16 de febrero de 2016

Efluvio

Por Fabiola Martínez

Con el dinero enviado por mis padres a través de Martha tomé dos importantes decisiones: Viajar a México en el verano próximo y sacrificar diez dólares para buscar un poco de mi esencia. ¡Grandioso, ya tenía dos grandes proyectos!

Aún en esta época de mi vida, he llegado a cuestionar mi decisión de viajar a México en mis primeras vacaciones de verano en vez de ir a conocer algún país de Europa (todo esto gracias a los auspicios de las ventajas del tipo de cambio en el mercado negro). Elegir México significó contar con la posibilidad de recargar pilas en mi área emocional, responder a la urgencia fundamental de hacerme de ropa a mi medida y todo lo mínimo indispensable para sobrevivir en Jarkov o en cualquier otra ciudad: toallas sanitarias, shampú, desodorante, etcétera.

Claro que mis compañeros de la ex URSS dirán que en Europa pude comprar todo eso, y tendrán razón en su afirmación, pero yo opté por volver a ver la mirada amorosa de mi madre, el calor del hogar... Para el mes de febrero de 1986 el tiempo de verano estaba resuelto.

La ejecución de mi segundo proyecto consistió en buscar mi esencia, paso fundamental en la reconstrucción de mi autoestima y, sobre todo, un recurso urgente a través del cual expresar mi condición femenina: el efluvio de alguna fragancia con la que establecería una relación íntima para continuar la definición de un estilo propio, una manera única de ser mujer. Sí, tal y como lo están leyendo, una importante decisión fue sacrificar diez dólares para ir a una "Berioshka" a comprar un perfume.

Desde mi tierna infancia fui sensible a los aromas, me desagradaba el olor a sucio y viejo, y adoraba el olor a limpio, a flores, a campo y a perfume. Aún en la actualidad, el varón que tiene la capacidad de hacer voltear mi mirada no es el que mejor se ve, sino el que mejor huele.

Berioshka era el nombre que recibían todas las tiendas de la URSS que podían vender artículos propios del llamado "Occidente", vino, jabón, perfumes, carnes frías, joyería fina, ámbar y los muy apreciados abrigos y gorros de piel rusa.

Las opciones de perfumes eran pocas, si las comparamos con las de tiendas departamentales de México como Liverpool, Palacio de Hierro, Sears e incluso Suburbia o cualquier perfumería común y corriente... Así que, considerando mi presupuesto y la oferta, opté por un Chanel No. 5, considerando aquellos milagros infalibles que hizo con Marilyn Monroe.

Mi Chanel y yo establecimos una relación íntima y estrecha desde antes de salir de la Berioshka, no podía estar más feliz, ahora ya contaba con el efluvio que estimularía mis sentidos hasta la última gota. Chanel 5 y yo establecimos una cita puntual cada noche, después de acudir a la ducha, dos o cuatro gotas se acurrucaban en mi cuello y me hacían soñar en la delicia.

En la vida cotidiana dentro de la residencia estudiantil no sólo desarrollé más expresiones de mi femineidad, también advertí las expresiones de mis pares, sobre todo las de las mujeres latinoamericanas. ¡Qué descubrimiento tan maravilloso observar, pertenecer y participar en un mundo tan mágico y misterioso como el femenino!

Una vez que todos o la mayoría superamos los estragos de adaptación al primer invierno ucraniano, descubrí que uno de mis más sorprendentes aprendizajes fue advertir cómo, sin importar el poder adquisitivo o posibilidades de mercado de cada país, mis compañeras colombianas, venezolanas y cubanas, principalmente, ponían especial esmero en su arreglo personal, en todos aquellos sencillos detalles que lograban desviar hacia ellas las miradas de los varones; pero sobre todo, en el cuidado de sus aromas, siempre limpias, siempre olorosas a flores frescas.

Contrario a los aprendizajes que intentaban imponer los recalcitrantes marxistas leninistas de mi escuela preparatoria y de la UAP, Universidad Autónoma de Puebla, los ideales y la politización de la persona no tienen por qué estar peleados con los diversos caminos que tenemos las mujeres para sentirnos y reafirmarnos como tal.

