14 de junio de 2016

Inicia el verano

Por Fabiola Martínez

Las vacaciones de verano en México incluyeron, al menos, dos días de estancia en Moscú. Nuestro plan fue comprar los souvenirs en los grandes almacenes Gum o Tsum, pues Jarkov, a pesar de ser la segunda ciudad más importante de Ucrania, tenía poco o casi nada que ofrecer.

Luego de guardar todo nuestro equipaje en la cámara de seguridad y de desocupar la habitación 74 de la residencia, Martha y yo viajamos en tren a Moscú. Como ya era costumbre, pernoctaríamos en la casa de los Pilshikov.

Llegamos a la gran capital muy temprano en la mañana, así que debíamos esperar al atardecer para llegar a la casa que nos esperaba. No recuerdo dónde guardamos nuestro equipaje, que era poco, lo que sé es que lo resolvimos bien, pues el tiempo nos alcanzó para recorrer cada espacio de esos enormes y bellos almacenes.

El dinero que yo tenía para regalos era poco, pero me alcanzó para llevar, por lo menos, un detalle típico a cada hermano, a mis padres y a los tíos y primas de la familia Zaldivar Díaz. Gran faena para una estudiante becada.

Entre los mexicanos había una leyenda urbana sobre las enormes posibilidades que daba la URSS para  comprar piezas de joyería de oro y brillantes. Así que cuando finalizamos nuestros pendientes recorrimos tiendas para anotar los precios de dichos artículos en las joyerías que encontramos en el camino. Lo que se veía en los aparadores era simplemente bello.

El último día de estancia lo dedicamos a recorrer los innumerables museos y hermosas calles moscovitas, en ese andar encontramos una de las afamadas "veryoshkas", las tiendas especiales para turistas del mundo occidental. En el centro de Moscú había varias pero, la más grande y surtida, para mi gusto, era una que estaba a un costado de San Basilio ¿o del Kremlin?

La oferta de las veryoshkas era basta e incluía piezas de joyería, los precios dentro de la tienda se establecían no recuerdo si en dólar americano o en rublo, lo que sí sé con certeza es que el tipo de cambio ofrecido era el oficial, que tomaba el dólar unos diez centavos por debajo del rublo. Fue en esa comparación de precios y de tipos de cambio que tomó sentido eso a lo que llamé "leyenda urbana".

Mientras sucumbía a la fascinación de apreciar las pieles y las joyas, mi atención se dirigió a la puerta, donde estaba entrando un grupo de mexicanos a los que distinguí por sus sombreros de charro. En el primer segundo sentí alegría, pero en el segundo me avergoncé; digamos que el espectáculo de andar con sombrero de charro por las calles de Moscú era comprensible pero, vestir shorts con calcetines y zapatos me sacó de balance.

Aunque mi primer impulso fue hacerme la loca, mi muy mexicano fenotipo me delató; los paisanos me abordaron...
- ¿Eres mexicana?
-Sí.
-¿De dónde?
-De Puebla.
-¡Ah!, eres "pipope"*
-Sí- contesté secamente porque me percaté del tono irónico.

A Martha también le hicieron las mismas preguntas, luego ellos nos contaron que venían en un tour por los varios países del antiguo "bloque socialista", y acto seguido comenzaron a echar pestes sobre Moscú y, en general, sobre la Unión Soviética, su mayor pesar era la comida y la ausencia de chile y tortillas, entendía el choque cultural pero también me molestaba que se refirieran de ese modo al país que yo ya quería como mi segunda patria.

Después de vomitarnos sus desventuras, nos preguntaron si también estábamos de turismo. Les comentamos que éramos estudiantes, pero en instantes me arrepentí. Inició un interrogatorio muy desagradable para mí: que cómo le hacíamos para aguantar la comida, que si los soviéticos eran mal encarados, que si el idioma, que si el olor... Tantos y tantos aspectos negativos.

