21 de julio de 2015

La trascendencia de México y de lo "mexicano

Por Fabiola Martínez Díaz

En las primeras lecciones de ruso, debíamos aprender a presentarnos por nuestro nombre y país de procedencia. Nunca imaginé cuánto aprendería sobre mi país y de la relación hacia él al enunciar la frase "soy de México". 

La primera experiencia que tuve fue durante el terremoto de 1985, que dañó sensiblemente a la ciudad de México. Me enteré de este temblor porque una soviética llegó a la habitación 74 y se llevó a mis compañeras Lila y Natasha hacia su habitación, donde había televisor. Creo que Martha y yo estábamos en la cocina comunitaria intentando prepararnos algo de comer porque tenía poco de haber llegamos de la universidad. 

Lila y Natasha fueron por nosotros y nos llevaron al cuarto de su amiga, diciendo algo así como: esto está sucediendo en México. Todas las chicas tenían la cara descompuesta, estaban consternadas tanto por lo que la televisión mostraba como por el temor de la reacción que fuéramos a tener. 

El impacto de ver derrumbados lugares relativamente conocidos fue grande, sentí un vacío en el estómago, pero honestamente no pasó a más porque me dije a mí misma que, al vivir en fuera del Distrito Federal, mi familia estaba a salvo, digamos que la negación me sirvió de mucho. Martha sí estaba aterrada, así que preguntó cómo podía comunicarse por teléfono a México. 

Fuimos a la oficina de correo y caseta telefónica que estaba en la avenida Lenin casi esquina con Otakara Yarosha, una de las soviéticas nos escribió en un papel cómo debíamos pedir la conferencia a México, así que pronto la operadora intentó el enlace. 

-Las comunicaciones con México están cortadas y no hay fecha para su restablecimiento

Martha empezó a tener crisis de ansiedad, lo más que logramos esa tarde fue establecer comunicación con la embajada de México en Moscú. A Martha le pidieron el número telefónico de su familia para intentar localizarla, ya en ese trámite, yo también pedí saber de mi familia y le di a la chica de la embajada el número telefónico de la maestra Delia, una amiga muy querida de mi madre. Mi egoísmo juvenil hizo que en el fondo me sintiera aliviada, porque una llamada telefónica a México nos habría costado la mitad del mes de estipendio y yo ya no quería volver a pasar hambre, ¡vaya mentalidad la mía!

Y así nada más, nosotros seguimos enviando cartas y esperando tener respuesta, las cartas solían demorar entre quince y veinte días pero, por el terremoto, la comunicación se volvió un caos. Sólo restaba esperar y no dejar de pensar que todo estaba bien, afortunadamente así fue para ambas.

México estaba en la mente de los soviéticos no sólo por el impacto del terremoto, también por la proximidad de la Copa Mundial de Futbol, que sería en nuestro país en 1986. Ellos pensaban que tenían grandes posibilidades de calificar y les ilusionaba, pero a mí me daba lo mismo, nunca he sido aficionada a ese deporte ni partidaria de una celebración tan llena de derroche. En fin, el mundo es como es y no como yo quisiera...

En una ocasión, camino a la universidad, dentro del trolebús Martha y yo practicábamos el deporte nacional más popular: quejarnos y hablar mal de los demás, en nuestro caso de la cultura soviética y de su gente. Como parte de la petulancia que las personas solemos practicar al sentirnos extranjeros, supusimos que nadie se daría cuenta pero... ¡tómala!, una persona de mediana edad nos entendió perfectamente y nos contestó en español, poniéndonos en nuestro sitio de una forma muy decente. 

Nunca más volví menospreciar el conocimiento que otros puedan tener de mi idioma materno y aprendí a tener cuidado de mis ideas preconcebidas a la ligera. Poco después, esta lección me sirvió para hacer oídos sordos ante palabras necias, lo digo por las repetidas preguntas que me hacían los soviéticos en el transporte público y en todas partes: 
¿En México hay muchos cactus?
¿Ustedes usan sombrero y pistola?
¿Todavía se transportan en burro?
¿Verdad que son tan pobres que nosotros tenemos que pagarles su educación? 
¿Todavía se mueren de hambre?

