5 de abril de 2016

Jirones dentro del tintero

Por Fabiola Martínez

Entre las entregas que he compartido en este blog, han quedado sucesos, anécdotas y aprendizajes que no quiero dejar a un lado. El título de la entrega hace una humilde alusión a una frase de Lev Tolstoi (toda proporción guardada) En ella dice: "No hay que escribir sino en el momento en que cada vez que mojas la pluma en la tinta, un jirón de tu carne queda en el tintero." Si bien no estoy escribiendo obra literaria alguna, lo que relato son mis vivencias y reflexiones del día a día que me formó en una etapa fundamental de mi vida. Y la vida, según lo sé y lo veo, es el libro más importante que escribimos. La vida es también el libro más interesante que volvemos a leer cada vez que recordamos y reflexionamos al respecto. 

Quizá en entregas pasadas mencioné algo sobre la anécdota común entre la manera de dirigirnos a los profesores soviéticos por parte de mexicanos y latinos. Hoy retomo el hecho para referirme a uno de los tantos aprendizajes realmente significativos. 

Si alguien quería ver a un profesor muy a disgusto, sólo debía llamar su atención o dirigirse a él diciéndole prepodavatel, cuando esto sucedía los maestros solían voltear visiblemente molestos corrigiendo: 

-¡Меня зовут Иван Семенович! (mi nombre es Iván Semionovich)

Tal reacción solía dejarnos atolondrados, los latinos simplemente no entendíamos cómo un vocativo tan común en nuestra cultura causara tal molestia. En el mundo de mi infancia, el maestro era maestro, sin importar cómo se llamara, ahora, si se trataba de un docente querido o de renombre, se solía decir primero la profesión seguido por el nombre, de preferencia en diminutivo: la maestra Rosita; aunque con las modas actuales, ahora ya ni maestros son, ahora el vocativo sería "miss Rosita", en fin... regreso al punto. 

Desde mis primeros recuerdos y como parte de mi personalidad, mi cerebro pide, primero, entender la causa y luego asimilar la información. Así que busqué al Vicedecano que hablaba bien español para que me explicar... debía entender el trasfondo. 

Con mucha paciencia y empatía me comentó que, en su cultura, ningún grado académico, escolar o cargo público debía anteponerse al nombre de una persona. 

-Pero si mi maestro se llama Iván, ¿por qué debo llamarlo Iván Semionovich?
-Porque el trato de respeto a las personas que no conoces señala que debes dirigirte a él apelando a su nombre y patronímico. Pero no te preocupes, eso les pasa a todos los latinos porque ustedes suelen dar mayor importancia al grado escolar o cargo y no al nombre. Pronto te acostumbrarás. 

No hizo falta acostumbrarme, quedó completamente claro para mí, pues ya antes en México, me di cuenta de lo mucho que las personas se disgustaban si no te dirigías a ellos llamándoles ingeniero, arquitecto, licenciado. Yo, para no lastimar los sentimientos de nadie, prefería "licenciarlos" a todos, luego cada uno me corregiría orgulloso diciéndome su profesión. 

Ahora que escribo esta entrega vuelvo a reflexionar sobre "la importancia de llamarse Ernesto, Juan, Fabiola, Adolfo o Cecilia" y sobre el poco valor que socialmente damos a este hecho. Aunque la Convención de los derechos del niño señale como derecho fundamental tener un nombre, creo que en México poco se ha reflexionado sobre el curso que damos a la construcción de la identidad de un niño al asignarle un nombre. 

Reitero, soy afortunada, aprendí muy a tiempo mi lección y, a menos que la inercia burocrática me lo imponga, desde entonces siempre me he identificado con mi nombre y apellidos, no por mi grado académico. Mi nombre es piedra angular de mi esencia. ¡Gracias Iván Semionovich!