Esa charla me hizo sentir incómoda y molesta. En mi interior me preguntaba, ¿y con esa ridícula ropa se atreven a criticar? Pronto supe que mi reacción no había sido adecuada, en un inicio me justifiqué diciéndome que ellos me habían predispuesto aludiéndome con un mote ofensivo, que sí lo era y lo sigue siendo y tiene su origen en disputas que hay entre las personas poblanas, las jalisciences, las norteñas... Pero por supuesto no me justificaba.

Pasadas unas horas me pregunté, ¿por qué mostrar un falso orgullo nacional portando un sombrero que simboliza el traje oficial cuando entre los nativos de las diferentes entidades de la república mexicana hay una tendencia generalizada a la descalificación?, también me pregunté... ¿cómo nos percibirá la gente de este país o la de otros países?

A partir del incidente en la veryushka comencé a observar los comportamientos de los turistas, me percaté que lo vivido con mis paisanos era y es una actitud frecuente entre los ciudadanos de otros países, claro que expresado en sus propias maneras.

Considero que el comportamiento que acabo de narrar tiene mucha relación con la poca disposición social a aceptar lo "diferente", aún me sigo preguntando por qué ésta dificultad sigue siendo muy grande y pesada en México y en un sin fin de países del mundo. Actualmente hay países que aparentan ser más civilizados por actuar dentro de lo llamado "políticamente correcto" pero, ¿es genuina tal aceptación o es el fruto de la aplicación de leyes más rigurosas de comportamiento?

La respuesta sigue en el aire.


* Pipope: acrónimo de pinche poblano pendejo, insulto usado para referirse a todos los nacidos en el estado de Puebla, aunque en su origen este se usó para referirse a los pobladores de la ciudad de Puebla, capital de la entidad del mismo nombre. 

7 de junio de 2016

Fin de curso

Por Fabiola Martínez

Prepararme para los exámenes finales fue una experiencia diferente. Como mis impulsos se debatían entre estar gozando del buen clima y aprobar, muchos preparatorianos optamos por salir al estadio y apoyarnos en el repaso del idioma o de lo que tocara. Entre descanso y estudio nos las arreglamos para jugar. 

Por primera vez viví la experiencia de los anocheceres tardíos, nunca antes habría imaginado que el sol pudiera caer pasadas las nueve de la noche. Impulsada por el ánimo de viajar a México y por aprobar con la mejor calificación, en la habitación continuaba repasando pero nunca consideré que mi residencia enloquecería con la posibilidad de que el equipo soviético calificara para el mundial México 86. 

¡Cómo los odié!, todos los soviéticos de mi residencia gritaban eufóricos mientras la URSS se jugaba el pase, lo peor sucedió cuando lograron clasificar, pues esos y otros estudiantes salieron a la calle a celebrar su victoria. No pude dormir. 

En la Podfak se programaba un examen por día, dejando un espacio de al menos tres días para prepararnos. Cada asignatura nos entregaba un cuestionario con unas ochenta preguntas. Los estudiantes de cursos superiores nos recomendaron no dejar de estudiar ninguna pregunta, porque el azar podría sorprendernos. 

Resultaba ser que los profesores acostumbraban preparar fichas cerradas con dos preguntas. Para examinarnos debíamos entrar de tres en tres al salón y tomar una ficha, luego nos sentábamos a preparar las respuestas a las preguntas que nos tocaban. Cuando estábamos listos levantábamos la mano, nos aproximábamos a los profesores (como mínimo eran dos) y exponíamos nuestros temas. Luego de ello había una pregunta adicional que no venía en ninguna ficha, más bien surgía de lo que se le ocurriera al maestro. 

Me sentía muy satisfecha de los resultados de mi esfuerzo, después de un año lleno de "drama" veía la recompensa. Olga Yurievna -miren eso, hasta recuerdo su nombre y patronímico-, fue una de las profesoras de ruso con la mejore metodología de enseñanza y, a pesar de ya no ser nuestra maestra, estuvo atenta al resultado de los exámenes de ruso de todos sus ex alumnos.  