Mi sentimiento relacionado a lo que otros consideraban "mexicano", no siempre fue indiferente o negativo (aunque la verdad duele porque todavía hay gente que muere de hambre). En ese cotidiano ir y venir a la universidad, encontré gente que al saberme mexicana, comenzaba a hablarme de lo que conocían o leían sobre nuestro país, con gran asombro me di cuenta que muchas personas se sentían atraídas hacia la cultura Maya y las zonas arqueológicas del país. A esos soviéticos se les iluminaba la mirada al pensar en la posibilidad de visitar nuestras pirámides, como se me iluminan a mí cuando pienso en que algún día conoceré las pirámides de Egipto. 

Hubo numerosas ocasiones en que me los soviéticos me preguntaron sobre la cultura Maya y yo no sabía qué contestar, pues desconocía el tema y me sentí avergonzada de no apreciar el mosaico cultural que conforma a mi país. También había personas que conocían la historia de Maximiliano de Habsburgo y lo consideraban una víctima. Creo que a partir de allí comencé a preguntarme: Fabiola, ¿y es así como dices amar a México?

Desde hace años y hasta, hoy sigo cultivando mi amor por México y el saber sobre él, sobre sus culturas, historia y patrimonio cultural y natural, pero sobre todo, al saber del éxito y logros de su maravillosa gente. 

Las grandes lecciones que aprendí luego de vivir en el extranjero durante ocho años han sido el fortalecimiento de mi identidad personal y nacional, el orgullo de pertenecer a un país de tan invaluable riqueza natural y cultural y la importancia de saberme y reconocerme como mexicana. 

La situación que hoy vivimos como país es lamentable, triste y dolorosa, a veces vergonzosa, sí.  Pero conozco a gente de gran valía y el saber de su existencia y entereza me da esperanzas; me hace apostar por construir un mejor porvenir, aunque justo ahora en ello esté dejando el alma. 

En la entrega pasada me hice una pregunta importante, ¿en qué momento dejé de creer en mí?, ahora que comencé el camino hacia el auto reconocimiento, siento recuperada mi integridad y esa vitalidad que me impulsa a seguir adelante. Tengo la convicción de que, lo peor que me puede pasar es detenerme y perder mi dignidad. 

Quizá en México muchos nos hemos perdido o dejamos de creer en nosotros y por eso llegamos hasta este punto, o simplemente no dejamos de ver más allá de nuestra nariz pensando que el destino no nos alcanzará, pero ya nos ha rebasado por mucho. Mi invitación constante para todos es y será no ceder el poder a nadie que quiera denigrar nuestra integridad como personas y como país. Una opción es ser y conducirnos como seres de luz, personas íntegras y de palabra, por mí y por mi hijo, vale la pena intentarlo. 



14 de julio de 2015

“La única patria que tiene el hombre es su infancia” * (Parte 1)

[*Frase de Rainer María Rilke]

A todas las niñas y niños de mi vida

Hace pocos meses, las inevitables “vueltas de tuerca” de la vida, me llevaron a sentir la imperiosa necesidad de saber en qué momento dejé de creer en mí y de reconocerme valiente, digna, decidida, poderosa y audaz.

Esta fotografía es testimonio de una vivencia sin parangón: El día que conocí el mar. Poco importaban los motivos que incitaron a mi padre a realizar este viaje con nosotros, nada hay mejor en la vida, que la capacidad de asombro de mi niñez...

[...] Crucé por la niñez imitando a mi hermano. Descerrajando el viento y apedreando al sol [...]

¿Qué relación guardan mi niñez y mis vivencias en la URSS? En uno de aquellos momentos llenos de incertidumbre, Martha y yo llegamos a la residencia estudiantil, dejamos nuestras libretas y salimos a caminar para mitigar nuestras tristezas. De hecho ya habíamos elegido el lugar ideal, un enorme parque boscoso cercano al que se podía entrar desde la Avenida Lenin y la calle Otakara Yarosha.