Las dos fotos que comparto ahora, captan una vivencia que guardo con especial cariño, fue aquella ocasión en la que por varias horas me convertí en ecuatoriana honoris causa

Baile ecuatoriano en aldea ucraniana.
Julio y Sayonara eran los dos únicos estudiantes de Ecuador en mi Podfak y debían compartir parte de su cultura en un pueblito muy rural, al igual que otros estudiantes de mi facultad. Para entonces Martha no había levantado su ánimo y México se quedó sin representantes. Pero el destino reclamaba mi presencia en los escenarios, quizá por eso Sayonara me invitó a montar una coreografía de un baile típico de su país y yo acepté gustosa. 


Sayonara, ¿recordarás el nombre de la música que bailamos?, me encantó.

La ejecución fue todo un éxito, lo extraordinario fue conocer una verdadera aldea ucraniana de escasos recursos; nunca imaginé que el grado rural me recordara poblados donde llegué a bailar en Zacapoaxtla, Puebla, y hasta me atrevo a decir que el tamaño del pueblo que visitamos era mucho menor. 

Recuerdo que la imposibilidad de conseguir sandalias sumada al impulso de la tibieza de la primavera nos provocaron andar descalzas. Sentir la textura del pasto fue reconfortante, pero poco me duró el embeleso. Después de comer y compartir con los niños de la escuela y sus maestros, nos dirigimos al camión y por poco me voy a través de una coladera mal fijada al piso. En un momento estaba con todos y en al siguiente momento más de medio cuerpo cayó coladera abajo. Mis compañeros, muertos de risa, se apresuraron a sacarme, yo fingí estar bien, y de hecho lo estaba, pues la parte más raspada fue mi orgullo. 

Después de aquella caída tuve otra caminando en la Ciudad de México, de esa caída salí muy raspada y adolorida, a partir de entonces evito a toda costa caminar por encima de cualquier cosa parecida a una coladera, quienes han vivido esa experiencia saben de lo que hablo. 

29 de marzo de 2016

Una nueva primavera

Por Fabiola Martínez


La parte difícil de vivir cinco inviernos de gran calibre fue, desde mi experiencia, la cantidad de ropa usada para salir y el uso adecuado de la misma. No había cabida para llevar botones desabrochados o bufandas mal puestas, también era impensable salir sin gorro. Por todo ello me era imposible voltear la cabeza con soltura. Si tenía que mirar hacia atrás o alguien me llamaba, lo que hacía, más bien, era girar el torso.

No recuerdo en qué mes se empezaba a sentir una temperatura más agradable para pasear. Lo que sí recuerdo bien es que el predominante paisaje nevado y el pesado ambiente color gris… Pero todo lo que empieza tiene fin de terminar; en algún día del mes de abril o quizá desde finales de marzo, por las calles comenzaba a correr agua con un poco de lodo y el aire comenzaba a tener la calidad que da el estar a un grado sobre cero.

El gozo de llevar abrigos más ligeros me cambiaba el ánimo, incluso lograba hacerme caminar más despacio para sentir cómo se derretía la nieve y se convertía en lodo, para sentir cómo caían de los árboles gotas de agua y asombrarme por la manera en que se abría paso una nueva vida.

Desde esa primera experiencia nunca dejó de asombrarme ver cómo, de entre las ramas aún cubiertas de hielo se asomaban, de forma casi tímida, el color verde de las primeras hojas. En pocos días también comenzaban a salir algunas pequeñas flores, casi siempre color rosa o blanco.

De esa primera vez, me llamó la atención mi comportamiento casi indiferente ante los cambios de estaciones que se vivían en mi tierra natal. Me reproché el no haberme detenido a ver cómo crecen las nuevas hojas, las nuevas flores. Pensé que mi indiferencia se derivaba, quizá, a la fortuna de vivir en un clima tan maravilloso como el del centro de México.

Pasado el tiempo, también me di cuenta que esa indiferencia se generaba también por el aprendizaje de la mayoría de los adultos de mi alrededor, a través de la creciente pérdida de “capacidad de asombro”. Esa capacidad que aún hoy lleva a miles y miles de mexicanos a erosionar su tierra, generar basura, tirarla en carreteras, mares, calles y alcantarillas…

En esa primavera de 1986, aprendí a distinguir y a disfrutar cada detalle del cambio de estación; aprendí también a maravillarme de la fuerza la naturaleza, generadora de vida renovada.