Mi último examen fue el de ruso, hablado y escrito, éste era el mayor reto y logré terminarlo con una buena calificación, a la salida me encontré con Olga, quien me felicitó y abrazó por mis logros. Creo que si alguien sabía los conflictos que enfrenté era ella. 

Ese mismo día, ya concluida nuestra máxima obligación, Martha y yo fuimos con el Vice Decano para corroborar que nuestra visa de salida para vacaciones estuviera lista y, sobre todo, para asegurarnos de que nuestros lugares estuvieran confirmados en el siguiente nivel escolar: Martha a la Universidad de Leningrado y yo al Instituto de Lenguas Extranjeras de Kiev. 

El Vice Decano, con toda la jovialidad y calidez de siempre, nos comunicó que todo estaba en orden y verificó nuestras fechas de salida y llegada a la URSS. Una vez terminados y asegurados todos los trámites nos dijo: передай привет нашей команды (saludos a nuestro equipo)

Me sorprendió la encomienda, me di cuenta que en verdad un número significativo de pobladores de la URSS estaba feliz y narcotizado por la victoria de su equipo. Una situación favorecedora para adormecer la verdadera situación de Chernobyl y quizá para distraer los primeros pasos que lograba la Ustroenie, después conocida como Perestroika; luego de terminar la celebración de la duodécima reunión del Buró Político del Partido Comunista de la Unión Soviética que significó el principio del fin. ¿Quién lo diría?

En estos días he leído un interesante artículo sobre los debates y avances en el estudio de la conciencia desde la perspectiva de las Neurociencias. Estoy de acuerdo con el autor cuando señala que "el proceso consciente es el acto mismo de percatarse (...), conciencia en el sentido de percatarse es diferente del procesamiento de la información, dado que es posible adquirir, procesar, almacenar y expresar información sin estar consciente de ello." 

Seguramente una mayoría importante sabíamos de la celebración del Pleno del Politburó y vivimos un par de días de zozobra sobre una explosión nuclear, sin embargo no nos habíamos percatado de ambos hechos. Mis ojos estaban puestos en mi viaje y los de los demás estaban en México y su mundial. Cero indicio de consciencia. 

Pasados treinta años, las personas tendemos a movernos igual, procesamos información pero no nos percatamos de los alcances de los hechos. El domingo se celebraron elecciones en México, estuvieron en juego doce gubernaturas, diputaciones locales y la conformación de un congreso constituyente para un recién nacido estado confederado: la Ciudad de México. 

La consigna popular fue votar contra el PRI (partido en el poder), que si bien es válido el enojo popular, nadie se dio el tiempo de percatarse de las alianzas vomitivas de un partido de derecha y extrema derecha con los de (pseudo) izquierda, con cero proyectos en común. Tampoco se percataron de los muchísimos candidatos a gobernador que hace cinco minutos fueron priístas y para candidatearse se fueron con la competencia. 

En la Ciudad de México el panorama no pinta mejor, con casi un 70% de abstenciones, se conformó un congreso constituyente con mayoría ex priísta que luego fue perredista y ahora se denomina Morena, puro trapecista que gusta de políticas extremadamente populistas. 

Ni hablar, la toma de conciencia está muy lejana de nuestra realidad nacional y mundial. Afortunadamente yo ya no soy la misma que aquella que terminó sus exámenes en 1986, cada día se me presenta como una valiosa oportunidad de percatarme de mí, del mundo y del entorno. Con enorme agrado me percato de que sucede lo mismo con muchos de mis antiguos compañeros de aventura en la ex Unión Soviética. Creo que una experiencia de vida como la que compartimos se convirtió en una grandiosa oportunidad de tomar conciencia y dar un rumbo diferente a nuestra vida. 

31 de mayo de 2016

Cuando el tiro sale por la culata...