Apenas comenzamos a caminar bosque adentro, la naturaleza obró maravillas; llenas de asombro Martha y yo nos deteníamos a observar los árboles, sus hojas, los rayos del sol que se colaban entre las ramas… Absortas en nuestros descubrimientos, no nos dimos cuenta que cuatro niños nos observaban. Tal vez por ser extranjeras o quizá por habernos permitido dejar de actuar como adultas jóvenes, los niños se nos acercaron, nos tomaron de la mano y nos empezaron a enseñar la belleza de la forma que tenían las hojas que recogían del piso.

Con una paciencia que todavía me conmueve, recuerdo cómo esos niños también nos enseñaban nuevas palabras y se aseguraban de que comprendíamos lo que nos compartían: los nombres de los picos de las hojas, la tierra, los árboles… De pronto éramos seis amigos caminando entre la naturaleza, observando y disfrutando todo lo que había alrededor, nos sentimos tan compenetrados que incluso nos enseñaron su lugar preferido del parque, un secreto que todo niño guarda celosamente ante un adulto.

Aun cuando mis avances con el ruso ya me permitían comunicación elemental, la inocencia y la inexistencia de prejuicios en los niños, propiciaron en mí la confianza suficiente para soltar mis miedos y buscar el apoyo de otras formas de comunicación, de tal manera que, de pronto, se convirtieron en mis “amiguitos” del parque, a quienes al calor de la emoción que surge por conocer a un buen amigo, los invitamos a nuestro lugar de residencia.

Google Earth me permitió encontrar al parque que menciono en mi narración.
Juntos caminamos a nuestra residencia de la calle Otakara Yarosha, apenas llegamos, Martha y yo comenzamos a mostrarles nuestro “hogar” con entusiasmo. Los ojos de los niños se transformaban a cada paso ante tantas personas de diferentes países, apenas abrimos la puerta de nuestra habitación, Lila y Natasha saltaron de la silla, con una cara transformada por el enojo, regañaron a los pequeños diciéndoles que no debían estar allí, que no debían hablar con extraños, luego se aseguraron de que se marcharan a su casa.

Lejos de comprender la insolencia que Martha y yo cometimos, nos enfadamos por la reacción de nuestras compañeras soviéticas calificándolas de paranoicas, que quienes veníamos de países capitalistas ni éramos malos, ni estábamos con la CIA.

Lo cierto es que Lila y Natasha hicieron lo correcto y protegieron a cuatro inocentes no sólo de vivenciar el choque cultural de mi residencia estudiantil, también los protegieron de todo riesgo que implicaba entrar a un edificio lleno hombres y mujeres, seres humanos diversos con prácticas sexuales que podrían poner en riesgo la integridad de esos niños.  

Nunca más volvimos a ver a nuestros “amigos del parque” a pesar de que regresamos al lugar en dos ocasiones seguidas. Hoy que tengo conciencia de los hechos, sólo puedo decir que llevo a esos niños en mi corazón y que los recuerdo como parte de las pocas personas me han tomado de la mano dándome seguridad, con desinterés y franqueza, para compartir los detalles de la vida. Esos niños contribuyeron a superar mis nostalgias y preocupaciones; por ello forman parte de los recuerdos que han logrado acercarme a la esencia de mi “ser”.

Luego de realizar innumerables actividades de reflexión e introspección positiva y con la ayuda que me otorga la escritura de este blog, me fue posible hacer la primera pregunta correcta: ¿en qué momento perdí a la verdadera Fabiola? La que nunca dejó de intentar, repetidamente, lo que parecía imposible, aquella Fabiola con capacidad de asombro, la que controlaba a una pandilla de cinco niños, la que los conducía a hacer expediciones al río, la que se arañó el torso por no soltarse de un árbol de tejocote, la que se atrevía a brincar las bardas para ir por la pelota “volada”, la que jugaba fútbol con vestido (y short, pues primero muerta que sencilla), la que se enojaba con su primo por ser tan llorón, la que, siendo pequeña y menuda lograba sacar lo mejor de la piñata de Navidad a pesar de enfrentarse al enorme tamaño de su prima…

La segunda pregunta correcta es, ¿qué parte de la vida de Fabiola niña requiero soltar y cuál retener?, sin duda, aquella parte dulce, valiente y audaz que alguna vez tuve y que debí proteger con una gruesa coraza ante el dolor de mis circunstancias de vida, como creo que sucede con la mayoría de los niños.