Hace dos semanas empecé a trabajar en el tema de esta entrega, las tareas y la “tramitología” de mi vida no me permitieron realizarla en tiempo y forma, lo cual tuvo su parte negativa, por la falta de disciplina y constancia, por ejemplo, pero tuvo una parte positiva, yo diría que hasta trascendental; pude preguntarme si el impacto visual y sensorial de esa primavera del 86 se debía sólo a los efectos del final de mi primer “gran” invierno o si en el fondo la vivencia se magnificaba al evocar mi irrefrenable juventud.

Sí, en un primer momento corroboré que la primavera es la estación del año que más evoca la fuerza y vitalidad de la vida y de la juventud. En mis reflexiones, también me di cuenta de que a los adultos, la vida nos presenta innumerables oportunidades de experimentar las primaveras, por ejemplo, cada año con en los meses de marzo, en cada oportunidad que nos damos para renovarnos e incluso en el despertar del día a día. 


¡Me gusta vivir!, amo la vida. Habrá ocasiones en que abrirme paso a los pesares, problemas o vilezas de la gente me dificulten el paso de una tarde o un par de días, tal como aquellas tiernas y aparentemente débiles hojas que se abrían paso entre el agua fría y el hielo de los árboles de Jarkov o Kiev… Pero la fuerza de la vida siempre termina por imponerse y continúa regalándome el calor y la fortaleza del sol. 
Hace poco más de tres semanas, en una caminata en el vivero,
recordé la impresión de la primera primavera en otro país. 

8 de marzo de 2016

Para saber hacia dónde voy, es necesario no olvidar quién soy y de dónde vengo

Por Fabiola Martínez

Por el devenir que el día a día me depara, no puedo quitar de mi pensamiento algo que me quedó tatuado en el alma cuando tomaba una clase de Biología, antes de cambiar de carrera. En una de mis últimas clases con este grupo que ven en la fotografía y con otro grupo conformado por varios etíopes, el compañero que señalé en la imagen lanzó una pregunta insistente a la profesora del curso. 

 

—Natalia Gregorevna, (estoy inventando el nombre porque no recuerdo el original), si yo tengo hijos y nacen en este país, ¿serán blancos?—, todos enmudecimos, pero no por la pregunta, sino por la valentía de hacerla sin temor a ser juzgado. 
—No, contestó la profesora, esas características las determina la genética; y dio una breve y sencilla explicación sobre el tema. 
—¿Entonces si me caso con una soviética mis hijos nacerán blancos?—, volvió a insistir mi valiente compañero etíope. 
—No, no precisamente blancos como tú nos ves ahora, será un asunto de probabilidad genética, pero sí, tendrás más oportunidades de que tus hijos tengan un tono de piel más clara, pero también puede suceder lo contrario si los genes recesivos de tus antepasados se anteponen. 
La valentía de este etíope motivó a otros compañeros a preguntar qué factores y circunstancias determinaban sus rasgos y color de piel, tan cotizados y determinantes en un mundo predominantemente occidental.  

Lo sucedido en clase me hizo pensar profundamente lo que había visto y vivido en México. Recordé que en primero de primaria, justo para el festival de primavera, a todas las niñas (mi grupo sólo era de niñas), nos asignaron un personaje para disfrazarnos. Yo, por supuesto, levanté la mano hasta el cansancio para que me tocara ser mariposa, me ilusionaba usar esas hermosas alas que veía en la jarciería cada vez que iba con mamá al mercado. 

Por más que insistí, no me eligieron, la maestra había decidido dar esos personajes a Claudia Farfán, Laura Gamez, Cecilia Rechi, Maricela de la Cruz, excepto Laura, todas las niñas eran rubias, muy rubias, el hit de Laura era tener unos enormes ojos azules. 

¡Qué golpe!, yo creo que mi insistencia fue tanta que la profesora me propuso ser libélula, ¡buaaaaa!, las alas de la libélula no me gustaban, eras delgadas... Rechacé el papel. ¡Mariposa o nada!