Como suelo decirlo en los libros de texto de mi autoría (compartida con Enrique González Ruelas), una de las primeras expresiones de la diversidad es la que se deriva del ser hombre y el ser mujer, cada persona debe sentirse en libertad de asumirse como uno u otro y expresar su identidad sexual. Sé que, en la historia, muchas mujeres trabajaron duro y hasta desfilaron sin sostén para que yo goce hoy de infinidad de libertades que ni mi madre ni mi abuela tuvieron, se los agradezco infinitamente, no obstante, me resisto a limitarme el gozo de las delicadas fragancias femeninas y del placer de ver y portar tan hermosa lencería.

9 de febrero de 2016

Todo lo que sube tiene que bajar

Por Fabiola Martínez

Un día de invierno, Martha y yo nos sentimos animadas a salir y disfrutar de la vida cultural que nos ofrecía Jarkov. Teníamos varias opciones, cine, teatro, danza, caminata, museos... Pero optamos por la versión "snob" y decidimos ir a la ópera, además, no era una ópera cualquiera, era alguna de las tantas obras de Giuseppe Verdi, interpretada en Ucraniano. 

Compramos boletos y nos sentamos. Calculo haber estado unos diez minutos dentro del teatro viendo la obra cuando Martha y yo nos miramos y decidimos salir. Lo que hicimos fue una burrada, de principio a fin, y no por causa de la obra, sino por el motivo que nos llevó a ella: "hacernos sentir en importantes umbrales de la alta cultura", ¡qué farsa! 

Desde que mi intelecto se ejercita, lo que más he notado en la conducta humana es una tendencia clara a fingir y aparentar, lo que sea, sobre quien sea y al costo que sea: Me compro "El juguete" jactándome de mi acierto empresarial, aunque no le pague sueldo a mis empleados, juro amor eterno y hago loas para declarar mi amor pero llevo una doble vida como sucede en todo el mundo en infinidad de parejas; le cuento al mundo que mi país es una potencia mundial y en seis años lo desaparezco. 

Y hablando de farsas, la benevolencia de la vida me colocó en el tiempo y lugar históricos desde donde se desmontaría la más grande farsa vivida en el siglo XX, la que en seis años terminó con toda una nación y con la historia de su gente. ¿De qué se trata? El mismo año de mi llegada a la URSS, Mijail Gorvachov fue electo Secretario General del Partido Comunista y también se convirtió en el líder de una de las naciones más poderosas del mundo, al menos en términos de desarrollo armamentista. 

En mis primeros meses de estancia en la URSS, la gran noticia nacional era la juventud de Gorvachov y sus ideas "modernizadoras", además se especulaba sobre las pocas opciones que tenía para poder implementar sus reformas, pues el Comité Central quedaban muchos dirigentes de la llamada "vieja guardia". 

Ya iniciado el año de 1986, los temas sobre las políticas del nuevo líder soviético hicieron más ruido porque debía aprobarse y entrar en vigor del duodécimo Plan Quinquenal de la URSS, con él se delinearían las rutas a seguir para implementar las anheladas reformas. Las especulaciones crecieron, al igual que creció mi interés por la vida política del país donde decidí vivir seis años. ¡Cómo cambió mi vida desde que opté por vivir y no sólo por sobrevivir! Ahora que lo escribo, no puedo evitar pensar en mi buena suerte. 

En la calle y las universidades la gente se animaba a hablar más porque, desde su elección, Gorvachov se dirigía a la Nación para hablarles de la bondad de la "ускорение" (aceleración) de la economía soviética. Las charlas se tornaban cada vez más audaces, claro, dentro del entorno de la ligerísima apertura en lo referente a la libertad de expresión. Unos cifraban todas sus esperanzas en el joven líder, otros, aunque aceptaban la necesidad de cambios, veían con "sospechosismo" la llegada al poder de un joven, que fue precedida por dos decesos, el de Andropov y el de Chernenko, ¿acaso podía pensarse que la muerte de ambos fue parte del montaje de la farsa?, sí, no, tal vez, no lo sé. Los más versados criticaban las reformas de Gorvachov por la falta de un plan y de estrategias definidas, claras y que contemplaran la complejidad del sistema soviético, decían que las reformas pretendían pulir una cosa, tapar una mancha, limpiar un poco, pero no proponían nada profundo. 

El tema de la ускорение, que más tarde pasaría a la historia como perestroika, es el principio del fin de una nación, esto que relato es apenas un preámbulo de todo lo que viví. Aún hoy tengo más dudas que respuestas sobre ese tema, sin embargo, desde mi experiencia construí una certeza; lo que Gorvachov propuso como motor de sus reformas, ya fuera adecuado o inadecuado, tenía que caer, ¿por qué?, porque fue implementado a partir de la arrogancia y de la prepotencia de todo un sistema político que se pensó intocable e indestructible. 