Por Fabiola Martínez

Poco antes de los exámenes finales, ya no recuerdo bien, todas las facultades preparatorias de la ex Unión Soviética preparaban una вечег "мы уже говорим по-русски", que es un festejo cultural para celebrar el fin de curso pero, sobre todo, para demostrar que todos los extranjeros que llegamos el verano pasado, habíamos aprendido a hablar ruso.

En mi preparatoria, como creo que sucedía en la mayoría de las preparatorias de ese país, los estudiantes se agrupaban por país de origen y preparaban algún baile, pieza musical o ejecución relacionada con su cultura nativa, alternándose con recitaciones y cantos en ruso. Ese era el tenor de la famosa вечег; al menos en la ciudad de Jarkov.

Los soviéticos tendían a ser perfeccionistas en cuanto al montaje de sus bailes o la celebración de sus festivales, por lo que la preparación de la вечег ocupó un tiempo para su preparación. Lamentablemente ni Martha ni yo estábamos enteradas de que esto sucedía; nos enteramos por accidente, cuando faltaba sólo un par de días para tan esperado festival.

Casi en todas las sociedades la marginación social se usa para castigar un acto moralmente inaceptable. A ella recurre, por ejemplo, un colectivo para enfatizar que una o varias personas han procedido fuera de lo que socialmente se espera de ellos: exclusión social de los asesinos, violadores, ladrones, defraudadores; de este último suelen ser exceptuados los políticos y empresarios.

Hay también una tendencia a excluir, quizá a quienes se divorcian o cometen adulterio, en este contexto la exclusión social suele recaer en las mujeres y, las principales ejecutoras de tal castigo son, lamentablemente, otras mujeres.

Los paradigmas que construí sobre un país donde todo es mejor, incluían la inexistencia del machismo, la igualdad entre hombres y mujeres... Y bueno, siendo la URSS la opción más cercana a esa utopía, pensé que al vivir allí estaba a salvo. ¡Grave error!

Ni Martha ni yo nos enteramos de los preparativos de la viecher мы уже говорим по-русски (Nosotros ya hablamos rusoporque quien organizaba era la maestra de fonética, quién había resuelto excluirnos de la celebración para castigar nuestra falta moral de andar por los pasillos en short.

Pasados treinta años del suceso, sigo convencida que la maestra de fonética disfrazó la venganza o enojo personal con el castigo social de la exclusión. Pero cuando las personas, como mi maestra de fonética, elaboran planes para fastidiar a otros, deben considerar el carácter y los principios de sus contrincantes, de lo contrario, corren el riesgo de que el "tiro les salga por la culata."

Al conocer la bajeza de nuestra profesora de fonética, Martha y yo decidimos sacar la casta. Entre los cassettes nuestros y el de los compatriotas, buscamos alguna pieza musical acorde con la ropa típica que llevaba Martha. Preparamos un baile chiapaneco y empacamos un maletín con todo lo necesario para arreglarnos y participar en el festival.

Investigamos la hora de reunión de todos los participantes y nos colamos a los vestidores del teatro de la prestigiada Universidad Vasily Karazin. La profesora de fonética advirtió nuestra presencia cuando Martha y ya estábamos vestidas. Creo que con la mirada nos dijimos todo, ella no daba crédito a nuestros arrestos y nosotros le hicimos saber que no habría poder humano que impidiera nuestra participación. Sin que hubiera palabras de por medio, de última hora, la maestra nos colocó en alguna parte de las intervenciones.

Debo confesar que la indignación que nos embargaba se diluía a pasos agigantados cada vez que alguno de nuestros compañeros ejecutaba un baile tradicional de su país. Pronto fue nuestro turno. Aunque ya antes había estado sobre un escenario, este día todo fue diferente. Sentía emoción, nervios y sobre todo, una gran sensación de orgullo y responsabilidad por representar a México. Lo hicimos bien y recibimos muchos hurra de júbilo por nuestro país.

De todos los bailes y cantos de mis compañeros, el que guardo íntegro en mi memoria y corazón fue el de los alumnos de Chipre. Su danza era similar a la de los griegos, me di cuenta de todo lo que tenían en común ambos países, disfruté de la alegría con la que todos los chipriotas bailaban trenzados de los brazos.