¿Por qué permitir que nos impongan modelos de identidad o parámetros de belleza?, ¿por qué considerar que el color de piel es más importante que los valores y principios que rigen o regirán nuestra vida? 

No juzgo ni culpo a mi compañero etíope, supongo que él buscaba encajar, pertenecer, ser considerado, quizá desde pequeño entendió que eso resultaba más sencillo para la gente blanca y no para ellos, "los africanos". Puede haber mucho de verdad en aquellas tesis que explican el papel de lo que se entiende por "belleza" o "selección natural", al momento de elegir reproducirnos. Mucho se menciona sobre la función para la sobrevivencia de la secuencia fibonacci. Seguro que existen elementos naturales que nos hacen elegir procrear con una persona en lugar de otra. Pero hemos dejado de escuchar a la naturaleza y, como sociedad mundial, hemos permitido el predominio de patrones de belleza ajenos a nuestras sociedades. 

Esa clase de biología me dejó cabizbaja, pensando en cuánto permitimos que nos descalifiquen u omitan por no cubrir estándares de belleza "occidental". También me hizo pensar que yo no era ni sería la única persona relegada por mi color de piel, el mundo dejó de girar entorno a lo que me sucedía para ampliar en el conocimiento de las preocupaciones de mis pares. 

Otro paso más en mi proceso de maduración, que aún continúa, pues desde que inicié mi vida laboral en México y hasta hoy, observo cómo actúa el grueso de la población trabajadora mexicana. Los que más llaman mi atención son las personas que, a partir de un gran esfuerzo en estudios y trabajo, llegan a colocarse en puestos clave y, ya instalados, dejan a un lado su dignidad para congraciarse con el "patrón", así proponen geniales ideas para genera mayores ganancias a sus jefes, como dejar de pagar a proveedores, usar el sistema para evadir impuestos, quebrar y fundar empresas, despedir injustificadamente a los empleados sin pagar la justa liquidación por sus servicios, etcétera. 

Son numerosas las personas que se ganan la vida y se perpetúan en sus puestos laborales pateando los traseros de todos los que vivimos del esfuerzo de nuestro trabajo, son lo más cercano al concepto de "ladino", y no me refiero a aquellos que asumimos la aculturación necesaria en el mestizaje generado en América Latina, como yo; sino al ladino que abandonó las costumbres y elementos de identidad de su origen para asumir las costumbres, ideologías y pautas de comportamiento más retrógradas de aquellas personas a las que desean imitar, sumarse. 

Creo firmemente que las personas de diferentes orígenes económicos, sociales y culturales podemos sobrevivir y convivir si dejamos de patearnos unas a otras. Pero para que esto suceda, cada uno requiere emprender la enorme tarea de autoaceptación, luego la tarea de no permitir la degradación de nuestra dignidad cultural, social y económica. Desde mi experiencia, asumir ambas actitudes nos da la fuerza necesaria para enfrentar cualquier embate, o para levantarnos de todas nuestras caídas. 

Incluyo una canción de Rubén Blades, data de hace muchos años pero la mentalidad que refleja sigue muy vigente. Invito a escucharla y reflexionar sobre el contenido de su letra. 


NOTA ESPECIAL: Hoy se festeja el día internacional de la mujer. La primera vez que tuve conciencia que existía este día fue en la ex Unión Soviética. Si no mal recuerdo, ese día era de descanso e incluía una celebración especial a las madres. Todas las madres ucranianas recibían flores, tarjetas y detalles. Pasó mucho tiempo para que la mención de la fecha y sus alcances llegaran al grado que hoy tienen, me alegro por ello. Saludos y felicito a todas mis amigas, lectoras, hermanas, primas, sobrinas. Mi deseo es que nos sigamos preparando para la gran responsabilidad cívica y ética que las mujeres tenemos como personas, pues en algún momento de la vida muchas nos convertimos en madres, alimentamos y educamos, invito pues, a educar en respeto y equidad a sus hijos e hijas, que en pocos años serán hombres y mujeres que marcarán el rumbo de sociedades enteras. 