También reconozco que, durante un tiempo, “esa Fabiola” se difuminó porque no tuvo los recursos emocionales necesarios para sobrellevar el pasar inadvertida por su padre, por las consecuencias de las adicciones familiares, de la violencia verbal y física de su hermano mayor; situaciones muy comunes en la vida cotidiana de las familias mexicanas. 

Los niños son fuertes porque sobreviven a innumerables embates de la vida, unos se quedan con más heridas que otros, pero al final de cuentas su vida continúa. Quizá de este reconocimiento nació mi marcado interés por aportar un granito de arena para crear conciencia sobre los embarazos no planeados, la responsabilidad de traer nuevas vidas al mundo y, sobre todo, por resaltar la importancia de vivir a plenitud y responsabilidad, cada una de las etapas de la vida. Pues así como fuimos niños, en un pestañeo o en menos de un instante, nos convertimos en padres y comenzamos a definir el rumbo de otras vidas que dependen de nosotros, con toda la responsabilidad que ello implica, ya sea por estar presentes o ausentes.

Cuando comencé a escribí con mi coautor el primer libro de Formación Cívica y Ética, allá por 1998, hicimos un gran trabajo por arriesgarnos a abordar temas relacionados con la sexualidad humana y el desarrollo adolescente, que no estaban contemplados en el programa del nivel secundaria, creo que sólo Susan Pick hizo una propuesta en un tenor similar. 


La razón inconsciente que subyacía en esa decisión, obedeció a la urgencia de dar herramientas a los jóvenes para vivir ese proceso de vida a plenitud. El trabajo de mejora personal no termina, continúo haciendo lo necesario para sacar la mejor versión de esa Fabiola de la infancia, no ha sido sencillo pero me alegra tener logros. 





30 de junio de 2015

Y es que en el mundo traidor nada hay verdad ni mentira…*

A lo largo de años he tenido la fortuna de contar con la deferencia de la buena conversación de mis médicos, gente sensata no sólo por su especialidad y experiencia, también por la humildad que adquirieron a través del trato humano hacia sus pacientes. Alguna vez alguno me explicó que, si no hay una crisis depresiva severa, en un día las personas podemos experimentar momentos de alegría, tristeza, buen humor, etcétera.

Yo no fui la excepción. Ante la noticia del error en la asignación de mi carrera, busqué conversar con todas las personas que me fuera posible. ¿La razón?, porque al contar el suceso una y otra vez, además de verbalizar los hechos, me escuchaba y eso ayudaba a desenmarañar mis pensamientos; también porque se enriquecían mis perspectivas de la situación al conversar con personas más experimentadas en la vida académica de la URSS.

Quien sí tuvo que aguantar vara*, como decimos en México, fue Martha, ¡mis respetos para ella!, sobrellevaba mi perorata de camino a la escuela, en la habitación, a la hora de la comida e incluso antes, durante y después de lavar la ropa.

Mi residencia estudiantil se dividía en dos alas, la de mujeres y la de hombres. Al final de cada largo pasillo se encontraban los sanitarios (a la derecha), la cocina y los lavamanos o lavabos (a la izquierda).

No había lavadero ni lavadora, debíamos lavar a mano en el área de lavabos, por eso pronto nos acostumbramos a llevar la ropa en palanganas… ¡Toda una odisea para mí!, persona de familia pobre, sí, pero acostumbrada a tallar en el lujo del lavadero, a usar una lavadora redonda que exprimía con rodillos y a tender al sol la ropa.

Íbamos Martha y yo camino a los lavabos hablando más de lo mismo, cuando nos percatamos de que en la cocina había un grupo mixto de personas que hablaban algo parecido al español. Su conversación era en tono muy alto, pensamos que peleaban pero no fue así, por ello pusimos más atención en lo que decían, ¡por fin algo distrajo mis obsesivas preocupaciones!