Hoy, algunos especialistas rusos comentan que los gobiernos de los Estados Unidos fueron pacientes y trabajaron con cautela y tenacidad para cosechar esa destrucción, se dice también que sabían que para destruir a su enemigo sólo había dos maneras, atacarlo militarmente hasta acabarlo o esperar a que las incongruencias y fisuras al interior del gobierno hicieran lo propio y lo destruyeran, sin soltar una bala. 

Está visto que la prepotencia acaba a cualquiera, hasta al más poderoso, nada es eterno, nada. Creo que quienes ignoran este hecho son los prepotentes, los que piensan que el destino nunca los alcanzará. Así se vive ahora en mi país desde el año 2006 hasta el día de hoy,  pues a los gobiernos se les desbarata la Nación en las manos y piensan que no nos damos cuenta, que nos pueden engañar. 

Así sucede con Carlos Slim, que pensó reinar eternamente el imperio de las telecomunicaciones en México y hoy, ya tiene menos tres clientes y sumando (una de ellas soy yo). Así pasa con las personas físicas y morales que hoy, sabiendo que reiteradamente atropellan mis derechos constitucionales y humanos continúan actuando como si en verdad fueran los rectores de mi destino, grave error, porque sé que antes, sus contradicciones y fisuras internas ya los están acabando, como sucedió en la URSS y en el llamado bloque socialista, como sucede en Francia, España y cientos de ejemplos emblemáticos más. 

Sí, todo lo que sube tiene que bajar, ley fundamental de la gravedad, lo único que requiero es paciencia para ver caer lo que deba caer. 

2 de febrero de 2016

México, ¿creo en ti?

Por Fabiola Martínez 

En este viaje introspectivo ha sido un aprendizaje extraordinario, un orgulloso recuento del ejercicio de mi libertad, de mi vida y de mi México. 

Toda mi educación básica, y particularmente cuando cursé la escuela primaria, tuve el privilegio de estar en un plantel de primer nivel gracias al Maestro Cándido Reyes Alegre, director de mi escuela por décadas. El nivel de exigencia de ese directivo llevaba a los maestros a la excelencia (en el contexto de nuestro pueblo) 

Mientras recuerdo, viene a mí ese sentimiento de orgullo por el Huapango, de Moncayo, el aprecio por los trabajos artesanales de la Sierra Norte de Puebla, por vivir en una comunidad escolar efectivamente laica, sin pretensiones más allá de asegurarse de que sus egresados aprendieran lo básico. Vienen también los gratos recuerdos de ese plantel, donde aprendí a sentir orgullo por mi entidad, ese maestro fue el primero que me hizo sentir valiosa por mi género y me alentó a continuar en el equipo de ajedrez haciéndome llegar a competencias estatales. 

Todos esos sentimientos los llevé tatuados al salir del pueblo para ir al otro lado mundo. A mis diecinueve años ingenuamente pensaba que esos mismos sentires eran llevados por otros latinos, así, sin más, hasta que topé con la verdad; hablando de esto y aquello con  mis amigos panameños, mientras contemplábamos la nieve desde la ventana, ellos recordaban con nostalgia sus clases de religión. 

¿Cómo?, ¿religión?, eso no es correcto—, cuestioné su recuerdo considerando sólo mis paradigmas. 
—¿Para ustedes no es obligatorio?
—No—, y ahí me solté dando mi explicación del por qué en México la educación era laica, gratuita y obligatoria. 

Creo que mi orgullosa lección sobre México llamó la atención de otros latinos, chilenos, colombianos y salvadoreños para ser más específicos. Los chilenos contaron, además del dolor causado por la dictadura de Pinochet y de la migración forzada, que en su país estaba prohibido el divorcio... ¿cómo?, sentí un bofetón. Los salvadoreños hablaron de cómo su vida se había trastocado por la violencia de la guerrilla y la intervención (directa o indirecta) de los Estados Unidos, los colombianos estaban viviendo los horrores causados por el crecimiento del crimen organizado y las reiteradas violaciones a su dignidad personal, al pasar por cualquier aduana y migración. 