Mi enojo por las injusticias vividas desaparecieron, su lugar lo ocupó la sensación de bastedad del mundo y de sus culturas. No volvimos preocuparnos de nada mas que de sonreír y disfrutar. Yo estaba feliz tomándome fotos con mis compañeros. La viecher "мы уже говорим по-русски" significaba el inicio del fin de un año muy difícil al que casi todos sobrevivimos. Predominaba entre todos el sentimiento de alegría, satisfacción y hermandad. ¡Y cómo no!, habíamos sido compañeros, amigos y confidentes en un viaje que muchos pensamos no terminar, pero lo hicimos.

Mi madre no educaba con refranes populares y a sus hijas solía decirnos que "el peor enemigo de la mujer es otra mujer". Quizá al leerme, habrá mujeres que les desagrade esta aseveración pero en un mundo donde predomina el patriarcado la sentencia es real, muy a mi pesar. Creo que el quid de este asunto no radica en detenerse a lamentarse por lo que se piensa, se hace y se dice respecto a mujeres que actúan como mi maestra de fonética, radica en la manera como salimos adelante a pesar del aislamiento y castigo moral que nos imponen otras mujeres.





24 de mayo de 2016

Efervescencia

Por Fabiola Martínez 

Desde que comenzó a ser más cálida la temperatura, Natasha y Lila nos invitaron a organizar nuestra ropa de invierno para guardarla en la cámara de seguridad, la idea era, además, sacar nuestra ropa de verano. En el pequeño perchero clavado en la puerta de entrada sólo quedaron las chamarras ligeras y algunos suéteres, por si acaso. 

Como parte de la preparación para los días cálidos, se organizó un subotnik o trabajo colectivo para retirar de las ventanas la protección invernal. Toda la residencia estaba trabajando con muy buen ánimo. Martha y yo nos sentíamos tan bien con el clima que vestimos shorts para el subotnik. También subíamos y bajábamos las escaleras con prontitud y ligereza, como queriendo devorar cada segundo del día. 

Ese sábado, casi todas las latinas optamos por vestir pantalones cortos, los míos como el de otras chicas, descubrían la pierna completa. Nunca me imaginé que esa prenda me traería un gran problema... 

En una de las ocasiones que subía la escalera como "chiva loca", venía bajando mi maestra de fonética, la que nos hacía cantar y cantar, aquella que tantas veces nos revisó la ropa de invierno y que tenía a cargo parte de la supervisión de la residencia. Cuando la profesora nos vio, barrió su mirada de arriba a abajo escandalizándose de una manera desmesurada. De una forma casi teatral, la profesora se llevó la mano al pecho y nos dijo: 

¡как вам стыдно! (cómo no les da vergüenza), ¡cómo es que caminan casi desnudas en la residencia!, ¡pronto, vayan a cambiarse de ropa! 
—No nos avergüenza nuestra ropa... y no nos la cambiaremos, en nuestro país esta ropa es muy decente, es para clima cálido, así que estamos bien. 

Martha y yo rezongamos por inercia, reconozco que pudimos defendernos mejor, pero el ímpetu de la edad y el hecho de haber sido interceptadas de esa forma arruinó lo que pintaba ser un día de alegría, pues todos los jóvenes de la residencia bullíamos yendo de un lado a otro. Además, no podíamos creer que en ese país hubiera personas tan "moralinas", se suponía que estábamos en la tierra de la igualdad y la justicia. 

Ya en el cuarto, y muy indignadas, le contamos a nuestras compañeras soviéticas lo que nos pasó, sólo se rieron y dijeron que sería común encontrarnos con personas como la maestra de fonética, sólo entonces me detuve a mirar la ropa que ellas llevaban, ambas vestían una especie de bata de casa a la altura de la rodilla. ¿Por qué hasta ese momento me detuve a mirar lo que vestían los demás?