Tratar de descifrar el país de origen de quienes conversaban a gritos, se volvió un reto para nosotras. Estábamos en una verdadera encrucijada porque aunque lográbamos distinguir una que otra palabra en algo parecido al español, luego alguien decía otra frase que definitivamente nos llevaba a pensar que podía tratarse de algún dialecto derivado del portugués.

Los de la cocina no tenían apariencia de árabes, tampoco de africanos, más bien parecían latinoamericanos pero ni Martha ni yo podíamos afirmarlo porque no entendíamos nada. Es más, terminando de lavar nos quedamos recargadas en la amplia ventana del pasillo para escuchar con más atención. Entonces logramos distinguir un mayor número de palabras en español.

Como la intriga me consumía, aproveché que una de las chicas salió de la cocina y le dije:

—¿Hablas español?
—Sí.
—¿De qué país eres?
—De Cuba chica.
—¡Y tú eres de México!
—¿Cómo lo sabes?
—Por el cantadito, son inconfundibles por el cantadito.

Primero, a Martha y a mí se nos cayó la quijada por la sorpresa, jamás nos cruzó por la mente que los cubanos hablaran así, pues al menos yo por muchos años escuché el programa de radio llamado La tremenda corte, con el legendario Trespatines, y esto que vivíamos, además de no entenderlo, lo superaba por mucho… Después nos dio un ataque de risa por las elucubraciones que Martha y yo hicimos, así que acabamos entablando una amable conversación con esa cubana.

Mi memoria ya no recuerda con claridad el rostro como para afirmar el hecho, pero la intuición me indica que “la chica” era mi entrañable amiga Alina o en su defecto Diana, no menos entrañable. Para que Alina (o Diana) no pensaran mal de nuestra reacción, le contamos lo que vimos y los motivos que nos llevaron a acercarnos a ella. La mujer no paraba de reír y gritó hacia la cocina…

Con mis amigas cubanas, en la residencia de descanso invernal.
—¡Caballeros vengan acá y oigan este cuento!

Todos los cubanos se divirtieron con la historia. Los varones nos contaron que iban a tener contacto con nosotras porque cocinarían con las chicas, creo que más bien se pegaron como lapas a las chicas para garantizar los primeros días de sobrevivencia. Con el paso del tiempo el grupo se organizó de otras maneras, eso sí, nunca dejaron de hablar a gritos, como si discutieran.

De los cubanos me impresionó la manera tan rápida de adquirir utensilios para cocinar, además estaban preparando arroz blanco y creo, carne molida, o papas… Sentimos envidia porque el aroma se nos hizo familiar a la sazón de casa… ¡y yo que había comido betabel crudo!

Definitivamente el suceso me hizo vivir momentos de alegría genuina, hablar una y otra vez de ello también se convirtió en una anécdota digna de contar, era una más de las extrañezas que experimentaba en el día a día lejos de casa; también ayudó a contrarrestar la cansada perorata sobre mi dilema profesional.

Los cubanos no llegaban a la URSS a estudiar la Podfak, pues ellos la estudiaban en Isla. Entendí que para este grupo de cubanos, los planes académicos fueron diferentes porque las autoridades educativas cubanas, se dieron cuenta que el nivel de ruso con el que llegaban sus becarios no era tan eficiente como para “soltarlos al ruedo” en la facultad, sobre todo porque este equipo estudiaría Matemáticas; había mayores pretensiones de que lograran sacar el máximo provecho.

La sonrisa de Diana, siempre tan alegre.
Ese grupo de cubanos no se pareció a ningún otro grupo que conocí a lo largo de mi estancia en la URSS. Ya estando en la carrera, lo común fue que las cubanas y cubanos llegaran de práctica por un año, mismo que usaban para comprar todo lo que podían y también para “ligar” con todo lo que se moviera. La mayoría de los que llegaban directo a su carrera hacían lo mismo, sólo que con menos intensidad porque sabían que les quedaba tiempo por delante.