Me sentí afortunada y aliviada de haber nacido en México, de recordar que mi país fue el primer territorio que tuvo la primera imprenta de toda América, que tuvimos una universidad, la Real y Pontificia Universidad de México, casi doscientos años antes que los Estados Unidos, que tuvimos y teníamos grandes pintores, escritores, poetas... 

Un día, caminando todavía bajo los influjos de ese orgullo nacional, pasé por un puesto de periódicos y tomé conciencia de que, en ese enorme país, la URSS, sólo circulaban dos diarios, pronto asocié esa nueva noción del estado de las cosas a las protestas por la libertad de expresión y de prensa en México, y me decía: ¡Si los mexicanos vieran lo que estoy mirando, se darían cuenta de que tenemos más caminos y alternativas que otros! 

Continué mi camino recordando los tiempos y contexto de la fundación de nuestra Escuela Nacional Preparatoria y de los alcances del Ateneo de la Juventud Mexicana. ¡Cuán rico era México!, esa dignidad se fortaleció cuando vino a mi mente la imagen de las protestas a favor de la libertad de prensa y de expresión, también al recordar las imágenes a favor del movimiento de las Panteras Negras en las olímpicos de 1968. 

No sé si ese tiempo fue mejor o peor que el que vivimos ahora, no sé si avanzamos o retrocedimos, pues hoy viví uno de esos días en que resulta imposible pensar vivir en democracia. Lo que sí sé ahora, con claridad, es que esa vivencia de orgullo que estaba estimulada por los aprendizajes de la escuela, surgió por el sentido de libertad y autonomía personal que comencé a vivir. En poco tiempo tuve claro que, antes de decir ¡México, creo en ti!, lo primero que debo hacer es creer en mí. Ese ha sido uno de los mejores regalos que le he dado a Fabiola. Ese es el regalo y bastión más importante de mi vida aquí y ahora, tal como lo fue en aquel entonces. 

Gracias al ejercicio constante de mi conciencia, gracias a Dios, ese momento de orgullo nacional no me separó de mis amigos latinoamericanos, al contrario y aún más, tomé conciencia de que cada ser humano es él y sus circunstancias, tomé conciencia de que ellas no hacen menoscabo de la calidad humana de los individuos, tan únicos e irrepetibles como somos. 

Vivir la vida con autonomía nos diferencia de quienes viven sangrando a los demás, de quienes han sustentado toda su vida no por lo que emprenden, sino por lo que arrancan con descaro, alevosía y ventaja.  A pesar de lo difícil que pueda tornarse vivir y hasta sobrevivir, nunca dejaré de creer en mí y en lo que puedo lograr. He avanzado mucho, y voy por más, hasta el último aliento de mi vida, sólo así podré morir como desde esos despertares he vivido, "plantando cara al mundo y a mis enemigos". 


¡México, creo en mí!

26 de enero de 2016

"El hombre es tantas veces hombre cuanto es el número de lenguas que ha aprendido" (Carlos I)

Por Fabiola Martínez


En una habitación anterior a la nuestra vivían dos soviéticas, una de ellas muy alta, rubia y de piernas largas, y dos chicas provenientes de Chipre. ¿Cuántas asuntos y temas todavía me quedaba por aprender?, siempre me jacté de saber de memoria las capitales del mundo, de América y de las entidades federativas pero, ya estando en la beca, me percaté de que la noción de "capitales del mundo" que tenían en mi escuela primaria, se limitaba a los países de Europa, el resto del mundo carecía de importancia, ¡ouch! Por si fuera poco, dentro de esa enseñanza geográfica Chipre y su capital no estaban incluidos. Así las deficiencias de nuestro bello sistema educativo. 

La libertad que me otorgué sumada a la que me daban las tardes del frío invierno me llevaron a socializar, algo que no había hecho antes. Fue en ese lapso que conocí a la bella, alegre, sociable e inteligente chipriota. Menciono esta lista de calificativos porque siendo mi vecina no me di la oportunidad de conocerla, yo pensé romper el hielo practicando mi ruso, que mejoraba día con día. 


En cuanto inicié mi charla me di cuenta que esta chica dominaba el español como una nativa, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué?, la respuesta era más simple de lo que imaginé, ella era muy amiga de mi amigo colombiano Steven y aprendió español de él. ¡Ajá!, pero, ¿cuántas neuronas más debía tener para hablar español sin acento, además de estar muy avanzada en ruso?