1 de marzo de 2016

Querer ser, querer estar

Por Fabiola Martínez

Una vez alguien compartió conmigo una frase llena de sabiduría: “lo relevante en la vida es la actitud que tomas ante ella”. Eso lo supe hace unos diez años, quizás ocho. Sin embargo hoy que me siento a escribir la entrega del día, recuerdo y pienso en todo lo vivido y me doy cuenta de cuánto hay de cierto y aplicable en la frase.

El inicio del semestre y el cambio de carrera requirieron de mí un nuevo viaje a Moscú, debía realizar algunos movimientos con la agregada cultural de la embajada. Nuevamente Martha y yo aprovechamos la ocasión para organizar un pequeño paseo. Nuevamente los decanos de la Podfak olvidaron solicitarnos una carta de invitación con domicilio de pernocta. Insisto en pensar que esa omisión se debía a que daban por sentado que la embajada nos apoyaba con la estancia. Grave error. Afortunadamente el hogar de la familia Pilshikov ya estaba abierto para nosotras.

Las nevadas de ese año eran abundantes, sobre todo durante las noches, la temperatura permanecía fría pero estable, oscilando entre los menos diez y menos quince bajo cero. Bien abrigadas salimos hacia la estación de trenes con un par de horas de anticipación, el gusto por Moscú nos había movilizado para conocer los horarios fijos de las corridas a la gran capital.

Para los extranjeros, y más para los estudiantes con visa, comprar boletos era un asunto más que sencillo. En la estación había una ventanilla destinada sólo para nosotros, la de Intourist, era cuestión de llegar con tiempo y de tener los papeles listos.

Los viajes eran agradables, nos ofrecían té negro con pan y mantequilla, casi siempre compartíamos camarote con soviéticos, la mayoría de ellos fueron hospitalarios y nos convidaban de sus deliciosos panes con kolbazá. La calefacción era magnífica, las literas eran pequeñas pero todos nos las arreglamos para no caer.

Me gustaba ver por la ventana el paisaje nevado, Martha y yo solíamos pasar largo tiempo llenando nuestros sentidos de ese color blanco que contrastaba con las luces del alumbrado público o de la luna. También disfrutábamos el mezclarnos con nuestros compañeros de camarote y de esforzarnos por responder a sus preguntas sobre nuestra vida o nuestro país.

Una pregunta recurrente era: ¿te gusta nuestro país? Por lo regular contestábamos con un contundente sí, acompañado de una sonrisa de gratitud por la oportunidad de la experiencia. Creo que ese país no sólo me gustaba, ¡me encantaba!, adoraba ver la transformación que me generaba como individuo; adoraba también la confianza que me confería por cada paso logrado. A pesar de tener un dominio de lenguaje aún incipiente, en seis meses ya me movía con la misma naturaleza que se mueve un pez en el agua.

Mis asuntos en la embajada caminaron rápido, incluso recibimos la invitación a un cóctel que ellos organizaban. Los recuerdos me fallan, no sé si celebraban el fin de año o el día de la Constitución, la cosa es que habría fiesta ese día o al día siguiente.

Un número importante de estudiantes radicados en Moscú conocían las fechas fijas de fiestas que organizaba la embajada, nos explicaron también que, en teoría, todos los residentes de la URSS debíamos ser invitados a esas recepciones, pues se hacían, en la mayoría de los casos, para propiciar el reconocimiento mutuo de los mexicanos en el extranjero y conmemorar nuestras fechas patrias; nada más alejado de la realidad, pues lo cierto es que nunca recibí invitación alguna, como tampoco recibí carta alguna preguntando por mi salud, algo que me parecía muy desconsiderado, tomando en cuenta que yo, y muchos, éramos estudiante de intercambio cultural…

¡A la gorra ni quien le corra!, Martha y yo fuimos a la fiesta de la embajada, hubo buena comida, de beber creo que había vino y jugos de frutas, todo era típico de por esos rumbos. Allí nos encontramos con Juan, un estudiante de quinto año residente en Jarkov. Juan siempre tuvo el encanto de ser sociable con todos, incluso con la gente de la embajada, pues era el único con invitaciones fijas y agenda marcada para cada fiesta en Moscú.