Aun cuando establecí una relación cordial y hasta amistosa con todas las chicas cubanas de mi piso (Ivonne y Amada), fue con Alina y Diana con quien sentí una verdadera proximidad, una disposición más sincera por conocernos. Gracias a la confianza que generamos pude comprender muchas conductas de sus compañeros de grupo; mismas que se reforzaron y profundizaron con mi estancia posterior en Cuba por casi tres años. 

* Frase del poema "Las dos linternas", del español Ramón de Campoamor
* Aguantar vara es una expresión del vocabulario cotidiano de los mexicanos, sobre todo del centro del país. Según el contexto, puede referirse a resistir, tolerar, sobrellevar, aguantar, tener fortaleza para.

23 de junio de 2015

De omisiones, errores y consecuencias

Hay varias películas que tratan sobre cómo nuestros actos generan consecuencias: Pi, El efecto mariposa, Babel, etcétera, etcétera. Sin la intención de menoscabar la enorme creatividad de argumentistas, guionistas, directores, fotógrafos y los que me falten, no es necesario ser un genio para saber que cada acción u omisión genera consecuencias de toda índole. En mi humilde opinión, el quid de creer no saberlo es porque con ello aliviamos nuestra conciencia, pero no la acallamos.

Fui asignada a la Facultad Preparatoria de la Universidad Vasili Karazin de Jarkov porque era una de las más prestigiadas universidades para estudiar Física, Matemáticas, Biología, Química, Bioquímica; por tanto su Podfak era ideal para tal fin. ¡Y sí que lo era!, sólo que yo estaba en el lugar equivocado.

La cotidianidad de mi nueva vida y los constantes retos de aprender ruso, lavar mi ropa, alimentarme y cuidar mi integridad física y mental distrajeron la pregunta que debí resolver desde mis primeros días de clase: ¿Por qué me encontraba en un grupo de estudiantes que cursaría Biología, Química y Bioquímica si la carrera que elegí era Arquitectura?

En mi Podfak había un Decano y tres Vicedecanos, uno hablaba francés, otro inglés y el último español. Todo era perfecto porque se resolvía la comunicación con latinos y africanos, principalmente, pues ellos fueron colonias de Inglaterra y Francia. Los árabes quedaban un poco a la deriva, pero se resolvía.

El protocolo de recibimiento nos llevó a la oficina del Vicedecano quien, en un español sin acento extranjero, a Martha y a mí nos preguntó datos básicos, incluida la carrera que elegimos. Cuando le comenté que yo iba para arquitectura su cuerpo se contrajo de la sorpresa. Revisó sus papeles pero lo que él tenía registrado era que mi carrera asignada era BIOLOGÍA. Evidentemente se cometió un grave error que cambió mi vida.

¿El cambio fue para bien o para mal? No lo sé ni lo supe en muchos años, sólo tenía claro que además de lidiar con la noticia de estar asignada a otra carrera, sino con la escasa y casi nula posibilidad de estar en la carrera que elegí. Fue el primero de muchos embates emocionales que tendría durante mi estancia en la URSS; lloré como hacía mucho que no lo hacía, mi llanto mezclaba impotencia, desolación, caos…

Con una empatía de campeonato, el Vicedecano explicó mis opciones de carrera, me prometió mandarme a Moscú, incluso a Leningrado para cursar mis estudios en Biología (era una ciudad codiciadísima); su oferta era fenomenal, el pequeño inconveniente era que no me veía desempeñándome en ese campo, ni siquiera motivada por el privilegio de estar en Leningrado.

—¿Qué puedo hacer?, ¿esto no me puede estar pasando? — Le increpaba con angustia.
—¿Qué te gusta?, ¿qué te apasiona?
—¡La antropología social!
—Esa carrera está cerrada para extranjeros…
—Restauración de edificios patrimoniales—, al decirlo venía a mi mente los bienes muebles e inmuebles de Puebla y la Ciudad de México. Me veía trepada en andamios cuidando el orgullo de mi identidad mestiza.  
—También está cerrada para extranjeros… pero en esta universidad puedes estudiar Geografía, como tu compatriota Isabel, o Economía como Marina.
—¡No quiero quedarme en Jarkov!, ¡no podré soportarlo estudiando algo que no elegí, sino que me impone esta situación!