Ya en mi edad madura supe, que no fue fundamental la cantidad de neuronas que tenía en función, sino las barreras que ella nunca se impuso a sí misma. Ella sí tenía desarrolladas otras aptitudes, pero el aprendizaje de un idioma así, sólo por el trato entre amigos, sucede por voluntad de conocer al mundo, al otro (o como dijera Octavio Paz, a la otredad). 

Si lo que les conté había llamado envidiosamente mi atención, lo que les voy a contar rebasa todo lo dicho. Resulta que, al final del pasillo de mi piso, cerca de la cocina, vivía una chica de origen marroquí, a la que escuchaba interactuar ya fuera en ruso, ya en árabe o en marroquí, así le llamábamos al idioma que hablaban los nativos de ese país, se parecía al árabe pero no en todo. También la escuché hablar con los africanos en francés y no me sorprendió tanto, sabía que en Marruecos hablaban francés porque otros árabes me contaron que había sido colonia de ese país. 

Un día, hablando en español con la chipriota en la cocina, se acercó la chica marroquí y se unió a la charla en un nítido, transparente, comprensible y armonioso español. Mis ojos se salieron de sus órbitas, 

¿Cómo es que sabes español?, ¿acaso no eres marroquí?
—Lo soy, pero de la parte española—, ¿en qué momento entró España a este momento de la historia?, me pregunté.
—No te entiendo.
—España tuvo una colonia en nuestro país y algunos protectorados, sobre todo al norte, cerca del estrecho, España y Francia estuvieron muchos años en disputa.— ¿Cómo es que no sabía algo tan importante siendo una persona con nivel medio concluido?
—¿Pero cómo es que hablas tan bien español?
—De donde vengo todos hablan español y marroquí, estamos acostumbrados. 


Ya en mi relación con los africanos y árabes supe que a ellos les era natural dominar otros idiomas porque nunca dejaron su lengua nativa cuando fueron fuertemente colonizados o recolonizados antes de la Primera y Segunda Guerra Mundiales. Lo vi como una manera de defender su dignidad o resguardar su originalidad ante las jaurías que les cayeron encima para arrebatar su riqueza natural. 

Era un reto más a vencer, yo debía poder con el ruso, y lo haría de la mejor manera... El único obstáculo era yo y estaba dispuesta a quitarlo, aunque no fue fácil dejar a un lado esa mentalidad "victimosa", de "fatalidad" con la que hemos sido educados la mayoría de los mexicanos, esto no aplica al de derecha o al de izquierda, ambos bandos estaban y están igual. 

Yo hice lo mío, continué empeñándome y logré avances sustanciosos. Me hice más cercana a las soviéticas, salí más de paseo y, sobre todo, me mimeticé con la gente de a pie, como me dijo mi tío Eduardo Zaldivar. 

Y , como dice el título de esta entrega, la persona es tantas veces persona cuanto es el número de idiomas que habla, ¿por qué?, porque el idioma no sólo sirve para ir de shopping al Paso Texas o a Francia (sólo para aludir a la gente con más posibilidades, vuelos o ínfulas); sirve sobre todo, para comprender una cultura, idiosincracia, sueños, anhelos, historias nacionales y personales, formas de comprender al mundo totalmente diferente al que estamos acostumbrados. Si alguien como yo tiene la suerte de vivir y comprender esto habrá logrado algo de lo que sentencia la frase de este título; pues entregarse a las bellezas y sorpresas de otras culturas, cada persona, sin dejar de ser quien es, se adentra a un mundo fuera de las interpretaciones de nuestro modo de ser, que tendemos a decretar como el único válido y bueno. Tampoco piensa en cambiarlo ni adaptarlo a sí caminando por la vida con un sombrero de charro por Moscú o turisteando en Chichen Itzá esperando hallar un MacDonals o Starbucks para alimentarse. 

Y como dijo Violeta Parra, "gracias a la vida, que me ha dado tanto", me di la oportunidad de sumergirme sin límites en esa hermosa cultura soviético ucraniana que, al día de hoy, sueño, recuerdo y añoro. 