Desde hace poco más de veinte años me di cuenta que, cuando se es inmaduro o cuando algo o alguien nos hace sentir mal por nuestra apariencia, comenzamos a mirar a "los otros" enfocándonos en lo que consideramos son defectos físicos o mal gusto en cuanto a ropa, música, peinados, creencias... En fin, nos detenemos a fastidiar para minimizar el malestar que sentimos. 

Ante tal regaño, Martha y yo decidimos continuar subiendo y bajando escaleras para colocar nuestras cosas en la cámara de seguridad y, de paso, para mirar lo que otros compañeros llevaban puesto, pronto dejamos de mirar y comenzamos a criticar abiertamente. Por cuestiones de idioma no dijimos nada sobre las latinas y nos enfocamos en los africanos. 

Pero tarde o temprano la vida nos coloca en mejor perspectiva, en nuestro caso fue muy temprano, o muy pronto, pues en esa ruta de subir y bajar escaleras nos oyó un africano. Para nuestra sorpresa, nos increpó en un español muy castizo. 

En la torpeza de quienes "sólo ven la paja en el ojo ajeno", en lugar de reaccionar apenadas por lo que estábamos haciendo, lo que hicimos fue cuestionarlo.

—¡Cómo es que hablas tan bien el español si eres africano!— Lo sacamos de balance, además de hacerlo enojar más. 
—En Guinea Ecuatorial hablamos un español mejor que el de los latinoamericanos. 
—¿Existe ese país?, ¿en verdad aprendiste español allí o lo estudiaste en España?
—¡Son unas ignorantes!, hay varias Guineas en África, Guinea Ecuatorial está casi en la mitad del continente, del lado Atlántico, nos conquistaron los españoles y hasta hace pocos años fuimos colonia. ¡Somos mejores que los latinoamericanos por mucho, empezando por el dominio del castellano!

Por fortuna, entre tantos tropiezos, Martha y yo recobramos la cordura, nos disculpamos con el chico de Guinea Ecuatorial y seguimos nuestro camino, esta vez en un talante reflexivo, hablamos de las sorpresas que da la vida y de lo fácil que olvidamos las lecciones aprendidas a base de meter la pata criticando a los demás dando por hecho que nadie domina nuestro idioma. 

Actualmente en México, el tema del bullying es abordado por numerosos especialistas, se elaboran programas de prevención y combate pero pocos van a la raíz; adultos infelices, insatisfechos o enojados con la vida que educan niños en un ambiente de violencia verbal y psicológica que se asume como normal. Entre mis consanguíneos hay familias enteras que, desde que tengo uso de razón, basan sus relaciones en burlas y en hacer sentir mal a los demás. Aún hoy, cuando la mayoría ya rebasa los cuarenta, el sentido fundamental que dan a sus relaciones familiares sigue partiendo de las mismas premisas. 

Hay gente que lidia con el malestar social y personal de otra manera. Mi profesora de fonética, por ejemplo, tomó a título personal el incidente de los pantalones cortos y de nuestra respuesta, reservándose el cobro de la factura una manera muy baja. Ya les contaré... 

17 de mayo de 2016

Víspera de verano

Por Fabiola Martinez

Conforme nos acercábamos al verano el clima permanecía templado por más tiempo y nuestro cuerpo lo sabía. Caminábamos más ligeros y sonrientes. Yo me aplicaba mucho más en mis estudios y las mejoras eran evidentes; además, cada día que pasaba era un día menos para ver a mi familia, ¡cuánta dicha! 

La Geografía se había convertido en una de mis clases favoritas, sobre todo porque el salón empleado para esa asignatura estaba lleno de muestras de rocas, tipos de tierra, láminas espectaculares... La luz del sol duraba cada vez más tiempo con nosotros y eso aumentaba nuestra felicidad. 

No sé si a todas las personas les haya sucedido pero, ahora que recuerdo y escribo esta entrega, me percato de que cuando los estados de felicidad eran más prolongados,  yo tendía a dar por hecho que todos la estaban pasando tan a gusto como yo, pero hasta en el día más feliz se aprende algo nuevo y difícil de explicar. 