La impotencia y el enojo me cegaron, no podía reponerme de la noticia y debía pensar en otras opciones profesionales a una edad en la que la elección de carrera es uno de los temas de mayor dificultad. El Vicedecano nunca dejó de darme consuelo, no escatimó tiempo para darme el mayor número de opciones y para dejarme pensar.

Recuerdo que ese evento detonó la primera racha de depresión en mi vida, enfurecí hasta el cansancio con el autor de tan grave error, sentía que me había arruinado la existencia. Pero la vida continuaba y no había cabida para seguir invirtiendo tiempo en el enojo, debía elegir, actuar y no dejar mi sueño de estar en la URSS.

Desde ese momento y hasta hoy, aun pasando por innumerables tropiezos, caídas, análisis, reflexiones, sigo aprendiendo a buscar en la adversidad lo que puede apasionarme, pero no ha sido labor sencilla.

La carrera que finalmente elegí y una serie de sucesos de todo tipo, me llevaron a descubrir otra de mis grandes pasiones: el mundo editorial, la oportunidad de contribuir en la educación de jóvenes y, sobre todo, escribir historias, conocer historias y estar presente, aquí y ahora para contarlas. 

16 de junio de 2015

El pan ajeno hace al hijo bueno

Mi eterna gratitud a Lila y Natasha

Cuando compartía con una amiga sobre nuestras experiencias de ser madres y la frustración de ver cómo los seres que amamos de forma indescriptible eligen otros caminos, ella sabiamente me dijo, “nuestra obligación como padres es enseñar todos los valores a nuestros hijos, es como echar diariamente a su costal tesoros, en su momento, nuestros hijos tomarán del costal lo que les sirva y lo aplicarán a su vida”. Escribo esta entrega pensando en mi madre, pero sobre todo, pensando en mi hijo, ese ser lleno inteligencia, potencial y sensibilidad que traje al mundo. Yo sé que llegará el día en que tome su costal y saque lo mejor que hay dentro de él.

En una semana o menos luego de llegar a Jarkov sucedió lo inevitable: Martha y yo nos quedamos sin dinero. Faltaban dos días hábiles y un fin de semana para cobrar el estipendio y apenas nos quedaban unos kopeks* para comprar la comida más barata.

Con el transporte no había problema porque compramos una especie de ficha (de cartón) para pagar los autobuses o trolebuses del mes: el famoso prosnoi. Martha y yo fuimos a dos tiendas cercanas para decidir qué comprar para sobrevivir. Nos alcanzó para una rejilla de betabel (remolacha).

Antes de instalarnos en la habitación 74, las ucranianas que compartirían ese espacio con nosotras habían llegado de sus pueblos, se instalaron, dejaron algunos de sus víveres y se fueron al koljoz*. Esto no lo supimos hasta que, movidas por el hambre, Martha y yo comenzamos a buscar en toda la habitación alguna olla o cuchillo para cortar y cocinar el betabel… No tuvimos suerte con las ollas.

Descubrimos cuchillos, té negro, azúcar y una caja grande llena de papas colocadas debajo de la cama de nuestras compañeras. Martha y yo nos sentamos frente al tesoro recién descubierto y nos miramos a los ojos preguntándonos si estábamos dispuestas a robar comida. En el razonamiento de pros y contras, encontramos la justificación perfecta diciéndonos que confesaríamos la falta y las pagaríamos o compraríamos en cuanto nos pagaran. El asunto de dónde cocinarlas lo resolveríamos con los latinos o con las mexicanas Marina y Vero. Todo estaba justificado… sin embargo no pudimos movernos de ese lugar.

¿Por qué pensar en robar algo si teníamos una rejilla de betabel?... Porque a ninguna de las dos nos gustaba el betabel, ¡Zaz!

Le conté a Martha que yo era una hija obediente y buena con mamá (¡ajá!), pero en la vida había dos comidas que inflexiblemente le rechacé a pesar del hambre que pudiera tener en casa: el hígado de res y el betabel.

