completo el rumbo socio político y económico de todo el planeta. En su momento llegaré al tema, por ahora corresponde hablar de mi primer viaje a la tierra de las más antiguas y ricas culturas de Europa. 


A la orilla del Danubio, al fondo se ve el stari most y su restaurante. 

Bajando del castillo.

No recuerdo el nombre de este lugar.

Creo que en la iglesia del fondo es donde se encontraba el hermoso vínare. 

Al fondo, el castillo feudal. 

11 de abril de 2017

Cuando la memoria me traiciona

Por Fabiola Martínez

Mirando las fotos de mi época en la URSS me di cuenta de que pasé por alto un suceso significativo del verano de 1987; por todo el aprendizaje que tuve a través de esa vivencia, me tomo la licencia de retroceder un poco en mi historia. 

Algunos de los desafíos de ser estudiante extranjero en la URSS y provenir de un país capitalista era visitar algún otro país europeo, regresar con alguna grabadora o electrodoméstico para venderlo a los soviéticos y duplicar la inversión. 

Como no contaba con divisas suficientes y como tampoco hice nexos con otros estudiantes que me generaran confianza para realizar largos viajes en trenes, tampoco hice esfuerzos para lanzarme a España, Italia o mínimo Alemania del Este, así 'a la viva México'. 

Sin embargo no quería quedarme con esa 'espina clavada', así que aproveché que Valeri pasaría el verano con su familia materna y le pedí apoyo logístico para visitar una ciudad fuera de la URSS.

A principios de agosto de 1987 tomé un tren desde Kiev con rumbo a Bratislava, capital de la República Eslovaca que en ese tiempo conformaba Checoslovaquia. El recorrido sería de unas 34 horas, así que lo tomé con calma. La mayor parte del tiempo la pasé o durmiendo o fuera del camarote contemplando el paisaje. 

Observar ha sido una de mis mejores herramientas de aprendizaje y ese viaje me enseñó mucho. Me percaté de las enormes carencias de la gente que vivía en los campos ucranianos, entre el verdor de la naturaleza destacaban los techos y la vestimenta grisáceas, «¿por qué todo me parece tan triste?», luego me reproché, «Fabiola, creo que sigues deslumbrada por Leningrado» Creo que amanecía cuando llegamos a la frontera, la persona encargada del vagón nos gritó que preparáramos nuestros documentos. 

Tener un pasaporte mexicano me daba grandes ventajas, en mi infinita ignorancia sólo investigué si requería visa a Eslovaquia, nunca me enteré qué pasaba si tocábamos el territorio de algún otro país. Pronto supe que, gracias al trabajo diplomático que históricamente ha tenido mi país, había un número importante de países europeos que nos daban libre tránsito, así de afortunados somos los mexicanos. 

Alguien pasó y nos dijo que cerrarían los baños y que no debíamos alejarnos de nuestro camarote. Luego, de la forma más sincronizada sentí mucho movimiento y ruido de fierros fuera del vagón, como si jalaran enormes cadenas. No sé si los oficiales de migración o aduana pasaron primero, pero todos los agentes daban miedo, eran toscos y tenían una mirada penetrante. 

La revisión de pasaportes y de camarotes coincidió con el momento en que sentí que se elevaba el vagón. Como decimos en México 'estaba apendejada' y lo digo así de directo porque no encuentro otra forma de describir las sensaciones, pues en realidad el vagón se había elevado. 

Luego vi entrar a los oficiales a cada camarote y, cuando llegaron al mío noté que abrieron una especie de tapa en el techo con la resolución con la que buscan los perros de caza. Luego preguntaron cuáles eran mis pertenencias y siguieron. Honestamente no vi que los oficiales trataran mal a nadie, ni que fueran déspotas o groseros, como sí lo han sido conmigo en el aeropuerto JFK; lo cierto es que todos sus movimientos, su manera de andar, su forma de darnos instrucciones sí infundían miedo, es algo que no puedo explicar.

La revisión prácticamente coincidió con el descenso del vagón... Nuevamente se escucharon los ruidos del metal. 

Me enteré que esas dos horas de cruce de frontera se usaban para cambiar para revisar papeles, vagones y para cambiar las ruedas del tren por unas más angostas. ¿Para qué y por qué?, lo que me contaron fue que, como consecuencia del terror de la Segunda Guerra Mundial y paranoia de la Guerra Fría, la URSS poseía un sistema de rieles más ancho que el resto de Europa, con ello se pretendía retrasar uno de los posibles frentes de invasión. 

Fue así y allí donde se hizo tangible para mí la existencia de la Guerra Fría y el área de influencia del país a donde me había ido a estudiar. Hasta entonces, lo que sabía del conflicto entre las dos potencias provenía de los 'cuentos chinos' que nos llegaban a México del vecino del norte. 

El tren continuó su camino y regresé al bello placer de observar a través de la ventana. En pocas horas aparecieron los campos de cultivo y las casas post frontera. Para mi sorpresa las viviendas campesinas estaban cuidadas y pintadas con colores lindos, muy alegres, un evidente contraste con las del campo ucraniano. En adelante, los colores del verano mezclado con la forma de vida se mostrarían más vivos. 

En ese viaje se reveló uno de los aspectos oscuros de la utopía socialista: la tristeza crónica de un campo que vivió la colectivización soviética mediante el genocidio de sus campesinos se manifestaba en sus ropas y viviendas. Por primera vez tomé conciencia de cómo el estado de ánimo personal y colectivo influye en el entorno que creamos. Teoría personal que se fortaleció cuando llegué a Bratislava y recorrí la hermosa ciudad. 


Vista de Bratislava desde su emblemático castillo feudal. Fotografía tomada en 1987.