Por alguna razón los profesores de ruso eran más sensibles al estado anímico y físico de cada uno de nosotros. Como a finales de la tercera semana de mayo, estando en clase de ruso, mi profesora se dio cuenta de que uno de mis compañeros de Jordania, Majmud, había adelgazado notablemente y tenía unas ojeras enormes, con un tono preocupado preguntó: 

—Majmud, ¿te sientes bien?, ¿acaso estás enfermo?
—No, Olga Yurevna, es que estamos en Ramadan. 
—¡Claro!, ya recuerdo, pero Majmud, en este país no puedes ser tan riguroso con el Ramadan, pues cada día que pasa el sol cae más tarde, te enfermarás. 
—¡Pero no puedo faltar a mi religión!

Muchos de la clase estábamos sorprendidos de la seriedad y respeto con la que la profesora y el jordano hablaban del tema. Para mí fue un golpe de realidad percatarme de la mirada angustiada, cansada y quizá desesperada con la que Majmud respondía a las preguntas de la profesora. 

—Majmud, por favor respira y escúchame con atención. Nadie te pide que no respetes el Ramadan, sólo te pido que no te esperes a comer hasta que anochece, te ves mal... 
—Me veo mal porque además del ayuno, me estoy preparando para los exámenes, no puedo reprobar o me mandarán de regreso a mi país, y si regreso, me voy directo al servicio militar. —Sus grandes ojos se cristalizaron. 

Otro compañero libanés aprovecho el espacio generado por la charla y también se desahogó. 

—Olga Yurevna, muchos de nosotros vinimos aquí para que nos perdonaran el servicio militar. Usted no sabe, pero todos en mi país, al cumplir dieciocho vamos al ejército por dos años, sin excepción, nadie desobedece las órdenes del Rey. ¿Y sabe?, allá nos mandan a cuidar la frontera con Israel, que siempre tiene conflictos armados con Palestina. Además estamos cerca de Líbano, que también tiene serios problemas. Dicen que no hay guerra, pero en esos lugares mueren muchos jóvenes todos los días. Nosotros no queremos morir. 

Desde que inició la charla permanecimos mudos, primero porque no sabíamos de qué se trataba el Ramadán y tratábamos de deducir el rumbo del tópico, luego por la crisis de angustia de Majmud y más tarde al darnos cuenta de la situación que vivían nuestros compañeros jordanos. 

Aprovechando un momento de silencio, la maestra hábilmente canalizó la tensión que se había generado y cambió el rumbo del tema al preguntarnos si sabíamos en qué consistía el Ramadan. Todos hicimos preguntas y la profesora pidió a los jordanos que nos platicaran los usos y costumbres para celebrar esa festividad. Después de terminar la clase habló con ellos en privado. 

La escena que describí sigue tan viva en mi recuerdo como hace treinta años. En ese tiempo me sentí afortunada y valoré la paz que se vivía en México. Claro que, por muy ingenua que fuera en aquel entonces, sabía que esa paz no era absoluta, creo que pocos países la viven. Sólo di gracias a la vida porque nadie de mi familia estaba obligado a ir a la guerra de nadie. 

Lamentablemente, la situación de México ha cambiado de manera radical desde el año 2001. Paradógicamente, a estas alturas de la vida, doy gracias porque mi familia y amigos transiten a salvo de una entidad federativa a otra, o de una delegación a otra. ¿Cómo llegamos hasta este punto?

Desde mi experiencia creo que los mexicanos, todos, hemos sido los más grandes desdeñadores de nuestra riqueza natural, cultural y social, todos los días la vendemos al mejor postor y lo hacemos a través de los quehaceres más insignificantes; mediante cada gesto o actitud cotidiana, con nosotros mismos y con las personas que decimos amar. ¿Recuerdan la teoría de la ventana rota?, estoy convencida que ésta aplica a caso todos los ámbitos de nuestra vida personal.