En una familia numerosa y con grandes carencias económicas, mamá siempre se ocupó de buscar las opciones de alimento que nos aseguraran contar con proteína, calcio, hierro, etc. También buscó todas las variantes para que nos fuera menos monótona la repetición de esa comida: hígado encebollado, entomatado, con papas, también hacía todas las versiones posibles de betabel… en fin. Mis hermanos cedieron y hasta hoy comen hígado, pero yo nunca. Martha tenía otras razones para rechazarlo y por ello nos contamos toda clase de historias para robar esas papas.

El hambre apremiaba pero la conciencia era más fuerte que nosotros, simplemente no pudimos robar ni una papa, nos avergonzamos tanto de nuestros pretextos que sólo nos miramos, metimos el cajón y llevamos la reja de betabel a la cocina para lavarla. Era tal la vergüenza que ni nos atrevimos a pedir una olla prestada. Regresamos al cuarto, pelamos y partimos el betabel y nos lo comimos en silencio porque la voz de mi conciencia traía a mi mente todas las veces que rechacé la comida de mamá y me arrepentí desde lo más profundo de mi ser.

No tengo palabras para describir lo que sentía, sólo recuerdo que tomé el recipiente con azúcar para colocarla sobre mis rodajas. Esa fue nuestra comida y cena, también fue el menú completo del día siguiente. No recurrimos a nadie para pedir prestado dinero, ni para que nos invitaran a comer, asumimos con firmeza nuestra realidad.

El sábado por fin conocimos a nuestras compañeras: Natasha y Lila, eran estudiantes de primero o segundo curso de la Facultad de Historia de la Universidad y cursaban una carrera llamada “Historia del Partido Comunista de la Unión Soviética”, ¡sí!, como lo están leyendo, había una carrera que se especializaba en ese tema. Esos estudiantes eran los elegidos para compartir con extranjeros “capitalistas” por su “firme convicción socialista y por su compromiso para custodiar la integridad de su nación, es decir, para vigilar que nuestras actividades no fueran ajenas a los estudios.

Para el primer otoño, engordé diez kilos, entre las tardes de té con Lila y el cuidado de no pasar hambre, comí el equivalente a dos inviernos. Cuando mamá vio esta foto que mandé, dijo con preocupación: ¡ella no es mi hija! Y el resto del año gané unos ocho kilos más. 
Mis nuevas compañeras trajeron mermeladas caseras, mantequilla, sartenes y deliciosas conservas hechas en casa. Como pudieron, se presentaron con nosotras y luego se prepararon un exquisito desayuno-almuerzo. Al percatarse de que ni Martha ni yo nos levantamos de la cama para preparar de comer y tampoco salimos al comedor estudiantil, nos preguntaron si estábamos tristes, deprimidas o enfermas.

Con vergüenza les platicamos que administramos mal el dinero y lo acabamos, someramente les dijimos nuestra dieta de remolacha. Ellas se enfadaron mucho con nosotras, a señas y con ayuda del poco ruso de Martha recibimos una fuerte regañada; sacaron su caja de papas y nos reclamaron por no comerlas. Con una mezcla de ruso, inglés y señas, les contamos nuestra vergüenza de tomarlas pero no se conformaron con la explicación.

Y es que los hijos y nietos de personas que vivieron la Segunda Guerra Mundial, particularmente la muy castigada Ucrania, tenía otra conciencia con respecto a la comida. Desde la Segunda Guerra hasta el año de 1985, habían transcurrido 40 años y la sombra del hambre, el frío y la muerte seguía presente, es más, no sólo era la sombra, también se percibían los latidos de la vida recuperada y del dolor de perder a casi ocho millones de los suyos.

Así que para Natasha y Lila, como para todos los soviéticos que conocí, no había cabida para que ninguna persona pasara hambre, sacaron sus víveres y nos prepararon la más deliciosa comida. Mientras comía pedí perdón a mi madre y hasta el día de hoy sigo dando gracias a Dios por trabajar arduamente para generar algo o mucho para comer. Desde ese día hasta hoy, hago lo posible y lo imposible para no revivir esa fuerte vivencia. 

*El kopek es el nombre de la moneda fraccionaria del rublo en la URSS.