Nota final, dedicada con respeto, admiración y cariño al Licenciado David Vega Osorio. Aprender español mexicanizado, es saber que al apelar al estado de derecho y a la justicia implica considerar lentitud infinita; y que al traducir ambos términos se habla de paciencia, fortaleza, integridad, compromiso ético con el centro del ser de cada individuo, pero sobre todo de confianza plena en quienes nos defienden. Sí, la justicia es lenta, pero llega, siempre llega. Mientras lo espero, he compartido en mi muro de facebook los avances de un asunto que me ocupa, el otro asunto que tengo pendiente comenzará a ver la luz, si no es inconveniente para ustedes, les pido pensamientos positivos en pro de la justicia, pensamientos positivos para mí y mi familia. Siempre he estado segura que las buenas personas somos más, por favor, regálenme un segundo de cada día para desearme buena fortuna. 


13 de enero de 2016

De sanciones, sensaciones y sensualidades

Por Fabiola Martínez

Hace poco más de quince años leí un excelente libro de Erich Fromm, "El miedo a la libertad". Su lectura fue reveladora en muchos sentidos, no sólo por los excelentes planteamientos, también porque con su contenido pude dar forma a tantos y tantos aprendizajes que adquirí durante mi estancia en la URSS, sobre todo aquellos de los que fui consciente desde que elegí ser autónoma y hacerme responsable de mí.

En mi nuevo semestre me di cuenta de cómo en México somos un país que prepondera las formas y no el fondo. Esto viene a colación por mi continuo aprendizaje sobre la expresión corporal a través del baile luego de observar a los compañeros de todos los continentes. 

En invierno, con las muchas tardes de frío y nieve, las visitas entre latinos fue uno de tantos recursos para combatir el aburrimiento, Steven y Jairo se tomaban el tiempo para visitarnos y conversar, con su trato me di cuenta de lo adorables y galantes que son los colombianos, nada que ver con las ñoñerías del mexicano. No había códigos que descifrar, si ellos querían de una mujer noviazgo o sexo, no había que pasarse meses enteros intentando entender "qué quiso decir el pretendiente en cuestión", caballerosamente estos latinos decían lo que sentían y listo. Lo mismo ocurría con los dominicanos, venezolanos y panameños. 

Todo era claro, las cosas se llamaban por su nombre, el baile era baile, el amor era amor o desamor, el sexo era sexo y punto. Su cercanía de Steve, de los panas y dominicanos fue una de las mejores escuelas, yo, como mexicana de la provincia poblana, no debía romperme el cerebro interpretando nada, si quería aprender a bailar eso hacía y punto, eso hice. 

Y bueno, siendo amante de los ritmos latinos, me entregué a aprenderlos, aunque me llevó un tiempo creo que logré la meta a un nivel más que suficiente. En esa etapa de aprendizaje mi amigo colombiano cobró especial relevancia en mi vida, él tuvo la paciencia de enseñarme a bailar un poco de salsa y vallenato luego de haber sentido la urgencia del arrobo causado por el ritmo de Oscar de León y su Mata Sihuaraya, que me compartieron las cubanas durante las vacaciones. 

Entre un baile y otro, entre un ritmo y otro, me di cuenta de cuánta sensualidad reprimida teníamos los mexicanos. En mi experiencia, aprendí también que la vida íntima o sexual de todos y cada uno de los habitantes de la residencia era un asunto que pasaba a segundo plano, lo importante era la expresión sensual en toda nuestra vida, sin cabida para formas, la cuestión era clara y de fondo, sin descubrir nuestra propia sensualidad y sin la capacidad para expresarla en cada ámbito de nuestra vida, perdemos parte relevante de nuestra esencia, como latinos y como humanos. 

En mi humilde opinión, los mexicanos, de tanto mirar hacia el "Norte" y asimilar sus formas y modos como la mejor aspiración que podemos tener, dejamos de ver hacia nuestro interior, dejamos de sentir y escuchar a nuestro cuerpo, dejamos de disfrutar nuestra propia música; en cambio, lo que recuerdo, es un constante juicio morboso a la prácticas del baile de esos sensuales ritmos caribeños.

Cierro esta primera parte de mi reflexión con una cita del libro de Fromm: 


[...] Dentro de nuestra cultura, sin embargo, la educación conduce con demasiada frecuencia a la eliminación de la espontaneidad y a la sustitución de los actos psíquicos originales por emociones, pensamientos y deseos impuestos desde afuera. (Por original no quiero significar, como ya se ha señalado, que una idea no haya sido pensada antes por algún otro, sino que se origina en el individuo, que es el resultado de su propia actividad y que en este sentido representa su pensamiento.) Para elegir un ejemplo al azar, una de las formas más tempranas de represión de sentimientos se refiere a la hostilidad y la aversión. [...]