Nuevamente Martha y yo caminamos por el centro de Moscú, por la Plaza Roja e incluso recorrimos los famosos almacenes ЦУМ y Gum. Seguro que también visitamos otro de los muchos museos del Kremlin.

Por alguna circunstancia que no recuerdo, nos enteramos que la diferencia en precio de un boleto de tren y uno de avión era poca. Así que decidimos regresar a Jarkov en avión.

¡Cuánta seguridad iba adquiriendo!, me gustaba el país, aprendí a sobrellevar el desabasto de toallas sanitarias y papel de baño, a cambio tenía una vida de aventura segura. Digo segura porque sabía que los soviéticos cuidaban cada paso que dábamos, así que deduje que difícilmente alguien querría hacernos daño.

Me gustaba también la versión de mí que estaba construyendo; meses atrás había tenido mi primer viaje en avión y ahora podía elegir entre un medio de transporte y otro… Mis horizontes y expectativas se ampliaban, al igual que lo hacía mi sentido de libertad y responsabilidad. Pero el aprendizaje apenas iniciaba.

La eficiencia del transporte público de Moscú era apabullante, pues se podía llegar en él al aeropuerto a pesar de la distancia. Estábamos contentas, pues el vuelo sería de unas dos horas máximo, según nuestros cálculos, nos evitaríamos incómoda pernocta en tren. La idea habría sido buena si hubiésemos considerado un ligero inconveniente: el estado del tiempo.

El vuelo comenzó bien, pero en el trayecto el panorama cambió debido a una fuerte nevada que nos impidió aterrizar directamente en Jarkov, por causa del mal tiempo el avión se desvió a otra ciudad, ubicada como a cuarenta minutos de nuestro destino. ¿Por qué no sabía de esto?, me preguntaba mientras lidiaba con un intenso dolor de cabeza, generado quizá por la fuerza de la calefacción, por el cambio tan repentino de altitud o quién sabe por qué rayos.

Si sumamos el tiempo de vuelo, el de desvío, el de espera y el de retorno a Jarkov, el tiempo ahorrado no valió todos los inconvenientes padecidos. Difícil fue nuestra curva de aprendizaje, todo era demasiado bueno para ser real. Aprendí bien mi lección y nunca más volví a buscar un viaje en avión a Moscú, después de todo, nada mejor para dormir que el arrullo del tren en movimiento.

Mi habitación y mi residencia eran mi todo, así que ansiaba llegar al hogar y descansar en mi pequeña cama. A pesar de cualquier inconveniente o dificultad estaba cómoda con mis elecciones, también estaba ávida de vivir ejerciendo esa libertad responsable que me otorgaba el vivir tan lejos de mi familia y país.

Aun cuando la vida continúa poniendo a prueba mi tenacidad, paciencia, inteligencia y perseverancia, todos los días se me presenta la oportunidad de ser y estar de manera íntegra, eso busco hacer cada día, si bien no siempre lo logro, de cada tropiezo o gran dificultad continúo generando valiosos aprendizajes y fortaleciendo mi actitud.

16 de febrero de 2016

Efluvio

Por Fabiola Martínez

Con el dinero enviado por mis padres a través de Martha tomé dos importantes decisiones: Viajar a México en el verano próximo y sacrificar diez dólares para buscar un poco de mi esencia. ¡Grandioso, ya tenía dos grandes proyectos!

Aún en esta época de mi vida, he llegado a cuestionar mi decisión de viajar a México en mis primeras vacaciones de verano en vez de ir a conocer algún país de Europa (todo esto gracias a los auspicios de las ventajas del tipo de cambio en el mercado negro). Elegir México significó contar con la posibilidad de recargar pilas en mi área emocional, responder a la urgencia fundamental de hacerme de ropa a mi medida y todo lo mínimo indispensable para sobrevivir en Jarkov o en cualquier otra ciudad: toallas sanitarias, shampú, desodorante, etcétera.

Claro que mis compañeros de la ex URSS dirán que en Europa pude comprar todo eso, y tendrán razón en su afirmación, pero yo opté por volver a ver la mirada amorosa de mi madre, el calor del hogar... Para el mes de febrero de 1986 el tiempo de verano estaba resuelto.

La ejecución de mi segundo proyecto consistió en buscar mi esencia, paso fundamental en la reconstrucción de mi autoestima y, sobre todo, un recurso urgente a través del cual expresar mi condición femenina: el efluvio de alguna fragancia con la que establecería una relación íntima para continuar la definición de un estilo propio, una manera única de ser mujer. Sí, tal y como lo están leyendo, una importante decisión fue sacrificar diez dólares para ir a una "Berioshka" a comprar un perfume.

Desde mi tierna infancia fui sensible a los aromas, me desagradaba el olor a sucio y viejo, y adoraba el olor a limpio, a flores, a campo y a perfume. Aún en la actualidad, el varón que tiene la capacidad de hacer voltear mi mirada no es el que mejor se ve, sino el que mejor huele.

Berioshka era el nombre que recibían todas las tiendas de la URSS que podían vender artículos propios del llamado "Occidente", vino, jabón, perfumes, carnes frías, joyería fina, ámbar y los muy apreciados abrigos y gorros de piel rusa.

Las opciones de perfumes eran pocas, si las comparamos con las de tiendas departamentales de México como Liverpool, Palacio de Hierro, Sears e incluso Suburbia o cualquier perfumería común y corriente... Así que, considerando mi presupuesto y la oferta, opté por un Chanel No. 5, considerando aquellos milagros infalibles que hizo con Marilyn Monroe.

Mi Chanel y yo establecimos una relación íntima y estrecha desde antes de salir de la Berioshka, no podía estar más feliz, ahora ya contaba con el efluvio que estimularía mis sentidos hasta la última gota. Chanel 5 y yo establecimos una cita puntual cada noche, después de acudir a la ducha, dos o cuatro gotas se acurrucaban en mi cuello y me hacían soñar en la delicia.

En la vida cotidiana dentro de la residencia estudiantil no sólo desarrollé más expresiones de mi femineidad, también advertí las expresiones de mis pares, sobre todo las de las mujeres latinoamericanas. ¡Qué descubrimiento tan maravilloso observar, pertenecer y participar en un mundo tan mágico y misterioso como el femenino!

Una vez que todos o la mayoría superamos los estragos de adaptación al primer invierno ucraniano, descubrí que uno de mis más sorprendentes aprendizajes fue advertir cómo, sin importar el poder adquisitivo o posibilidades de mercado de cada país, mis compañeras colombianas, venezolanas y cubanas, principalmente, ponían especial esmero en su arreglo personal, en todos aquellos sencillos detalles que lograban desviar hacia ellas las miradas de los varones; pero sobre todo, en el cuidado de sus aromas, siempre limpias, siempre olorosas a flores frescas.

Contrario a los aprendizajes que intentaban imponer los recalcitrantes marxistas leninistas de mi escuela preparatoria y de la UAP, Universidad Autónoma de Puebla, los ideales y la politización de la persona no tienen por qué estar peleados con los diversos caminos que tenemos las mujeres para sentirnos y reafirmarnos como tal.

Como suelo decirlo en los libros de texto de mi autoría (compartida con Enrique González Ruelas), una de las primeras expresiones de la diversidad es la que se deriva del ser hombre y el ser mujer, cada persona debe sentirse en libertad de asumirse como uno u otro y expresar su identidad sexual. Sé que, en la historia, muchas mujeres trabajaron duro y hasta desfilaron sin sostén para que yo goce hoy de infinidad de libertades que ni mi madre ni mi abuela tuvieron, se los agradezco infinitamente, no obstante, me resisto a limitarme el gozo de las delicadas fragancias femeninas y del placer de ver y portar tan hermosa lencería.